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Estos días oímos en las noticias hablar de la ciudad de Leopolis, e incluso he oído que está a un centenar de kilómetros de Lviv… Leopolis, Lemberg, Lvov, Lwów… son la misma ciudad. Entre 1914 y 1945 cambió de nombre y soberanía, nada menos que 8 veces.
Ucrania (su etimología eslava lo indica) es tierra de frontera entre grandes imperios: ruso, alemán, austrohúngaro.
Con cada conflicto, las fronteras cambiaron, pero el mayor cambio se podujo al final de la II Guerra Mundial. Stalin impuso un corrimiento de las fronteras de Centro Europa hacia el este. Alemania tuvo que renunciar a la Prusia Oriental y a Silesia en favor de Polonia, fijándose la frontera en la línea de los ríos Oder-Neisse y a cambio Polonia cedió territorio del este a la URSS, fijádose la frontera en la línea Curzon.
Los nuevos territorios ganado por la URSS se integraron los del norte en Ltuania y Bielorrusia; los del sur en Ucrania. Bien entendido que, aunque la Constitución de la URSS reconocía el derecho de autodeterminación de las repúblicas (lo que con el tiempo daría lugar a la disolución de la entidad soviética), a efectos políticos carecían de cualquier autonomía. El caso es que en Ucrania se integró Galitza, una región con una historia de pertenencia Polonia y Austria-Hungría, gran población judía y rito católico-ortodoxo (uniata), más agrícola que industrial.
Al este se encuentra la Novorrosia (la Nueva Rusia) el espacio que los zares conquistaron al Janato de Crimea en 1774, un región de lengua predominante rusa e industrial, rito ortodoxo (de obediencia al Patriarca de Moscú) donde se encuentra la cuenca de Donbás, una zona de minas de carbón, lo que propició la instalación de industria siderúrgica.
Con la independencia de Ucrania, el oeste que mira hacia la UE va ganando peso y lo pierden los territorios del este. Cuando la revolución del Maidán, de 2014, se resuelve con la caída del prorruso Yanukovich. Putin no solo invade Crimea, sin que Kiev puede reaccionar, sino que alienta la secesión de las llamadas repúblicas populares de Luganks y Donekts , en el Donbás. Estalla un guerra localizada en esa región, que hasta ahora ha dejado 14.000 muertos y que ha desembocado en la invasión de Ucrania.
LECTURA RECOMENDADA: «Calle Oeste-Este» (Anagrama) de Philippe Sands, uno de los grandes abogados de derechos humanos, una indagación sobre el Holocausto y la incorporación al Derecho Internacional de los delitos de genocidio y crímenes contra la humanidad. Su marco geográfico es Galitza
MAD, loco en inglés, es también el acrónimo de «Mutual Assured Destruction», Destrucción Mutua Asegurada, el principio tácito que rigió la Guerra Fría y que evitó que se convirtiera en caliente. Ninguna potencia nuclear podía iniciar un ataque atómico, porque sería respondido y las potencias se destruirían.
Como la guerra directa entre la URSS y EEUU era imposible, las dos potencias libraron una serie de guerras indirectas a través de aliados y países o movimientos afines (por ejemplo, Vietnam, Angola) devastadoras para los pueblos implicados.
Se intentó por ambas partes romper el equilibrio del terror. Reagan lanzó su idea de guerra de las Galaxias, teóricamente un programa para neutralizar los misiles rusos desde el espacio, para lo que no existía en aquel momento la capacidad tecnológica y que fue sobre todo una campaña de propaganda. Más dañino fue para la URSS la instalación de misiles de crucero de alcance medio en los países europeos, de modo que el tiempo de respuesta soviético se reducía drásticamente.
Con la disolución de la URSS se construye un sistema de seguridad con control y limitación de todas las armas atómicas. Mientras Putin renovaba sus arsenales- asegura que tiene misiles hipersónicos indetectables- su amigo Trump dejó caducar estos acuerdos.
El 24 de febrero, el día que empezó la guerra, Putin advirtió que cualquiera que se opusiera se enfrentaría a graves consecuencias, lo que se interpretó como la amenaza de usar armas nucleares. El 27, después de la adopción de duras saciones, dijo que su país estaba en peligro y ordenó a los máximos responsables militares, poner sus fuerzas de disuasión en alerta. Ignoro que significado práctico tiene eso en las fuerzas nucleares rusas, pero no parece lógico que si está dispuesto a usar armas nucleares lo anuncie con antelación, ¿una bravata hacia fuera y propagada hacia dentro?
Todo es LOCO. ¿Necesitamos otra vez acogernos a la doctrina MAD? Os dejo el vídeo del trailer de ¿Teléfono Rojo? Volando hacia Moscú, del genial Kubrick.
¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el antiguo espía, eldefensor de la religión, la Santa Rusia, la familia y los valores tradicionales, el financiador de las ultraderechas europeas en su proceso de reconstruir el imperio de los zares?
Ucrania parece haber sido una presa fácil. No creo que las tropas rusas se queden mucho. Instalarán un gobierno títere en Kiev y se retirarán. Es más barato y más seguro.
Veremos a ver cómo funcionan las sanciones, que no tuvieron ningún efecto cuando la anexión de Ucrania. Me parece un signo de debilidad que no se haya excluido a Rusia del sistema SWIFT de intercambio de información bancaria.
Con los argumentos que ha manejado Putin podría justificar la invasión de las repúblicas bálticas, que no tratan especialmente bien a lo rusos y formaron parte de URSS o a Finlandia, que formó parte del Imperio ruso.
Los responsables europeos y norteamericanos insisten en que esta guerra no le saldrá gratis a Putin. Me gustaría verle en en en el banquillo del Tribunal Penal Internacional, como Miloseviv lo estuvo en el Tribunal de Crímenes de la antigua Yugoslavia. Para eso la situación económica tendría que deteriorarse mucho en Rusia, de modo que se produjera un levantamiento popular. Hoy algo altamente improbable.
Europa En Suma mantuvo el lunes vía zoom un interesante coloquio con Javier Solana. El ex secretario general de la OTAN ve la sitación como un conflicto con múltiples capas, de las que las económicas no son las menos importantes, un conflicto que solo se puede deasarmar con una diplomacia paciente, como se desarma una bomba de relojería. No se puede resolver con una única acción ni diplomática ni militar de ninguna de las partes. Ucrania lleva años en la mesa diplomática y puede seguir siendo un punto de fricción con Rusia durante años.
Pantalla de zoom de los participntes en el coloquio
Solana insistió en los costes militares y económicos que para Rusia supondría la ocupación de Ucrania. Reconoció que no sabemos si ha habido algún acuerdo entre Putin y Xi, del tipo «mientras tú enredas a EE.UU en Ucrania, yo ocupo Taiwan», lo que parece improbable -es mi opinión- por sus consecuencias desestabilizadoras y por la importancia que para China tiene la economía europea.
Lo cierto es que esa invasión, que según los servicio secretos estadounidenses iba a tener lugar el día 16 de febrero no se ha producido y aunque «los tanques rusos no teman al barro», a la terrible raspútitsa, que puede dominar las estepas, en cuanto la primavera venza al invierno la estepa será intransitable, así que para Putin la ventana ideal para la invasión se está estrechando,
Solana reconoció que el principio soberano de que en un estado puede integrarse en la alianza que quiera está limitado por los legítimos interese de sus vecinos. Dio a entender que Ucrania o Georgia no entrarán nunca en la OTAN.
Solana descartó paralelismos con la crisis de los misiles. En mi opinión, puede terminar como aquella, con concesiones casi secretas por ambas partes. Rusia retiró los misiles de Cuba («Nikita, mariquita, lo que se da no se quita», cantaban los cubanos por las calles de La Habana). Y casi de tapadillo Washington retiró sus misiles de Turquía.
Ahora Putin parece comenzar una desescalada con la retirada de algunas tropas. Son retiradas tácticas, la entrega de algunos peones para consolidar posiciones esenciales , en primer lugar Crimea y en segundo lugar el Donbass. Ahora con todos los ojos puestos en el conflicto, Kiev no puede plantearse reconquistas militares y tendrá que terminar por reconocer una amplia autonomía para los territorio rusófilos del Donbass.
Rusia puede conseguir concesiones norteamericanas en materia de desarme.
Rusia ha desplazado tropas aBielorrusia para realizar mniobras muy cerca de la frontera con Ucrania
«No a la guerra «era el grito que resonaba en nuestras calles, cuando el trío de las Azores decidió invadir Irak en una guerra estúpida, alegando unas inexistentes armas de destrucción masiva.
Al margen que el rechazo a la guerra deba de ser una actitud firme en cualquier persona de bien, ahora la situación es distinta y no distante(Calvo Sotelo, para no mojarse en el apoyo a ninguno de los dos contendientes en la Guerra de las Malvinas, dijo que era un conflicto distinto y distante).
Distinto. La crisis de Ucrania no es un conflicto elegido, como lo fue Irak. Al menos, no lo ha sido en esta última fase, por mucho que para llegar a este punto hayamos pasado por muchos errores estratégicos y actitudes ofensivas de EE.UU y la OTAN.
Y no distante. El conflicto está en el corazón de Europa. La relación de España, también es distinta, pues pertenecemos a la OTAN después de muchas vicisitudes (el engañoso lema socialista «OTAN, de entrada no», referendum afirmativo ganado por Felipe González). El caso es que pertenecemos a una alianza militar en el centro del conflicto y no podemos mirar para otro lado. Este es un conflicto europeo y aquel nos parecía muy lejano, aunque terminara salpicándonos con bajas militares y atentados en las grandes ciudades europeas.
El error de base ha sido pensar que autodisuelta la URSS, Rusia había dejado de ser una gran potencia, que iba a plegarse a los designios de Estados Unidos.
Ciertamente ningún tratado vinculante prohibía la expansión de la OTAN, pero era de sentido común que una gran potencia sin fronteras naturales, sin más defensas que su profundidad estratégica, iba aceptar que una alianza militar se asentara en sus fronteras. Por no hablar de los lazos históricos (veáse el texto de Orlando Figes).
Lo que sí es vinculante es el Memorandum de Budapest de 1994. Ucrania se sumó al Tratado de No Proliferación Nuclear y entregaba sus armas nucleares a Rusia. A cambio, las potencias nucleares (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China) garantizaban su independencia e integridad. Acuerdo violado por Rusia cuando, aprovechando el caos de la revolución del Maidán ocupó con fuerzas no identificadas Crimea y luego orquestó un referendum de adhesión y alentó el separatismo de los territorio rusoparlantes del Donbass, con la consecuencia de una guerra que ha dejado desde 2014 miles de muertos.
¿Dónde estamos?
Rusia ha realizado un enorme despligue militar en la frontera de Ucrania y en Bielorrusia. Tiene tropas suficientes para llegar a Kiev, aunque estratégicamente podría tener más sentido establecer un corredor que uniera los territorios separatistas del Donbass con Crimea.
Ucrania se está rearmando. Parece difícil que pudiera resistir una ofensiva en regla, pero las guerras se sabe como empiezan, pero no como acaban.
En esencia, lo que Rusia exige es que la OTAN no admita a Ucrania ni a ningún otro país ex soviético. Volver a la división del mundo de Postdam. Estados Unidos y la OTAN ya han rechazado esta exigencia. Hay mucha hipocresia y propaganda por ambas partes. La OTAN hasta aquí, no ha tenido una intención genuina de incluir a Ucrania. Una solución podría ser un estatus de neutralidad, como los de Finlandia o Suecia.
¿Qué pretende Putin? Esa es la gran pregunta. Seguramente juega de farol, por el momento los medios rusos no han preparado a la población para la guerra (The Economist), aunque la propaganda contra Ucrania y Occidente es constante. Como dijo el Inspector de la Marina Alemana, quiere ganar respeto para si y para Rusia. No puede permitirse que regresen a casa los cadáveres de los reclutas ni tampoco soportar las consecuencias de unas sanciones radicales, ni dejar de percibir los ingresos si cierra el grifo del gas a los europeos.
Aparentemente China apoya a Rusia, pero una guerra deterioraría sus intereses en Europa (José María Lasalle), por no hablar de la rivalidad histórica de las dos grandes potencias (Paco Audije)
¿Cómo se puede parar el conflicto?
Desescalando. Por parte de la OTAN deteniendo las movilizaciones. Por parte de Rusia siendo transparente en sus movilizaciones.
Reactivando la diplomacia, en concreto el Cuartetode Normandía para detener la guerra en el Donbass.
A medio plazo, reeditando un foro de seguridad europeo, como fue la Conferencia de Helsinki de 1975.
Reactivando las negociaciones de desarme. Ahí el problema es que EE.UU exige que China se someta a las mismas limitaciones.
Crucemos los dedos para que la irresponsabilidad de unos y otros no nos conduzca a la catástrofe. Un consejo. Pongamos en solfa cualquier información en teoría proveniente de los servicios secretos de ambos bandos, así como la propaganda de la rusa RT.
Putin en su anual rueda de prensa, con un mapa de Rusia, con las divisiones administrativas de la URSS
Ni en lo personal, ni en lo colectivo, es posible predecir que nos traerá un nuevo año, qué riesgos nos esperan.
La Covid seguirá ahí en 2022. Algunos expertos aseguran que la variante Ómicronpuede ser el final de la pandemia. Con su alta transmisibilidad se convertirá en la variante dominante, pero con cuadros leves, al menos entre los vacunados. Mientras no se vacune a toda la población mundial, sigue siendo alto el riesgo de mutaciones peligrosas, por eso sería tan necesario suspender, al menos temporalmente, las patentes de las vacunas.
Otro riesgo presente en 2022 será el regreso a una espiral inflacionista. El origen está en el encarecimiento de las materias primas, especilmente la energía. Los economistas neoliberales nos vuelven a vender viejas fórmulas: subidas de tipos por lo bancos centrales y que los trabajadores pierdan poder adquisitivo. Todo ello nos llevaría a una parálisis económica, mayor desigualdad y seguramente a estallidos sociales.
Por supuesto la mayor amenaza serán lo fenómenos meteorológicos extremos, consecuencia del calentamiento global.
Menos conciencia existe de los riesgos geopolíticos, ignorados por las televisiones que siguen siendo la fuente informativa de la mayoría de la población. Se cumplen ahora treinta años de la implosión de la Unión Soviética. Putin sabe que no puede reconstruir la Unión Soviética, pero apuesta firme por mantener una influencia directa sobre Ucrania y Bielorrusia, que considera como parte sustancial de la madre Rusia, desgajadas ilegítimamente por los comunistas.
Putin no puede aceptar el acercamiento de Ucrania a la OTAN, que se ha ido produciendo después de la anexión de Crimea. En este momento Rusia tiene desplegadas en la fronteras de Bielorrusia y Ucrania importantes fuerzas, que pueden intervenir en las repúblicas independentistas de Donetsz y Lugantzs o inluso en la propia Ucrania. Estados Unidos y la UE amenazan con sanciones absolutas, en ningún caso con represalias militares. Putin podría responder cerrando el grifo del gas a Europa. Putin es un jugador duro, pero racional. La Historia tiene muchos ejemplos de cómo las guerras comerciales y las estrategias de tensión pueden irse de las manos y terminar en guerra caliente.
Después de la caída del Muro, Mitterrand propuso crear una organización de seguridad eurosiática.
Máscaras y mascarillas en el suspendido Carnaval de Venecia
Máscaras de carnaval en Venecia, referente icónico de fiesta oculta y sigilosa, de desfogue decadente en la Veccia Signora, la metrópoli capital de la globalización medieval y renacentista.
Mascarillas sanitarias en Venecia, referente icónico del el coronavirus COVID-219, el mal que nos aqueja insidiosamente estos días de globalización menguante.
La metáfora de la peste
El carnaval y las grandes plagas del pasado tenían en común ser un tiempo suspendido en el que las normas quedaban entre paréntesis. Características excepcionales para convertirse en materia literaria.
Boccaccio (El Decamerón) hace que los diez jóvenes que huyen de la peste de la Florencia de 1348 se cuenten historias, que el florentino rescata en muchos casos de la tradición literaria oriental. Y tantos otros han tomado las plagas como ocasión o metáfora en las que reflejar nuestros vicios y virtudes, de pretexto para hacernos mirar en lo profundo de nuestro ser. Manzoni (Los novios) y García Márquez (El amor en los tiempos del cólera) nos hablan de la victoria del amor sobre la muerte. Mann y Visconti (Muerte en Venecia) de la decadencia y la atracción-rechazo entre vejez y juventud. Camus (La peste) y Saramago (Ensayo sobre la ceguera) de la fuerza de la solidaridad.
¿Estará generando alguno de los millones de personas hoy aisladas en China o en otros lugares del mundo una creación de un valor equiparable al Decamerón o alguna de esas grandes obras, escribiendo un diario, una novela o subiendo simplemente historias a sus canales sociales? ¿O nos bastamos hoy para matar el tiempo con series y videojuegos sin necesidad de una expresión que vaya más allá del postureo de Instagram?
Pandemia y globalización
En los viejos tiempos, las pestes, las epidemias, llegaban a Europa desde Oriente a los puertos mediterráneos. El comercio marítimo era la malla de la limitada mundialización y los puertos italianos, destacablemente Venecia, eran nodo central de esa red, por las que se movían mercancías, ideas, virus y bacterias. No por casualidad fue la República de Venecia la que en 1403 estableció la primera regulación del aislamiento durante 40 días de los viajeros sospechosos en una de las pequeñas islas de la laguna.
Hoy, en los tiempos de la globalización, desde China el coronavirus ha llegado al norte de Italia. ¿Pudo ser el paciente 0 un (imaginario) empresario textil regresado de China a su empresa de Lombardía, el Véneto o Piamonte, las regiones que todavía marcan las tendencias de la moda de las prendas que se confeccionan en Oriente? ¿O fue un estudiante italiano en China? ¿O un turista chino llegado a Milán atraído por las compras de lujo? Seguramente no lo sabremos, pero el hecho es que la epidemia ya se extiende por Europa (y por supuesto por España) desde el estratégico norte de Italia.
¿Se convertirá en pandemia? Muy probablemente, dado su alto poder de contagio en un mundo físicamente hiperconectado. Lo confirma que ya se registran contagios comunitarios fuera de China. Pero no será una pandemia como la peste negra, que diezmó Europa en el siglo XIV. Tampoco como la gripe española, hija no del comercio sino de la guerra, la pandemia que en 1918 se propagó de Estados Unidos a Europa con el cuerpo expedicionario norteamericano y que se cebó en poblaciones debilitadas por el hambre y las penurias del conflicto, causando 20 millones de muertos, 300.000 en España. No, será como la gripe común, que el año pasado mató en España a 6.300 personas, sin que ello fuera ni por asomo noticia.
Tendrá su pico y su agotamiento, sin ocasionar una gran mortandad, salvo mutación del virus… O por su propagación en estados fallidos con inexistentes o muy frágiles sistemas de salud pública. Pero puede ser un factor, como lo fueron las grandes epidemias en el pasado de graves distorsiones sociales, no solo localmente, sino mundialmente.
Por de pronto, el virus de la desinformación hace estragos, propagando todo tipo de teorías conspiratorias sobre el origen del coronavirus, recomendando remedios o prácticas innecesarias, cuando no peligrosas. Aun si los medios, como TVE y RNE, no caen en el alarmismo amarillista, la información exhaustiva y la continua actualización de nuevos casos da una representación desmedida del acontecimiento y nos coloca en una burbuja de miedo que oculta cualquier otro asunto. ¿Quién informará de la epidemia cuando esté controlada en nuestros países, pero ocasione decenas de miles de contagios y decenas de muertos en las grandes urbes africanas?. Contra la desinformación, fuentes fiables como los que ha recopilado Carmela Ríos en este hilo de Twitter.
Miedo y desinformación exacerban los virus ya bien instalados del racismo, la xenofobia, el nacionalismo. Insultos a los chinos en las redes sociales, ataque en Ucrania a un autobús de evacuados de China, cierre de fronteras y redadas en Rusia … La enfermedad es una estupenda ocasión para que las democracias iliberales refuercen sus mecanismos autoritarios.
Nadie es capaz de evaluar las consecuencias económicas de la paralización de China y de la extensión de la enfermedad a otros países. ¿Dos décimas menos de crecimiento mundial como predice el FMI? En plena ralentización de la economía mundial ¿la enfermedad puede ser el evento que nos hunda en una nueva recesión global?.
Aun sin recesión, los países europeos sufrirán un estrés económico y los servicios públicos de salud, tan castigados por los recortes, afrontarán una emergencia que puede debilitárlos aún más en su gestión cotidiana. Terreno abonado para el descontento en el que crece la ultraderecha.
El papel de la Organización Mundial de la Salud, una institución multilateral, es decisivo para evitar que el mal se convierta en pandemia. Pero los controles y cierres fronterizos, los bloqueos de población y la ruptura de las cadenas de valor mundiales pueden reforzar el proceso de desacoplamiento -palabra del año para The Financial Times– de las que las guerras comerciales de Trump y la creciente supremacía tecnológica china son la manifestación más evidente. Un mundo postglobal, con irrelevantes instituciones multilaterales, potencias con sus propias áreas de influencia política, económica, militar, informativa (fragmentación de Internet).
Quizás la Historia marque 2020, el año del coronavirus, como el punto de no retorno de la desglobalización. O quizás a fin de año no sea más que una pequeña muesca descendente en las curvas económicas y dentro de 5 años se recuerde como un episodio no más importante que el SARS. Crucemos los dedos.
Fiebre social, fiebre climática han caracterizado globalmente este año que termina
La fiebre climática no es ni mucho menos nueva. Cada año los fenómenos climáticos extremos (sequías, inundaciones, gotas frías, huracanes, incendios forestales) son más frecuentes. Lo que antes podía ocurrir cada cinco o diez años, una devastadora gota fría otoñal sobre la costa mediterránea española, ahora se puede repetir hasta tres veces en la misma temporada. El planeta tiene fiebre.
La fiebre social ha tenido este 2019 picos muy dramáticos. Comenzó el año con la revuelta de los chalecos amarillos en Francia. Luego, las explosiones sociales se han extendido por todos los continentes. Ecuador, Bolivia, Perú, Chile, Colombia, Argelia, Líbano, Irak, Irán, India, Sudán, HongKong… y Cataluña. ¿El año del malestar? ¿El año de la ira?.
Hace 20 años la subida del precio de pan desataba en cualquier país árabe una explosión de protestas, como había ocurrido antes durante todo el siglo XIX en Europa con las crisis de subsistencias. Hoy las revueltas estallan por la subida del precio de los combustibles, los transportes públicos o una tasa sobre el uso de WhatsApp, manifestaciones de la actual dependencia de la energía y la comunicación a bajo precio. Pero, todavía hay sociedades donde las revueltas son de pura subsistencia, como en India, donde las protestas comenzaron por la carestía de las cebollas, para desembocar en un movimiento contra la ley de ciudadanía, discriminatoria para los musulmanes, y una señal más del fundamentalismo hindú del Baratija Janata del primer ministro Modi.
Cada protesta es distinta en sus motivaciones y desarrollo. En unas se exigen los derechos políticos básicos, en otras se lucha contra la corrupción y el clientelismo y se persigue un reparto más justo de la riqueza; en aquellas se protesta por las disfunciones del sistema político; en algunas por la seguridad y prosperidad perdidas.
Si acaso tienen en común que son movilizaciones esencialmente de las clases medias: clases medias declinantes no cosmopolitas en los países centrales amenazadas por una creciente pauperización; clases medias emergentes en los países periféricos, hartas de corrupción, desigualdad y carencias de los servicios públicos; clases medias insolidarias de regiones privilegiadas en países con desequilibrios territoriales.
Son movilizaciones intergeneracionales, pero con gran protagonismo de los más jóvenes, que dominan la capacidad movilizadora de las redes sociales y que, en algunos casos, protagonizan actos de violencia, que encienden y propelen las protestas. Casi nunca existen líderes claros.
Protestas todas ellas graves, con gran capacidad de disrupción, y bastante prolongadas en el tiempo. A veces consiguen, al menos parcialmente, sus objetivos (Sudán), otras las concesiones del poder las apagan (Ecuador); hay lugares donde las protestas revitalizan la sociedad civil (Colombia, Chile) y en otros terminan en golpe de Estado (Bolivia); algunas llevan a un bloqueo político y a la división social (España), son violentamente reprimidas (Irán, Irak) o llevan camino de convertirse en un enfrentamiento devastador con el poder, poniendo en peligro el propio modelo de sociedad (HongKong).
Podemos suponer que las enfermedades que esta fiebre manifiesta son la pobreza, la desigualdad creciente, la destrucción del Estado del Bienestar, el secuestro del sistema político por las élites. Pero también, causas profundas y divisivas: el movimiento de liberación femenina, las transformaciones de las identidades sexuales y familiares, contestadas por movimientos conservadores; los procesos de secularización contra el que luchan los fundamentalismos religiosos crecientes; las traumáticas adaptaciones al cambio digital y a la emergencia climática. Las protestas pueden desembocar en regeneración social y democrática, pero también fortalecer los movimientos nacional populistas.
La Historia no ha terminado
Echemos la mirada atrás, ahora que ya estamos bien entrados en el siglo XXI (algunos dicen que vamos a entrar en la tercera década, pero nos falta un año, ya se sabe, los medios quieren ser los primeros en contarlo todo). Veinte años no son nada, decía el tango, así que para tomar perspectiva mejor retroceder 30 años, a aquel 1989, en el que cayó el Muro de Berlín y terminó el siglo XX corto (1918-1989, Hobsbawm) y nos dijeron que la Historia se había acabado.
En su artículo ¿El fin de la Historia? Francis Fukuyama sostenía, en aquel 1989, la tesis (muy hegeliana) de que la dirección de la Historia conduce a la mayor parte de la Humanidad a la democracia liberal, un sistema que ha superado a otros sistemas y en el momento presente sin contradicciones internas ni contradictores externos, en el que confluyen el progreso científico y el deseo de reconocimiento personal.
Distinguía Fukuyama entre un tiempo histórico, allí donde no se hubiera conquistado todavía la democracia liberal, y un tiempo posthistórico, en el que no dejarían de existir conflictos, pero no existiría sistemas alternativos. Recientemente, el autor ha reconocido que no valoró la importancia de las identidades colectivas como cuestionadoras de la democracia liberal, e infravaloró en poder del comunismo chino para proponer una alternativa: el capitalismo autoritario.
Antes, en la contrarevolución conservadora de los 80, Thatcher y Reagan, demolieron el consenso socialdemócrata de los treinta gloriosos. Después vinieron los genocidios de la antigua Yugoslavia y Ruanda; los atentados del 11-S, la guerra contra el terror de Bush, las guerras de Afganistán e Irak, que destrozaron los equilibrios de Oriente Próximo y propiciaron la extensión mundial del yihadismo; la gran Recesión; las revoluciones árabes y la guerra de Siria; el autoritarismo imperial de Putin; el movimiento popular y espontáneo de tomar las plazas; la expansión comercial y de inversiones del autoritarismo chino; la democracias iliberales y el crecimiento de la ultraderecha en Europa; Trump; el Brexit; el cuestionamiento del multilateralismo…
Hay una línea continua entre la contrarrevolución conservadora de los 80, la guerra contra el terror y la Gran Recesión, sin la que no se puede entender la fiebre social de este 2019.
Las liberalizaciones y desrregulaciones iniciadas en los 80 deslegitimaron y debilitaron el Estado de Bienestar, el mejor mecanismo redistributivo inventado. Desde entonces, el capitalismo financiero propició una enorme concentración de riqueza en los grandes accionistas y ejecutivos y la globalización económica sacó de la miseria extrema a amplias capas de los países periféricos, a costa de la caída del poder adquisitivo y las expectativas de las clases medias de los países centrales.
La guerra contra el terror trajo, en nombre de la seguridad, un gran deterioro de los derechos civiles y políticos.
Finalmente, la Gran Recesión laminó los derechos sociales que todavía subsistían y llevó a cabo una gigantesca redistribución de recursos a la inversa, entre otras maneras convirtiendo en públicas las deudas privadas.
Los desafíos
En los años inmediatos el mayor desafío, es sin duda, detener y adaptarnos al calentamiento global y, en general, preservar el entorno natural. Nos jugamos nuestra propia existencia como especie. Exige nuevas actitudes individuales que pueden venir propiciados por una creciente concienciación, pero que no serán posibles sin radicales cambios regulatorios, a nivel nacional, europeo y global. De hecho, sin normas globales poco se podrá hacer, pero ya vemos las dificultades de llegar a acuerdos en los foros multilateraterales.
Desgraciadamente, aun en el caso de que se lograra una economía neutra en emisiones en 2050, como es el objetivo de la UE, las disfunciones climáticas ya están aquí y serán más graves en los próximos años, así que deberemos afrontar estos efectos negativos, entre los que estarán migraciones masivas. Hemos llevado a la Tierra a una situación que nos ocasionará desorden económico y social y enormes sufrimientos. Habrán de repartirse los recursos entre la llamada «revolución verde», que puede ser una inyección de inversiones y prosperidad, con medidas paliativas de los destrozos físicos y humanos.
Frente al desafío climático palidece cualquier otro, pero en cuanto a afectación de la especie destacan los cambios que puedan traer la biotecnología y la inteligencia artificial. La posibilidad de editar genéticamente el embrión humano y, en consecuencia, alterar, la herencia genética de la especie humana. Avanzar en tratamientos que retrasen el envejecimiento o la reposición rutinaria de «partes» del cuerpo humano. La creciente implantación en el cuerpo humano de dispositivos cibernéticos que apunten a una nueva especie cyborg.
En cuanto a la inteligencia artificial, lo que los expertos llaman singularidad, esto es, que máquinas inteligentes puedan autoconstruir máquinas cada vez más inteligentes, sigue pareciendo ciencia ficción, pero la generalización de máquinas capaces de autoaprender y actuar en simbiosis con los humanos está ya prácticamente aquí, con consecuencias evidentes para el empleo. La combinación de la extracción de datos e inteligencia artificial nos llevan de lleno a una sociedad de la vigilancia, denunciada ya por Snowden y que en el caso chino, junto con el reconocimiento facial y aplicaciones «cívicas» por puntos, construyen una sociedad de la conformidad, más cerca de la distopía de Orwell que la de Huxley.
Todos estos cambios tecnológicos, un paso más allá de los que ya vivimos en la presente revolución digital, son altamente disruptivos, pero no estamos luchando contra una naturaleza a la que hemos desequilibrado sino contra nosotros mismos. Afrontarlos requiere reflexión, debate, desde luego lucha política, para finalmente aplicar el Derecho para ordenarlos y paliar sus consecuencias negativas.
Todo ello no podrá hacerse sin un nuevo consenso nacional y global, que reequilibre las ventajas e inconvenientes de los cambios y afronte un reparto más justo de la riqueza, que reconstruya amplias clases medias, mejor educadas, menos inseguras, titulares de más derechos y conscientes de los mismos.
No hay fórmulas mágicas, pero las herramientas son la participación en la resolución de los problemas a nivel local, los consensos redistributivos nacionales (regreso a la imposición progresiva no solo de la renta, sino también de la propiedad, nuevos instrumentos como la renta básica y la herencia anticipada que propone Piketty) y los grandes acuerdos globales en el marco de las instituciones multilaterales, que procedan a un reequilibrio universal.
¿Accidentes distópicos?
Sí, lo sé, este 2019 nos ha dejado muestras evidentes de que los consensos nacionales y los acuerdos globales son casi imposibles y que, al contrario, la desrregulación salvaje (por ejemplo a través de la expoliadora economía de plataforma o la persistencia de los paraísos fiscales) alimenta el nacionalismo y la extrema derecha.
Vivimos en una angustia que nos hace consumir historias distópicas, a través, sobre todo, del género de moda, las series online. Es cierto que muchos de estos relatos nos ponen frente al espejo de hasta donde puede llegar la naturaleza humana y suscitan la reflexión crítica, pero también nos ocultan hipnóticamente la realidad cotidiana y aumentan nuestra angustia. En cualquier caso, nos hacen familiares mundos distópicos, esto es, antitéticos del ideal de mejora y progreso, que suceden después de un accidente que cambia radicalmente el orden civilizatorio anterior.
¿Existe riesgo de un accidente distópico? ¿Puede darse un suceso sistémico que destruya nuestra civilización o, simplemente, altere gravemente nuestras formas de vida y normas de convivencia?
En primer lugar, hay que recordar que lo más cerca que hemos estado de un suceso de esta naturaleza ha sido con la explosión de la central de Chernobyl. Durante toda la Guerra Fría hubo un riesgo cierto de holocausto nuclear, pero la certeza de una destrucción mutua asegurada lo contuvo. En Chernobyl, si los tres reactores hubieran estallado gran parte de la Europa báltica, central y oriental estarían hoy deshabitadas. ¿Habría caído el Muro de Berlín pacíficamente o quizás la actual capital de Alemania sería un territorio abandonado? Nunca agradeceremos lo bastante a los miles de soviéticos que entregaron sus vidas y su salud para detener la catástrofe. Para mandar a aquellos trabajadores al matadero la dictadura soviética impuso una mezcla de procedimientos autoritarios inhumanos y la invocación del ideal comunista. ¿Qué ocurriría hoy en una democracia?.
No somos conscientes, pero quizá el mayor riesgo que vive la humanidad hoy es un enfrentamiento nuclear o un grave accidente del armamento nuclear. En la última década se ha desmontado los tratados de desarme, las potencias nucleares son más belicosas y se han desarrollado armas nucleares tácticas y doctrinas militares sobre su empleo.
Podría pensarse en un cambio antidemocrático mundial. Trump es reelegido (muy probable) y lanza una campaña para cambiar la Constitución y permitir la reelección presidencial indefinida. Al mismo tiempo, procede a nombrar jueces en todas las instancias judiciales y el Congreso aclama una legislación limitadora de los derechos civiles. En Francia Marine Le Pen gana las presidenciales y en Alemania gobierna Alianza por Alemania con el apoyo de los democristianos. Por supuesto, los gobiernos «iliberales» se extienden por toda Europa y la Unión Europea se disuelve.
Una crisis económica de la magnitud de la Gran Recesión nunca es descartable porque sigue sin haber una regulación global del capitalismo financiero y en la Eurozona solo muy a trancas y barrancas se construyen instituciones que puedan neutralizar una crisis del euro. Quizá el mayor riesgo de suceso económico disruptivo está en las nuevas criptomonedas: desde una explosión de su burbuja, hasta la mucha más grave proliferación a través de las grandes tecnológicas, lo que pondría en cuestión la capacidad emisora de los bancos centrales y con ello quedaría herido de muerte el poder económico de los estados.
¿Podemos imaginar un mundo sin Internet? Un conjunto de decisiones empresariales y estatales pueden fragmentar la red y que deje de ser global. De hecho, el Internet chino ya es prácticamente una red cerrada, pero solo un estado con la población y las características de China puede permitírselo. Todas las grandes tecnológicas intentan construir su propia jardín vallado, en el que consumamos, paguemos con su moneda, trabajemos, nos entretengamos y tomemos decisiones políticas. Pero todavía los estados -y la Unión Europea en primer término- tienen capacidad para impedirlo.
En fin ¿puede ocurrir el accidente distópico por excelencia, el suceso climático que cambie el mundo? ¿Un cambio de las corrientes oceánicas que trajera una glaciación a las costas del Átllantico norte? ¿Una súbita subida del nivel del mar al desgajarse una enorme masa de hielo antártico? No parece que la ciencia pueda pronosticar un suceso así. Lo que no hay duda es que cada año más huracanes, tifones y tormentas devastarán las costas de América, Asia y Europa. Que a las sequías seguirán inundaciones. Que los incendios no solo extinguirán a los koalas sino también podrán en grave riesgo a ciudades como San Francisco, Los Ángeles y Sidney. Quizá solo la conjunción de varios de estos acontecimientos destructores en los países más ricos y poderosos pueda llevarnos a la adopción de drásticas medidas.
Un acontecimiento distópico o simplemente un cambio disruptivo de orden mayor nunca es fruto de una única causa, de una exclusiva decisión humana. Por eso son tan importante instituciones robustas, con pesos y contrapesos entre los poderes, con sistemas de alerta, con instancias de mediación y resolución de los conflictos; instituciones que impidan que un fallo en la red (económica, democrática, comunicativa, climática) se extienda y colapse el sistema.
Así que para 2020 mi deseo es que funcionen y se perfeccionen las instituciones, que nos las ignoremos, que las critiquemos sí, pero que nos las destruyamos y en la medida de lo posible participemos y asumamos nuestras responsabilidades sociales.
Luis Fernando Camacho, el Bolsonaro boliviano, en las protestas en La Paz contra Evo Morales
En América Latina se suceden las convulsiones político-sociales.
Perú, Ecuador, Chile y ahora Bolivia. Por no hablar de Venezuela o Nicaragua, o los cambios políticos en Argentina, Colombia y Brasil. Cada país tiene sus propias peculiaridades que requieren un análisis específico.
Estos seísmos (o sismos, como dirían allí) tienen unas fallas, unas líneas de ruptura, que recorren el continente: pobreza y desigualdad, corrupción, instituciones deficientes y militarismo, racismo, machismo y fundamentalismo religioso.
Después de la ola democratizadora de los 90, neoliberalismo y populismo han fracasado en cerrar estas brechas divisivas.
¿Tienen algo en común las protestas latinoamericanas con otras a lo largo del mundo, como las que sacuden a países árabe-islámicos, HongKong o hasta Cataluña. He leído infinidad de análisis y la conclusión más común es que estas explosiones son la respuesta a bloqueos políticos o sociales. Añadiría la capacidad de movilizarse aparentemente sin líderes en virtud de las redes sociales, la capacidad de influencia subrepticia de poderes extranjeros y la fascinación por la violencia de algunas minorías juveniles.
Bolivia
Antes de analizar las líneas divisorias y las respuestas fallidas unas palabras sobre Bolivia
Sí, hay un golpe de Estado cuando los militares fuerzan la dimisión del presidente de un país, de su gobierno y de los cargos institucionales, como los presidentes de las cámaras parlamentarias. Y cuando una presidenta asume sin el quorum parlamentario exigido. Golpe blando, pero golpe al fin.
Y, sí, también en Bolivia hubo irregularidades en las elecciones presidenciales, según el informe preliminar de la OEA, cuestionado, es cierto, por otro del The Center for Economic and Policy Research, un centro progresista estadounidense. Pero, en cualquier caso, Evo Morales permitió la auditoría externa y terminó por admitir la celebración de unos nuevos comicios. Previamente, violó la Constitución presentándose a la reelección con el respaldo de sentencias del Tribunal Constitucional y el Tribunal Superior Electoral, bajo su control.
En las calles se ha vivido una situación de preguerra civil. Milicias paramilitares dando caza a los partidarios de Morales en Santa Cruz. Indígenas de El Alto atacando comisarías, dispuestos a tomar el Palacio de Gobierno (el Palacio Quemado) para defender a Evo y su Movimiento al Socialismo. Y un líder carismático, Luis Fernando Camacho, el Bolsonaro boliviano, invocando la legitimidad de los comités cívicos nacidos en Santa Cruz y rodeado de parafernalia religiosa, uno de cuyos grandes objetivos ha sido reinstaurar (sic) la biblia en el Palacio de Gobierno.
Bolivia ilustra esas fallas: desigualdad, racismo, corrupción, intolerancia religiosa y regreso de los militares. Y el fracaso de una de las respuestas, el populismo.
Extraído del Orden Mundial con datos del Banco Mundial
La pobreza es estructural en América Latina, con grandes diferencias entre países, pero marcada en todas partes por una economía informal, bajos salarios, pobre educación y deficientes servicios públicos. La pobreza extrema hace a una parte de la población extremadamente dependiente de programas de asistencia social.
También es una de las regiones más desiguales del mundo.El índice Gini (0 sería la igualdad perfecta, más desigualdad cuanto mayor sea este índice) va del del 39,5 de Uruguay al 53’3 de Brasil (España 36,2).
Fuente: blog Diálogo a Fondo (FMI), con datos del Banco Mundial
En los países andinos, las repúblicas criollas perpetuaron y radicalizaron una segregación que viene desde la colonia. Pero es en este mundo donde las comunidades indígenas tienen mayor grado de organización e influencia. En Ecuador, terminaron con las presidencias de Bucaram y Mahuad. Y la Bolivia de Morales se convirtió en Estado Plurinacional. En buena parte, el estallido actual de Bolivia viene explicado por esta línea de división. Algunos policías se arrancaban de sus uniforme el distintivo de la whipala, la bandera símbolo de esa plurinacionalidad.
Mural Francisco I. Madero, Sufragio efectivo, no reelección (1969). Juan O’Gorman
El Estado tradicionalmente ha sido débil e incluso ni siquiera ha podido o querido ejercer el monopolio de la violencia sobre todo el territorio. Sus clases dirigentes, siempre clientelares y apegadas a un ejercicio leguleyo de la política, no han sido capaces de establecer administraciones públicas profesionales, eficaces y neutrales.
Se ha entendido la victoria política como un todo o nada, lo que viene favorecido por sus sistemas presidencialistas y la tradición caudillista. Por eso, para que los gobernantes elegidos no se perpetúen en el poder, en todo el continente las fuerzas democráticas han luchado por la no reelección presidencial. «Sufragio efectivo, no reelección» -exigía ya Madero en 1910 en su campaña contra el tirano Díaz. Un solo mandato como garantía
Después de la caída de las dictaduras militares muchas constituciones prohibieron la reelección presidencial. Correa modificó la Constitución ecuatoriana para permitir la reelección indefinida y Lenín Moreno, después, consiguió en referendum abrogarla. Morales perdió su referendum, pero después el Tribunal Constitucional consideró que la prohibición constitucional de no reelección vulneraba los derechos políticos reconocidos por la Convención Americana de Derechos Humanos. Parecidos subterfugios siguieron Óscar Arias en Costa Rica, Daniel Ortega en Nicaragua y el año pasado Juan Orlando Hernández en Honduras. Y hasta López Obrador ha tenido que firmar una declaración prometiendo que no promoverá la reelección, verdadero tabú en México.
Instituciones débiles son el caldo de cultivo de una corrupción endémica. Los grandes casos de corrupción tenían antes un marco nacional: malversación gubernamental, expolio de las empresas públicas, sobornos por empresas y potentados nacionales o concesionarios extranjeros.
En la última década la hidra de la corrupción ha tomado forma continental con terminales en múltiples países. El caso Odebrecht (en Brasil, Lava Jato), la empresa constructora brasileña que corrompió a la clase política de todo el continente: Brasil, Ecuador, Colombia, México, Panamá, Chile, Argentina, Venezuela, Uruguay y Perú con tres expresidentes procesados (Alan García se suicidó antes de ser detenido) y un presidente, Pedro Pablo Kuczynski, destituido.
No menos grave es la corrupción de cada día que afecta al ciudadano común, que alimenta su irritación y desafección política. Los datos sobre opiniones y experiencias de corrupción medidas por el barómetro de Transparencia Internacional son demoledores. Uno solo: 1 de cada 4 encuestados ha recibido propuestas de compra de voto.
Otra falla es el fundamentalismo religioso. Costó mucho la separación de la Iglesia y el Estado en los jóvenes repúblicas independientes (guerras incluidas, entre otras la cristera en México, de 1926 a 1929). Más allá de las leyes, hasta los 70 del siglo XX la influencia de la Iglesia en la vida social y política fue enorme. A partir de la Conferencia Episcopal de Medellín de 1968 la Iglesia oficial intenta acercarse a los más pobres y una parte abraza la teología de la liberación, que alimenta y apoya la revolución sandinista. Juan Pablo II siega de raíz esta tendencia y las comunidades populares y los teólogos de la liberación son marginados, mientras se refuerza una jerarquía conservadora.
Esa falta de proximidad a las clases populares se llena por el pentecostalismo carismático conservador. No cabe aquí discutir si este desarrollo fue espontáneo o favorecido desde la política de seguridad nacional de Washington, pero el hecho es que estas iglesias conservadoras son un factor político de primera magnitud. Son decisivas en Guatemala, en Brasil fueron esenciales en la elección de Bolsonaro y en Colombia en el resultado adverso al acuerdo de paz en el referendum.
Se propagan con sus liturgias emocionales. A la teología de la liberación de los pobres oponen la de la prosperidad de los ricos. Su causa es la de la lucha contra el aborto, el matrimonio homosexual, la que llaman ideología de género, la defensa del creacionismo y la imposición de la biblia por encima de las leyes y la constituciones. Un torpedo en la línea de los estados laicos. El «Brasil por encima de todo y Dios por encima de todos» de Bolosonario explica a la perfección la alianza entre nacionalismo y religión, que enlaza con la contrarrevolución mundial de Steve Bannon.
Luis Fernando Camacho leyendo la Biblia en el Palacio Quemado después de la caída de Morales. en la camiseta la cruz de una oscura organización Orden de los Caballeros de Oriente
La novedad en el caso de Bolivia es el fundamentalismo católico. Luis Fernando «Macho» Camacho, empresario de Santa Cruz, líder de los comités cívicos, carismático, histriónico, prometió devolver a Dios y la Biblia al Palacio Quemado, como desagravio al reconocimiento por Morales de las religiones tradicionales indígenas. Como Salvini, muestra en sus arengas un rosario y sus partidarios enarbolan vírgenes y toda la imagenería clásica católica. También los fundamentalistas protestantes están fuertes. El pastor de origen coreano Chi Hyun Chung, fue el tercer candidato presidencial más votado, tras una campaña misógina y homófoba. Fundamentalismo, nacionalismo y racismo se cruzan y realimentan. Manifestación criolla del fascismo 3.0.
Vuelven los militares, si es que alguna vez se marcharon. Tras la caída de las dictaduras militares en los 80 y 90, los uniformados se retiraron a los cuarteles y aceptaron formalmente la primacía del poder civil. Simbólicamente, sin embargo, siguieron siendo los depositarios de las esencias nacionales.
Hugo Chávez los llevó al poder con su movimiento cívico-militar y son en Venezuela la columna vertebral del régimen. En las nuevas crisis han jugado un papel destacado. En Perú y Ecuador apoyaron a los presidentes Vizcarra y Moreno y en Bolivia, a pesar de haber sido mimados por Morales, el jefe del ejercito, general Williams Kaliman, le sugirió que debía dimitir. La nueva presidenta Jeanine Áñez, ha cambiado la cúpula militar para asegurarse el respaldo de las Fuerzas Armadas, el único poder realmente efectivo en este momento en Bolivia.
Los militares son agente esencial en los nuevos golpes blandos, en los que apoyan a alguna de las fuerzas que luchan por el poder en una situación de crisis institucional. Antecedentes de golpes blandos, los que sufrieron Oviedo en Paraguay (2012) y Zelaya en Honduras (2017).
Soluciones fracasadas
Desde las caídas de las dictaduras se han ensayado en América Latina dos tipos básico de soluciones político-económicas: neoliberalismo y populismo. No me gustan ninguna de las dos denominaciones, porque son clichés cargados de significaciones negativas que simplifican políticas diversas. Pero no soy capaz de encontrar otras mejores. No es tampoco el lugar de profundizar en estos sistemas. Pretendo simplemente mostrar como soluciones que pudiéramos llamar neoliberales y populistas han fracasado este siglo en América Latina.
En los 90 predominaron gobiernos plegados a los que se llamó consenso de Washington. Privatizaciones, liberalización de los mercados y exportación de materias primas, reducción de los servicios públicos y eliminación de subsidios. Políticamente, democracias representativas, altamente corruptas y con escasa representación de las clases populares. En épocas de bonanza la economía parecía boyante, pero las crisis se resolvían con ajustes brutales que terminaban en explosiones sociales: el caracazo, la caída de Bucaram y Mahuad, el corralito argentino.
Estas convulsiones trajeron en la primera década del siglo XXI gobiernos de izquierdas, de origen y trayectorias muy distintas: peronismo en Argentina, Partido de los Trabajadores en Brasil, revolución bolivariana en Venezuela, Frente Amplio en Uruguay, revolución cívica en Ecuador, el indigenismo del Mas en Bolivia… Todos llegaron al poder mediante elecciones democráticas y enorme apoyo popular. Todos rompieron el consenso de Washington y lanzaron políticas de redistribución. Pero su evolución y desempeño fue desigual.
Hugo Chávez, de la cepa de los caudillos latinoamericanos, pronto desnaturalizó la democracia representativa. La voluntad del pueblo, expresada por él mismo, se puso por encima de cualquier institución, todas ellas controladas por sus fieles. Los altos precios del petróleo mantuvieron la bonanza económica, pero su caída y una cadena de decisiones económicas desastrosas condujeron a la penuria actual y a una crisis política sin salida aparente, agravada por la incompetencia y el sectarismo de Maduro y la oposición. Venezuela y la Nicaragua de Ortega (exrevolucionario aliado de la Iglesia conservadora y los empresarios más reaccionarios) muestran el fracaso absoluto de cualquier solución que pase por la anulación de las instituciones de la democracia representativa.
No en todas partes han fracasado los gobiernos de izquierdas. Uruguay con la sucesión de Tabaré Vázquez, Pepe Mújica y de nuevo Vázquez camina en una línea progresista avanzada, con total respeto a las instituciones democráticas. De Argentina es imposible hablar en una línea, pero en general puede decirse que la presidencia de Néstor Kirchner hizo avanzar el progreso y la justicia social.
En Ecuador, Brasil y Bolivia, Correa, Lula y Evo sacaron de la pobreza a una parte importante de la población, hicieron crecer por abajo las clases medias, reforzaron los servicios públicos y realizaron en general políticas económicas responsables, aceptables para los inversores extranjeros (que le pregunten a Brufau sobre Bolivia) y que en general hicieron progresar a estos países, hasta que en 2012 la onda de la Gran Recesión los golpeó de lleno. No obstante, la lucha contra la pobreza se cifró sobre todo en programas asistenciales y subvenciones a productos básicos y mucho menos en inversiones productivas.
Más allá de sus políticas económicas, sus pecados son políticos: corrupción, sectarismo, polarización, clientelismo. A pesar de todo, hoy Lula, Morales y Correa debieran jugar un papel en defensa de las clases populares, pero para ello tendrían que reconocer sus errores y pedir perdón, lo que resulta imposible cuando luchan por su supervivencia política y hasta personal.
Hacen falta nuevos Lulas, jóvenes, preparados, salidos de las clases populares, sin las cargas de la corrupción y el sectarismo, respetuosos del Estado de Derecho. Por el momento, habrá que esperar que Alberto Fernández no recaiga en los vicios de Cristina y que López Obrador comprenda que por el mero hecho de que el sea presidente nada se soluciona sin políticas efectivas.
Para terminar el caso de Chile. Laboratorio social en el que la dictadura de Pinochet impuso el liberalismo extremo de la escuela de Chicago. Siempre puesto de ejemplo de estabilidad y progreso económico, dos décadas de democracia condicionada por una Constitución que guarda elementos todavía de la dictadura, con gobiernos de centro-izquierda y derecha, Chile ha estallado por una subida de los billetes de metro.
Más allá de los disturbios, está el hartazgo de las clases populares y media (la mayor del continente junto con Uruguay) con un sistema con buenas cifras macroeconómicas, pero donde la sanidad y educación de calidad son privadas y cada vez más inalcanzables.
El caso de las pensiones es paradigmático. La dictadura, justamente el ministro Piñera, hermano del actual presidente, impuso el paso del sistema de reparto a uno de capitalización. Con bajas aportaciones de trabajadores y empresarios, la reducción mundial de la rentabilidad de los activos financieros está condenado ahora a la miseria a muchos nuevos pensionistas. Aviso a navegantes para los que aquí propugnan el sistema de reparto.
Chile es ejemplo palmario del fracaso del modelo neoliberal fuera de los países hegemónicos. O un anticipo a que extremos llevan las privatizaciones. En Chile los créditos universitarios condenan a la pobreza a los jóvenes licenciados; en Estados Unidos las familias ya tienen que elegir entre mantener los seguros de salud, la casa familiar o la universidad de los hijos.
Las respuestas a la crisis en Chile se están produciendo a tres niveles. La violencia se mantiene en niveles altos y aparentemente sin control, al tiempo que aumentan las denuncias de excesos y brutalidades por parte de las fuerzas del orden. Institucionalmente, se abre paso el consenso sobre la apertura de un proceso constituyente, seguramente imprescindible, pero lento y que no resolverá mágicamente los problemas económicos y sociales. Y popularmente se desarrolla un proceso pacífico de participación, los cabildos, con similitudes con el movimiento de las plazas del 15-M español. Quisiera pensar que en Chile se esté gestando un nuevo modelo justo, eficiente e inclusivo, sin las viejas cortapisas de la dictadura y con un Estado de Derecho más participativo.
En poco más de dos semanas hemos podido ver en las pantallas globales las ceremonias de ascenso al trono del emperador de Japón Naruhito y de la coronación del rey de Tailandia Maha Vajiralongkorn. Imágenes de pompa y circunstancia, que tendemos a descodificar como un simple exotismo folclórico.
En muchos medios el tratamiento informativo (sobre todo en el caso de Tailandia, y ya veremos que no sin motivo) se ha relegado a la sección de «famosos y corazón» o se ha limitado a una crónica política general. Para nosotros, españoles, occidentales, es muy difícil entender el papel de estas monarquías, su imbricación religiosa y su influencia social, pero estos casos arrojan lecciones de interés también para nuestras sociedades laicas sobre el papel de las monarquías.
Monarquías constitucionales
Empecemos por un recordatorio de referencia de lo que suponen las monarquías constitucionales europeas.
Después de una lucha de siglos contra el absolutismo que apelaba a fundamentaciones religiosas, los monarcas europeos se han visto reducidos a un papel simbólico de encarnación de la unidad nacional. El rey reina, pero no gobierna, gobierna un gabinete salido del parlamento y con la confianza del mismo. Todas las monarquías constitucionales son sistemas de gobierno parlamentario. El rey no tiene más prerrogativas que las que le reconoce la Constitución y todos sus actos exigen del refrendo del Gobierno y así, por ejemplo, en el Reino Unido en el discurso de la Corona el monarca lee el programa del gobierno de turno.
Bagehot, el gran teórico de la monarquía victoriana, defendió que de la autorictas del soberano se desprenden unas prerrogativas que estabilizan el sistema: ser consultado, exhortar y prevenir. La Constitución española (art. 56.1) reconoce al rey la capacidad de arbitrar y moderar el funcionamiento normal de las instituciones. El problema es cuando esos poderes de moderación se ejercen en momentos de conflicto, en los que el soberano puede tomar partido o parecerlo, como ocurrió con el discurso de Felipe VI sobre Cataluña de 2017.
En las monarquías europeas no se invoca ninguna legitimidad religiosa, sin perjuicio de que en Reino Unido la reina sea nominalmente la cabeza de la Iglesia de Inglaterra. No obstante, las ceremonias en las que se manifiestan popularmente todos los soberanos europeos siguen representando mitos históricos, conexión con épocas anteriores de supuesta grandeza, con una presencia exacerbada de lo militar como expresión nacional y con una exhibición de riqueza poco acorde con los tiempos.
En general, todas las monarquías europeas proyectan una imagen conservadora, se relacionan de forma paternalista con la sociedad y a menudo mantienen relaciones con potentados, a veces rayando en la colusión.
El talón de Aquiles de todas las monarquías está en la legitimidad dinástica. ¿Por qué asignar esas altas funciones a alguien por el hecho de nacer en una determinada familia? La única defensa es contestar que así se libra a esta alta institución de la lucha partidista y se asegura la continuidad, la estabilidad y un factor de identidad nacional.
El problema es evidente cuando el monarca no reune unas condiciones personales para encarnar esas altas funciones. Desde el punto estrictamente político, el cortafuegos está en la falta de poderes reales y en la necesidad de refrendo gubernamental, pero la función última de símbolo de unidad puede quebrar por una conducta inadecuada. A la muerte de Diana de Gales la monarquía británica se tambaleó y solo la sagacidad de Blair salvó esa crisis constitucional. La abdicación de Juan Carlos I fue una operación de salvación in extremis de la monarquía. Y qué decir de los princípes herederos, siempre educados en instituciones de élite, tan incapaces de encontrar su lugar, tan tentados al exceso de una juventud (o madurez) irresponsable.
Japón
Con solemne sobriedad se ha desarrollado la abdicación del emperador Akihito y la entronización de su hijo Naruhito.
El trono del Crisantemo es teóricamente la más antigua dinastía del mundo. Desde el siglo XII al XIX el poder residió en shogun, un dictador militar hereditario, mientras que el emperador no mantenía más que un poder simbólico basado en su función religiosa. El emperador era la encarnación en la tierra de los dioses, en cuanto que descendiente de la diosa shintoista Amaterasu, un mediador entre los hombres y los dioses, con un acceso privilegiado a la divinidad. Cuando los portugueses llegaron a Japón en el siglo XVII compararon al emperador con el Papa.
En 1868 el desafío occidental lleva a la revolución Meiji y a la asunción del poder central por el emperador, con la abolición del feudalismo, la modernización, la industrialización y el expansionismo militar del país. La Constitución de 1889 instaura una monarquía limitada, en la que la soberanía residía en el emperador, que conservaba amplios poderes.
El emperador era reconocido como encarnación divina y Hirohito, llegado al trono en 1926, será el último monarca cuasi absoluto. Rodeado por una élite militarista, las últimas investigaciones demuestran su papel esencial en las decisiones que condujeron al ataque de Pearl Harbour, el modo de conducir el conflicto y la violación de las normas del derecho de la guerra.
A la hora de la rendición incondicional, Estados Unidos y su virrey MacArthur ni abolieron el imperio ni hicieron abdicar a Hirohito, prefiriendo mantenerle como símbolo nacional y blanqueando su responsabilidad en la guerra. Los japoneses escucharon por primera vez la voz de su emperador en el discurso de la rendición radiado a todo el país y pronunciado en el lenguaje de la corte imperial, incomprensible para la gente común. Hirohito tuvo que renunciar en la llamada Declaración de Humanidad a su condición divina, pero no a su ascendencia divina.
La Constitución de 1946, impuesta por Estados Unidos, instaura una monarquía constitucional en la que la soberanía reside en el pueblo y no ya en el emperador, que conserva poderes puramente simbólicos.
En las ceremonias de abdicación de Akihito y de entronización de Naruhito los símbolos de la religión mayoritaria, el shintoismo, han estado muy presentes. Es la fuente de una legitimidad tradicional, más allá de la legitimidad constitucional. Pero el soberano saliente, Akihito, ha sabido ganarse también la legitimidad popular, con su defensa de la paz -su era Heisei puede traducirse como paz para todos- y la aproximación al pueblo en momento luctuosos. Los emperadores ya no son semidivinos, pero encarnan las tradiciones y viven en medio de normas patriarcales y protocolos axfisiantes, que llevaron hasta la grave depresión a la hoy emperatriz Masako.
Dos asunto que muestran la dialéctica entre el emperador y el gobierno. Akihito, con su compromiso vital con el pacifismo, ha sido un obstáculo principal para el intento del primer ministro Abe de modificar la Constitución, para que el ejército japonés sea algo más que meras fuerzas de autodefensa. Por otro lado, la adopción del nombre de la nueva era, que define un reinado, en este caso el de Naruhito, la era Reiwa o de la Hermosa Armonía, fue adoptada por el gobierno,no por el emperador, conforme el consejo de un grupo de académicos.
Tailandia
En contraste con la sobriedad shintoista de Japón, la coronación de Maha Vajiralongkorn como Rama X (el décimo soberano de la dinastía Chakri) se caracterizó por la exhuberante mezcla de ritos hinduistas y símbolos budistas en medio de una exhibición extravagante de lujo y poderío propio de una monarquía absoluta.
La coronación se produce casi tres años después de la muerte de su padre, el rey Bhumibol. La ceremonia tiene siempre lugar después de un período de luto de aproximadamente un año, que en este caso se ha alargado más. Ya al fallecimiento de su padre, Vajiralongkorn sorprendió a todos al retrasar su proclamación seis semanas, alegando querer vivir el luto privadamente.
Bhumibol reinó 70 años y construyó una síntesis entre una monarquía constitucional (en realidad, monarquía limitada) y monarquía tradicional budista. Patria, rey, religión y democracia es el lema que aparece en los edificios oficiales tailandeses, estableciendo un vínculo entre la propia esencia del país, la monarquía budista y la democracia.
La dinastía Chakri, instaurada en 1782, edificó su legitimidad sobre una restauración budista theravada y una estrecha relación con la shanga, la comundad budista monástica. El monarca encarna las virtudes budistas, es un ejemplo para sus súbditos y ejerce como padre de la nación.
El reino de Siam fue el único territorio del sudeste asiático libre de la dominación de las potencias occidentales. A lo largo del siglo XIX se registran varios procesos de modernización, pero se mantiene el carácter absoluto de la monarquía.
En 1932 una revolución proclama una constitución democrática, aceptada a regañadientes por el rey Prajadhipok (Rama VII), que en 1935 se exilia y abdica en su sobrino Ananda, un niño que vive con su madre y su hermano menor Bhumibol en Suiza. De 1938 a 1946 el general Phibun ejerce una dictadura militar pro Japón. En 1946, Ananda, ya mayor de edad regresa al país, pero antes de ser coronado es encontrado muerto en su cama con un tiro en la sien. Accidente, magnicidio, nunca se aclararon las circunstancias de la muerte, aunque se condenó como autor a una ayudante de campo y como inspirador a Pridi, el líder civil de la revolución de 1932.
Así que Bhumibol comienza su reinado con un déficit de legitimidad. La referencia democrática es la Constitución de 1932 (que como fue la española de 1812 será siempre invocada por las fuerzas progresistas), el poder real reside en los militares y el país ha perdido en dos décadas turbulentas la referencia simbólica del monarca. Bhumibol va a reconstruir la función budista del rey como padre benevolente de la nación, como Bodhisattva que ejerce las 10 virtudes (caridad, justicia, honestididad, paciencia, discenimiento etc.), digno de imitación, pero siendo al mismo tiempo monarca constitucional.
A lo largo de 70 años Bhumibol se mueve en dos planos, el de soberano budista y monarca supuestamente constitucional.
En el plano del poder fáctico en esas siete décadas Tailandia sufrió 17 golpes militares (solo un par de ellos de carácter izquierdista) y Bhumibol siempre maniobró («borboneó», diríamos en España) para favorecer las soluciones más autoritarias y, sobre todo, preservar los poderes reales en cada nueva constitución. En plena guerra fría, con Estados Unidos utilizando a Tailandia como portaviones en las guerras de Indochina y apoyando a los gobiernos militares, la familia real promovió grupos paramilitares, que protagonizaron la matanza de estudiantes en la Universidad de Thammasat en 1976.
Un peculiar caso del poder de moderación del monarca y el más claro ejemplo de intervención pública de Bhumibol se produjo en el llamado Mayo Negro, en 1992, durante las protestas populares en Bangkok contra la dictadura del general Suchinda. Bhumibol apareció en la televisión sermoneando a Suchinda y al líder del movimiento democrático Chamlong para que pusieran fin a sus diferencias -como si fueran puros intereses personales- por el bien común del país. Los dos políticos aparecieron postrados ante el rey, en la postura protocolaria ante el soberano de Siam en las cortes de Ayhuttaia y los Chakri, pese a haber sido oficialmente abolida un centenar de años antes.
En este caso, se entremezclan el poder constitucional de moderación con el simbolismo de la monarquía budista. Bhumibol siempre sostuvo que era un monarca elegido implícitamente por el pueblo y que bastaría que el pueblo así lo decidiera para dejar de ser rey. En la tradición budista tailandesa cada persona tiene un carisma o gracia (barami) acumulada a través de los méritos de los antepasados y de uno mismo en otras vidas anteriores y en la presente, y los reyes de la dinastía Chakri se han presentado como poseedores de una especial sabiduría sobre lo conveniente para su pueblo, como dhammarajas, soberanos que actúan de acuerdo con la justicia que exige el orden cósmico (dharma).
En su largo reinado, Bhumibol cumplió escrupulosamente con los rituales budistas y con las funciones representativas de un jefe de Estado. Desarrolló, además, una intensa actividad parapolítica con un programa paralelo al gubernamental. En todas sus declaraciones minusvaloró a las leyes, los políticos, los funcionarios, como algo ajeno al espíritu tailandés, como si fueran inventos foráneos impuestos al buen pueblo. Todo era más simple, bastaba con actuar conforme el dharma para buscar el bien común. Además de encabezar campañas caritativas, a las que se sumaban las grandes fortunas, el rey impulsó pequeños proyectos de desarrollo rural, presentados como la panacea a todos los problemas. Muy crítico con las normas ambientales, defendía que los pequeños campesinos siguieran deforestando la selva para lograr terrenos de cultivo. No era un dios-rey ajeno. Hasta de los problemas de tráfico de Bangkok opinaba y defendía que en este o aquel cruce se pusieran semáforos o un paso elevado.
Su conducta personal era aparentemente intachable. Casado con Sirikit en 1950, no se le conoce ni siquiera una aventura extramatrimonial. Su mayor excentricidad era una afición desmedida por el jazz. Mantenía en su palacio jam sessions hasta altas horas de la madrugada. En los 50 y 60 la radio estatal radiaba todos los días las composiciones del rey. Al regresar del exilio de Suiza el patrimonio real estaba muy mermado, pero Bhumibol lo confío a un grupo de financieros profesionales fieles a la Corona que crearon un consorcio, el Crown Property Bureau (CPB), consolidando una fortuna inmensa con un gran patrimonio inmobiliario y la participación y control de las más importantes empresas del país.
Todo ello, junto con una gran maquinaria propagandística (los telediarios de todas las cadenas dedican al menos 10 minutos a las actividades de la familia real) y represiva (el delito de lesa majestadcastiga con penas de 3 a 15 años cualquier ofensa y hasta una simple burla al rey y la familia real) convirtió al Bhumibol en un ser verdaderamente reverenciado por sus súbditos. Hasta en el último rincón de Tailandia hay un retrato de Bhumibol, solo o con la reina Sirikit.
Otra cosa es su hijo y ya rey, Maha Vajiralongkorn (Rama X). Sin más formación que la militar, con pobres desempeños en academias castrenses australianas y estadounidenses. En los 90 mandó unidades militares antinsurgencia en el norte del país. Desde muy joven se mostró -en palabras de su madre- «un poco Don Juan». Casado tardíamente en 1991 con una prima en un matrimonio promovido por su madre, mantuvo simultáneamente una relación con una actriz. Después del divorcio de su primera esposa se casó de nuevo en 2001, para divorciarse en 2014. Y finalmente, y por sorpresa, en vísperas de su coronación se ha casado con Suthida, proclamada reina.
El problema no es la sucesión de relaciones, esposas y amantes, en una sociedad budista que no tiene como valor fundamental el matriminio indisoluble. En el siglo XIX, en la corte de los Chkri la norma era una esposa principal, varias secundarias y decenas de concubinas. El problema es la índole de esas relaciones, las personas elegidas, lo conflictivo de las rupturas, la arbitrariedad en el tratamiento de las compañeras, sus hijos y familias. De los 5 hijos de su segunda relación, los cuatro varones viven en Estados Unidos repudiados por su padre. Después de su segundo divorcio, Vajiralongkorn ha perseguido a la familia de su exposa. La ahora reina Suthida era azafata de Thai Airlines, promovida a general y comandante de la guardia del entonces príncipe heredero.
Y sus excesos y extravagancias. A su perro le nombró mariscal del Aire y asistía con él, con la mascota de uniforme, a los actos oficiales. En Youtube circula el vídeo del cumpleaños del perro, una gran ceremonia en palacio en la que su entonces esposa aparece prácticamente desnuda. Otra fotos virales son el prícipe y una de sus amantes con camiseta de tirantes, enseñando parte del torso profusamente tatuado, recibiendo el saludo de oficiales militares. Vajiralongkorn ha pasado la mayor parte de los últimos años en una mansión en Alemania, cerca de Munich. Los rumores hablan de sus deudas de juego, cubiertas por Taksim, millonario, líder de los camisas rojas y primer ministro derrocado por los militares, con el que ahora está enemistado.
Lo peor es su comportamiento en los tres años escasos como soberano. Ha asumido personalmente el control del consorcio de las propiedades reales, ha colocado a uno de sus allegados como jefe del Ejército y ha nombrado patriarca budista, cuando en los últimos 25 años era un consejo religioso el que realizaba la designación. Ha conseguido reforzar los poderes reales en la nueva Constitución y -muy significativo- podrá residir en el extranjero, sin necesidad de nombrar un regente.
Para colmo le ha salido el grano de su hermana mayor, Ubolratana. Casada y divorciada con un americano y, por tanto, fuera de la Casa Real, se presentó como candidata a primera ministra en un pequeño partido dependiente de Thaksim. Inmediatamente, la Casa Real la desautorizó y la Junta Electoral eliminó la candidatura y proscribió al partido. La princesa es la reina de las redes sociales y gana la batalla de la popularidad a su hermano el rey.
No es raro que con estos antecendentes y, sobre todo, comparando con el modelo de su padre, Vajiralongkorn no sea popular. Según informaciones, el gobierno militar ha tenido que movilizar a más de 20.000 funcionarios para llenar las calles del centro de Bangkok durante la coronación.
La coronación llega cuando debiera de consolidarse un nuevo gobierno civil.
En lo que va de siglo, el eje de la política tailandesa ha sido el enfrentamiento entre los camisas rojos y los camisas amarillos. Los rojos son los campesinos y clases populares de provincias, que se sienten tradicionalmente maltratados por las élites de Bangkok. Escogieron el rojo para diferenciarse del amarillo, el color de la dinastía Chakri, que lucen las masas monáquicas y tradicionalistas.
El líder indiscutible de los rojos esTaksim Shinawatra, un millonario nacido en Chiangmai, la capital del norte. Durante su mandato en los primeros años del siglo desarrolló una guerra sucia contra el narco denunciada por todos los organismos defensores de los derechos humanos. Condenado por corrupción y derrocado en 2006 por los militares, volvió al poder vicariamente por medio de su hermana, que tuvo que afrontar las protestas de los camisas amarillas en Bangkok, hasta que fue derrocada por los militares en 2014.
La Junta impuso en 2017 una nueva Constitución, con reforzamiento de los poderes reales y un Senado elegido por los militares. En las primera elecciones del 24 de marzo, el partido militar ganó en votos, pero no en escaños directos en distritos uninominales. Para después de la coronación se dejó el reparto de escaños por un sistema proporcional. La Junta Electoral realizó finalmente una asignación muy cuestionada, que atribuye escaños a varios pequeños partidos, que podrían formar gobierno con el partido militar.
Lo más novedoso es el magnífico resultado obtenido por el partido Nuevo Futuro, representante de los jóvenes y las clases más cosmopolitas, tercera fuerza en las urnas después de una campaña en las redes en las que ha evitado los argumentos identitarios. Nuevo Futuro podría ser una fuerza democrática modernizadora y una alternativa al destructivo enfrentamiento entre entre rojos y amarillos.Pero ya suena para primer ministro de un gobierno de unidad un tecnócrata próximo al rey.
Nadies cuestiona al emperador Naruhito. El caracter constitucional de la monaraquía le protege. En Tailandia,Vajiralongkorn ya ha sido ungido como Señor de la Tierra, una de las denominaciones tradicionales de los monarcas de Ayhuttaia y la dinastía Chakri, pero su papel como agente político activo no presagia nada bueno para la monarquía tailandesa. ¿Será Rama X el último de los diez monarcas de la casa Chakri, como pronostican antiguas profecías?
(Una confesión. En un viaje como turista me fascinó Tailandia, una sociedad joven, dinámica, eficaz, pero al mismo tiempo muy tradicional).
Paul M. Handley (2006): The King never smiles. New Haven and London: Yale University Press. (Lectura imprescindible, puede encontrarse el pdf en Internet).
Laurens de Rooij (2015): «The King and his Cult: Thailand’s Monarch and the Religious Culture» IN David W. Kim (ed.) Religious Transformation in Modern Asia, Leidem: Brill. (Academia.edu).
Axel Aylwen (1999): El halcón de Siam. Barcelona: ediciones B (novela de aventuras históricas, interesante por su recreación de la corte de Ayhuttaia y sus ceremonias, que todavía perviven).
(Y de cierre una transmisión de 4 horas de todas las ceremonias de la tv china CGTN)
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