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Primero decir que el abordaje -nunca mejor dicho- de la llegada del crucero Hondius, con posibles contagiados por el Antavirus ha sido un ejemplo de cómo tratar un problema sanitario, consecuencia de la globalización. La colaboración internacional, 23 países han colaborado bajo la dirección de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el organismo de la ONU competente en salud pública. Un ejemplo de cómo Naciones Unidas a pesar de sus fallos en prevención y resolución de los conflictos -secuestrada por las grandes potencias y especialmente los miembros permanentes del Consejo de Seguridad- la organización y su red de agencias sigue siendo imprescindible para un mundo civilizado. Por eso los que solo creen en la fuerza tienen a NU en su disparadero.
En cuanto a España creo que se han tomado decisiones prudentes y eficaces, sin que hayan faltado dirigentes, como Clavijo (aparentemente siempre moderado) que se hayan apuntado a la demagogia y la mentira, supongo que. pensando que eso le reportará votos. El gobierno ha actuado con diligencia y ha ofrecido información puntual, pero los que siempre se quejan de falta de información; han considerado que esa información era una cortina de humo para tapar los problemas del gobierno.
Los medios, sobre todo las televisiones, con grandes despliegues y continuos directos que nada aportan, se han apuntado en muchos casos al alarmismo. Casi inmediatamente después de su llegada los pasajeros han abandonado el barco con todas las garantías sanitarias. Las últimas noticias habla de dos contagiados, un francés y estadounidense, ¿Qué habría pasado si el desembarco se hubiera realizado en Cabo Verde, un país africano, sin las capacidades sanitarias de España?
No es lo mismo llegar en un crucero de lujo que una patera, por mucho que los inmigrantes nos aportaran no solo económicamente y renovarán demográficamente y culturalmente nuestras sociedades y los cruceristas se marcharán sin compensar a nuestros servicios de salud y protección civil.
El Hontius en la Antártida. Fuente Tundraviatges.com
En la globalización una epidemia se convierte fácilmente en una pandemia. Así ocurrió con la covid 19 y así puede volver a ocurrir conel hantavirus.
Antes los cruceros navegaban plácidamente por el Mediterráneo y el Caribe, pero en los últimos años este turismo depredador de ciudades ha llegado también a las tierras vírgenes de la Atlántida. Estábamos acostumbrados a ver expediciones científicas bajo el paraguas de estados, casi siempre con medios de las marinas respectivas. Ahora, como en el Everest e incluso el espacio exterior, basta tener. el dinero suficiente y una forma física no demasiado mala.
El virus en su versión Andes es el más peligroso y con mayor letalidad es endémico en todo el Cono Sur. Argentina, con 66 casos, es el país con mayor incidencia. El tratamiento de la epidemia dio lugar a protestas. Milei sacó al país de la OMS.
En el caso muy improbable que algún portador del virus hubiera entrado en contacto con algún animal en la Antártida parece imposible el contagio; en cualquier caso el virus no sobreviviría a las bajas temperaturas. Ya es suficiente contaminación la presencia de decenas de cruceros y la contaminación (al menos sonora) en el continente virgen.
En su camino a Cabo Verde una treintena de pasajeros desembarcaron en la isla de Santa Elena. Las autoridades estén haciendo un seguimiento en este minúsculo territorio, dominio británico y un paraíso natural. A 200 kms de Ángola su comunicación más fácil es con Sudáfrica. Es un territorio tan remoto, que los británicos confinaron en la isla a Napoleón después deWaterloo para eviutar una fuga como la de Elba. El de Córcega, además de leer se dedicó a observar aves.
De modo que un crucero de lujo a un territorio antes prohibido como la Antártida ha sido el punto de arranque de un grave brote de una enfermedad viral, que confiemos en que no se convierta en una nueva pandemia.
Bombero luchando contra el fuego en Chandrexa de Queisa, Ourense. Fuente la Región.
En vísperas de la Vírgen de Agosto («ferragosto» en Italia) en lugar de celebrar las fiestas del fin de la cosecha el Mediterráneo arde.
En Francia, en el sur en el departamento de Aude ha registradoel peor incendio en 50 años. En lugar de escuchar los cohetes de la fiesta lo que predomina son los sonidos de sirenas y helicópteros.
En España hay una decena de incendios de mayor magnitud, que han destrozado infraestructuras (el tráfico ferroviario entre Madrid y Galicia se ha interrumpido un par de veces), el fuego ha entrado en pueblos de León, ha afectado al paraje natural de Las Médulas. 120.000 personas han tenido que ser desalojadas de sus hogares.
Sin descartar pirómanos o imprudencias parece que esta cadena de incendios no puede ser casual. Tampoco vale decir que las administraciones no limpiaron el monte en invierno.
Algunos de estos incendios se han producido donde la especulación ha invadido el paraje natural: Soto de Viñuelas y sierra de Tarifa en Cádiz.
Los incendios de las dos castillas y Extremadura se han producido en la España vaciada, donde en el monte ha dejado de ser ramoneado por las cabras, el mejor método de mantenerlo limpio de combustible. El abandono de los cultivos ha permitido el desarrollo del monte bajo, altamente inflamable.
Las lluvias extraordinarias de primavera y las olas de calor del verano han sido las condiciones propicias para estos incendios de sexta generación. Con varios frentes y gran velocidad de avance con grandes vientos cambiantes y que por el enorme calor producen pirocúmulos explosivos, que propaga el fuego más allá de los frentes activos.
Es imposible tener un dispositvo que luche contra estos incendios, sobre todo si en un comunidad se dan tres o cuatro al mismo tiempo; y en todo el país una decena.
En nuestro estado federal imperfecto, corresponde a las comunidades afrontar las calamidades naturales, como fuegos o inundaciones. Pero cada vez parece más necesario establecer mecanismos superiores de coordinación y no enzarzarse de nuevo en el»y tú más».
Zapatero creó la UME y fue muy criticado: poner a los militares a apagar fuegos era «romper España». Y ahora es el momento de que los recursos de las comunidades, soobre todo cuando son contiguas, deben ser coordinadas estatalmente.
Desde Joaquín Costa los ingenieros de montes han hecho una muy apreciable gestión, luchado contra el arrastre de los terrenos y evitando inundaciones. Pero se abusó sobre todo durante el fraquismo de pinos y en Galicia por intereses madereros de lo eucaliptos, ambas especies altamente combustibles.
Está claro que las olas de calor, las sequías y las grandes precipitaciones fuera de temporada van a ir a más. Los recursos de extinción no puedes ser infinitos. Hay que gestionar el territorio; no consentir la urbanización en zonas naturales; en el caso de los pueblos crear cortafuegos y otras defensas. Y emplear los dineros de la PAC, que ahora será gestionada en programas nacionales en renaturalizar zonas rurales y crear recursos para los pequeños agricultores y ganaderos, más allá de crear una casa rural y dejar de financiar a los latifundistas.
Las olas de calor volverán cada vez más frecuentemente. En la ciudad parece que la única defensa es el aire acondicionado, que recalienta la atmósfera y eleva el gasto de electricidad. Ahora mismo en Francia hay una polémica en Francia entre Lepen que propone generalizar el aire acondicionado y el partido ecologista que propone adaptar los edificios para que se produzcan corrientes naturales. Puede que las adaptaciones de los edificios no sea posible, pero los ayuntamientos pueden multiplicar la plantación de árboles y zonas verdes, incluso jardines artificiales en las azoteas y así bajar algún grado.
Quien diga que «en en agosto siempre ha hecho mucho calor» es un suicida, que no quiere ver una realidad en la que nos jugamos nuestra supervivencia.
Montañas de ropa usada en el desierto de Atacama (Chile). (Reddit/ed8907) Tomada de El Confidencial
En mi anterior entrada sobre el fin de la Globalización puede que diera una visión muy positiva de la globalización, que quiero matizar aquí. La globalización es un asunto muy complejo (desde un punto de vista económico, político y social) que ha modelado el mundo del final del siglo XX y de las primeras décadas del XXI de modo que no puede agotarse en una simple entrada de un blog, pero vale la pena hacer una aproximación, ahora que su continuidad se encuentra seriamente cuestionada.
Esta no es una publicación académica y no usa sistemáticamente fuentes. Parto de la idea de que para la derecha la globalización ha sido el gran motor del progreso, mientras que la izquierda la ha considerado siempre como un instrumento de dominación capitalista. En esta entrada, partiendo de la hipótesis de que la guerra comercial puede ser el principio del fin de la globalización, intentaré trazar las luces y sombras de un fenómeno.
El fin de la globalización
La guerra comercial de Trump puede ser un hecho decisivo; aunque él o un sucesor diera marcha atrás en la guerra arancelaria, sería difícil restaurar los lazos comerciales y más difícil recuperar la confianza en el comercio y suponer que el intercambio puede garantizarnos los bienes esenciales que una sociedad necesita para subsistir La guerra comercial no es sino un acto, muy importante de una tendencia, que va más allá de lo económico y que Daniel Inneraty llama desincronización:
«Ha terminado la era de los grandes avances sincronizados, cuando se suponía que tecnología, integración, comercio, paz, economía, democracia, igualdad discurrían al mismo tiempo, tirando uno de otro y en un cierto equilibrio. La actual guerra de los aranceles pone de manifiesto que no siempre el “comercio dulce” del que hablaba Montesquieu genera convivencia entre quienes lo practican, sino que es posible hacer la guerra con el comercio.»
Consecuencias para los países y las gentes del Sur
Como ya dije en la anterior entrada, muchas gentes de Sur han salido de la extrema pobreza, pero a menudo mediante una explotacióninhumana. Un ejemplo puede ser Bangladesh, uno de los países más pobres del mundo, convertido en la fábrica textil low cost para los países ricos del Norte, donde se produce en condicione inhumanas y sin el menor respeto para la vida de los trabajadores. En 2013 en Dhaka, la fabrica Rana, que producía para las grandes marcas del Norte se derrumbó y murieron 1.100 .trabajadores.
Los trabajadores de Foxconn, la compañía china, ensambladora de los Iphone son obligados a dormir en la fábrica para incorporarse al trabajo cuando las necesidades de la producción lo requieran y no se les permitía abandonar el recinto durante la Covid.
La basura se exportaba en grandes cantidades a China hasta que Pekín ha prohibido este tráfico. Los grandes vertederos en el Sur, fruto de las exportaciones del Norte son el modo de vida de miles de personas que intentan reciclar elementos valiosos, como los electrónicos, especialmente tóxicos, tarea para que los niños con sus pequeñas manos son especialmente hábiles. La basura del Norte termina por convertirse en subsistencia imprescindible para la gente del Sur (Aquí un informe del Banco Mundial sobre estos basureros).
Con todos estos abusos, la globalización y su dimensión amable, el turismo, ha generado en el Sur una positiva dinámica económica y ha reducido la pobreza extrema. No sabemos como sería la dinámica en un mundo comunista (la experiencia de Comecon en el bloque comunista fue negativa para los países perféricos) pero en este mundo capitalista la globalización ha sido positiva, con todos los peros que se quiera para las gentes del Sur.
La hegemonía pasada de EEUU y la futura de China
EEU ha sido el mayor beneficiario de la globalización, que le ha permitido disfrutar de todo tipo de productos a precios muy bajos.
Como consecuencia del sistema de Brenton Woods y la retirada de Nixon del patrón oro, el dólar se convirtió en la moneda de reserva mundial, lo que ha permitido a los estadounidenses un consumo desaforado de productos llegados de Oriente, bajar los impuestos (sobre todo a los más ricos) y financiar sus múltiples e interminables guerras generando un déficit que en cualquier otro país hubiera determinado la intervención del FMI. Pero la globalización ha traído también una deslocalización industrial (y descontento), salvo en armamento, en lo que los estadounidenses siguen siendo líderes.
El Norte confío la producción industrial en China, primero de productos con muy poco valor añadido («todo a cien») y luego mediante copia y últimamente China ha desarrollado una tecnología propia muy avanzada, superando a estadounidenses y europeos. Pronto estadounidenses y europeos pueden estar fabricando productos con tecnología china con mano de obra más barata que la de china (Thomas Friedman).
Por de pronto los desmesurados aranceles de Washington a China está suponiendo que algunas marcas tecnológicas se planteen llevar su producción a India o Vietnam. Así que además de una improbable reindustrialización de EEUU, Trump quiere debilitar a China.
La globalización está convirtiendo a China en el nuevo hegemon, por el momento «blando» Su enorme superávit puede emplearse en rearme, investigación e inversiones en el exterior para crear y sostener infraestructuras propias de comercio del Sur a China (nueva Ruta de la Seda). El punto débil de China (una autocracia formalmente comunista, pero realmente capitalista, sin estado del bienestar) es emplear ese superávit en atender a los déficits sociales y los riesgos sistémicos de sus finanzas.
Consecuencias para los países y gentes del Norte
La globalización ha permitido que lleguen a estos países productosbaratos, lo que ha favorecido un consumo desmesurado. Recordemos la crítica a este consumo por parte de Naomi Klein en el clásico «No Logo».
La llegada de productos manufacturados destruye industrias locales y con ellas puestos de trabajo. La clase trabajadora sufre un shock; no solo desaparecen puestos de trabajo, los que perviven están peor pagados y son más precarios y los sindicatos desaparecen. Zonas anteriormente industrializadas se convierten en desiertos y crece el descontento y trabajadores anteriormente de izquierdas echan la culpa de su empobrecimiento a lo inmigrantes y pasan a votar a la ultraderecha.
No solo llegan productos industriales; el transporte por barco permite la llegada de productos hortofrutícolas fuera de temporada desde la otra punta del globo. Enorme despilfarro ecológico que nos acostumbra a consumir como si no existieran las estaciones y arruina a los agricultores, otro sector explosivamente descontento. Los acuerdos comerciales pueden ser un mecanismo de prosperidad compartida, siempre que los productos importados cumplan requisitos ecológicos (no abuso de medicamentos, sin insecticidas ni fertilizantes químicos) y laborales (no trabajo esclavo).
La globalización da la puntilla a los Gloriosos Treinta, ya heridos por el neoliberalismo de Reagan y Thatcher.
El fin de la globalización nos va obligar a replantearnos nuestros hábitos de consumo.
El proteccionismo no es ni justo ni eficiente
El proteccionismo es menos eficiente; el país se aísla y la falta de competencia le encapsula Un gran ejemplo es el de DeepSearch. Por razones estratégicas, Washington impidió que China importara los procesadores Nvidia más potentes. Los chinos usaron procesadores más antiguos y menos potentes y afinando el software han logrado superar a ChatGtpt, con menor coste, menor consumo de energía, producido por una compañía pequeña, con código abierto, trabaja online o instalado en el ordenador (Aquí lo explica Newtral).
Trump está cometiendo un gran error estratégico al dar la espalda a la renovables y seguir apostando por el petróleo, de modo que al llenar el tanque el tique pueda ser algunos céntimos más barato y propiciar la victoria de sus candidatos en las elecciones de medio mandato. Pero las energías fósiles no solo calientan la atmósfera; a medio plazo el precio de las energías renovables será muy inferior al del petróleo y el gas; de modo que el país que de la espalda a las renovables verá seriamente mermada su competitividad, aunque habrá que hacer inversiones en la red eléctrica y explorar soluciones de energía distribuida. (en cuanto a las nucleares, sus defensores, normalmente contrarios a la deuda para financiar servicios públicos olvidan que la peor deuda que se puede dejar a las futuras generaciones es el tratamiento de los residuos nucleares).
El libre comercio tiene que ser justo. El mayor sistema de libre comercio del mundo es la UE, que ha creado un sistema de prosperidad compartida entre países que habían guerreado por siglos, Pero este sistema tiene distintos sistemas de compensación (fondos estructurales y de compensación, de los que tanto se ha beneficiado España). La UE no es solo un gran mercado y una potencia normativa capaz de luchar por el multilerateralismo, que Trump quiere destruir.
Cualquier sistema de libre comercio -para ser justo- tiene que incluir exigencias comunes y compensaciones para las partes más débiles. Estas son las críticas al acuerdo comercial de la UE con MERCOSUR (Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay) que constituye un área de libre comercio de 77 millones de habitantes (Aquí resumen del Acuerdo por parte del Ministerio de Economía). Previsiblemente la UE exportará productos industriales y recibirá productos agrícolas, sin suficientes garantías ecológicas y con daño para los agricultores europeos. Las críticas, sobre todo de organizaciones ecologistas y agricultores, califican este tratado como un acuerdo neocolonial. La UE no lo ha ratificado porque no se ha logrado en el Consejo la mayoría cualificada necesaria, sobre todo por la oposición de Francia, donde los agricultores tienen un enorme peso político.
Para que un acuerdo comercial sea justo tiene que ajustarse a losObjetivos del Milenio, sobre todo al primero «erradicar la pobreza» y el 7 «Asegurar la sostenibilidad medioambiental».
«El abrazo» de Juan Genovés, el original está en el Museo Reina Sofía, el artista donó los derechos de autor a Amnistía Internacional
Ninguna imagen como «El abrazo» representa mejor el espíritu de la Transición. La amnistía (reclamada en manifestaciones multitudinarias) que puso en la calle a los presos políticos y sindicales, como los del Proceso 2001. Pero que también amnistió a los policías torturadores, a los que todavía no se ha podido juzgar.
Nuestra democracia nació de pacto y eso supuso aceptar una monarquía sin someterla al voto popular. Nuestra Constitución resultó muy avanzada en su reconocimiento de los derechos civiles y políticos, pero cicatera con los derechos sociales y económicos, con grandilocuentes enunciados, que solo son orientaciones para que los poderes públicos los hagan realidad mediante políticas y servicios públicos.
Uno de aquellos amnistiados fue Nicolás Sartorius, un aristócrata, que se sumó a la lucha de la clase obrera (como se decía entonces) como abogado de CCOO y como tal juzgado y condenado en el Proceso 2001, Sartorius luchó por mantener al PCE en la vía del eurocomunismo. Ahora cuando proliferan las obras sobre el fin de la democracia, Sartorius no propone su ampliación como modo de regeneración democrática.
A nivel nacional, la ampliación tiene que pasar por hacer vinculantes los derechos económicos y sociales. no solo por la vía de su exigibilidad ante los tribunales, sino sobre todo mediante reservas presupuestarias, que garanticen servicios públicos de calidad. Y profundizando en nuevos derechos medioambientales o el derecho a preservar la privacidad de nuestro cerebro, frente a los sistemas de intrusión . Y dando mayor protagonismo a los derechos de los jóvenes a vivir independiente… Luchando contra la desinformación. Todo un «programa de regeneración democrática»…
Si algo tiene claro el autor esta expansión democrática (o modo para ir terminando con el capitalismo) ya no puede hacerse (como en los años gloriosos) en el estrecho marco del estado nacional. Ahora la expansión de la democracia tiene que hacerse globalmente, especialmente por medio de organizaciones de integración y en ese sentido la UE es el marco ideal, no solo para expandir los derechos, sino también para conseguir un bienestar con justicia. La UE tiene muchos agujeros, como su política migratoria. Pero la ultraderecha puede destrozar este exitoso experimento, no tanto por su presencia en el Parlamento. como por su control de cada vez más gobiernos. Estamos ante el riego de en lugar de expandir, comprimir la democracia.
La crisis climática es la más decisiva de la múltiples crisis que coinciden en este primer cuarto del siglo XXI
Un amigo, todavía en activo, pero en edad de jubilación, se confesaba el otro día desanimado por la pérdida de la calidad en todos los ámbitos de la vida y el reinado de la mediocridad.
Hay una discusión entre los que sostienen que nunca hemos vivido mejor y los que ponen de manifiesto las injusticias y brutalidades de nuestro tiempo;
Rosling («Factfulness») defiende la idea de que muchas veces subestimamos el progreso real que ha tenido la humanidad en áreas como la reducción de la pobreza, la mejora de la salud y el aumento de la esperanza de vida.
Ridley («The rational optimist») considera que el intercambio de bienes e ideas ha sido el motor de la prosperidad global.
En contra, los que critican las desigualdades generadas por la globalización y el capitalismo, como Chomsky o Naomi Klein.
Piketty ha demostrado cómo la desigualdad se redujo drásticamente en Occidente después de la II Guerra Mundial. Tras los «treinta gloriosos», a partir de los 80, la desigualdad no ha dejado de crecer pulverizando a las clases medias del primer mundo.
«Desde 2020, la riqueza conjunta de los cinco hombres más ricos del mundo se ha duplicado. Durante el mismo período, la riqueza acumulada de cerca de 5000 millones de personas a nivel global se ha reducido. Las penurias y el hambre son una realidad cotidiana para muchas personas alrededor del mundo. A este ritmo, se necesitarán 230 años para erradicar la pobreza; sin embargo, en tan solo 10 años, podríamos tener nuestro primer billonario». (Informe Oxfam 2024)
Así que para saber si vivimos mejor o peor que generaciones pasadas hay que saber dónde hemos nacido y en qué clase social.
Cómo nos recordó el aventurero español, Santiago Sánchez, liberado después de un año preso en Irán «no sabemos la suerte que tenemos de haber nacido en España». O cómo, siempre decía el cámara Evaristo Canete, después de la cobertura de alguna guerra o catástrofe, «cuánto me alegro de haber nacido en San Adrián» (su pueblo de la Rivera navarra).
Vivamos mejor o peor es cierto que entre nosotros se ha asentado un estado de pesimismo existencial, que tiene su causa en el estado de policrisis en que vivimos. Como todas la crisis, suponen situaciones cambiantes, a peor o mejor, que en tanto se resuelven causan inestabilidad e inseguridad, La mayor parte son claramente crisis del siglo XXI, aunque algunas tienen su origen en el siglo XX.
Crisis de exaltación de la competitividad
A partir de los 80 del pasado siglo, el neoliberalismo triunfante con Reagan y Thatcher, pone por encima de las personas el beneficio económico de las corporaciones. La economía se financiariza. No es que antes no fuera así, pero el «valor al accionista» no era el principal objetivo. La «satisfacción del cliente» se reduce, ahora, a métricas ilusorias y se produce una degradación del servicio de las empresas privadas y, por extensión, de las públicas, que se ven obligadas a competir con las privadas en un terreno que no es el suyo y son forzadas a sucesivas externalizaciones, dañinas para la organización y sus usuarios.
Desde finales del siglo pasado se acelera la globalización, con un nuevo reparto de cartas económicas. Se empobrece la clase media de los países ricos, mientras millones salen de la pobreza extrema en lo que hoy llamamos «sur global».
Las deslocalizaciones destruyen industrias y restan importancia al trabajo. Los sindicatos se ven debilitados y el trabajador pierde su orgullo (recordemos, por ejemplo, la película «Full Monty»).
La globalización también supone mejores comunicaciones, físicas y simbólicas. que favorecen los flujos migratorios hacia países cada vez más desindustrializados, pero muy ricos en comparación con los de origen; lo que supone enormes desafíos de acogida e integración de esta nueva población, un importante activo económico y social en sociedades envejecidas,
La crisis de los derechos fundamentales, el 11-S
El siglo se abre con un acontecimiento capital, los atentados yihadistas del 11-S contra el Imperio norteamericano.
La respuesta es la «war on terror» decretada por Bush en la que se dejan en suspenso los derechos más fundamentales, con la complicidad de una serie de gobiernos amigos de Washington. Sus episodios más ominosos fueron Abu–Ghraib y Guantánamo.
La pretensión de que los derechos humanos más fundamentales pueden suspenderse ante amenazas terroristas han dejado una profunda herida en nuestra civilización y ha aumentado, exponencialmente, el peligro terrorista en nuestras sociedades. Podríamos resumir que esta crisis supuso una GRAN INVOLUCIÓN CIVILIZATORIA. Y ha reducido la credibilidad de Occidente, cuando predica por el mundo la democracia y los derechos humanos.
Crisis financiera y derechos sociales
El segundo gran shock del siglo llegó 6 años después del 11-S. En 2007 se pinchó la burbuja inflada durante 25 años de desregulación financiera. Fue la GRAN RECESIÓN.
En España la crisis fue especialmente dolorosa por afectar a un bien básico como la vivienda. Cientos de miles perdieron su hogar.
La respuesta para sanear el sistema financiero fue que el dinero público rescatara las entidades sistémicas. Ello requirió rescates financieros y medidas de austeridad impuestas por los países acreedores. Los servicios públicos se vieron arrasados y los derechos sociales volvieron a ser una pura declaraciónformal.
Cuando en 2020 llegó el tercer shock, la pandemia, los servicios públicos todavía no se habían recuperado, pero una política de gasto y una actuación colectiva europea nos permitió salir de una crisis, que podría haber sido exterminadora,
Crisis política
La crisis financiera y los efectos de la globalización propician en toda Europa la aparición de nuevos partidos y movimientos, más radicales, a derecha e izquierda. Se rompen consensos y la fragmentación dificulta la consecución de mayorías de gobierno.
Crisis de identidad
De sociedades homogéneas, blancas y con los roles de género muy establecidos, pasamos a sociedades diversas multiétnicas, en las que la mujer tiene un papel cada vez más activo, al tiempo que aparecen nuevos modelos de comportamiento sexual (LGTBI+).
Ello crea inseguridad en parte de la población masculina. Un 44% de los hombres sienten que los avances del feminismo los discrimina (encuesta CIS), pese a la gran brecha que todavía existe entre hombres y mujeres, que se manifiesta en la misma encuesta.
España tiene también un problema de identidad nacional. Porcentajes significativos de vascos, catalanes y, en menor medida, gallegos, no se sienten españoles.
En los últimos tiempos hay quien parece interesado en abrir una brecha generacional, culpando a las generaciones mayores de disfrutar de privilegios que impiden que los jóvenes gocen de sus derechos.
Con esta lógica de enfrentamiento intergeneracional se trata de tapar la explotación de los trabajadores más jóvenes y la falta de inversión, pública y privada, en innovación; condición para que la generación mejor cualificada pudiera desarrollar toda su potencial. En España la emancipación se retrasa hasta los 30 años.
Crisis comunicativa
De lo analógico, hemos pasado a lo digital. Del cara a cara a las pantallas. De la reflexión pausada al «me gusta» instantáneo. De la confianza en el mediador experto, a creer al primer indocumentado, que nos emocione.
La aldea global hoy es Internet. que ha creado un nueva mundo vicario del real. Durante la pandemia pudimos seguir siendo sociales confinados en nuestros hogares, pero conectados con el mundo.
Cada vez tenemos más acceso a más y mejor información, pero preferimos intoxicarnos con la mentira que mejor satisface nuestras posiciones. El esfuerzo de distinguir la verdad de la mentira nos tensa, nos hace pesimistas y genera desafección en las instituciones.
Para el Foro de Davos, la desinformación es la mayor amenaza global para los dos próximos años.
Es difícil evaluar el alcance de esta revolución, que a los más mayores genera inseguridad, mientras que para los más jóvenes es elemento esencial de desarrollo y sociabilidad. Ya son muchos los expertos que alertan de la necesidad de volver a una educación en la que la pantalla sea un auxiliar, pero no el centro del proceso educativo.
De un mundo bipolar, hemos pasado a un mundo multipolar. De un equilibrio nuclear entre dos gigantes, ahora estamos en una competencia entre una decena de potencias nucleares.
La caída de la URSS produjo la ilusión del «fin de la Historia» (Fukuyama), entendido como la victoria del capitalismo y las democracias liberales, en un mundo con una potencia hegemónica, Estados Unidos.
Durante unos años parecía que ese hegemon no tenía rival. Pero toda una serie de errores cometidos con Rusia han conducido a que Putin intente reconstruir «el mundo ruso» (como trasunto de la URSS). La consecuencia, la guerra de Ucrania.
La guerra de Gaza (convertida en un genocidio) tiene su origen en el conflicto secular palestino, pero es también manifestación del desafío de Irán a Estados Unidos.
El tercer gran actor geopolítico es China, por ahora rival económico, social y económico de Estados Unidos y Europa. Pero si EEUU apoya abiertamente la independencia de Taiwan y arma a la isla -como podría hacer Trump- la rivalidad podría convertirse en hostilidad militar.
Crisis climática
De todas estas crisis, la más grave es el calentamiento global, provocado por el hombre por su consumo de combustibles fósiles durante los últimos 150 años.
Este cambio climático, junto con la destrucción de los hábitats naturales pone a la especie humana al borde de la extinción. Si se supera el límite de +1.5 grados sobre las temperaturas de la era preindustrial, nadie sabe como reaccionará el clima.
Nadie serio niega ya el fenómeno, pero son todavía mayoría los que piensan que se puede combatir el peligro consumiendo como hasta ahora, haciendo algunos cambios para adoptar fuentes de energía sostenible.
La realidad es que consumimos más de lo que la tierra puede soportar. Tendremos que hacer cambios radicales, lo que no quiere decir vivir peor, sino vivir de otra manera menos depredadora y con otras satisfacciones más allá del consumo.
Estos cambios tienen que hacerse con justicia para que no se lleven la peor parte los más débiles.
El mejor y el peor de los tiempos
En medio de todas estas crisis globales, nuestro tempo es el mejor y el peor de los tiempos, Dicken dixit.
«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación».
Restos del naufragio de un pesquero en la playa de Cutro (Catania) en el que perecieron al menos 70 inmigrantes el 5 de marzo
Ante imágenes, como la que incluyo, de los restos de la enésima tragedia en la que el mar se traga a personas cuyo único delito era buscar un lugar seguro para huir de la persecución o simplemente poder desarrollar una vida digna me vienen a la mente mis sensaciones de las visita a Auschwitz.
En la foto se distingue, en primer término, lo que pueden ser los restos de un peluche o un pijama infantil. Entre las víctimas, al menos una decena eran niños.
En mis dos visitas al campo de exterminio de Auschwitz lo que más me impresionó, más que los terribles andenes de Birkenau o los restos de los crematorios o el hipócrita lema «El trabajo os hará libres» fueron los restos de ropas y enseres de las víctimas. En concreto, los zapatos de niños, exterminados por miles.
Zapatos de niños judíos asesinados en Auschwitz tomada de una exhibición en Oslo, Noruega Foto: Wolfmann Wikimedia Commons CC BY-SA 4.0
No voy a decir que la política europea de migraciones pueda compararse con el genocidio judío y de otros pueblos, llevado a cabo por el nazismo porque ese fue un acontecimiento histórico único. Pero sí reitero, como he hecho otras veces en este blog, que la política de la «fortaleza europea» es criminal.
No sólo niega derechos humanos fundamentales, como el derecho de asilo, Criminaliza al migrante, como ha hecho Meloni, que ni siquiera ha visitado el lugar de la tragedia, El que huye de la persecución o el hambre no se le deja otra salida que acudir a los traficantes y pagar una fortuna para jugarse la vida y huir de lugares como Afganistán o Irán. Además, viola el derecho internacional (cuando hace más difícil el rescate en el mar, como en el caso de Italia) . O trata directamente a los inmigrantes como animales (Grecia; España y Marruecos en Melilla). Y es un gran negocio. Ahora se trata de construir miles de kilómetros de muros con fondos europeos.
¿Tan difícil sería establecer corredores seguros y oficinas de Servicio Exterior de la UE para pedir asilo? O, políticas de colaboración formativa y empleo por tiempo determinado.
Si no se hace nada, un genocidio en pequeñas porciones seguirá desarrollando ante nuestros ojos.
Hasta 2.500 inmigrantes han llegado a hacinarse en el muelle de Arguineguín con evidente vulneración de sus derechos más elementales
Perdonaréis que esta entrada tenga un tono inusualmente polémico. No me indigno fácilmente, pero la llamada «crisis» migratoria de Canarias me subleva. Creo que las políticas migratoria europea y española son injustas, inhumanas, ineficientes y perjudiciales para nuestras democracias y economías. Pienso que el enmarque informativo predominante es acomodaticio, poco esclarecedor, cuando no directamente xenófobo. Propongo otros encuadres, pero en esta ocasión -es un desahogo personal- casi sin referencia a otras fuentes.
No, no es una invasión
Llegados a Canarias en lo que va de año: en torno a 18.500 migrantes. Población de Mogán (Arguineguín): 2517 habitantes. Población de Canararias: 2.153.000 habitantes. Población de España: 47.329.981 habitantes. Población UE: 448 millones de habitantes. Para un pequeño municipio la llegada de un contingente de personas que sextuplican su población es un trauma; para una región insular, asistir e integrar a nuevos inmigrantes que supone un 0,86% de su población es un muy difícil reto; pero para España(0,039%) y no digamos para la UE (0,0041%), estas cifras son insignificantes.
No, no es una crisis migratoria, es una crisis de gestión de la inmigración
Desde mediados de 2019 era evidente que, reforzado el control del Estrecho, del Mediterráneo central y del Mediterráneo oriental, la ruta atlántica se estaba reactivando. Y no se tomaron medidas para poner en servicio los mecanismos de acogida creados durante la llamada «crisis de los cayucos» en 2006, cuando en un año llegaron a las islas 36.000 migrantes, desmontados después por el Partido Popular. Clamorosa ha sido la descoordinación entre el Ministerio de Migraciones, con su escasa capacidad de generar recursos y partidario de los traslados a la Península, el del Interior, guardián de la cárcel canaria, el de Defensa, puesto de perfil en la cesión de instalaciones y el de Exteriores, que solo ha reactivado ahora los contactos con los países de origen.
La criminal política de los enclaves cárcel
Lampedusa primero, Lesbos después de manera muy destacada, Ceuta y Melilla siempre, y ahora Canarias, territorios de soberanía europea no continentales, se han convertido en cárceles migratorias. La Unión Europea y sus miembros han decidido que los migrantes no deben llegar a territorio continental para evitar su movilidad por territorio Schengen. Que los que desembarcan en Arguineguín no lleguen a Estocolmo, Amsterdam o Varsovia.
Dentro de estos enclaves se crean campamentos cárceles, se niega el futuro al migrante; se le somete a trato degradante (que es si no mantener a miles de personas hacinadas en muelle, con tres bocadillos al día, con váteres químicos saturados y sin duchas ni agua corriente, ¡con separación temporal de los niños de sus madres!); se les deshumaniza y se hace imposible que los que tengan derecho de asilo o protección puedan ejercerlo (imposible o ineficiente asistencia letrada, devoluciones en caliente tristemente legitimadas esta semana por el Tribunal Constitucional). Que sepan que no saldrán de estas cárceles más o menos acondicionadas.
No importa que de esta manera la acogida sea imposible, que la solidaridad se trueque en estos lugares en xenofobia y que se puedan generar agravios territoriales, que en el caso de Canarias pueden hacer renacer, incluso, sentimientos independentistas.
La política migratoria de la fortaleza europea
Los enclaves cárcel son una de las manifestaciones más extremas de la idea xenófoba de que hay que proteger la fortaleza europea, nuestra riqueza, nuestro modo de vida, nuestra superior cultura, de los bárbaros que acechan a las puertas.
Progresivamente la Unión ha ido ampliando sus competencias migratorias, sobre la base de la distinción entre inmigración regular e irregular y entre derecho de asilo e inmigración económica. La Unión establece las condiciones de entrada y residencia legal de nacionales de terceros países en un Estado miembro, pero son estos los que establecen los cupos de inmigración legal en su territorio. La UE refuerza las fronteras con su propia policía migratoria, Frontex.
Desde el Convenio de Dublín de 1995 se supone que los sistemas de asilo de todos los estados miembros comparten unos mismos estándares en materia de derecho de asilo y el Estado al que llega el solicitante de protección es el que debe decidir si tiene o no derecho a la misma. Cuando Merkel abrió las fronteras alemanas en 2015 a los refugiados sirios el sistema de Dublín saltó por los aires y se hizo patente la falta de solidaridad entre los miembros con el fracaso absoluto del reparto por cuotas propuesto por la Comisión.
La respuesta ha sido externalizar el control migratorio: dinero y cooperación policial para que los bárbaros no nos invadan. Ciertamente no es lo mismo los 6.000 millones de euros del acuerdo de Turquía, entregados en el marco de programas concretos de asistencia a los migrantes, que pagar a Libia por encarcelar y violar los derechos de los migrantes o los acuerdos de devolución con Marruecos, Senegal o Mauritania. Pero con esta externalización Europa es más frágil: está bajo el continuo chantaje de Erdogan, Mohamed VI o de los señores de la guerra de Libia, un chantaje en el que no solo está en juego dinero, sino complejos intereses geoestratégicos.
La Comisaria de Interior, la sueca Ylva Johansson, a la que competen las migraciones ha presentado un plan que está muy lejos de suscitar la unanimidad, ni siquiera la mayoría cualificada que requieren las políticas migratorias. Pasa por agilizar los procedimientos de asilo, garantizar la acogida y la integración de los asilados, que Frontex controle direcamente las fronteras, expulsiones inmediatas a los inmigrantes económicos irregulares y mecanismos voluntarios de solidaridad entre los Estados (cuotas de acogida o dinero para los acogedores). En su visita a Canarias los testigos se refieren a Johanson como «haciéndose la sueca» ante las demandas de solidaridad de las autoridades locales.
Estas políticas han convertido nuestros mares en cementerios, han deshumanizado a los inmigrantes a su llegada, han causado dolor, han favorecido la xenofobia y la explotación laboral de los clandestinos.
El falso efecto llamada
La derecha, la extrema derecha y hasta los gobierno de centroizquierda agitan una y otra vez el espantajo del efecto llamada para negar la acogida, la normalización y hasta el trato humano a los llegados. Si los tratamos bien, si les permitimos quedarse e integrarse -dicen- cada vez vendrán más y seremos invadidos.
La realidad es que estas llegadas masivas en un lugar y momento dado responden a un efecto llamada inverso: puesto que la fortaleza está cerrada a cal y canto, cualquier hueco debe ser aprovechado. En los lugares de origen se produce una histeria colectiva, es ahora o nunca. Cuando se tapa esa brecha se busca otro resquicio y otra vez a empezar. Si la migración fuera ordenada y existieran oportunidades reales de emigrar para los que cumplieran determinadas condiciones esta fiebre colectiva se atemperaría.
Las mafias y el negocio de los muros
Los gobiernos europeos no se cansan de proclamar su lucha contra las mafias, como si ese fuera todo el problema. Las mafias son parte del problema, pero no su origen. Si no puedes viajar legalmente no te queda más remedio que ponerte en sus manos.
Pueden ser grupos delincuentes que tanto trafican con drogas como con seres humanos, como en el norte de Marruecos, que de una manera u otra actúan en connivencia con policías en los países de origen y con otros delincuentes en los de llegada. Pueden ser, también, puras terminaciones de milicias o grupos políticos militares como en el Sahel y Libia. O, simplemente, un pescador de Senegal que ve una buena oportunidad de negocio o un buen día decide echarse al mar con sus amigos para buscar una nueva vida.
Luchar contra las mafias no es detener a los patrones de las pateras, es desmontar el entramado de poder que hay detrás de ellas y eso es imposible si Europa sigue financiando a gobiernos no democráticos y a los oscuros poderes (militares, policiales, religiosos) en los que se sustentan.
Hay otro negocio más lucrativo que el de las mafias y es la industria de las fronteras. Según estudio del Overseas Development Institute (ODI) entre 2014 y 2016 los países de la UE gastaron 1.700 millones de euros en vallas, muros y sistemas de vigilancia, y otros nada menos que 15.300 millones en acuerdos con los países de salida. En España, la investigación de la Fundación por Causa ha rastreado el negocio migratorio: 350 empresas distintas han participado en 943 contratos diferentes, a los que España ha destinado a lo largo de 15 años más de 1.000 millones de euros.
Son muchos, en fin, los intereses, económicos y políticos, que alimentan la infamia.
Ordenar una inmigración necesaria para la prosperidad global
Las migraciones han sido uno de los grandes motores de la historia de la humanidad. Siempre nos hemos movido y lo seguiremos haciendo huyendo de la violencia o la pobreza, buscando una vida mejor. En la actual globalización las mercancías circulan libremente, las personas no.
No defiendo un mundo sin fronteras, porque supondría que los estados no podrían ya ejercer sus funciones básicas. Defiendo un derecho de refugio y asilo, que puedan invocar no solo los que huyen de la guerra o la persecución, también los afectados por el cambio climático, los desastres naturales o las pandemias. Defiendo que, además, se consagre un derecho universal a la emigración, conforme al cual se pueda acceder a otro país siempre que se cumplan las cualificaciones educativas y laborales en los términos establecidos por cada estado en un sistema de cuotas de inmigración.
Europa es un continente envejecido, África es un continente joven. Hoy la prosperidad económica está en Europa, pero puede que mañana el dinamismo de una población joven cambie las tornas. La inmigración puede ser el motor de una prosperidad compartida.
La inmigración clandestina es la base de un sistema de explotación económica en los países ricos. En los países de origen cercena las posibilidades de desarrollo autónomo, pues son los más formados los que emigran. Las remesas económicas sostienen a las familias, pero las hacen dependiente, a ellas y al país, de un dinero ganado con enorme sufrimiento, que en su inmensa mayoría se destina directamente al consumo.
Es imprescindible que haya posibilidad de una inmigración legal cumpliendo unos requisitos razonables. Un sistema de pasarelas, de entrada y salida legal y flexible, vinculado a inversiones económicas y experiencias de educación compartida, que permitan que, por ejemplo, un joven reciba formación profesional reglada en su país, que le dé acceso en Europa a un trabajo en prácticas o a una residencia temporal que, en determinadas condiciones, pueda convertirse en permanente. Los sistemas de visados por puntos de los países anglosajones privilegian la entrada de migrantes muy cualificados e ignoran la realidad de los puestos de trabajo menos cualificados que los nacionales no quieren ocupar.
La integración no es fácil. En Alemania, del más del millón de personas llegadas en 2015 hoy más de la mitad tienen trabajo, pero son los primeros que lo están perdiendo con la pandemia. El comunitarismo anglosajón crea guetos culturales y el integracionismo republicano francés fracasa ante el hecho de que la discriminación económica y la falta de horizontes lleva a muchos jóvenes de segundas y terceras generaciones a la radicalización islamista. La integración requiere dinero y generosidad, un compromiso firme del Estado y la sociedad de acogida, pero también la exigencia firme del respeto a los derechos humanos, especialmente los de las mujeres, por parte de los inmigrantes y a la aceptación de que sus normas religiosas no pueden ser impuestas en un estado laico.
En un mundo con enormes desequilibrios demográficos y de desarrollo las migraciones seguirán imparables. Lo que tenemos que decidir es si queremos una prosperidad compartida o si preferimos, en nombre de la preservación de nuestra sacrosanta identidad, mantener un sistema criminal.
Así que esto era la nueva normalidad: convivir con el riesgo permanente del virus mortal.
Desde el 9 de mayo, fecha de mi última entrada en este blog, han pasado muchas cosas. Entre otras, la discusión de que podría ser esa «nueva normalidad» que nos proponían nuestros dirigentes.
En paralelo al aplanamiento de la curva en los países europeos, filósofos, sociólogos o economistas reflexionaban sobre cómo sería nuestra nueva vida personal, como cambiaría nuestra identidad, nuestras relaciones sociales o económicas. Se partía del supuesto de que, una vez contenida la primera oleada, con medidas de distancia social y control se evitaría una segunda oleada y la epidemia quedaría limitada a brotes aislados. Pero no, todo era más sencillo: la nueva normalidad consiste en intentar hacer una vida normal con multitud de restricciones y con el peligro de contagiarse en cualquier momento. La nueva normalidad es vivir en la incertidumbre. En la nueva normalidad, la persistencia amenazadora del virus frena la recuperación económica y la normalización de las relaciones sociales.
Durante estos casi tres meses he estado dedicado a la investigación del tratamiento de la covid-19 en los telediarios y he tenido que interrumpir la publicación aquí de esta serie de apuntes y lecturas sobre la pandemia, en los que pretendía reflexionar sobre el nuevo mundo virtual, los peligros de la sociedad de la vigilancia, la nueva economía, la lucha contra la desinformación, los paralelismos con la emergencia climática… Hoy, cierro por el momento este ciclo con los apuntes de lo ocurrido en este tiempo. Veremos en septiembre si soy capaz de retomar esos temas.
No hemos aprendido nada
Pasado el pico de la enfermedad, otra vez en la calle, la inmensa mayoría mantiene las precauciones (España es uno de los países europeos en los que más se usa la mascarilla). Pero las reuniones familiares, la irresponsabilidad de algunos grupos de jóvenes, el ocio nocturno en lugares cerrados y las condiciones de hacinamiento de los temporeros (¡qué gran vergüenza!) nos han abocado a una explosión de brotes, que en algunas comunidades aparenta ya ser una segunda oleada con contagio comunitario. Después del terrible trauma seguimos sin estar preparados para parar un segundo golpe.
La cuarentena es medicina del s. XIX. La lucha contra las epidemias en el siglo XXI se basan en la estrategia de tests, rastreos y aislamiento apoyado (TTSI, testing, tracing, supported isolation).
En España, la identificación de los casos corresponde a la asistencia primaria y el seguimiento a los servicios de salud pública.
La asistencia primaria, deficitaria después de los recortes de la crisis financiera, y desestructurada durante el pico de la pandemia, pese a todo, detecta los casos y el sistema realiza los tests en tiempos razonables. Por ahora…
En cambio, en ninguna comunidad se cuenta con un sistema de rastreo eficaz. La Universidad John Hopkins recomienda 30 rastreadores por 100.000 habitantes. Como toda recomendación es una cifra relativa, pero Madrid y Cataluña están, más o menos, en un 10% de lo deseable. El dato más significativo es que solo se identifica entre 0 y 3 contactos identificados por cada positivo, esto es, o no se rastrea o no se llega más allá del núcleo de convivencia.
Tampoco se está haciendo un aislamiento asistido. Ni siquiera un seguimiento efectivo de las personas aisladas en sus casas.
Comunidades autónomas como Madrid recaen en ocurrencias (nefastas, como la supuesta cartilla inmunitaria) o grandes proyectos, como el hospital de pandemias, cuando de lo que se trata es de que no sea necesario llegar al hospital. Pero, claro, reforzar la asistencia primaria o contratar rastreadores no permite cortar cintas rojas, repartir bocadillos de calamares ni, sobre todo, bombear dinero a las empresas amigas de construcción y multiservicios (que vienen a ser lo mismo, y de los mismos amigos).
Nada ha vuelto a saberse de la aplicación de seguimiento probada en La Gomera. Los programas de Digital Contact Tracing (DCT) pueden ser una herramienta eficaz. El reto es garantizar la privacidad y que no se conviertan en un mecanismo de control general. Intentaré dedicar una entrada más adelante a desarrollar este asunto, pero anticipo mis conclusiones:
Las DCT tienen que ser voluntarias, pero para que sean efectivas deben cubrir un porcentaje importante de la población, al menos un 30%. Por eso, requieren campañas de promoción y transparencia sobre la privacidad.
Mediante bluetooth registran todos los contactos de proximidad con otros teléfonos con la aplicación activada. En caso de que un usuario indique el contagio, todos sus contactos de proximidad (con unos requisitos de distancia y tiempo de cercanía) reciben una alarma, de modo que puedan acudir a los dispositivos sanitarios para hacerse el test.
Estos datos tienen que tener una fecha de caducidad.
Los datos pueden ser eliminados por el usuario.
Tiene que ser una aplicación descentralizada, que no envié datos a ningún organismo.
Su uso tiene que estar vigilado por una autoridad independiente, en el caso español debiera de ser por Agencia de Protección de Datos.
No, el Estado de Alarma no era una dictadura constitucional. Tan atacado que fue, ahora ninguna fuerza política se cuestiona las medidas de restricción adoptadas por las distintas comunidades autónomas, quizá porque se toman por gobiernos de todos los signos. Pero el hecho es que, con una interpretación extensiva de Ley Orgánica 3/86 de Medidas Especiales en Materia de Salud Pública se están haciendo confinamientos locales y, lo que es más grave, se negó el derecho de voto a centenares de ciudadanos contagiados en las recientes elecciones en Galicia y País Vasco, cuando con una resolución de la Junta Electoral Central se podría haber habilitado un sistema de recogida de votos con intervención notarial.
Como en la prevención, también se ha perdido el tiempo para aprobar una Ley Orgánica, con unas garantías específicas adaptadas a la presente pandemia y un control judicial ágil y flexible. Que yo sepa ni el gobierno ni los partidos de la oposición lo han considerado necesario.
Seguimos desunidos y sin un plan de país
Según avanzaba la desescalada, la crispación iba atemperándose. Mi personal barómetro de la desinformación (esto es, la basura informativa que me llega) mostraba también una menor actividad. Estos últimos días parece que las redes de la confusión, el engaño y el odio están de nuevo más activas.
El caso es que llegados a este punto no hemos sido capaces más que de pergeñar unas conclusiones muy generales en materia de recuperación económica, sanidad, relaciones con Europa y ni siquiera ha habido acuerdo en políticas sociales. Una comisión parlamentaria no era el lugar adecuado para llegar a un gran pacto de Estado y el resultado ha sido un compendio de buenas intenciones. El acuerdo tendría que haberse centrado en un plan económico que garantizara inversión productiva en transición energética, digital y cuidados, garantizase el blindaje de los servicios públicos y afrontara una reforma tributaria en profundidad, bajo principios de mayor progresividad. Y en lo político un pacto para dar el salto a un estado federal cooperativo.
En este punto, la Unión Europea nos ha puesto las tareas que no hemos sido capaces de afrontar. Aprovechar los 144.000 millones en subvenciones y créditos es el gran reto. Que ese dinero se va a aprovechar, como se hizo con los fondos estructurales y de cohesión, no me cabe duda, pero que eso lleve a una transformación hacia una sociedad más sostenible y cohesionada es otra cosa. El riesgo es que esos ingentes recursos sean secuestrados, una vez más, por las élites extractivas.
Duelo y responsabilidad
Positivo fue el homenaje oficial a las víctimas, el primer «funeral» cívico de nuestra democracia. Pero faltó mayor participación popular. El duelo se tiene que hacer privadamente en las familias, pero en cada institución, pública o privada, en cada asociación, en cada club, en cada ayuntamiento, se tiene que reconocer el dolor de los más próximos y realizar un apoyo efectivo. El apoyo, la resolución de las situaciones administrativas derivadas, el seguimiento médico… es la mejor forma de superar el duelo.
A los tribunales han llegado ya una avalancha de querellas, que seguirán su curso. Cada tribunal fallará de una manera u otra, seguirán los recursos y los procedimientos se alargarán. Creo que en paralelo a la vía judicial debieran de establecerse unos criterios indemnizatorios por parte del Estado, sin necesidad de que los tribunales reconozcan su responsabilidad patrimonial. Y sé que es imposible en nuestras circunstancias de polarización política, pero me parece ineludible una Comisión de la Verdad, de expertos independientes que diagnostiquen las causas de esas 45.000 muertes y establezcan las responsabilidades, sin imposición de ningún tipo de sanción.
El Estado nos protege
En la investigación realizada sobre los telediarios (presentada para su publicación a revistas científicas en el campo de la comunicación) ha resultado que el encuadre dominante en la información televisiva fue «el Estado nos protege». Efectivamente, el Estado puso en juego todos sus recursos, logísticos y sanitarios. Y a diferencia de crisis anteriores ha intentado desplegar un escudo social (ERTEs, suspensión de actividad de los autónomos, moratorias de impuestos y alquileres, aceleración de la implantación del Ingreso Mínimo Vital).
Todas estas medidas están sujetas a condiciones y pasan por el filtro administrativo, lo que merman su efectividad. Se ha perdido la oportunidad de aplicar un subsidio general, compensable a través del IRPF, que hubiera servido de ensayo general para una verdadera renta básica. No es descartable que si sufrimos una nueva oleada y volvemos a los confinamientos, o si en el otoño la situación social empeora (lo que es muy probable) sean necesarios estos subsidios generales directos.
El Estado democrático se encuentra en una encrucijada. Sobrevirá y se reforzará si consigue movilizar todos sus recursos para mantener a raya el virus, reactivar la economía, proteger realmente a todos, poniendo por delante a los más necesitados, y logra los consensos para cambiar el modelo productivo a una economía sostenible. Si no, si deja detrás a amplios sectores populares, colapsará para dejar paso a estados ilibrales o directamente autoritarios.
LECTURAS
Una sola lectura de verano, este largo texto transgénero (relato-ensayo-investigación) de Ramonet.
La peste negra socavó los cimientos socioeconómicos del mundo medieval, cuestionó las autoridades, favoreció los movimientos de introspección religiosa, pero también una ola de gozo y excesos. Posiblemente fue uno de los vectores que condujeron al Renacimiento.
No tenemos ni idea si esta pandemia cambiará tan profundamente nuestra civilización como lo hizo la peste negra. Es muy pronto para sacar conclusiones. No sé que lecciones aprenderemos. Pero en la larga historia de las pandemias, es la primera vez que la mayor parte de las sociedades deciden confinarse y sacrificar el bienestar económico para proteger la vida de sus componentes, para, en definitiva, salvar la especie.
Hoy voy a saltarme el análisis fundamentado y voy a formular lo más brevemente posible las conclusiones provisionalísimas a las que personalmente estoy llegando. Dejo para más adelante los apuntes sobre economía, derechos y libertades y mundo virtual. Puede que repita alguna idea de las anteriores entradas o anticipe alguna de las venideras. En todo caso, tomadlo como un desahogo mental.
Vivimos entre lo real y lo irreal
La vida continua, mueren muchos, se recuperan más, nacen pocos. El ciclo de la vida sigue y la pandemia no es más que un pequeño evento de los equilibrios ecológicos. Nuestra especie es frágil y no sé si ahora tomaremos conciencia de ello.
En este tiempo suspendido los servicios básicos -por ahora- funcionan. Eso nos da una sensación de normalidad, de vacaciones forzosas. Improvisamos y aprendemos lo básico, pero por el momento no revisamos lo esencial.
La comunicación virtual preserva nuestra sociabilidad y refuerza la sensación de que es como cuando nos vamos de vacaciones y nos comunicamos con nuestros seres queridos.
Confío que esta espera no sea como la «drôle de guerre», «la guerra de broma», ese tiempo muerto entre abril de 1939 y mayo de 1940 en el que los franceses pensaron que la guerra no iba con ellos y en París seguía la fiesta. O, que no seamos como el superviviente de un terremoto, que mientras se sacude el polvo se queda petrificado en la playa esperando la llegada de la gran ola del tsunami.
El virus discrimina tanto como los humanos
Nos hemos hartado de escuchar que el virus no conoce de fronteras, que a todos nos afecta, que mata por igual. Aparte de que ataque más y gravemente a los más mayores y más los hombres que a las mujeres, el virus discrimina según la posición social.
Ataca a los que están en la primera fila, a los sanitarios, la mayor parte jóvenes, mal pagados y precarios. A los servidores públicos de base, como policías, militares y bomberos. A los trabajadores mal pagados de supermercados y reparto.
Sobre todo, ataca a los desfavorecidos. A los que viven en los distritos más pobres. A los hacinados en pisos pateras. A los que no tienen más remedio que viajar en transporte público para ir a trabajar.
Y mata a los viejos de las residencias, no solo por serlo, sino por estar abandonados. No, sus hijos, que pagaban cada mes una fortuna, no quieren que mueran y ahora harían cualquier cosa por salvarlos; sus cuidadores -los peor pagados, formados y apreciados- casi siempre ponen hasta su vida en peligro por atenderlos. Pero el sistema los confinó hace muchos años y los archivó en los llamados eufemísticamente centros sociosanitarios, sin protocolos para una emergencia, desconectados del sistema de asistencia primaria.
Si hablamos de las consecuencias económicas, también la pandemia castiga más a los débiles: a los trabajadores temporales, a los falsos autónomos, a las pequeñas empresas sin liquidez, a los emigrantes. Ante esto la respuesta del Estado son ayudas dispersas, condicionadas y de difícil tramitación.
El sistema de salud pública no ha funcionado
Nuestro sistema de alerta no ha funcionado o no lo ha hecho eficazmente. El órgano competente, el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, dirigido por Fernando Simón, y dependiente de la Dirección General de Salud Pública del Ministerio de Sanidad, supongo que siguió sus protocolos de gestión proactiva del riesgo -hablo sin conocimiento experto, como simple observador- pero quizá estos protocolos eran demasiado conservadores, o las advertencias que llegaban de la OMS era demasiado tranquilizadoras. En el periodo crítico de enero y marzo la OMS seguía sin confirmar el contagio a partir de asintomáticos.
España es puntera en investigación biomédica. Pero los centros de investigación, castigados por la financiación insuficiente y la precariedad del personal, están encapsulados, sometidos a asfixiantes procedimientos burocráticos. A estas alturas todavía no se ha movilizado la capacidad que centros de investigación autónomos, el CESID y las universidades tienen para realizar los test PCR basados en la detección de un fragmento de material genético.
La sanidad pública ha resistido pese al brutal impacto. Ha aguantado mejor el envite que los sistemas de alerta y prevención, pese al castigo de recortes salvajes, privatizaciones y política de personal irracionales. La inversión media en sanidad, por persona y año, es de 2.371 euros; la media de la UE está en 2.884 euros. En algunos puntos se ha estado al borde del colapso, pero se ha evitado, gracias a la dedicación y el coraje de los sanitarios y de la autonomía de los propios hospitales para reordenar todos sus recursos.
El gran fiasco ha resultado el sistema de suministros sanitarios. España, como todos los países (menos Finlandia) carecía de una reserva de material básico. Intentar comprar centralizadamente en un mercado caótico, sin la experiencia previa, no ha funcionado. El Ministerio de Sanidad es más un regulador que un órgano gestor y carecía de los mecanismos adecuados para la tarea. Algunas comunidades lo han hecho mejor por sus vínculos con los suministradores y en algún caso acudiendo a contactos personales.
Un estado federal lo hubiera hecho mejor
Alemania lo ha hecho mejor y es un estado federal. Francia es un estado centralizado y lo ha hecho tan mal como España. Estados Unidos es un estado federal y lo está haciendo peor que España. Hay, por supuesto otros factores además del sistema de distribución del poder político, desde la cultura, el consenso social, la riqueza, el clima y, por supuesto, los decisivos sistemas sociosanitarios y científicos. Con todo, creo que en nuestro caso, un verdadero Estado federal lo hubiera hecho mejor.
Nuestro Estado de las Autonomías es un estado compuesto, cuyo punto de partida es un estado-nación unitario en el que no se ha operado, como en los estados federales clásicos, una delegación de poderes por parte de entes menores con una cuasi soberanía al estado federal, sino un proceso de asunción de poderes por entes territoriales. Pero el resultado de las comunidades autónomas, con sus estatutos, poder legislativo y ejecutivo con amplísimas competencias se asemeja en la práctica a un estado federal. Nos faltan los mecanismos de cooperación y solidaridad que equilibran un verdadero estado federal y una efectiva, clara y terminante distribución de competencias.
Uno de los mecanismos de coordinación (que no de cooperación) que mejor ha funcionado en las dos últimas décadas es el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud (CISNS). Consejeros de todas las tendencias han discutido las medidas con el Ministro de Sanidad; unas veces han llegado a acuerdos, otras no, pero todos los testimonios hablan de un trabajo positivo y provechoso.
El Estado de Alarma delega poderes extraordinarios en el Ministro de Sanidad, pero ocurre que su Departamento es, en gran medida, una cáscara vacía, que las competencias sanitarias las ejercen las consejerías de las comunidades y que el Ministro puede imponer normas y regulaciones, pero su aplicación efectiva corresponde a las consejerías, que son las que tienen los medios, las capacidades y hasta el saber hacer.
En esta coordinación hay fallos incompresibles, salvo que la explicación sea buscar el rédito político. ¿Tan difícil es crear una base de datos alimentada por todas las comunidades con unos criterios comunes y accesible al público? Una base con el conjunto más amplio de variables y valores: ingresos hospitalarios, altas, enfermos en UCI, confirmados PCR, confirmados por otros tests, fallecidos con prueba realizada, fallecidos con sospecha, total de defunciones… Así no sería necesario una cifra oficial de fallecidos por la enfermedad, que el Gobierno, siguiendo las recomendaciones de la OMS, solo considera si el difunto ha dado positivo en la prueba PCR.
¿Qué hubiera ocurrido en un estado centralizado? Con el principal brote en Madrid ¿habrían fluido los recursos hacia la periferia? ¿no habría sido peor la respuesta local?
¿Saldremos de esta mejores?
Aquellos que personalmente han pasado por una experiencia excepcional, ya sea el trauma de la muerte de un ser querido, el padecimiento de la enfermedad o el estrés de los sanitarios, puede que se replanteen su vida y salgan más fortalecidos y mejores personas.
Como sociedad tengo muchas dudas. Nos adaptaremos, pero no sé si nuestra sociedad será más justa y nuestra civilización (¿la de la mascarilla?) más humana, al tiempo que respetuosa ecológicamente.
Vivimos una tensión entre seguridad y libertad, que no sabemos como se resolverá. Estos días se reivindica lo público, se cuestiona el capitalismo financiero y la globalización. Pero los sistemas no se cambian con buena voluntad ni con pensamiento positivo. Cambiar el mundo a mejor requiere reflexión, pensamiento estratégico, confrontación, negociación, sacrificios compartidos y proporcionales a las capacidades de cada uno, largos procesos de incierto resultado. Y aquí tenemos pocas habilidades para todo eso. Entramos en la pandemia divididos y saldremos aún más.
Vivimos en el espejismo de la solidaridad de los aplausos a las ocho, pero puede que, como en la canción de Serrat, Fiesta, cuando acabe esta noche de San Juan del confinamiento, «con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas».
(Otras entradas sobre la pandemia en este enlace.)
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