2017, un año oscuro


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Toma de posesión de Donald Trump – 20 de enero de 2017

Veo el año que termina como un año oscuro, un tiempo borrascoso, con enormes nubes negras. Algunas apenas empiezan a descargar -Trump- otras parecen haber quedado en suspenso -la ultraderecha europea- pero la borrasca sigue ahí, amenazante.

Escuchaba mientras conducía aquella tarde del 20 de enero el discurso de toma de posesión de Trump y me embargaba una sensación de desasiego.

Que discurso tan oscuro -pensé. Ciertamente, muchas de sus frases, en otro contexto y dichas por otro, podrían suscitar esperanza. “Recordaremos este día como el día en el que la gente volvió a tener el contro de su gobierno”. Pero no, el mensaje último, subyacente, era el de una retroutopía, una vuelta a un pasado idílico, a costa de los otros, de los derechos, de los intereses, de las vidas de los otros, de los que no son como nosotros.

No pude por menos de recordar este discurso cuando hace unas semanas vi el Joven Papa, la serie de Sorrentino, donde un joven cardenal norteamericano llegado al papado casi por casualidad quiere retrotraer a la Iglesia Católica a la intolerancia, el fanatismo, a los tiempos oscuros. Sus discursos, al pueblo de Roma, a los cardenales, tienen como eje conceptual la oscuridad. Sorrentino construye una poderosa metáfora de nuestros tiempos.

Trump ha abandonado el acuerdo del cambio climático, ignorado el derecho internacional (abandono de la UNESCO, traslado embajada a Jerusalén), hace la vida imposible a los inmigrantes sin papeles, y traslada el dinero de los pobres al bolsillo de los millonarios con una reforma fiscal, que, no nos engañemos, hubiera hecho también otro presidente republicano. Ha cumplido una mínima parte de sus promesas, y aunque el sistema de pesos y contrapesos estadoundense le frena, me parece que lo peor está por llegar.

Si repasamos el perfil de los líderes de la escena mundial, el panorama es desolador.

Putin, el hombre fuerte y sinuoso, no solo el nuevo zar, sino la referencia para grupos alternativos de extrema derecha o extrema izquierda, y patrón de la internacional del regreso a los valores tradicionales. Jugador arriesgado en el ajedrez geopolítico, al que se le supone más cabeza y control que a Trump.

Xi Jingping, el gobernante que más poder ha acumulado en China desde Mao. Paradojas de este tiempo oscuro, ahora resulta el paladín de la mundialización, del librecambio, de un mundo interconectado, pero en el que los derechos humanos no tienen lugar. Es el líder más previsible.

Kim Jong-un, heredero caprichoso y mal criado, como Trump, con el botón nuclear y con menos controles que Trump. Las nuevas sanciones empobrecerán, sin duda, aún más a Corea del Norte. ¿Le moderarán? Me temo que no, que en 2018 hablaremos bastante de Corea del Norte.

¿Qué decir de otro joven heredero, MBS, Mohamed bin Salman, con su agresiva política exterior y su modernización interior, cambios para que nada cambie? Otros antes vistos como modernizadores, Erdogan y Bashar el Assad, ahí siguen. Uno ha convertido a Turquía en el modelo de las pseudo democracias autoritarias, y el otro emerge de la carnicería que desató.

Para colmo, este año se nos ha caído del pedestal, The Lady, Aung San Suu Kyi, la señora que encarnaba la lucha por la libertad y la democracia en Myanmar, pero que ha sido incapaz de levantar la voz en favor de los rohingyás, la última minoría objeto de genocidio.

Macron quiere presentarse como el nuevo líder de cosmopolitismo liberal. Parte de sus propuestas no son más que nuevas fórmulas del fracasado mantra neoliberal. Y Francia, que con él quiere recuperar la grandeur, carece del peso de antaño para impulsar iniciativas como el liderazgo contra el cambio climático. Sin una Merkel, engolfada en la pequeña administración de su casa, Macron no será más que un fugaz fuego artificial.

En Europa se ha frenado la marea ultraderechista en Francia o eh Holanda, pero no en Austria. Ahí está agazapada, en todas partes. Y lo peor, sus propuestas contra la inmigración han permeado ya las políticas de muchos gobiernos europeos.

En España, 2017 ha sido el año de la ruptura de la conviencia y el consenso constitucional. En Cataluña la sociedad se ha dividido en dos bloques antagónicos y la convivencia se ha resentido. En el resto de España, la cuestión catalana tapa el resto de los problemas y propicia el resurgimiento del españolismo ultranacionalista. Todos sabemos que habrá que reformar la Constitución para permitir que de un modo u otro Cataluña vote si quiere ser o no un país independiente, pero ningun partido quiere arriesgar buscando una fórmula que le haga perder votos.

Mientras discutimos de fronteras y banderas, el mundo real se virtualiza, las relaciones laborales se uberizan, prometiendo colaboración y creatividad y trayendo, en cambio, más precariedad, inseguridad y pobreza. La robotización y la inteligencia artificial amenaza ya a los trabajos intelectuales. Vamos a una selva sin normas, donde los grandes depredaradores son las benéficas tecnológicas, y los jóvenes creativos apuestan por convertirse en pequeños depredadores a la sombra de los grandes.

El año que termina puede ser el del principio del fin de Internet como la red en que todos somos iguales. La derogación de la neutralidad de la Red por parte de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) significa que los operadores de telecomunicaciones estadounidenses podrán favorecer la velocidad de unos contenidos frente a otros.

En principio, es una derrota para las tecnológicas, pero que duda cabe que llegarán a acuerdos con las telecos. El problema lo tendrá el pequeño blog, la página de la pequeña empresa u organización, el activista youtuber. Internet nunca fue el libre mercado de ideas, pero a partir de ahora lo será aún menos. Mientras tanto, los algoritmos nos mantienen en nuestra burbuja para confirmarnos en nuestras fobias y filias.

La rebelión de las mujeres contra el acoso sexual es uno de los cambios más positivos de 2017. Pero también muestra uno de los fenómenos más preocupantes de nuestro tiempo, las redes sociales como espacio de indignación irreflexivo. Nada de multitudes inteligentes, en su lugar, turbas estúpidas.

Perdonad esta oscura reflexión ¿No hay nada positivo? Por supuesto que sí. La lucha de pequeños grupos en todo el mundo por la justicia, los derechos humanos, la igualdad. No suelen tener visiblidad, pero estos hombres y mujeres son las que sostienen el mundo y los que pueden hacer que 2018 sea menos oscuro que 2017.

Feliz 2018 a todos.

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Fascismo 3.0


Germany Europe Nationalists

Cumbre de la ultraderecha. Pretty, Le Pen, Salvini, Wilders reunidos en Coblenza 21-1-16

Pretty, Le Pen, Salvini, Wilders. En la foto faltan al menos Farage, Orban, Kaczynski. Son los representantes del nuevo fascismo europeo. Sus santos patronos son Trump, Putin, Erdogan. Ya han vencido antes de disputar las elecciones. Fillon, Rutte, Seehofer, las derechas de siempre, llevan en sus programas lo esencial de las medidas de la ultraderecha.

Fascismo 1.0. Fascismo 2.0. Fascismo 3.0.

El fascismo 1.0, el de los años 20 y 30: el de Mussolini (1.1), ultraconservador y católico; el de Hitler (1.2) revolucionario y autodestructivo; el de los émulos de Mussolini en la Europa del sur y el este, los Franco, Salazar (1.3).

Fascismo 2.0: los nostálgicos del fascismo 1.0 y los pelotones de choque de jóvenes descerebrados, cabezas rapadas, siempre minoritarios, pero con una enorme capacidad de desestabilización.

Fascismo 3.0, el de American First, el del Brexit, el de regreso de los muros a Europa.

Todos los fascismos tienen un hilo conductor común: el miedo y el odio al otro. Hay que leer de nuevo El miedo a la libertad, la obra en la que Erich Fromm analiza, desde una perspectiva histórica y psicoanalítica, las pulsiones que llevaron a la clase media alemana a echarse en manos de Hitler.

Convivir con el diferente no es fácil sin una pedagogía social. Cuando desde los poderes políticos, religiosos y culturales (de un lado y otro) se exacerba la diferencia, el otro es confinado o se autoconfina en un gueto. Eran los guetos judíos de la Europa oriental de principios del siglo XX, o salvando las distancias, son los banlieus franceses. Pero cuando llega un cataclismo social entonces el otro ya no es simplemente alguien ajeno, sino el enemigo a eliminar.

En los 20 y los 30 el cataclismo fue primero la Gran Guerra y después la Gran Depresión. La clase media se entregó a las partidas de la porra, que sintió que la defendía de las masas obreras revolucionarias. Anuladas las libertades, exterminadas las fuerzas revolucionarias, la única manera de lanzar la economía era poner en marcha la máquina de guerra. Y proyectar el odio acumulado contra el otro, judío, gitano, homosexual.

Nuestro cataclismo ha sido una globalización que ha roto el pacto socialdemócrata y ha dejado atrás a las clases populares, un cataclismo con cuenta gotas que se ha exacerbado con la Gran Recesión: paro, precariedad, menores salarios, destrucción de los servicios públicos.

Las políticas europeas han marcado ya al chivo expiatorio. La falta de verdaderas políticas de integración, la política migratorio que prácticamente hace imposible el acceso legal a la fortaleza europea y ahora la negación del derecho de asilo, en palmaria violación de los tratados internacionales, muestran al migrante y al refugiado como un peligro.

A diferencia del fascismo 1.0, el fascismo 3.0 no propone sustituir la democracia por un sistema totalitario. Su pretensión es una democracia nacional, esto es, una democracia sin derechos para los otros, una democracia de identidad, una democracia de valores tradicionales excluyentes, con gobierno fuertes y desaparición de contrapoderes. La democracia de Putin y Erdogan. Una democracia autoritaria, que quiere acabar con lo bueno y lo malo de la globalización, con el cosmopolitismo, con el derecho y las instituciones internacionales.

En Estados Unidos todas las medidas de Trump (que como Hitler hace lo que dice) van en la dirección de esa democracia nacional. Ya veremos si los contrapoderes y la resistencia social le paran.

En Europa si Le Pen ganara la presidencia de Francia, la Unión Europea podría darse por liquidada. Las guerras comerciales que Trump va a desencadenar y la implosión de la Unión Europea podrían ser el verdadero cataclismo de nuestra tiempo. Y entonces las escuadras del fascismo 2.0 serían de gran utilidad a este fascismo postmoderno 3.0. Mientras tanto, inyectan sus políticas excluyentes en nuestra sociedad. Restricciones a la libre circulación, vallas, muros, rechazo del derecho de asilo.

¿Qué hacer? Desde luego resistir, resistir en el terreno en el que hoy se libra la batalla cultural, en el ciberespacio, en las redes sociales. Acoger, de acuerdo con nuestras posibilidades. No negar las realidades y los problemas, con cuestionamientos radicales del sistema que no conducen a ninguna parte. No es lo mismo Trump que Clinton. No es lo mismo Putin que Merkel. Si dejamos caer a la Unión Europea, rechazándola como expresión de la dominación neoliberal, con ella se irán nuestro derechos, nuestra prosperidad y nuestra paz.

PS. Ya que este artículo adolecía de enlaces, aquí dejo este artículo de The Guardian sobre la vigencia del pensamiento de Anna Harendt. Como uno de los estudiosos de Arendt dice si pensamos que el mal es una persona podemos confrontarlo, pero ahora el mal es banal y se manifiesta en una serie de decisiones cotidianas que poco a poco cambian nuestras vidas.

La imagen de los refugiados


“Idomeni es la zona cero de la humanidad. En Idomeni la Unión Europea ha firmado su acta de defunción”. Oído en La SER a un miembro de Payasos en Rebeldía en Idomeni

No se puede decir mejor. En esa zona cero los refugiados están sufriendo un proceso de deshumanización. No sólo sufren las condiciones materiales; poco a poco se hunden en el barro material y en la miseria moral.

Salvando las (gigantescas) distancias, el proceso es semejante al que media entre las imágenes de familias correctamente vestidas que, cargadas de maletas, van a subir a los trenes nazis y los espectros humanos liberados de los campos de la muerte

El cierre de la ruta de los Balcanes busca evitar la llegada de los refugiados a Alemania y Austria y una imagen que los gobiernos de la región puedan vender a sus opiniones públicas: hemos parado la avalancha.

Hay otra imagen que, querida o no, emerge. Esos seres sucios, tirados en el barro junto a hogueras, que pelean por la comida que les lanzan las ONGs no son como nosotros, son sucios, desordenados… empiezan a dejar de ser humanos. ¿Cómo vamos a ponernos en su lugar, cómo permitirlos pasar para que ensucien nuestros inmaculados pueblos y ciudades?

Desde que la crisis empezó el pasado verano, la imagen que los medios han trasladado de los refugiados ha oscilado entre dos estereotipos: alguien como nosotros que en medio de la adversidad merece nuestra solidaridad; o, por el contrario, el otro, peligroso para nuestras costumbres, nuestra libertad, nuestra economía y nuestra limpieza.

Cuando en el verano caminaban por las carreteras de los Balcanes la imagen transmitida fue principalmente positiva. Las televisiones emitían soudbites en buen inglés de jóvenes profesionales que mostraban su deseo de integración.

En septiembre, la imagen del niño Aylan Kurdi nos llevó al pico de la solidaridad. Tan pequeño, tan inocente, tan cuidadosamente vestido sobre la arena de la playa. La gente aplaudía a los refugiados cuando llegaban a Alemania.

Con los atentados de París se apuntó que alguno de los terroristas tenía un falso pasaporte sirio y que había entrado a la UE por Turquía. La malahadada nochevieja de Colonia convenció a muchos de que esos otros eran un terrible peligro, incapaces de convivir y respetar a las mujeres. Nada importaba que los agresores fueran magrebíes que no habían entrado en Alemania como refugiados. Por cierto, no conozco una investigación en profundidad de los medios alemanes de lo que realmente pasó aquella noche, más allá del hecho cierto de que hubo decenas de mujeres agredidas.

Donald Tusk, ese liberal polaco que preside el Consejo Europeo (¿qué fue de la Comisión?) cambió el enfoque. “No sois refugiados, sois inmigrantes ilegales. No os queremos en Europa”.

Cuando el otro día vi en televisión al artista Ai Weiwei haciendo fotos por Idomeni pensé prejuiciosamente  que el chino iba a convertir el campo de la infamia en un espectáculo. Me equivoqué. Weiwei ha creado  un poderoso icono, una imagen de la globalización que revela más de lo que muestra. Una delicada joven siria bajo la lluvia tocando el piano en medio del barro. En su fragilidad los refugiados vuelven a ser seres humanos.

 

Inmigración: el enfoque y la responsabilidad de los medios


Oleada, avalancha, mafias, escalada, sin control, vigilancia, fronteras, iiregulares, ilegales…

No he hecho un seguimiento exhaustivo, pero estas son las palabras que más he oído en la radio, en la televisión o leído en los periódicos para hablar de la “tragedia en el Mediteráneo”, el “drama de la inmigración” o el “drama en el Mediterráneo”, que es como prácticamente todos los medios etiquetan el naufragio en el mar y la muerte de centenares de personas que, huyendo de la guerra o la pobreza, buscaban una vida digna en Europa.

Todas palabras negativas. Apenas algunas informaciones que ponen de manifiesto que estas gentes tienen derecho a un asilo que Europa les niega. Apenas se escucha “derechos humanos”. En general las informaciones se dividen en dos grupos, aquellas que hacen la crónica de la tragedia y aquellas otras que se limitan a reproducir los argumentos de la UE y sus propuestas: lucha contra las mafias, control en los países receptores, una operación militar trasunto de la Atalanta, como si estas gentes fueran piratas somalíes.

Todos enfoques negativos. Los periodistas necesitamos encuadres para entender la realidad y hacérsela entender a los demás. La teoría del framing ha puesto de manifiesto como a la hora de escoger un encuadre entran en juego muchos factores: nuestros valores personales, las rutinas profesionales, la línea editorial del medio. Muchas veces los periodista ni siquiera somos conscientes de nuestros encuadres, aplicados de forma rutinaria. Hacen falta sacudidas sociales para que los crímenes pasionales” se conviertan en “violencia de género”. En otras ocasiones, un hecho aislado, por muy grave que sea, como el del niño que irrumpe en su instituto con una ballesta y cuchillo y mata a un profesor, se convierte en categoría: “intolerable nivel de violencia escolar”. Intolerable generalización, diría yo.

Afortunadamente ningún medio (o por lo menos ninguno de los principales) está realizando campañas para criminalizar la inmigración, al estilo de los tabloides británicos o el Bild alemán. Pero el enmarque general es que la inmigración es un fenómeno negativo, imposible de gestionar y que causa tragedias que son accidentes imposibles de evitar.

Las imágenes también se encuadran en un contexto, pero a veces se revelan y hablan por si mismas. ¿Cómo  no sentirse interpelado por la visión de seres humanos que luchan por su vida a las orillas de la isla de Rodas? Unos reaccionará con solidaridad, otros con indignación, otros incluso, con racismo… dependerá de nuestro encuadre mental profundo. En cualquier caso, las imágenes podrán en evidencia el discurso oficial.

El punto de vista es una manifestación del encuadre. En fotografía el punto de vista personal se manifiesta en el lugar donde se pone la cámara, en el plano que se escoge, en el encuadre visual. Así, abriendo el plano, José Palazón nos mostró el fenómeno migratorio como la manifestación de la desigualdad más absoluta.

Valla de Melilla – José Palazón (Prodein)

España antes de la globalización en las fotos de Català-Roca


Català-Roca – El Piropo – Sevilla

No hay mejor radiografía de la España de los años 50 que esta fotografía de Francesc Català-Roca. Tarde de abril en Sevilla. Semana Santa. El mundo femenino cerrado en si mismo. La represión masculina.  Curas, policías y militares, omnipresentes, vigilantes. El fotógrafo podría haber retratado sólo alguno de estos mundos, pero tuvo el acierto de unirlos todos en una prodigiosa composición.

En los años 50 cada lugar del mundo era propio y distinto. La exposición Magnum First,  a la que dediqué la última entrada, me sugirió esta idea. He tenido ocasión de reafirmarla al visitar la exposición Catalá-Roca – Obras Maestras en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Los reportajes fotográficos de Català-Roca de los años 50 nos muestran esa España genuina, la España diferente, no de las campañas turísticas de Fraga, no necesariamente la de fiestas arcaicas, sino  la de la vida, propia y distinta, que se manifestaba espontáneamente en las calles de las grandes ciudades. Por cierto, que estos reportajes de ciudades se realizaron como ilustración para las míticas guías turísticas de Destino.

Català-Roca – Señoritas paseando por la Gran Vía de Madrid

Catalá Roca – Organillero en Madrid

Català-Roca, uno de los grandes maestros de documentalismo español, fue muy consciente de que fotografiaba un mundo que se desvanecía ante sus ojos. Su papel es el testigo, sin veleidades artísticas ni fetichismo respecto a la obra única. Y sin embargo, sus fotos son verdaderas obras de arte, que ganan  cuando, como en la exposición, las vemos en su formato original, el formato medio.

Català Roca – Limpiabotas

Botijero, vendedor de canciones, afilador, lechera, aguador, organillero… son todos oficios desparecidos que vemos retratados en la exposición. Y es que, como indicaba el propio autor, en cinco años aquel mundo habría desaparecido.

Català Roca – Luis Miguel Dominguín – Carrascosa del Campo

La exposición recoge el reportaje del festival taurino que Luis Miguel Domínguín regaló a Carrascosa del Campo, Cuenca, en 1954. El pueblo engalana su miseria para recibir un rayo de glamaour (entonces se diría distinción) de Domiguín o Lucía Bosé y para disfrutar de la última faena del maestro Domingo Ortega.

Català-Roca – Madrinas de la corrida – Carrascosa del Campo

De  Catalá Roca a veces se ha dicho que es el Cartier-Bresson español. Yo creo que sus “instantes decisivos” son mucho más cotidianos y, por tanto, más verdad. Quizá porque siempre supo mantener la d con el sujeto:

“No he tenido problemas con la gente que fotografiaba, he tenido la intuición, sabía cuando pedirlo y cuando no” (Català-Roca)

Català-Roca – Esperando el Gordo en la Puerta del Sol

La anterior instantánea es un buen ejemplo de la justa medida de la distancia. Y de esta pobre España, que en siglo XXI como en el XX, sigue pendiente del Gordo.

(Y como compendio, el vídeo con el comisario de la exposición Chema Conesa) (Y para cerrar este ciclo de los años 50, la exposición de Nicolás Muller, por Francisco Rodríguez Pastoriza)

La revolución de las clases medias: del ciberespacio al espacio público


Vivimos un ciclo de movilizaciones sociales sin parangón desde los años 60.

Entonces, como ahora, parecía como sin el virus de las protestas saltara de un país a otro: movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos e Irlanda del Norte,  la primavera de Praga, revueltas estudiantiles en toda Europa occidental coronadas por su canto del cisne, el mayo parisino.

Ahora, el plena globalización, el ciclo actual presente dura ya varios años (y esto en una época de aceleración temporal) y tiene caracter casi universal: de las revoluciones árabes, a los indignados españoles, norteamericanos o israelíes, los estudiantes chilenos o las más recientes protestas de Turquía y Brasil. Su protagonista, la clase media. Y ahora, como entonces, su punta de lanza la juventud.

La clase media ha sido tradicionalmente el soporte de la democracia representativa. Su extensión ha garantizado la estabilidad social y política. El debate público vehiculado a través de los medios masivos se ha articulado en torno a los intereses de la clase media. Sin ser en exceso participativa, sus elementos más activos han nutrido los partidos políticos y ha suministrado masivamente los cuadros medios y técnicos que han permitido funcionar al estado de derecho.

Cuando en los 30 la clase media se vio amenazada, giró masivamente hacia el autoritarismo, alimentando los movimientos fascistas. Después de la guerra, el pacto social garantizó un moderado progreso y ascenso social a amplias capas populares, que ensancharon las clases medias.

Ese pacto social se ha roto en Europa (antes en Estados Unidos), mientras que en los llamados países emergentes, millones de personas llegan a la clase media. Mientras unos se empobrecen y ven como se destruye el estado del bienestar, otros aspiran a romper ataduras dictatoriales o culturales y a construir los servicios sociales que garanticen la igualdad y sirvan de eficaz ascensor social.

Esas demandas sociales no encajan en los designios del capitalismo financiero, pero más que contra el sistema económico los que salen a la calle se revuelven contra la élite política, contra su corrupción y su falta de representatividad. La democracia representativa tiene que repensarse si no quiere perder a las clases medias.

Las circunstancias son distintas en cada lugar y el éxito de las protestas también.

Es más fácil tumbar unas dictaduras decrépitas (Túnez, Egipto) que cambiar un sistema económico. Es más factible lograr reivindicaciones concretas (hipotecas) que cambiar el sistema político. Allí, como en Irán, donde un régimen religioso, pero con apoyo en las clases populares, se resiste, el movimiento se invisibiliza y luego vuelve a resurgir. Donde una dictadura reprime a sangre y fuego las protestas incipientes se termina en una guerra civil sectaria, como en Siria. Es más fácil lograr los objetivos cuando al frente del gobierno está una demócrata progresista (Dilma) que un conservador religioso autoritario (Erdogan). Y, por ahora, parece imposible una movilización de la creciente clase media en China, donde el estado combina eficazmente represión, vigilancia y control social del ciberespacio con un espectacular crecimiento económico.

El fulminante de las protestas es algún hecho concreto (la inmolación de un vendedor callejero, la subida del precio del transporte, la destrucción de un parque público), la movilización se genera en las redes sociales, pero no tiene efecto hasta que no conquista el espacio público.

En el ciberespacio se genera la discusión previa y, lo que es más importante, las emociones que alimentan la movilización que se organiza con las nuevas herramientas interactivas. Pero lo decisivo es conquistar la calle.

Y en la calle y en el espacio público tradicional (interrelación de los medios masivos y los agentes políticos y sociales) se juega el éxito de la revolución. Los jóvenes tuiteros egipcios o tunecinos cuentan ahora poco en países que se enfrentan a la integración de creencias religiosas que se pretenden absolutas en sistemas democráticos.

Quizá la mayor paradoja de nuestro tiempo es que el cibererspacio es, al mismo tiempo un espacio de libertad y un espacio de vigilancia y control; un espacio de creatividad y de explotación económica. Millones y millones de personas construyen sus vidas en una interacción continua, en general libre, pero vigilada por los estados y explotada económicamente por empresas con ínfulas tecnoutópicas, que ni siquiera pagan impuestos.

Los movimientos de los 60 rompieron algunas cadenas mentales, pero no cambiaron el sistema. Este ciclo de movilizaciones ha terminado con dos dictaduras, y ahora consigue un gran logro con el anuncio de un referendum de reforma política en Brasil. Veremos si Dilma Rouseff es capaz de sacar la iniciativa adelante y no naufraga en la procelosas aguas de la fragmentada política brasileña. En unos lugares las protestas se apagarán, en otros conseguirán victorias parciales.

Si las clases medias no encuentran satisfacción a sus demandas de progreso, igualdad y libertad, las mismas herramientas de movilización (lo hemos visto en Francia con las protestas contra el matrimonio homosexual) puede ponerse al servicio de la intolerancia, la xenofobia y el odio.

[Sólo un par  de fuentes. “Cómo se organizaron las manifestaciones callejeras en Brasil: la protesta en acción en las redes sociales” en el blog Crisis de Reputación Online de Carlos Víctor Costas (de donde he sacado también la foto) y el análisis de Manuel Castells, reseñado en Fronteiras do Pensamento, en la línea de su libro Redes de indignación y esperanza (Alianza, 2012)]

 

 

 

 

Las maras, un caso de globalización


Llega desde Honduras la noticia esperanzadora de una tregua declarada unilateralmente por las maras Salvatrucha y Barrio 18. Doblemente esperanzadora, porque a diferncia de lo ocurrido en El Salvadorel pasado año, en este caso las organizaciones criminales no parecen haber pactado con los poderes públicos mejoras de régimen carcelario sino que piden medidas de reintegración social.

Nadie sabe cual puede ser el desarrollo de este proceso de pacificación en Centroamérica, sin paragón desde las guerras de los ochenta. En El Salvador sin duda los asesinatos se han reducido drásticamente, pero continua la extorsión y no se conocen las concesiones relamente realizadas por el estado. El problema sigue siendo la marginación, la falta de alternativas. Sin ellas -decía el obispo Colindres, negociador de la tregua- no se puede esperar que las bandas dejen de extorsionar.

Estas treguas son las paces del siglo XXI: organizaciones delincuenciales negocian con estados debilitados, con la mediación de las iglesias y otros agentes sociales.

GLOBAL-LOCAL

Es un dato generalmente aceptado que las maras centroamericanas nacen en los 90 a raíz del regreso a sus países de origen de inmigrantes salvadoreños y hondureños, expulsados por Estados Unidos, jóvenes que habían formado parte allí de las pandillas criminales y asumido su cultura marginal.

La cosa es más complicada. Las pandillas a las que jóvenes centroamericanos, que huyendo de la guerra, se suman en los ochenta en las calles de Los Ángeles (la mara Barrio 18 toma su nombre de esta calle de la capital californiana) eran ya un fenómeno asentado. Habían sido creadas por chicanos, inmigrantes de segunda generación, que buscan su identidad y defensa en sus barrios marginales, hibridando su cultura mexicana con la cultura juvenil norteamericana, especialmente de los afroamericanos, rivales y modelos al tiempo.

De regreso a casa reproducen y adaptan esa cultura a la nueva realidad centroamericana: cese de los conflictos bélicos, falta de integración de los desmovilizados, pobreza y desigualdad, cultura secular de la violencia. En Honduras, el Salvador, Guatemala… las maras (parece que de marabunta) hacen metástasis en clikas, pandillas locales, absolutamente territoriales, pero que participan de la cultura y espíritu de su organización madre, a cuyos dirigentes obedecen.

Y a su vez estas redes nacionales mantienen vínculos con las organizaciones madre de Estados Unidos. El dinero de la droga es el fluido vital que conexiona a todas estas redes, desde lo local a lo transnacional, y desde Los Ángeles se deciden los grandes “business”.

Un fenómeno que, a otra escala y con otras características, guarda gran semejanza con la replicación de bandas latinas juveniles en España entre inmigrantes juveniles ecuatorianos y dominicanos, principalmente.

Este es el esquema global-local a lo largo del tiempo:

Años 50-60 –> Inmigración mexicana a EEUU.

Años 70 –> Bandas juveniles de chicanos de segunda generación

Años 80 –> Guerras en Centroamérica –> Inmigración a EE.UU –> Integración jóvenes centroamericanos en bandas juveniles

Años 90 –> Procesos de paz en Centroamérica –> Expulsión delincuente juveniles –> Replicación en Centroamérica de las maras / Inmigración latinoamericana a España –> Replicación en España de las bandas latinas

Años 2000 –> Clikas de barrio –> Maras nacionales/regionales –> Lazos transnacionales

CULTURA Y TRATAMIENTO INFORMATIVO

Las pandillas juveniles ofrecen en los barrios pobres de todo el mundo un marco de integración e identidad, muchas veces alternativo a la familia y concretado en la lealtad absoluta al grupo. Su cultura se manifiesta en una música, que enaltece al grupo y ensalza la violencia, en la ropa y, en el caso de las maras, en el propio cuerpo. Los tatuajes y cicatrices son signos de identidad personal, reconocimiento grupal… pero también estigmas indelebles de marginación.

Entre la ingente literatura académica no son pocos los autores (ver fuentes más abajo) que ponen de manifiesto como el tratamiento mediático no ha hecho más que retroalimentar la marginación y el miedo de la población. Según esta tesis, las maras expresan una violencia que se remonta a la colonia y que ha servido al control social: si antes el enemigo era el comunismo, ahora el enemigo son las maras. En España no han faltado reportajes que se han quedado en el puro morbo.

Entre los mayores esfuerzos por entender el fenómeno está el del periodista Christian Poveda, autor del documental “La vida loca” (insertado al final de este post). Poveda, que había logrado la confianza de estas bandas, terminó asesinado en extrañas circunstancias.

Escuchar e intentar comprender es el primer paso para la paz. Pero sin justicia e integración las maras se mantendrá en segundo plano, quizá se hagan más respetables, pero los pueblos no tendrán futuro.

FUENTES

Martel Trigueros, Roxana (2006): “Las maras salvadoreñas: nuevas formas de espanto y control social”, ECA, Nº 669: 957-999. (PDF)

Savenije, Win (2002): “Pandillas y maras: señas de identidad”, Envío. (PDF).

Urbina Gaitán, chester (2009): “Maras, identidad juvenil y represión cultural en El Salvador”, Rev. de Ciencias Sociales 126-127: 25-31. (PDF)

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