De dioses y reyes: de Japón a Tailandia


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En poco más de dos semanas hemos podido ver en las pantallas globales las ceremonias de ascenso al trono del emperador de Japón Naruhito y de la coronación del rey de Tailandia Maha Vajiralongkorn. Imágenes de pompa y circunstancia, que tendemos a descodificar como un simple exotismo folclórico.

En muchos medios el tratamiento informativo (sobre todo en el caso de Tailandia, y ya veremos que no sin motivo) se ha relegado a la sección de “famosos y corazón” o se ha limitado a una crónica política general. Para nosotros, españoles, occidentales, es muy difícil entender el papel de estas monarquías, su imbricación religiosa y su influencia social, pero estos casos arrojan lecciones de interés también para nuestras sociedades laicas sobre el papel de las monarquías.

Monarquías constitucionales

Empecemos por un recordatorio de referencia de lo que suponen las monarquías constitucionales europeas.

Después de una lucha de siglos contra el absolutismo que apelaba a fundamentaciones religiosas, los monarcas europeos se han visto reducidos a un papel simbólico de encarnación de la unidad nacional. El rey reina, pero no gobierna, gobierna un gabinete salido del parlamento y con la confianza del mismo. Todas las monarquías constitucionales son sistemas de gobierno parlamentario.  El rey no tiene más prerrogativas que las que le reconoce la Constitución y todos sus actos exigen del refrendo del Gobierno y así, por ejemplo, en el Reino Unido en el discurso de la Corona el monarca lee el programa del gobierno de turno.

Bagehot, el gran teórico de la monarquía victoriana, defendió que de la autorictas del soberano se desprenden unas prerrogativas que estabilizan el sistema: ser consultado, exhortar y prevenir. La Constitución española (art. 56.1) reconoce al rey la capacidad de arbitrar y moderar el funcionamiento normal de las instituciones. El problema es cuando esos poderes de moderación se ejercen en momentos de conflicto, en los que el soberano puede  tomar partido o parecerlo, como ocurrió con el discurso de Felipe VI sobre Cataluña de 2017.

En las monarquías europeas no se invoca ninguna legitimidad religiosa, sin perjuicio de que  en Reino Unido la reina sea nominalmente la cabeza de la Iglesia de Inglaterra. No obstante, las ceremonias en las que se manifiestan popularmente todos los soberanos europeos siguen representando mitos históricos, conexión con épocas anteriores de supuesta grandeza, con una presencia exacerbada de lo militar como expresión nacional y con una exhibición de riqueza poco acorde con los tiempos.

En general, todas las monarquías europeas proyectan una imagen conservadora, se relacionan de forma paternalista con la sociedad y a menudo mantienen relaciones con potentados, a veces rayando en la colusión.

El talón de Aquiles de todas las monarquías está en la legitimidad dinástica. ¿Por qué asignar esas altas funciones a alguien por el hecho de nacer en una determinada familia? La única defensa es contestar que así se libra a esta alta institución de la lucha partidista y se asegura la continuidad, la estabilidad y un factor de identidad nacional.

El problema es evidente cuando el monarca no reune unas condiciones personales para encarnar esas altas funciones. Desde el punto estrictamente político, el cortafuegos está en la falta de poderes reales y en la necesidad de refrendo gubernamental, pero la función última de símbolo de unidad puede quebrar por una conducta inadecuada. A la muerte de Diana de Gales la monarquía británica se tambaleó y solo la sagacidad de Blair salvó esa crisis constitucional. La abdicación de Juan Carlos I fue una operación de salvación in extremis de la monarquía. Y qué decir de los princípes herederos, siempre educados en instituciones de élite, tan incapaces de encontrar su lugar, tan tentados al exceso de una juventud (o madurez) irresponsable.

Japón

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Con solemne sobriedad se ha desarrollado la abdicación del emperador Akihito y la entronización de su hijo Naruhito.

El trono del Crisantemo es teóricamente la más antigua dinastía del mundo. Desde el siglo XII al XIX el poder residió en shogun, un dictador militar hereditario, mientras que el emperador no mantenía más que un poder simbólico basado en su función religiosa. El emperador era la encarnación en la tierra de los dioses, en cuanto que descendiente de la diosa shintoista Amaterasu, un mediador entre los hombres y los dioses, con un acceso privilegiado a la divinidad. Cuando los portugueses llegaron a Japón en el siglo XVII compararon al emperador con el Papa.

En 1868 el desafío occidental lleva a la revolución Meiji y a la asunción del poder central por el emperador, con la abolición del feudalismo, la modernización, la industrialización y el expansionismo militar del país. La Constitución de 1889 instaura una monarquía limitada, en la que la soberanía residía en el emperador, que conservaba amplios poderes.

El emperador era reconocido como encarnación divina y Hirohito, llegado al trono en 1926, será el último monarca cuasi absoluto. Rodeado por una élite militarista, las últimas investigaciones demuestran su papel esencial en las decisiones que condujeron al ataque de Pearl Harbour, el modo de conducir el conflicto y la violación de las normas del derecho de la guerra.

A la hora de la rendición incondicional, Estados Unidos y su virrey MacArthur ni abolieron el imperio ni hicieron abdicar a Hirohito, prefiriendo mantenerle como símbolo nacional y blanqueando su responsabilidad en la guerra. Los japoneses escucharon por primera vez la voz de su emperador en el discurso de la rendición radiado a todo el país y pronunciado en el lenguaje de la corte imperial, incomprensible para la gente común. Hirohito tuvo que renunciar en la llamada Declaración de Humanidad a su condición divina, pero no a su ascendencia divina.

La Constitución de 1946, impuesta por Estados Unidos, instaura una monarquía constitucional en la que la soberanía reside en el pueblo y no ya en el emperador, que conserva poderes puramente simbólicos.

En las ceremonias de abdicación de Akihito y de entronización de Naruhito los símbolos de la religión mayoritaria, el shintoismo, han estado muy presentes. Es la fuente de una legitimidad tradicional, más allá de la legitimidad constitucional. Pero el soberano saliente, Akihito, ha sabido ganarse también la legitimidad popular, con su defensa de la paz -su era Heisei puede traducirse como paz para todos- y la aproximación al pueblo en momento luctuosos. Los emperadores ya no son semidivinos, pero encarnan las tradiciones y viven en medio de normas patriarcales y protocolos axfisiantes, que llevaron hasta la grave depresión a la hoy emperatriz Masako.

Dos asunto que muestran la dialéctica entre el emperador y el gobierno. Akihito, con su compromiso vital con el pacifismo, ha sido un obstáculo principal para el intento del primer ministro Abe de modificar la Constitución, para que el ejército japonés sea algo más que meras fuerzas de autodefensa.  Por otro lado, la adopción del nombre de la nueva era, que define un reinado, en este caso el de Naruhito, la era Reiwa o de la Hermosa Armonía, fue adoptada por el gobierno,no por el emperador, conforme el consejo de un grupo de académicos.

Tailandia

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En contraste con la sobriedad shintoista de Japón, la coronación de Maha Vajiralongkorn como Rama X (el décimo soberano de la dinastía Chakri) se caracterizó por la exhuberante mezcla de ritos hinduistas y símbolos budistas en medio de una exhibición extravagante de lujo y poderío propio de una monarquía absoluta.

La coronación se produce casi tres años después de la muerte de su padre, el rey Bhumibol. La ceremonia tiene siempre lugar después de un período de luto de aproximadamente un año, que en este caso se ha alargado más. Ya al fallecimiento de su padre, Vajiralongkorn sorprendió a todos al retrasar su proclamación seis semanas, alegando querer vivir el luto privadamente.

Bhumibol reinó 70 años y construyó una síntesis entre una monarquía constitucional (en realidad, monarquía limitada) y monarquía tradicional budista. Patria, rey, religión y democracia es el lema que aparece en los edificios oficiales tailandeses, estableciendo un vínculo entre la propia esencia del país, la monarquía budista y la democracia.

La dinastía Chakri, instaurada en 1782, edificó su legitimidad sobre una restauración budista theravada y una estrecha relación con la shanga, la comundad budista monástica. El monarca encarna las virtudes budistas, es un ejemplo para sus súbditos y ejerce como padre de la nación.

El reino de Siam fue el único territorio del sudeste asiático libre de la dominación de las potencias occidentales. A lo largo del siglo XIX se registran varios procesos de modernización, pero se mantiene el carácter absoluto de la monarquía.

En 1932 una revolución proclama una constitución democrática, aceptada a regañadientes por el rey Prajadhipok (Rama VII), que en 1935 se exilia y abdica en su sobrino Ananda, un niño que vive con su madre y su hermano menor Bhumibol en Suiza. De 1938 a 1946 el general Phibun ejerce una dictadura militar pro Japón. En 1946, Ananda, ya mayor de edad regresa al país, pero antes de ser coronado es encontrado muerto en su cama con un tiro en la sien. Accidente, magnicidio, nunca se aclararon las circunstancias de la muerte, aunque se condenó  como autor a una ayudante de campo y como inspirador a Pridi, el líder civil de la revolución de 1932.

Así que Bhumibol comienza su reinado con un déficit de legitimidad. La referencia democrática es la Constitución de 1932 (que como fue la española de 1812 será siempre invocada por las fuerzas progresistas), el poder real reside en los militares y el país ha perdido en dos décadas turbulentas la referencia simbólica del monarca. Bhumibol va a reconstruir la función budista del rey como padre benevolente de la nación, como Bodhisattva que ejerce las 10 virtudes (caridad, justicia, honestididad, paciencia, discenimiento etc.), digno de imitación, pero siendo al mismo tiempo monarca constitucional.

A lo largo de 70 años Bhumibol se mueve en dos planos, el de soberano budista y monarca supuestamente constitucional.

En el plano del poder fáctico en esas siete décadas Tailandia sufrió 17 golpes militares (solo un par de ellos de carácter izquierdista) y Bhumibol siempre maniobró (“borboneó”, diríamos en España) para favorecer las soluciones más autoritarias y, sobre todo, preservar los poderes reales en cada nueva constitución. En plena guerra fría, con Estados Unidos utilizando a Tailandia como portaviones en las guerras de Indochina y apoyando a los gobiernos militares, la familia real promovió grupos paramilitares, que protagonizaron la matanza de estudiantes en la Universidad de Thammasat en 1976.

black_may_thailandUn peculiar caso del poder de moderación del monarca y el más claro ejemplo de intervención pública de Bhumibol se produjo en el llamado Mayo Negro, en 1992, durante las protestas populares en Bangkok contra la dictadura del general Suchinda. Bhumibol apareció en la televisión sermoneando a Suchinda y al líder del movimiento democrático Chamlong para que pusieran fin a sus diferencias -como si fueran puros intereses personales- por el bien común del país. Los dos políticos aparecieron postrados ante el rey, en la postura protocolaria ante el soberano de Siam en las cortes de Ayhuttaia y los Chakri, pese a haber sido oficialmente abolida un centenar de años antes.

En este caso, se entremezclan el poder constitucional de moderación con el simbolismo de la monarquía budista. Bhumibol siempre sostuvo que era un monarca elegido implícitamente por el pueblo y que bastaría que el pueblo así lo decidiera para dejar de ser rey. En la tradición budista tailandesa cada persona tiene un carisma o gracia (barami) acumulada a través de los méritos de los antepasados y de uno mismo en otras vidas anteriores y en la presente, y los reyes de la dinastía Chakri se han presentado como poseedores de una especial sabiduría sobre lo conveniente para su pueblo, como dhammarajas, soberanos que actúan de acuerdo con la justicia que exige el orden cósmico (dharma).

En su largo reinado, Bhumibol cumplió escrupulosamente con los rituales budistas y con las funciones representativas de un jefe de Estado. Desarrolló, además, una intensa actividad parapolítica con un programa paralelo al gubernamental. En todas sus declaraciones minusvaloró a las leyes, los políticos, los funcionarios, como algo ajeno al espíritu tailandés, como si fueran inventos foráneos impuestos al buen pueblo. Todo era más simple, bastaba con actuar conforme el dharma para buscar el bien común. Además de encabezar campañas caritativas, a las que se sumaban las grandes fortunas, el rey impulsó pequeños proyectos de desarrollo rural, presentados como la panacea a todos los problemas. Muy crítico con las normas ambientales, defendía que los pequeños campesinos siguieran deforestando la selva para lograr terrenos de cultivo. No era un dios-rey ajeno. Hasta de los problemas de tráfico de Bangkok opinaba y defendía que en este o aquel cruce se pusieran semáforos o un paso elevado.

Su conducta personal era aparentemente intachable. Casado con Sirikit en 1950, no se le conoce ni siquiera una aventura extramatrimonial. Su mayor excentricidad era una afición desmedida por el jazz. Mantenía en su palacio jam sessions hasta altas horas de la madrugada. En los 50 y 60 la radio estatal radiaba todos los días las composiciones del rey. Al regresar del exilio de Suiza el patrimonio real estaba muy mermado, pero Bhumibol lo confío a un grupo de financieros profesionales fieles a la Corona que crearon un consorcio, el Crown Property Bureau (CPB), consolidando una fortuna inmensa con un gran patrimonio inmobiliario y la participación y control de las más importantes empresas del país.

Todo ello, junto con una gran maquinaria propagandística (los telediarios de todas las cadenas dedican al menos 10 minutos a las actividades de la familia real) y represiva (el delito de lesa majestad castiga con penas de 3 a 15 años cualquier ofensa y hasta una simple burla al rey y la familia real) convirtió al Bhumibol en un ser verdaderamente reverenciado por sus súbditos. Hasta en el último rincón de Tailandia hay un retrato de Bhumibol, solo o con la reina Sirikit.

Otra cosa es su hijo y ya rey, Maha Vajiralongkorn (Rama X). Sin más formación que la militar, con pobres desempeños en academias castrenses australianas y estadounidenses. En los 90 mandó unidades militares antinsurgencia en el norte del país. Desde muy joven se mostró -en palabras de su madre- “un poco Don Juan”. Casado tardíamente en 1991 con una prima en un matrimonio promovido por su madre, mantuvo simultáneamente una relación con una actriz. Después del divorcio de su primera esposa se casó de nuevo en 2001, para divorciarse en 2014. Y finalmente, y por sorpresa, en vísperas de su coronación se ha casado con Suthida, proclamada reina.

El problema no es la sucesión de relaciones, esposas y amantes, en una sociedad budista que no tiene como valor fundamental el matriminio indisoluble. En el siglo XIX, en la corte de los Chkri la norma era una esposa principal, varias secundarias y decenas de concubinas. El problema es la índole de esas relaciones, las personas elegidas, lo conflictivo de las rupturas, la arbitrariedad en el tratamiento de las compañeras, sus hijos y familias. De los 5 hijos de su segunda relación, los cuatro varones viven en Estados Unidos repudiados por su padre. Después de su segundo divorcio, Vajiralongkorn ha perseguido a la familia de su exposa. La ahora reina Suthida era azafata de Thai Airlines, promovida a general y comandante de la guardia del entonces príncipe heredero.

Y sus excesos y extravagancias. A su perro le nombró mariscal del Aire y asistía con él, con la mascota de uniforme, a los actos oficiales. En Youtube circula el vídeo del cumpleaños del perro, una gran ceremonia en palacio en la que su entonces esposa aparece prácticamente desnuda. Otra fotos virales son el prícipe y una de sus amantes con camiseta de tirantes, enseñando parte del torso profusamente tatuado, recibiendo el saludo de oficiales militares. Vajiralongkorn ha pasado la mayor parte de los últimos años en una mansión en Alemania, cerca de Munich. Los rumores hablan de sus deudas de juego, cubiertas por Taksim, millonario, líder de los camisas rojas y primer ministro derrocado por los militares, con el que ahora está enemistado.

Lo peor es su comportamiento en los tres años escasos como soberano. Ha asumido personalmente el control del consorcio de las propiedades reales,  ha colocado a uno de sus allegados como jefe del Ejército y ha nombrado patriarca budista, cuando en los últimos 25 años era un consejo religioso el que realizaba la designación. Ha conseguido reforzar los poderes reales en la nueva Constitución y -muy significativo- podrá residir en el extranjero, sin necesidad de nombrar un regente.

Para colmo le ha salido el grano de su hermana mayor, Ubolratana. Casada y divorciada con un americano y, por tanto, fuera de la Casa Real, se presentó como candidata a primera ministra en un pequeño partido dependiente de Thaksim. Inmediatamente, la Casa Real la desautorizó y la Junta Electoral eliminó la candidatura y proscribió al partido. La princesa es la reina de las redes sociales y gana la batalla de la popularidad a su hermano el rey.

No es raro que con estos antecendentes y, sobre todo, comparando con el modelo de su padre, Vajiralongkorn no sea popular. Según informaciones, el gobierno militar ha tenido que movilizar a más de 20.000 funcionarios para llenar las calles del centro de Bangkok durante la coronación.

La coronación llega cuando debiera de consolidarse un nuevo gobierno civil.

En lo que va de siglo, el eje de la política tailandesa ha sido el enfrentamiento entre los camisas rojos y los camisas amarillos. Los rojos son los campesinos y clases populares de provincias, que se sienten tradicionalmente maltratados por las élites de Bangkok. Escogieron el rojo para diferenciarse del amarillo, el color de la dinastía Chakri, que lucen las masas monáquicas y tradicionalistas.

El líder indiscutible de los rojos es Taksim Shinawatra, un millonario nacido en Chiangmai, la capital del norte. Durante su mandato en los primeros años del siglo desarrolló una guerra sucia contra el narco denunciada por todos los organismos defensores de los derechos humanos. Condenado por corrupción y derrocado en 2006 por los militares, volvió al poder vicariamente por medio de su hermana, que tuvo que afrontar las protestas de los camisas amarillas en Bangkok, hasta que fue derrocada por los militares en 2014.

La Junta impuso en 2017 una nueva Constitución, con reforzamiento de los poderes reales y un Senado elegido por los militares. En las primera elecciones del 24 de marzo, el partido militar ganó en votos, pero no en escaños directos en distritos uninominales. Para después de la coronación se dejó el reparto de escaños por un sistema proporcional. La Junta Electoral realizó finalmente una asignación muy cuestionada, que atribuye escaños a varios pequeños partidos, que podrían formar gobierno con el partido militar.

Lo más novedoso es el magnífico resultado obtenido por el partido Nuevo Futuro, representante de los jóvenes y las clases más cosmopolitas, tercera fuerza en las urnas después de una campaña en las redes en las que ha evitado los argumentos identitarios. Nuevo Futuro podría ser una fuerza democrática modernizadora y una alternativa al destructivo enfrentamiento entre entre rojos y amarillos.Pero ya suena para primer ministro de un gobierno de unidad un tecnócrata próximo al rey.

Nadies cuestiona al emperador Naruhito. El caracter constitucional de la monaraquía le protege. En Tailandia,Vajiralongkorn  ya ha sido ungido como Señor de la Tierra, una de las denominaciones tradicionales de los monarcas de Ayhuttaia y la dinastía Chakri, pero su papel como agente político activo no presagia nada bueno para la monarquía tailandesa. ¿Será Rama X el último de los diez monarcas de la casa Chakri, como pronostican antiguas profecías?

(Una confesión. En un viaje como turista me fascinó Tailandia, una sociedad joven, dinámica, eficaz, pero al mismo tiempo muy tradicional).

ALGUNAS FUENTES

Fuentes periodísticas

Lecturas

  • Paul M. Handley (2006): The King never smiles. New Haven and London: Yale University Press. (Lectura imprescindible, puede encontrarse el pdf en Internet).
  • Laurens de Rooij (2015): “The King and his Cult: Thailand’s Monarch and the Religious Culture” IN David W. Kim (ed.) Religious Transformation in Modern Asia, Leidem: Brill. (Academia.edu).
  • Axel Aylwen (1999): El halcón de Siam. Barcelona: ediciones B (novela de aventuras históricas, interesante por su recreación de la corte de Ayhuttaia y sus ceremonias, que todavía perviven).

(Y de cierre una transmisión de 4 horas de todas las ceremonias de la tv china CGTN)

 

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2 comentarios to “De dioses y reyes: de Japón a Tailandia”

  1. M.Antonia Gonzalez- Valcarcel Says:

    Gracias por tan documentado estudio de monarquías


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