La crisis y el carrusel de la Asamblea General de la ONU


Cada año en la tercera semana de septiembre los neoyorquinos ven con resignación como las medidas de seguridad se acentúan cerca de los grandes hoteles y las calles y avenidas próximas al edificio de Naciones Unidas se cortan para dejar paso a las comitivas de los poderosos. Llega la Asamblea General, el único foro en el que todos los mandatarios del mundo pueden encontrarse y hablar al mismo nivel, con el mismo tiempo asignado. Lamentablemente, ese único órgano deliberativo común a toda la humanidad se ha convertido en un verdadero diálogo de sordos. Cada cual vende su producto sin ningún ánimo de diálogo y mucho menos de debate y lo vende más para su propia opinión pública -con la ayuda inestimable de sus medios nacionales- que para discutir los grandes problemas comunes. El presidente de Estados Unidos suele presentar la política planetaria de la superpotencia con todos los asientos llenos. El resto de los discursos son seguidos con menor o mayor expectación según el poder y la influencia del que habla. Las delegaciones escuchan los discursos de los amigos y los enemigos y se ausentan cuando no hablan ni unos ni otros. De vez en cuando Chávez con su encendida retórica criolla anima el cotarro.

Hace tres años la Asamblea vino precedida de una Cumbre Mundial. Lo más importante que salió de ella fue la aceptación del principio de la obligación de proteger. Sin embargo, quedaron en nada las promesas de hacer más eficaz los mecanismos de la ONU y, sobre todo, de reformar su estructura de poder, con una representación en el Consejo de Seguridad que recoja el peso creciente de las potencias emergentes. Este año, para evitar que cada cual coloque su disco rallado, la agenda de la Asamblea General recogía la revisión de los Objetivos del Milenio. De la reunión, en el mejor de los casos surgirá la renovación de un compromiso que ya parece imposible de cumplir en 2015, porque año tras año, los estados incumplen esos compromisos hipócritamente asumidos.

Pero la crisis financiera -¿farsa o tragedia?- se desarrolla al otro extremo de Manhattan, en Wall Street. Quiebran los bancos de negocios y los que quedan se convierten en comunes bancos comerciales y el Tesoro de Estados Unidos promete una intervención que puede llegar a un billón de dólares (o un trillón si utilizamos la denominación anglosajona) para aislar los «activos tóxicos» -lo que antes se llamaban «productos financieros creativos». (Por cierto vale la pena ver este vídeo de humor británico, brillante y esclaredor, que conozco por el blog de Miguel Ángel Idígoras).

Si para algún senador republicano todo esto no es más que «socialismo financiero»,  el economista Stiglitz pone las cosas en su punto y dice que lo que ha sucedido la semana pasada equivale para Wall Street a la caída de su particular Muro de Berlín; la semana en la que todo ha cambiado y han quebrado todos los dogmas neoliberales. Lógicamente, una crisis que es una crisis de sistema, no podía estar ajena a los discursos. Pero en la mayor parte de los casos no ha habido más que palabras vacías que demuestran, una vez más, la falta de visión de los líderes que gobiernan el mundo. Los más pobres han recordado que con la décima parte de lo ya gastado en salvar a las entidades hipotecarias se podría haber cubierto buena parte de los Objetivos del Milenio.

Y luego cada cual ha seguido con su rollo. He escuchado la última parte del discurso de Álvaro Uribe en el Canal 24 Horas de TVE. (Los discursos y ruedas de prensa puede seguirse en la webcast de Naciones Unidas). La página de la presidencia de Colombia resume justamente la parte del discurso que no he oído, en la que defiende los logros de su «política de seguridad democrática» y esgrime la disminución de los asesinatos de sindicalistas, que por las vías alternativas que nos llegan de Colombia siguen siendo casi diarios. (Curiosamente cuando busco el enlace a ese resumen ha desaparecido, y en su lugar se destaca el agradecimiento a Evo Morales por una admonición a las FARC). En la segunda parte, que sí he visto, Uribe ha comenzado diciendo que «tan importante como la crisis financiera es la crisis medioambiental». Y aquí se ha extendido en sus éxitos en la materia y ha puesto un ejemplo que, como poco, me parece desafortunado: las excelencias de la palma africana, un cultivo -ha dicho-que da sombra y protege el suelo. La realidad es que esta planta ajena sembrada por multinacionales coloniza miles de hectáreas de selva, por ejemplo en la región del Alto Atrato, destruyendo la diversidad biológica y todo ello previa expulsión de los campesinos por los paramilitares, por mucho que ya no se llamen así. ¡Cuánta hipocresia!.

Mientras los discursos siguen en la Primera Avenida con la calle 42, el mundo sigue girando. Nada será igual después de esta semana. ¿Dejará el neoliberalismo paso al neokeynesianismo?.

Globalización mediática


Estos días estoy leyendo Democratizing Global Media: One World, Many Struggles, una obra colectiva editada por Yuerzhi Zhao y Robert. Su subtitulo es un homenaje al Informe McBride (Un solo mundo, voces múltiples). Aquellas voces múltiples que hace un cuarto de siglo pugnaban por hacerse oir siguen sin reconocidas ni nacional, ni internacionalmente. Pero muchas de ellas siguen luchando y sus luchas son importantes experiencias de democratización de los medios.

Recojeré aquí algunas de las ideas que vaya descubriendo.

Por lo pronto, la globalización de los medios en seis notas. Es una síntesis realizada por Yuerzhi Zhao y Robert A. Hackett en uno de los capítulos introductorios.

1. Predominio de las empresas y mercados transnacionales

Merced a los procesos de concentración, una decena de grupos multinacionales, con conexiones locales y nacionales, dominan la producción y difusión de información y entretenimiento a nivel mundial.

2. Extensión mundial del modelo comercial

La comercialización de la información y la estructura comercial de los medios se ha impuesto en todas partes, con la relativa excepción de los servicios públicos de radiotelevisión europeos, rara avis en peligro de extinción.

3. El flujo de información está dominado por grandes empresas occidentales

La información sigue fluyendo del rico norte al pobre sur, pero algunas producciones del sur se globalizan y se incorporan a ese flujo unilateral.

4. Globalización de las experiencias de socialización

Las experiencias de los públicos de los países centrales se replican en los periféricos; es la manifestación actual del  «imperialismo cultural», descrito por Herbert Schiller en 1977.

5. Extensión mundial del modelo regulatorio occidental

Mediante el influjo de organizaciones como la OMC o el FMI se han impuesto los modelos desrregulados de los países anglosajones.

6. Las redes alternativas también son globales

Los movimientos que responden a este proceso de comercialización empresarial se organizan también en redes globales.

La Justicia Universal como arma arrojadiza


Escucho a los tertulianos en la radio. ¡Qué barbaridad admitir a trámite una querella contra autoridades chinas un día antes de la llegada de los Principes a Pekín! Reacciones hipócritas ante el auto del juez Pedraz que admite a trámite la querella de dos asociaciones pro Tibet y un particular contra 7 altas autoridadades civiles y militares chinas, acusadas del delito de lesa humanidad, por la represión en el Tibet del pasado marzo. Ya sabemos que China no es una democracia -nos dicen- e incluso está muy bien meterse con ella, pero de eso a esa «provocación judicial» tres días antes de la apertura de la Juegos hay un gran trecho… En fin, opiniones que no son más que la manifestación de la tradicional pleitesía al poderoso.

Nuestro ordenamiento jurídico considera perseguibles los delitos de genocidio, crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y terrorismo, con independencia del lugar donde se cometan. Esta consagración del principio de Justicia Universal permitió abrir causas como la de Scilingo y Pinochet. Pero ante la querella de Rigoberta Menchú por el genocidio contra los mayas en Guatemala, la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo establecieron la doctrina limitativa de que sólo podían ejercerse estas acciones contra hechos acaecidos en el extranjero si había españoles entra las víctimas. El Tribunal Constitucional rectificó esta interpretación, lo que permite a los jueces españoles perseguir estos delitos, aunque no existan compatriotas contra las víctimas. Desde entronces han aumentado las querellas y se han admitido, entre otras, las que denuncian genocidio del gobierno tutsi de Ruanda contra los hutus o de Marruecos contra los saharauís.

Que las querellas además de buscar la justicia busquen un efecto político es lógico e inevitable. Los jueces no pueden retrasar su admisión por razones de oportunidad. Pero ahí deben de estar los medios de comunicación para esclarecer las circunstancias de los hechos que se denuncian. Creo que, por ejemplo, esa función no se cumplió cuando al informar de la querella admitida contra el presidente de Ruanda y otros cargos de su régimen, no se recordó el genocidio cometido por las milicias hutus en las que perecieron 800.000 personas.

El caso de Ruanda es aleccionador. El genocidio de 1994 dio lugar a la creación de un tribunal penal internacional específico, con sede en Arusha (Tanzania). Con lentitud, el tribunal sentenció a algunos de los máximos responsables de los crímenes. Mientras, en Ruanda centenares de miles de acusados esperaban juicio en las cárceles. Como en la orgía criminal había participado, de grado u obligados, buena parte de la población, unos juicios con verdaderas garantías eran imposibles. Algunos fueron juzgados por tribunales tradicionales, pero muchos volvieron a sus aldeas a convivir con los supervivientes. En paralelo, en Bélgica, otro de los países que reconocían el principio de Justicia Universal, se juzgaba a algunos destacados responsables, entre ellos, algún sacerdote. La querella de España se refiere, en cambio, a los crímenes cometidos por la guerrilla tutsi durante 1994 y, posteriormente, en sus ataques contra los campos de refugiados hutus en el Congo y en relación a los cuales se les acusa en la querella del asesinato de religiosos españoles. Pero no son los únicos frentes judiciales. Un juez francés acusó a Kagame como responsable del derribo del avión en el que viajaban los presidentes (hutus) de Ruanda y Burundi, y que fue la señal para el comienzo de la matanza contra los tutsis. Y el gobierno ruandés respondió con la creación de una comisión de investigación sobre la Operación Turquesa, una acción militar francesa que protegió la retira de las milicias hutus que se llevaban consigo a todo un pueblo como rehén. Y de ahí ha salido una acusación formal contra 33 autoridades francesas, empezando por Chirac y siguiendo por Balladur y Villepin. El conflicto diplomático está servido.

Para que un tribunal español se declare competente tiene que probarse que se han agotado los procedimientos en el país de los hechos o que las circunstancias allí -como es el caso de China- hacen imposible cualquier acción jurídica. Pero a partir de ahí, como en cualquier procedimiento judicial, hay que probar los hechos. La capacidad de investigación de los fiscales de la Audiencia Nacional es muy limitada o nula si no se cuenta con la colaboración del otro país. España dio un gran paso reconociendo el principio de Justicia Universal, pero sin un refuerzo de medios (por ejemplo, creando una Sala especial) la Audiencia corre el riego de verse saturada con querellas que más que justicia obtendán réditos políticos. ¿No podría buscarse un procedimiento para inhibirse en favor del Tribunal Penal Internacional por aquellos hechos que entren dentro de la jurisdicción de éste?.

Lo que tiene que entender China (o Marruecos) es que los tribunales en un Estado de Derecho son independientes y que no cabe la represalia diplomática ante sus decisiones.

(P.S Recomiendo pinchar estos días en el mapa de la columna de la izquierda de este blog que nos muestra la localización de las noticias. Hay ya más del 30% tienen su origen en Pekín)

Lo que pueden los poderosos


Mañana lunes 7 de julio comienza la cumbre anual del G-8 en Hokkaido, Japón. Los poderosos se reunen todos los años por San Fermín para a escenificar lo que pretenden que sea el directorio mundial.

Sala vac�a -AFPNada tan frustante para un periodista como cubrir este tipo de eventos. Concentrados en salas de prensa, a kilómetros de los mandatorios blindados en una esfera de seguridad, sin contacto con las delegaciones, el ejercicio informativo se limita a analizar los borradores de declaración que circulan. Las manifestaciones de protesta se desarrollan muy frecuentemte muy lejos del centro de prensa. Menos mal que la ONGs, señaladamente Oxfam, aportan datos y críticas.

En 1973 el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, George Shultz, convoca a Alemania, Japón, Francia y Reino Unido para buscar una salida a la stagflacion (recesión+inflación, ¿les suena?) ocasionada por la primera crisis del petróleo. Luego se incorporarán Italia y Canadá y a principios de los 90 se  admitirá a Rusia, como se recibe a un grandullón retrasado, pero fuerte. Hoy ese octavo miembro vergonzante es una autocracia con apariencia de democracia que controla la llave de la energía de Europa. Lo que empezó siendo una reunión de ministros de economía pronto se convirtió en un espectáculo mediático para el lucimiento de los líderes. Mucha «photo opportunity», muchos besos y abrazos, alguna anécdota y poca sustancia. Claro, que para los líderes es importante, no sólo para presentarse como los jefes del mundo, sino también para anudar relaciones personales. Ya se sabe, como dice la canción, «todos los tiranos se abrazan como hermanos».

¿Pueden marcar la banda de los 8 el futuro de la humanidad? Rotundamente, no. Los desafíos son de tal magnitud que superan la voluntad de los gobernantes por muy poderosos -y lo son- que sean. El más importante, el cambio climático requiere un cambio universal de paradigma. Bush se contenta con crear un fondo de 10,000 millones de dólares y quiere que los otros 7 apechugen con su parte.

Ni siquiera en los factores de la crisis económica parece que puedan hacer demasiado. La globalización es el mago salido de la botella. Se abrió la botella -se eliminaron las regulaciones al movimiento de capitales- y ahora el mago no quiere regresar a la botella… No parece que puedan hacer mucho en los que se refiere a los precios del petróleo. Mucho más podrían hacer respecto a  los precios de los alimentos, buscando soluciones de comercio equitativo. Y pueden hacer mucho y no lo hacen en materia de cumplimiento de los Objetivos del Milenio. Hacer tres años en Gleneagles -mientras estallaban las bombas en el metro de Londres- los 8 se comprometieron a invertir en desarrollo de África 25.000 millones de dólares. No han cumplido los poderosos, pero tampoco los líderes africanos, que prometieron democracia y buen gobierno.

Así que, que se dejen de sonrisas y fotos y cumplan los Objetivos del Milenio, que para eso sí si les llega su poder.

Hambre y especulación


Ha comenzado hoy la Cumbre del Hambre en Roma. Todos discuten quién es el culpable de la crisis y con gran hipocresia señalan con el dedo hacia otro lado.

En el último medio siglo, el mundo había vivido una serie de crisis alimentarias, siempre localizadas en países subdesarrollados o en conflicto. Muchas de estas crisis locales estaban motivadas por políticas nefastas; políticas impuestas externamente, como en Somalia a comienzos de los 90, donde los organismos internacionales impusieron desmontar un sistema público de sanidad animal, vital en un país ganadero; o, políticas internas, como las desastrosas confiscaciones de tierras en Zimbabwe. El mundo reaccionaba con ayuda de emergencia, la mayor parte consistente en volcar en el pais en emergencia los excedentes de los países ricos. Cada nueva emergencia incapacitaba más al país receptor para producir sus propios alimentos porque los agricultores locales.

El mundo también está acostumbrado a afrontar crisis financieras globales desde hace  tres lustros: la crisis asiática, la del «tequila», la punto.com etc. En unos casos fueron causa del pinchazo de una burbuja financiera inmobiliaria; en otros, como en la crisis asiática, nuevamente imposición de eerróneas políticas.

Ahora, una crisis financiera global coincide con la primera crisis global más allá de la economía financiera: la crisis de la energía, la crisis de los alimentos. Las tres se interrelacionan, pero la que tiene un más largo recorrido es la alimentaria.

Las causas son muchas. Costes disparados por el alza del petróleo, influencia de los biocombustibles, políticas proteccionistas de los países ricos, especulación. Pero sobre todas ellas impera el aumento a largo plazo de la demanda, propiciada, sobre todo, por los cambios alimentarios en China e India.

Resulta fácil echar la culpa a los especuladores, como ha hecho hoy Sarkozy en Roma. Ante esta declaración de «su» presidente, Le Monde ha consultado a un grupo de expertos. Su conclusión es que los mercados financieros desarrollados a partir de las materias primas son opacos y que los capitales huidos de la crisis inmobiliaria han amplificado las subidas de las materias primas. Uno de los expertos, Philippe Chalmin, sostiene que la especulación no es más que la espuma de la ola, pero que la ola -la demanda creciente- no se detendrá aunque pierda la espuma. Por su parte, The Economist («Explaining the price of oil») niega que la subida desbocada del precio del petróleo se deba a una burbuja financiera, insistiendo en que los precios de las materias primas son independientes de los precios de los productos financieros derivados. Sea como sea, todo el mundo exige transparencia y regulación en los mercados de derivados.

Pero la cuestión sigue siendo como afrontar la demanda creciente de alimentos de forma sostenible. Le Monde («Comme produire plus et vite», esclarecedores gráficos) revisa las previsiones: de aquí a 2050 la superficie cultivada debiera de doblarse. Las posiblidades de las distintas regiones son diversas. En el caso de Europa, la Política Agraria Común (PAC) ha venido reduciendo cultivos y subvencionando a terrtenientes y a un modelo de agricultura intensiva. Será difícil recuperar el agro español envejecido.

¿Aguantará el planeta todas nuestras demandas?

Requisitos para la responsabilidad de proteger


Me he referido en tres entradas («¿Es un crimen contra la humanidad la inacción de la junta birmana?», «China puede abrir Birmania», «La responsabilidad de proteger Birmania»). En ellas he revisado el principio y he llegado a la conclusión -matizada- de que no es aplicable al caso de Birmania.

Timothy Garton-Ash se plantea la misma cuestión (¿Cómo proteger a los birmanos?) en su colaboración en El País Semanal del domingo. Garton-Ash llega a la misma conclusión, aunque parte de que la inacción ante el desastre natural es causa suficiente para desencadenar una intervención (que no invasión). Desgrana los requisitos que exige la aplicación del principio: Causa Justa, Intención Acertada, Último Recurso, Medios Proporcionales, Perspectivas Razonables y Autoridad Apropiada. El analista considera que se da esa causa justa, puede existir una intención acertada y realizarse con medios proporcionales. Pero duda que pueda existir una autoridad apropiada sin una resolución -imposible-del Consejo de Seguridad. No existe una perspectiva razonable de llevar a cabo esa protección y existen otros medios diplomáticos -la presión de la ONU y de China- para proteger a la población. Por cierto que esas presiones -y quizá la apertura de China ante el terremoto- están propiciando una mayor presencia de la ayuda internacional en Birmania, pero que sigue siendo a todas luces insuficiente.

Estoy de acuerdo con Garton-Ash y sigo aprendiendo sobre un principio que, junto al de justicia universal, suponen importantes instrumentos de globalización de los derechos humanos.

Papeles para todos


La lista de Schindler se abre con una impresionante secuencia. Decenas de policías, policías judíos, despliegan sus mesas portátiles, sus útiles de oficina, sus sellos… y empieza la ceremonia de exigir a los desventurados habitantes del gueto un permiso, un papel entre miles de papeles, que clasifica y permite hacer o impide una u otra actividad. Los nazis llevaron al paroxismo la pasión germana por el orden, la clasificación, la burocracia. Hoy, los papeles vuelven a ser algo más que la acreditación de la ciudadanía; como lo fueron con el nazismo los papeles trazan la línea entre ser o no persona. No es una cuestión de mayores o menores derechos, es cuestión de vida o muerte.

Sin papeles los inmigrantes podrán ser internados hasta 18 meses en centros que no reunen ni siquiera las condiciones de una prisión, sin los derechos que se le conceden a cualquier delincuente condenado, sin control judicial. El Estado de Derecho se desmorona. Basta llegar a las fronteras de Italia sin papeles para cometer un delito. Y luego nos escandalizamos de Abu Grhaib.

Hitler dejó muy claro en el Mein Kampf estar dispuesto a exterminar a los judios. Los bienpesantes alemanes prefirieron creer que se trataba de un exabrupto de un personaje excéntrico que se moderaría al llegar al poder. Lo cierto es que no hizo más que desarrollar su programa, primero con la discriminación (Las leyes de Nüremberg), luego con la deportación y el exterminio. En ese casi docudrama que es la película La solución final, vemos a un Heydrich haciendo volar por los aires los últimos escrúpulos de los juristas que habían concebido el sistema de clasificación racial de Nüremberg. La iglesia católica, siempre defensora del rebaño fiel, y los gobiernos aliados, negándose a bombardear las vías férreas, miraron para otro lado (Amén, que gran película de Costa Gavras).

Como ocurrio con el nazismo, los gobiernos que violan los fundamentos del Estado de Derecho a nadie engañan. Bossi no es un bocazas, Berlusconi no es un payaso. Sus discursos son claros. Anunciaron las medidas y justificaron los nuevos progroms, ahora contra los gitanos.

¿Qué pasará cuando los eufemísticamente llamados centros de acogida y las cárceles se saturen? ¿Vendrá entonces la solución final?.

Es claro que el fenómeno de la inmigración debe ser gobernado. Si no se gobierna, lanza al sin papeles a la marginación y la delincuencia. Las autoridades italianas consintieron durante décadas la existencia de guetos en la periferia de las grandes ciudades, sin solución alguna. En Madrid, la Cañada Real es asentamiento de delincuentes y a las autoridades lo único que se les ocurre es tirar las casas (ilegales, sí) de honestos inmigrantes. El crecimiento económico de los últimos años se debe en un alto porcentaje a la inmigración. Las administraciones lucen los superavits de ese crecimientos, mientras dejan que los servicios públicos se degraden, sin invertir para atender a los recién llegados que han hecho posible la prosperidad. Todo un caldo para la xenofobia.

De manera que mientras que los gobiernos no sean capaces de regular los flujos migratorios con respeto a los derechos humanos, prefiero los «papeles para todos».

(Y perdón por no incluir enlaces externos, pero de vez en cuando no está mal volver a la opinión puramente personal).

¿Es un crimen contra la humanidad la inacción de la Junta birmana?


Así lo sostiene Gareth Evans, uno de los padres de la responsabilidad de proteger, en la edición de hoy de The Guardian.

Vengo ocupándome de la posibilidad de aplicar la cláusula de la responsabilidad de proteger en dos comentarios, «China puede abrir Birmania» y «La responsabilidad de proteger Birmania» que, por cierto, apenas han tenido lectores, supongo que por colocar los buscadores muy abajo a este blog en un tema de tanta actualidad como la situación de Birmania. En esencia, he sostenido -creo que con muchas especialistas- que esta posibilidad de intervención internacional no procede en los casos de desastres y crisis humanitarias.

Evans aporta hoy una nueva visión. Reconociendo que en la resolución final de la Cumbre Mundial de 2005 no se contempla esta posibilidad aboga por una interpretación amplia. Si el principio trata de proteger a las poblaciones contra los crímenes contra la humanidad ejecutados o consentidos por sus gobiernos ¿no puede considerarse un crimen contra la humanidad dejar morir sin auxilio apropiado a cientos de miles de personas? El ex ministro de exteriores canadiense alega en apoyo de su tesis en que el concepto de crímenes contra la humanidad -tal como se establece por el Derecho Internacional por ejemplo en el Estatuto del Tribunal Penal Internacional- no sólo engloba las matanzas, torturas o represión sistemática, sino también «cualquiera otros actos inhumanos de similares características que puedan intencionalmente causar gran sufrimiento, heridas físicas o graves daños a la salud mental».

Pues me ha convencido. Si la Junta persistiera en su negativa a recibir el auxilio material y técnico del exterior podría considerarse que está cometiendo un crimen contra la humanidad que merece una intervención internacional (por ejemplo, lanzamiento de ayuda desde el aire sin el consentimiento del gobierno) justificada en esa «responsabilidad de proteger». Pero subsiste el problema de que es necesaria una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Con cuentagotas, pero los militares empiezan a dejar entrar a trabajadores humanitarios extranjeros. Vuelvo a insistir que quien tiene la llave para que la ayuda llegue es China y en menor medida India y Tailandia.

En fin, es una polémica que parece que sostengo solo conmigo mismo…

La responsabilidad de proteger Birmania


Bernard Kourchner ha invocado el principio de la responsabilidad que todo gobierno tiene de proteger a su población para obligar a la Junta Militar birmana a que abra las puertas de su arrasado país a la ayuda humanitaria.

Myanmar, Birmania, ha sufrido la mayor catástrofe desde el tsunami de 2004 en el Índico. Sus gobernantes no fueron capaces de prevenir a la población del peligro del tifón , peso a ser advertidos por los servicios meteorológicos de la India. Y, ahora, ponen todo tipo de trabas a la ayuda internacional en un país destrozado con 22.000 muertos, que pueden llegar a 100.000. Miedo a abrir el país a los extranjeros, incompetencia… todo se une en una desidia criminal.

El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon ha pedido a los militares que abran el país a la ayuda extranjera. Los suministros comienzan a llegar, pero los extranjeros esperan en Tailandia las visas para entrar.

En esta situación Kourchner invoca «el derecho a proteger» y sugiere que el Consejo de Seguridad lo concrete en una resolución. No parece que su sugerencia vaya a tener mucha acogida.

¿Qué es la «responsabilidad de proteger»?

La «responsabilidad de proteger» -en inglés «responsability to protect» (R2P)- no es otra cosa que la concreción atemperada del «derecho de injerencia humanitaria», que muchos defendieron a la vista de los genocidios de los 90 en Rwanda y Bosnia y que, implícitamente, sirvió para justificar la intervención en Kosovo sin resolución de la ONU. No es extraño que sea Kourchner quien invoque ahora la «responsabilidad de proteger», porque él, fundador de Médicos Sin Fronteras, fue uno de los grandes defensores de ese derecho de injerencia humanitaria, crticado por otros como una nueva forma de colonialismo, una herramienta en manos de las grandes potencias para mancillar la soberanía de los débiles.

Después de Kosovo, en 2001, el gobierno canadiense estableció una comisión de la que surgió la idea. Y lo hizo dándole la vuelta al derecho de injerencia humanitaria. Si el derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas establecen el respeto a la soberanía nacional y el derecho a la no injerencia en las cuestiones internas, esa soberanía se justifica porque los estados deben ser capaces de proteger a sus propios ciudadanos de las atrocidades, de los crímenes de guerra, de los crímenes contra la humanidad, del genocidio. Si el estado incumple esa obligación primaria básica corresponde a la entera comunidad internacional proveer de esa protección a la población en peligro y poner término, incluso con medios militares, a esos crímenes. No se trata de «intervenir», sino de «proteger». La Cumbre Mundial de la ONU de 2005 aceptó el principio -una cumbre que seguí como enviado especial y que tuvo como elemento estrella a esta «responsabilidad de proteger». El Consejo de Seguridad también lo ha apoyado, pero hasta ahora no lo ha aplicado en ningún caso.

La responsabilidad de proteger no es aplicable en el caso de catástrofes naturales

Puede verse sobre este principio el dosier especial del International Crisis Group. Lo que está claro es que el supuesto que puede desencadenar su aplicación es que una población se encuentre en grave peligro como consecuencia de una situación de guerra interna, insurgencia, represión, que el estado no quiere o no puede confrontar, bien porque sea el responsable directo o indirecto de los crímenes, bien porque sus estructuras se hallan disuelto en una situación de caos. Nada que ver con situaciones de crisis provocadas por una catástrofe natural.

Hace pocos meses se sugirió la aplicación de este principio también en Birmania, pero, en una situación muy distinta, a raíz de la represión desatada por la dictadura militar contra las protestas populares encabezadas por los monjes budistas, la «revolución azafrán» -¡cuánto nos gustan a los periodistas las revoluciones de colores!.

Fue Gareth Evans, presidente de International Crisis Group, ex ministro canadiense de exteriores y padre del principio, el que defendió muy fundadamente su aplicación en una conferencia. Evans arrancaba con la cita de un profesor chino que declaraba que si China tuvo su Tiananmen, los militares birmanos, en ejercicio de su soberanía estaban en el derecho de reprimir a sus opositores… Evans demostraba a continuación cómo justamente la soberania no podía interpretarse como un derecho absoluto de un estado sobre súbditos.

Ahora, los delegados de la ONU realizan una labor diplomática para levantar los obstáculos para la llegada de la ayuda. No es el método más rápido, pero ¿sería más rápido que el Consejo de Seguridad adoptara una resolución aplicando el principio? Porque lo que está claro es que no se trata, cómo ha llegado a sugerir el mercurial Kourchner, de que la marina o la aviación de Francia o el Reino Unido entren en el país por su cuenta.

Puede que el tifón sea el último empujón que haga caer a la odiosa junta, pero conviene dejar a la ayuda fuera de los objetivos políticos. O ¿habría que haber aplicado la responsabilidad de proteger a Estados Unidos durante el Katrina?

¿En quién confiamos? ¿En los medios o en los gobiernos?


¿En quién confiamos? Pues depende, en los medios, si vivimos en un país emergente, en los gobiernos, si vivimos en un país de democracia desarrollada. Este es al menos el titular más impactante de otra de esas encuestas globales que Reuters y BBC vienen encargando a GlobeScan.

En este caso, el objetivo era conocer el grado de confianza en los medios (puede descargarse la encuesta completa en pdf, resumen en BBC) en 10 países con muy distinto grado de desarrollo político y económico: democracias capitalistas altamente desarrolladas (Estados Unidos, Alemania y Reino Unido), países emergentes con democracias asentadas (Corea del Sur, Brasil e India) o todavía débiles (Indonesia), un gigante potenciales con democracia inestable (Nigeria), una democracia formal que se desliza hacia la autocracia (Rusia) y una autocracia subdesarrollada (Egipto).

Con poco más de 10.000 encuestas, no puede sostenerse que los resultados sean tendencias globales. Pero lo interesante es comparar resultados entre unos y otros países y en este caso las diferencias sí que son llamativas. En Reino Unido, Alemania y Estado Unidos ¡se confía más en los gobiernos que en los medios! En el resto, más en los medios que en los gobiernos.

¿El mundo al revés? Los resultados en esas tres democracias sugieren que los medios han dejado de ejercer su papel de «perro guardián» o que los ciudadanos perciben que han dejado de cumplirlo, volcados en convertir la información en espectáculo y doblegados por el servilismo político. Esa es una lectura. Otra, que los ciudadanos confían en sus sistemas políticos y en tiempos de crisis se cierra filas con gobiernos representativos.

En los otros países, puede que los gobiernos se perciban como menos representativos y a los medios como su mejor controlador. Pero tampoco pueden hacerse lecturas lineales, porque las diferencias entre países son importantes. ¿Cómo confiar en los medios egipcios si el gobierno los controla? Pues porque los periodistas egipcios, como hicieron en su momento los españoles, son maestros de escribir entre líneas.

Hay mucho más en esta encuesta. Los medios tradicionales siguen siendo los líderes en credibilidad, empezando por la televisión nacional. Los menos creíbles son los blogs (Reuters titula que están todavía lejos de la madurez). Dos tercios de los encuestados quieren estar informados regularmente, pero los medios digitales están a la cola de las preferencias, incluso entre los jóvenes (un 19%), aunque este grupo es mucho más proclive.

En fin, una lección de humildad para «digitales» y «tradicionales»