El odio se retroalimenta


¿Muerto el perro se acabó la rabia? No, la muerte de Mohamed Merah no es más que un nuevo capítulo de una historia de odio.

Merah incubó su odio en los banliues de la marginación. En la escuela se le dijo que era ciudadano de la República, pero su barrio era un gueto al que la República no llegaba más que en forma de represión policial. Un ministro del Interior (Sarkozy se llamaba) le dijo a él y a los chicos como él que eran basura. Le Pen y su hija le dijeron que él era “el otro”, que ponía en peligro la República. Y otros políticos cuando llegaron las elecciones (otra vez Sarkozy) le dijeron lo mismo que Le Pen.

Los imanes también le dijeron que era distinto, que era “otro”. Merah cambió su marginación en el orgullo del diferente. Si nos matan -en Palestina, en Irak, en Afganistán- mataremos. Y para matar fue instruido en tierras lejanas. Y mató sin necesidad de recibir órdenes de un comandante operativo.

Mató a compatriotas de su religión, que, pese a ser militares, puede que también se sintieran el “otro”. Y mató a niños y maestros que al parecer se sentían también el “otro”, pues fueron enterrados en la santa tierra de Israel, no en la laica Francia.

Merah hoy será un mártir –shahid– para muchos musulmanes. Su recuerdo alimentará el odio de muchos musulmanes y de muchos franceses, que se verán reafirmados en su odio hacia el “otro”.

En cuanto pase el luto, el odio se hará presente en la campaña electoral: no consentiremos que el “otro” nos ponga de rodillas, reforzaremos la seguridad, los controles, la policía… la discriminación. Y los medios serán altavoz de las palabras de odio de los políticos.

El odio se retroalimenta. ¿Cómo podemos romper esta espiral?

 

Papeles para todos


La lista de Schindler se abre con una impresionante secuencia. Decenas de policías, policías judíos, despliegan sus mesas portátiles, sus útiles de oficina, sus sellos… y empieza la ceremonia de exigir a los desventurados habitantes del gueto un permiso, un papel entre miles de papeles, que clasifica y permite hacer o impide una u otra actividad. Los nazis llevaron al paroxismo la pasión germana por el orden, la clasificación, la burocracia. Hoy, los papeles vuelven a ser algo más que la acreditación de la ciudadanía; como lo fueron con el nazismo los papeles trazan la línea entre ser o no persona. No es una cuestión de mayores o menores derechos, es cuestión de vida o muerte.

Sin papeles los inmigrantes podrán ser internados hasta 18 meses en centros que no reunen ni siquiera las condiciones de una prisión, sin los derechos que se le conceden a cualquier delincuente condenado, sin control judicial. El Estado de Derecho se desmorona. Basta llegar a las fronteras de Italia sin papeles para cometer un delito. Y luego nos escandalizamos de Abu Grhaib.

Hitler dejó muy claro en el Mein Kampf estar dispuesto a exterminar a los judios. Los bienpesantes alemanes prefirieron creer que se trataba de un exabrupto de un personaje excéntrico que se moderaría al llegar al poder. Lo cierto es que no hizo más que desarrollar su programa, primero con la discriminación (Las leyes de Nüremberg), luego con la deportación y el exterminio. En ese casi docudrama que es la película La solución final, vemos a un Heydrich haciendo volar por los aires los últimos escrúpulos de los juristas que habían concebido el sistema de clasificación racial de Nüremberg. La iglesia católica, siempre defensora del rebaño fiel, y los gobiernos aliados, negándose a bombardear las vías férreas, miraron para otro lado (Amén, que gran película de Costa Gavras).

Como ocurrio con el nazismo, los gobiernos que violan los fundamentos del Estado de Derecho a nadie engañan. Bossi no es un bocazas, Berlusconi no es un payaso. Sus discursos son claros. Anunciaron las medidas y justificaron los nuevos progroms, ahora contra los gitanos.

¿Qué pasará cuando los eufemísticamente llamados centros de acogida y las cárceles se saturen? ¿Vendrá entonces la solución final?.

Es claro que el fenómeno de la inmigración debe ser gobernado. Si no se gobierna, lanza al sin papeles a la marginación y la delincuencia. Las autoridades italianas consintieron durante décadas la existencia de guetos en la periferia de las grandes ciudades, sin solución alguna. En Madrid, la Cañada Real es asentamiento de delincuentes y a las autoridades lo único que se les ocurre es tirar las casas (ilegales, sí) de honestos inmigrantes. El crecimiento económico de los últimos años se debe en un alto porcentaje a la inmigración. Las administraciones lucen los superavits de ese crecimientos, mientras dejan que los servicios públicos se degraden, sin invertir para atender a los recién llegados que han hecho posible la prosperidad. Todo un caldo para la xenofobia.

De manera que mientras que los gobiernos no sean capaces de regular los flujos migratorios con respeto a los derechos humanos, prefiero los “papeles para todos”.

(Y perdón por no incluir enlaces externos, pero de vez en cuando no está mal volver a la opinión puramente personal).

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