La memoria personal y colectiva


Toda las hemos visto. Estaban en los album de nuestros padres o abuelos, ordenadas con mimo, a veces en una caja de zapatos o galletas, a menudo anotadas con una fecha, un nombre, una dedicatoria… Pequeñas fotos en blanco y negro que reviven la memoria personal de los que ya no están y nos vinculan a una memoria familiar que teníamos olvidada.

Esa memoria personal, familiar, se hace colectiva en la exposición Madrileños: un album colectivo, que puede verse en la Sala de Exposiciones del Depósito del Canal de Isabel II, de la madrileña calle de Santa Engracia, hasta el 31 de enero. La exposición es un proyecto del Archivo Fotográfico de la Comunidad de Madrid.

Hoy la toma de fotos digitales se ha convertido en una actividad lúdica. Es un consumo compartido que se agota en un instante. Se busca el divertimento, no la pervivencia. No ha sido éste el uso tradicional de la fotografía. En la exposición podemos encontrar ejemplos de las funciones de la fotografía ha tenido para los hombres del siglo XX:

– Definición de la identidad personal, familiar o institucional. La foto de estudio o la del fotógrafo callejero (minuteros, se los llamaba) establecía una identidad canónica en los momentos determinantes de  la vida (la primera comunión, el retrato escolar, el matrimonio, el servicio militar, la foto de grupo de la unidad militar o el grupo de obreros). Era una pose afectada y solemne. Tres o cuatro de estas fotos jalonaban una trayectoria vital.

– La instantánea del momento festivo. Aunque sigue estando presente la pose, ésta es más desinhibida. Suele ser una foto de grupo y es la manifestación más genuina de la memoria personal. Los viejos albumes se llenaban de vida con estas fotos.

– El vínculo afectivo. Tanto las fotos de identidad como las festivas se utilizaban para crear vínculos afectivos con la persona amada, amigos o incluso simples conocidos. Son las fotos dedicadas. Por cierto, una bien  curiosa es la de un Baroja anciano paseando por la Puerta de Alcalá un  amigo y una señorita, a la que le dedica la foto en muestra de afecto.

De todas estas funciones hay ejemplo en la exposición. No encontraremos grandes obras de arte ni testimonios periodísticos. Pero el conjunto muestra el fresco histórico de Madrid y de extensión de España. Esas novias jovencísimas, con ojos sacrificados, y esos novios con duras miradas. La ingenuidad de las fiestas populares. La miseria de la posguerra. El niño con correajes. Los grupos de mujeres con mantilla… El cura y el cabo de la Guardia Civil disparando con escopetas de feria. El primer seiscientos con toda la familia. El piso de protección oficial en medio de la nada.

Muchos años después nos siguen mirando, contando su historia y la nuestra.

LIFE (y Robert Capa) en línea


Google sigue imparable con su proyecto de digitalizar la biblioteca soñada por Borges. Al lector se le abre un universo hasta ahora inaccesible. Para el autor supone oportunidades (que circulen sus obras descatalogadas) y riesgos (que no se compensen sus derechos y que no se cuente con él). Y desde el punto de vista económico y cultural se apunta un nuevo monopolio. Hoy no voy a analizar los pros y contras de Google Books. Simplemente, os ofrezco una posibilidad de disfrutar del proyecto.

Google Books ha puesto en línea la colección digitalizada de la mítica LIFE, una de las grandes revistas gráficas, que entre los 40 y los 70, fueron el soporte para el más brillante fotoperiodismo.

Basta, por ejemplo, poner en el rectángulo de búsquedas Robert Capa para encontrar una impresionante serie de reportajes fotográficos del autor, por cierto, muchos de ellos realizados como «empotrado» en unidades del ejército norteamericano. Pero me quedo con un texto, no con una foto. En Road to Madrid, el fotográfo relata su seguimiento de los republicanos españoles enrolados en la Legión Francesa, su entrada en París y la fallida invasión del Valle de Arán en 1944. Batidos por la superioridad franquista, los combatientes tuvieron que cruzar derrotados, por segunda vez, 5 años después, la frontera y entregar las armas a los hasta, hace poco, sus camaradas franceses.

Y para imágenes curiosas, estas otras de la cumbre de Yalta, en los momentos previos a la histórica foto de Stalin, Churchill y Roosvelt, realizadas por un fotógrafo del ejército norteamericano.

Gervasio Sánchez en Kabul


El verano es para las vacaciones. En mi caso, este año, para trabajar en profundidad, un poco desconectado del ciberespacio, en varios proyectos que tengo que entregar en septiembre. Si a eso le unimos una conexión más cara y azarosa que la habitual, el resultado es el abandono de este blog desde casi un mes. Hasta septiembre seguiré con perfil bajo, pero no quiere dejar pasar estos días de agosto sin remitir desde aquí al blog de Gervasio Sánchez Los desastres de la guerra, en el Heraldo de Aragón.

Gervasio está en Kabul y cada día nos deja en su blog su visión personal de uno de los países más desdichados de la tierra. Gervasio,  através de sus fotos y crónicas, mira sobre todo con compasión y empatía. Las víctimas son los protagonistas, no los poderosos. En el blog ha encontrado una forma de expresión que se adapta como un guante al modo en que concibe la información, mejor que la crónica para su fiel Heraldo de Aragón o la entrada en un informativo de la SER.

Gervasio es un freelance que se ha ganado a pulso, sin pretensiones ni protagonismos, el crédito y el aprecio de que goza. Le conocí los días previos a las primeras elecciones en Bosnia después de la guerra, en septiembre de 1996. Ándabamos por Pale, la modesta estación de invierno convertida en la miserable capital de Radovan Karadzic. Nos enteramos que los talibanes habían entrado en Kabul. Gervasio viajaba a Afganistán nueve meses después.

En fin, a todos los que lleguen en agosto a este blog les recomiendo que sigan el trabajo de Gervasio en Afganistán.

Otras entradas sobre Gervasio Sánchez:

El alegato de Gervasio Sánchez contra las armas y Tres fotoperiodistas españoles

Robert Capa y Gerda Taro, entre el mito y la realidad


El Museo Nacional de Arte de Cataluña acaba de abrir una doble exposición dedicada a dos de los grandes mitos del fotoperiodismo, Robert Capa y  su compañera Gerda Taro. Están abiertas hasta el 27 de septiembre, así que es una buena excusa para darse una vuelta por Barcelona.

La trágica muerte de ambos en el desempeño activo de su oficio no podía por menos que convertirlos en mito. Se publican ahora unas memorias de Capa y una novela de Susana Fortes. Paco Rodríquez Pastoriza me autoriza a reproducir su colaboración en el Faro de Vigo.

SE PUBLICA POR PRIMERA VEZ EN ESPAÑA “LIGERAMENTE DESENFOCADO”, LAS MEMORIAS DE GUERRA DEL FOTÓGRAFO ROBERT CAPA. COINCIDE CON UNA NOVELA DE SUSANA FORTES SOBRE SU BIOGRAFÍA Y LA DE SU COMPAÑERA GERDA TARO.

Dice el periodista Jean Lacouture en el prólogo a Robert Capa (Lunwerg. Photopoche) que André Friedmann, el fotógrafo nacido en Hungría y nacionalizado americano, conocido por su seudónimo de Robert Capa, tenía la audacia del actor Errol Flynn, la locuacidad del novelista Joseph Kessel, la jovialidad de Ernest Hemingway y la fantasía del actor Yves Montand. Además, habría que añadir, un marxista (de Groucho Marx) sentido del humor y un desapego a la vida cuando menos desconcertante, a juzgar por su pasión por las mujeres, el juego y el alcohol. Hay una biografía excelente de Capa escrita por Richard Whelan, que recorre sus pasos desde su salida de Budapest, desde el momento en que Hitler se anexionó Hungría (mi ascendencia judía estaba bien cubierta con dos abuelos judíos por cada costado), hasta su muerte en 1954 al pisar una mina cuando hacía un reportaje sobre la guerra de Indochina para la revista Life. Ahora se publica Ligeramente desenfocado (La Fábrica), un relato autobiográfico que cubre su actividad en varios frentes de la Segunda Guerra Mundial, desde 1942 hasta la liberación de Berlín en 1945.

Dicen quienes lo conocieron que su vida cambió cuando su compañera, la también fotoperiodista Gerda Taro, murió en Brunete, aplastada accidentalmente por un tanque republicano durante la guerra civil española. Capa nunca superó el trauma de esta pérdida, que le empujó al juego, al alcohol y a las mujeres, en las que siempre buscó a Gerda. Se incluye un romance con la actriz Ingrid Bergman (que inspiró a Hitchcock el guión de su película La ventana indiscreta) y otro más duradero con Elaine, la esposa del actor John Justin. Elaine, a la que Capa cita en estas memorias con el nombre de Pinky, estuvo a punto de casarse con el fotógrafo, pero al final de la guerra se fue con Chuck Romine, un amigo de Capa. Para entonces, el hombre de acción, que no se acostumbró a vivir en tiempos de paz, había eclipsado al amante. Pensó que ya no podría soportar una aburrida vida de familia.

Su participación en la segunda guerra mundial se inició con la propuesta de la revista Collier’s cuando Capa estaba a punto de ser expulsado de los Estados Unidos. Desde entonces cubrió en varias etapas y para otras revistas (Life, Weekly Illustrated, etc.) algunos de los frentes más destacados de la contienda: el norte de África (fue el único fotógrafo que consiguió una imagen de la captura de Rommel), Sicilia (se lanzó en paracaídas con los soldados que tomaron la isla), Nápoles y sobre todo el desembarco en las playas de Normandía el 6 de junio de 1944, acompañando en la primera oleada a los soldados de la compañía E. El capítulo IX de estas memorias, dedicado a este episodio, resume el estilo, la personalidad y la manera de trabajar de este fotógrafo. Incluso su sentido del humor, que tiende a manifestarse en los momentos más dramáticos (veo a mi madre en el porche de mi casa, saludándome y agitando mi póliza de seguros. P.171; tropas anfibias quería decir una sola cosa: pasarlo mal en el agua o pasarlo mal en tierra firme. P.166). Entró en el París liberado a bordo de un tanque estadounidense pilotado por republicanos españoles.

UN ROBERT CAPA DE NOVELA

A pesar de seguir fielmente la trayectoria biográfica de sus protagonistas, hay que decir que Esperando a Robert Capa (Planeta) es por encima de todo una novela. Se cuenta aquí un tramo de la vida del fotógrafo y de su compañera Gerda Taro. La escritora Susana Fortes (Pontevedra, 1959) se introduce en el cuerpo y en el alma de esta última para narrar con gran verosimilitud las relaciones amorosas y profesionales de ambos personajes, su peripecia vital desde el momento en que se conocen (en un París lleno de refugiados que huyen de los totalitarismos) hasta la trágica muerte de ambos. Se relatan las tensiones de una vida profesional, que se desarrolla en los límites mismos de la muerte (No me satisface observar los acontecimientos desde un lugar seguro. Prefiero vivir las batallas como las vive un soldado. Es la única forma de comprender la situación, escribió Gerda Taro en su diario. P.213), en paralelo a las relaciones entre un hombre y una mujer en las que el orgullo impide a veces el paso a la ternura. Valiéndose de una amplia y bien manejada documentación, la imaginación de la escritora desliza sobre estos sólidos cimientos una historia de amor que es al mismo tiempo un drama en el que el lector percibe cada vez con más intensidad la cercanía inexorable de la tragedia.

La novela es también un homenaje a muchas cosas: a una intelectualidad comprometida con la república española, a unos profesionales del periodismo que se juegan la vida todos los días, a las brigadas internacionales… Hay una referencia a un bebé recién nacido durante el sitio del Alcázar de Toledo, defendido por los franquistas. Se llamaba Restituto Valero, hijo de un teniente del bando nacional, que fue con los años uno de los miembros de la Unión Militar Democrática, la UMD, la organización militar antifranquista en la que también estaba el padre de Susana Fortes… (Muchos años después… ese niño se jugaría la piel y la carrera junto a otros nueve compañeros de armas por defender la democracia frente a la dictadura de aquel general Franco que un día lo sacó en pañales del Alcázar. P.158). Homenaje, pues, también, a la UMD, tantos años después.

Esperando a Robert Capa es también, como escenario en el que se desarrolla la historia de sus protagonistas, el retrato en blanco y negro de unos años que decidieron el rumbo de la historia del siglo XX. París era entonces la capital del mundo y allí se encontraron, junto a los refugiados, la intelectualidad más brillante del siglo, las ideas políticas más revolucionarias y el arte más vanguardista. Los nombres de Picasso, Matisse, Malraux, Bretón, Man Ray… salpican estas páginas en las que el telón de fondo es la aventura de una época irrepetible. España resultó ser el banco de pruebas para que el fascismo ejercitase el último ensayo antes de la traca final. Capa y Gerda Taro lo vieron en los ojos de los refugiados, en París. Pero sobre todo, en la España en guerra: en los frentes de Madrid, de Barcelona, de Valencia, de Brunete, en la mirada perdida de los niños, en las víctimas de un enfrentamiento civil sin sentido que enloqueció al país durante tres años (La guerra de España nos ha hecho algo a todos. Ya no somos los mismos. P.185) y dejó una secuela de miedo y de tristeza otros cuarenta.

Francisco Rodríguez Pastoriza.

Fotoperiodismo en el New York Times

La construcción de un mito


Tenía pendiente desde hace un par de semanas el comentario de la exposición Korda: Conocido / Desconocido en la Casa de América de Madrid. Ahora veo que cerró el 25 de enero. Llego tarde, pero como ha sido un acontecimiento suficientemente recogido por los medios, no creo que importe.

Alberto Korda ha pasado a la historia por la foto del Ché, uno de los iconos más potentes del siglo XX, elemento sustancial del mito del guerrillero. Icono, por cierto, susceptible de múltiples lecturas y usos, como la paradoja de convertirse en artefacto mercantil ligado al mundo de la moda, algo que debe hacer rebullirse a Ernesto Guevara en su tumba.

No es del mito del Che del que quiero hablar. Korda fue la sombra de Fidel durante casi 10 años. Estas fotografías, menos conocidas fuera de Cuba que la del Ché son un buen testimonio de como se construye un mitio.

Alberto Díaz fue un autodidacta convertido en fotógrafo. En homenaje a los hermanos Korda, cineastas húngaros, y por las resonancias de la película Kodak bautizó a su estudio fotográfico de La Habana como Estudios Korda, y el mismo se convirtió en Alberto Korda. Eran los 50. Dedicado a la fotografía de moda y publicidad los estudios Korda se convirtieron en una referencia en La Habana frívola de la dictadura de Batista. Cuando los barbudos bajaron de Sierra Maestra, Korda abrazó la revolución. Desconozco las circunstancias, pero lo cierto es que se convirtió en el fotografo de la Revolución. Dejó testimonio de los primeros años y de todos los hechos relevantes. Allí estaba en aquel gran mitin en el que tomo la foto del Ché a contraluz. Era una instantánea más y un acto más. En la exposición pude ver una foto excepcional: Sarte y Simone de Beauvoir, de visita en La Habana, escuchan las explicaciones del Ché. Sartre parece atento e interesado. Beauvoir luce una media sonrisa de superior condescendencia.

Korda tuvo, sobre todo, el privilegio de seguir estrechamente a Fidel y establecer con él una relación muy especial. En 1968 esa relación (¿personal? ¿profesional? ¿política?) se rompió.

Documentó y ayudó a construir el mito. Fidel aparece siempre sobre la multitud, en encuadres enfáticos, que resaltan su fortaleza y soledad. Especialmente atractiva es esa foto de Fidel a los pies de Lincoln, con varias posibles lecturas. ¿Un libertador admira a otro? ¿La grandeza de Lincoln y la pequeñez de Fidel? ¿El David cubano que iba a enfrentarse al Goliat gringo? Korda retrata los grandes actos políticos, siempre con Fidel como protagonista, como ese mitin en el que las palomas rinden pleitesia al comandante y le señalan como ungido.

No son estas las fotos que más me interesaron. Las más verdaderas y al mismo tiempo las que han ayudado a crear el mito del caudillo proteico son las que documentan la actividad del incansable Fidel. En la zafra, cortando caña… Manchándose las manos de barro… Conversando con guajiros… Dirigiendo todo tipo de actividades… La Revolución hecha potencia en un hombre que actúa y piensa, al  que rinde el cansancio físico con un libro en las manos. Una fuerza de la naturaleza que está en todas partes para cambiar Cuba. Allí me contaron que la zona de Cárdenas no se cultivaban los cítricos. Hasta que el comandante la visitó. Un guajiro le ofreción un fruto, una toronja, del árbol que había plantado en su bohío. El comandante comprendió que aquella era una buena tierra para esos frutales. Dicho y hecho. Hoy las plantaciones de cítricos llenan aquellos campos. No sé si la historia es real o un relato mítico más.

Los hombres excepcionales pueden hacer mucho para cambiar la Historia. Los hombres excepcionales aciertan y se confunden. Los hombres excepcionales, sin frenos ni limitaciones institucionales, se convierten en tiranos. Los hombres excepcionales convertidos en mitos pueden ser tiranos aceptados y queridos. Los mitos dejan a sus pueblos en minoría de edad. Los mitos, incluso cuando no ejercen un poder formal, siguen determinando la vida de los pueblos. Y eso es lo que ocurre hoy en Cuba.

Derecho de acceso de los fotoperiodistas


Después de casi una semana sin conexión adsl, atrapo esta noticia que plantea una modalidad muy particular del derecho de acceso.

Las agencias Reuters, AP y AFP se han negado a distribuir las fotos de Obama en su primer día en el despacho presidencial. En esta ocasión, a diferencias de lo que venía siendo usual, la Casa Blanca no permitió el acceso de los fotoperiodista y entregó las fotos realizadas por sus servicios de prensa. Fotos, como la que aquí recojo, con Obama en mangas de camisa, algo, que según dicen, Bush tenía prohibido a sus colaboradores.

Las tres grandes agencias razonan que el Despacho Oval es la oficina pública del presidente de Estados Unidos, lugar al que siempre se había permitido el acceso de los fotográfos de las agencias en actos públicos, a diferencia de otras áreas privadas o inaccesibles por razones de seguridad, vedadas a los medios y de los que las agencias vienen aceptando fotos suministradas por la Casa Blanca. Las agencias califican el material entregado de «Visual Press Release» y aseguran que aceptar esta práctica significaría comprometer una larga tradición de cobertura gráfica independiente de las actividades del presidente.

La cuestión pudiera parecer baladí, pero no lo es. El punto de vista del fotoperiodista independiente no es el de fotográfo que trabaja para un departamento de relaciones públicas. Así que, aunque el acto a cubrir no era más que un acto institucional, tenía una dimensión histórica, que merecía ser visto por la mirada de los fotoperiodistas. Claro que las agencias luchan por preservar el núcleo de su negocio que es el suministro de la información primaria, a menudo sometida a acuerdos de pool, y que es amenazado por los servicios de relaciones públicas, que pretenden facilitar directamente ese material primario, sin intermediarios. Creo que en este caso, el derecho de acceso no se ve satisfecho con el material suministrado por las fuentes institucionales.

El alegato de Gervasio Sánchez contra las armas


gervasioJosé Antonio Hernández me envía una presentación de Power Point que no puedo por menos que recoger. Se trata de las palabras de Gervasio Sánchez con ocasión del premio Ortega y Gasset de Periodismo que recibió el pasado 7 de mayo.

Gervasio, gran fotógrafo y persona, en presencia de la vicepresidenta del gobierno y otras autoridades realizó un alegato contra la fabricación y venta de armas que España, a pesar del discurso oficial, sigue realizando.

Terminaba Gervasio de este modo:

«…yo también tengo un sueño: que por fin un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte»

DISCURSO DE GERVASIO SÁNCHEZ (pdf)


Fotografía de estudio


Una exposición revive en Madrid el mundo de la fotografía de estudio con un vistazo a la obra de Juan Gyenes y a colectiva de Foto Ramblas de Barcelona.

Los mayores de cuarenta guardarán en su memoria la experiencia de hacerse una foto de estudio, una humilde foto de carnet, una foto de «cartera» para el novio o la novia o una solemne foto de boda o comunión. Podía tenerse en casa una cámara más o menos barata con la que producir instantáneas de las vacaciones o los cumpleaños, pero las fotos que marcaban la memoria, las fotos enmarcadas, procedían de un estudio o galería. Hasta los 50, muchos estudios, sobre todo provincianos, guardaban una ingenua decoración, que iría sustituyéndose por simples efectos de iluminación. El fotomatón, la popularización de cámaras domésticas de más calidad, y, sobre todo, una sociedad menos estática y solemne, mataron a los estudios fotográficos. A la llegada de la fotografía digital los estudios ya habían desaparecido hacía una década.

Foto Ramblas

La exposición cubre más de cuatro décadas y se centra en dos símbolos de aquella fotografía. Gyenes, el retratista de la élite madrileña. Foto Ramblas, la casa de boxeadores y vedettes del Paralelo. Es un acierto contraponer la exquisitez de Gyenes, la estirada distinción madrileña, con el arte popular y canalla de las Ramblas. Pero las dos colecciones (ahora entre los fondos de la Biblioteca Nacional) tienen una virtud común: dar testimonio de una sociedad desaparecida, sin que la cámara hubiera salido a la calle.

Como pórtico de la exposición nosesperan las dos cámaras de Gyenes, montadas en un trípode especial. Aquellas cámaras, con placas de 13×18, en las que se enfocaba en un cristal esmerilado los objetos boca a bajo, y que permitían lograr una definición y un foco difícilmente alcanzable con otras cámaras, analógicas o digitales.

Gyenes era un fotógrafo húngaro que llegó a Madrid en 1944, con un importante historial como reportero gráfico. Gyenes fue uno de sus artistas del viejo y corrupto imperio austro-húngaro que fertilizaron la ciencia, cultura y el arte de Europa y América: de Freud a Billy Wilder, pasando por Ladislao Wajda, también afincado en España. Gyenes, amante de la música como buen centroeuropeo, se autorretrata con un violín, seguramente el Stradivarius de su propiedad. Gyenes es un gran retratista, busca la profundización psicológica, pero, eso sí, limando cualquier aristas desfavorable del personaje. Su obra está llena de retratos históricos. El de Franco, de 1970, que sirvió para las últimas series de sellos y monedas. La de los Reyes, de 1976, que todavía cuelga en muchos despachos oficiales. Por su objetivo pasaron artistas, buena sociedad y políticos. Eso sí, Gyenes, siguió ese consejo que dicen que daba Franco «haga vd. como yo, no se meta en política».

Personalmente me quedo con dos retratos, el de un anciano y casi ciego Azorín, que ilustraba mi libro de Historia de la Literatura, y el de un viejo Juan Belmonte, posando en un juego de claroscuros ante el retrato de Romero de Torres del joven y pletórico torero, toda una lección del paso del tiempo.

Gyenes idealizaba a sus modelo, aunque fueran simples estrellas populares. Pero para llegar a su estudio de la Gran Vía había que haber triunfado. En cambio, las artistas y cómicos del Paralelo y el Barrio Chino daban su primer paso al éxito haciéndose retratar en Foto Ramblas, para que su representante hiciera circular sus fotos. Hoy a eso se le llama «hacerse un book». Foto de calidad, pero sin sofisticaciones, enseñando lo que hay que enseñar, a lo sumo con algún juego de luces para sugerir. Pocos de aquellos artistas llegaron al éxito y menos se han salvado del olvido, pero Foto Ramblas guardó su memoria.

Gyenes, Madrid/Foto Ramblas, Barcelona. Sala de Exposiciones del Canal de Isabel II. Santa Engracia 125. Hasta el 11 de enero.

Miradas para la conciencia


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En los fastos del 2 de mayo ha brillado con luz propia la exposición organizada por el Prado «Goya en tiempos de guerra». Pero ha pasado desapercibida otra aparentemente más modesta en la Real Academia de San Fernando, «Goya cronista de todas las guerras: los desastres y la fotografía de guerra». En realidad, se trata de la exposición de los 82 grabados de los desastres de la guerra, cuyas planchas son propiedad de la Academia. Siempre es un privilegio contemplar esos grabados y sus planchas originales, conservadas por la Academia en una sala especialmente acondicionada. Lo que ahora se añade es un audiovisual que repasa la historia de la fotografía de guerra desde sus orígenes hasta hoy. Se añaden algunas fotografías de la Guerra Civil, propiedad de la Biblioteca Nacional. Así que, cuando atraído por el título llegue al caserón de la madrileña calle de Alcalá, sentí una cierta decepción, porque esperaba ver colgadas una muestras de fotos históricas. Pero un audiovisual (que hay que ver de pie, eso sí) traza el enlace del Goya de los desastres con los fotógrafos que apenas dos décadas después empezarán a representar la barbarie humana a través del nuevo medio de expresión. La exposición, cuyo comisario es el académico Juan Bordes, puede visitarse hasta el 28 de septiembre.

En realidad el audiovisual parece estar inspirado por lectura del libro de Susan Sontag «Sobre el dolor de los demás» (Alfaguara, 2003). Sontag profundiza en las implicaciones de representación gráfica del dolor ajeno: su dimensión de denuncia, los riesgos de convertir el dolor en espectáculo morboso, la fatiga de la compasión que la repetición de estas imágenes puede conllevar. La autora, que en «Sobre la fotografía» había sostenido que la visión reiterada del horror nos insenbiliza, en la obra comentada defiende esta representación de la barbarie en toda su crudeza, como un grito para decir ¡basta ya!. Como ella misma reconoce, su experencia en Sarajevo y, en general, los genocidios de los 90, la llevaron a revisar su primera postura. Esta es una polémica que se vive frecuentemente en las redacciones audiovisuales. Dar las imágenes en toda su crudeza o editarlas para que no hieran la sensibilidad de la audiencia. Personalmente, creo que en nada se traiciona la denuncia del horror que pueden comportar muchas imágenes bélicas eliminando los aspectos más escabrosos y morbosos y, sobre todo, evitando su explotación espectacular. Pero no puedo por menos que citar al corresponsal británico Robert Fisk, que al comienzo de la guerra de Irak nos advertía «Si George (Bush) y Tony (Blair) pudiera oler la carne quemada por las bombas, si las imágenes de televisión olieran, no habría guerra».

Para Sontg, Goya es el modelo del artista comprometido … Es Goya el primer artista que muestra los desastres de la guerra en toda su inhumanidad, en  su faceta más animal, en sus aspectos más escabrosos. Muchos fotografos le seguirán. Otros, se insertarán en la más antigua tradición de los pintores de batallas, glorificando el honor militar. De unos y otros hay ejemplos en el audiovisual de la exposición.

El visionado del audiovisual y el recuerdo de Sontag me introducen en la exposición de los desastres. Enfrentarse a las 82 estampas mueve siempre el corazón y hasta los intestinos. No hace falta el color, el movimiento ni el olor. Los grabados tienen tal concentración expresiva, como lo tendrán las instantáneas de los grandes fotoperiodistas, que nos transmiten en una imagen todo el dolor y el horror. Goya no se casa con nadie. Los franceses descuartizan y tajan a sus enemigos; los españoles les linchan, arrastran o ajustician con el sambenito de la inquisión a los colaboracionistas. Las mujeres encarnan la piedad, la fuerza … Y hasta el valor, en esas mujeres que operan una batería rodeadas de muertos y heridos. De todas las estampas he escogido la 36 (que ilustró también la portada de la edición española del libro de Sontag). Tampoco, se titula. Tampoco puede saberse porque han sido ahorcados esa fila de españoles. Pero está clara la indiferencia y satisfacción del soldado francés: el resultado se ha conseguido, el enemigo ya no es humano.

Desde Goya, muchos fotógrafos y cámaras han representado ese proceso por el cual un ser humano priva a otro de su humanidad para poderle destruir. Sus imágenes construyen nuestra conciencia.