De la maleta mexicana a Instagram


Exiliados republicanos en el campo francés de Barcarès en marzo 1939 – Robert Capa

Navacerrada, junio 1937 – Gerda Taro

Misa en el frente vasco, febrero 1937 – Chim

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Allí están las tres cajas de cartón en una vitrina. En su interior, perfectamente ordenados, los rollos de película que nos cuentan historias de una vieja guerra y de un país, España.

Es la maleta mexicana. Su rocambolesca trayectoria y la importancia de estas tres cajas para la historia de la fotografía han sido sobradamente contadas (en este blog lo hizo Francico Rodríguez Pastoriza). Ayer tuve oportunidad de ver la exposición itinerante que ha recalado en el madrileño Círculo de Bellas Artes.

Imagino la emoción cuando este tesoro llegó a las manos de los investigadores. Para mi fue como recuperar esas cajas de cartón llenas de viejas fotos que aparecen en el fondo de un armario familiar.

Fotos que vuelven a la vida y a la juventud a los que ya no están. En este caso, imágenes que nos retrotraen a un tiempo no vivido -el de la guerra civil- que ha gravitado, sin embargo, tan directamente en nuestra generación, la de los hijos de los protagonistas. Fotos que hacen vivir a tantos jóvenes que vieron sacrificadas sus vidas. Y a tres jóvenes fotógrafos, Chim, Taro y Capa, que se convirtieron en mitos con estas instantáneas. Una oportunidad para que los jóvenes (mayoría ayer entre los asistentes) recupen las instantáneas de la tragedia.

Emoción para alguien como yo, hijo del viejo oficio de fotógrafo, al ver los rollos y los contactos, las marcas comerciales (Agfa, Gevaert, Kodak) y los términos técnicos  (pancromática) barridos por la revolución tecnológica.

Madre amamantando a su hijo en un mitin, Badajoz, 1936 – Chim

Los editores gráficos hicieron bien su oficio.

Los de Life construyendo el mito del profesional  heroico que arriesga para dar testimonio de lo nunca visto (“la cámara de Life más cerca que nunca de los combates”, eslogan tan semejante al de Capa “si la foto no es buena es porque no estás suficientemente cerca”); los de las publicaciones francesas mostrando el sufrimiento de un pueblo y construyendo otro mito, el de la revolución obrera.

En cualquier caso, unos y otros, seleccionaron las mejores instantáneas, las fotos con más contenido icónico e histórico, alguna de las cuales, como las de esa madre amamantando a su hijo durante un mitin sobre la reforma agraria, forman parte de nuestra memoria del conflicto.

En esos 80 rollos quedaron también enterrados centenares de momentos de la vida cotidiana, que nos dan una imagen más real y menos mítica de aquella España.

Emocionan la alegría de aquellos reclutas y la desolación de las ciudades bombardeadas, las colas de familiares ante los depósitos de cadáveres, la humillación de los refugiados.

Lorca fotografiado por Chim, Madrid, primeros meses de 1936

Emocionan la normalidad de las semanas previas a la catástrofe, con esas instantáneas de Lorca hablando con un desconocido, probablemente en una esquina de la calle Alcalá, puede quizá incluso después de pasar un rato por el Círculo.

Los tres jóvenes fotógrafos estaban descubriendo y revolucionando el oficio de fotoperiodista, arriesgando sus vidas hasta la muerte en el caso de Gerda Taro.

Trabajaban con la pequeña Leica e impresionaban el mejor material sensible de la época. “Empotrados” en alguna unidad se aproximaban al frente y en unos pocos días realizaban un reportaje en cinco o seis rollos, dos centenares de negativos, que luego clasificaban cuidadosamente.

Los rollos dan testimonio de que, a pesar de la economía de material propia de la fotografía analógica y más en una situación de guerra, repetían varias tomas del mismo sujeto, como las de Capa, con unas tomas picadas de Líster (otra construcción de un mito). Que seguían las corrientes estéticas como en el constructivismo con encuadres  geométricos. Y que los maestros también cometían erores de exposición, con negativos sobre o sub impresionados.

En definitiva, el tiempo capturado en instantáneas, congelado durante décadas en la maleta y ahora descongelado en exposiciones, libros y documentales (al final de esta entrada, trailer de esta entrada he incrustado el trailer del de Trisha Ziff).

Salgo a la calle. Decenas, centenares de miles de ciudadanos cabreados protestan. Vivimos la peor crisis involutiva de los últimos cuarenta años. Algunos hablan de “guerra de baja intensidad”.

Entre la masa se mueven fotoperiodistas y videoperiodistas. Cámara profesionales DRL captando fotos y grabando vídeo, cámaras pesadas de televisión, cámaras ligeras de vídeo, cámaras de aficionados de fotos y vídeo. Y la omnipresente cámara del teléfono. Miles de horas de vídeo, centenares de miles de imágenes subidas al ciberespacio, compartidas en YouTube, Flickr, Facebook, Twitter o Instagram.  ¿Cuantos lemas y pancartas encontraremos en Pinterest? Ya no se captura el instante, el tiempo es un flujo permanente de imágenes que se consumen ávidamente. Nuestra memoria es ahora líquida.

¿Habrá en el ciberespacio alguna maleta que preserve las imágenes esenciales para las generaciones futuras?

(Algunos enlaces a la Maleta Mexicana: International Center of Photography; Magnum; Museo Nacional de Arte de Cataluña)

La memoria personal y colectiva


Toda las hemos visto. Estaban en los album de nuestros padres o abuelos, ordenadas con mimo, a veces en una caja de zapatos o galletas, a menudo anotadas con una fecha, un nombre, una dedicatoria… Pequeñas fotos en blanco y negro que reviven la memoria personal de los que ya no están y nos vinculan a una memoria familiar que teníamos olvidada.

Esa memoria personal, familiar, se hace colectiva en la exposición Madrileños: un album colectivo, que puede verse en la Sala de Exposiciones del Depósito del Canal de Isabel II, de la madrileña calle de Santa Engracia, hasta el 31 de enero. La exposición es un proyecto del Archivo Fotográfico de la Comunidad de Madrid.

Hoy la toma de fotos digitales se ha convertido en una actividad lúdica. Es un consumo compartido que se agota en un instante. Se busca el divertimento, no la pervivencia. No ha sido éste el uso tradicional de la fotografía. En la exposición podemos encontrar ejemplos de las funciones de la fotografía ha tenido para los hombres del siglo XX:

– Definición de la identidad personal, familiar o institucional. La foto de estudio o la del fotógrafo callejero (minuteros, se los llamaba) establecía una identidad canónica en los momentos determinantes de  la vida (la primera comunión, el retrato escolar, el matrimonio, el servicio militar, la foto de grupo de la unidad militar o el grupo de obreros). Era una pose afectada y solemne. Tres o cuatro de estas fotos jalonaban una trayectoria vital.

– La instantánea del momento festivo. Aunque sigue estando presente la pose, ésta es más desinhibida. Suele ser una foto de grupo y es la manifestación más genuina de la memoria personal. Los viejos albumes se llenaban de vida con estas fotos.

– El vínculo afectivo. Tanto las fotos de identidad como las festivas se utilizaban para crear vínculos afectivos con la persona amada, amigos o incluso simples conocidos. Son las fotos dedicadas. Por cierto, una bien  curiosa es la de un Baroja anciano paseando por la Puerta de Alcalá un  amigo y una señorita, a la que le dedica la foto en muestra de afecto.

De todas estas funciones hay ejemplo en la exposición. No encontraremos grandes obras de arte ni testimonios periodísticos. Pero el conjunto muestra el fresco histórico de Madrid y de extensión de España. Esas novias jovencísimas, con ojos sacrificados, y esos novios con duras miradas. La ingenuidad de las fiestas populares. La miseria de la posguerra. El niño con correajes. Los grupos de mujeres con mantilla… El cura y el cabo de la Guardia Civil disparando con escopetas de feria. El primer seiscientos con toda la familia. El piso de protección oficial en medio de la nada.

Muchos años después nos siguen mirando, contando su historia y la nuestra.

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