La construcción de un mito


Tenía pendiente desde hace un par de semanas el comentario de la exposición Korda: Conocido / Desconocido en la Casa de América de Madrid. Ahora veo que cerró el 25 de enero. Llego tarde, pero como ha sido un acontecimiento suficientemente recogido por los medios, no creo que importe.

Alberto Korda ha pasado a la historia por la foto del Ché, uno de los iconos más potentes del siglo XX, elemento sustancial del mito del guerrillero. Icono, por cierto, susceptible de múltiples lecturas y usos, como la paradoja de convertirse en artefacto mercantil ligado al mundo de la moda, algo que debe hacer rebullirse a Ernesto Guevara en su tumba.

No es del mito del Che del que quiero hablar. Korda fue la sombra de Fidel durante casi 10 años. Estas fotografías, menos conocidas fuera de Cuba que la del Ché son un buen testimonio de como se construye un mitio.

Alberto Díaz fue un autodidacta convertido en fotógrafo. En homenaje a los hermanos Korda, cineastas húngaros, y por las resonancias de la película Kodak bautizó a su estudio fotográfico de La Habana como Estudios Korda, y el mismo se convirtió en Alberto Korda. Eran los 50. Dedicado a la fotografía de moda y publicidad los estudios Korda se convirtieron en una referencia en La Habana frívola de la dictadura de Batista. Cuando los barbudos bajaron de Sierra Maestra, Korda abrazó la revolución. Desconozco las circunstancias, pero lo cierto es que se convirtió en el fotografo de la Revolución. Dejó testimonio de los primeros años y de todos los hechos relevantes. Allí estaba en aquel gran mitin en el que tomo la foto del Ché a contraluz. Era una instantánea más y un acto más. En la exposición pude ver una foto excepcional: Sarte y Simone de Beauvoir, de visita en La Habana, escuchan las explicaciones del Ché. Sartre parece atento e interesado. Beauvoir luce una media sonrisa de superior condescendencia.

Korda tuvo, sobre todo, el privilegio de seguir estrechamente a Fidel y establecer con él una relación muy especial. En 1968 esa relación (¿personal? ¿profesional? ¿política?) se rompió.

Documentó y ayudó a construir el mito. Fidel aparece siempre sobre la multitud, en encuadres enfáticos, que resaltan su fortaleza y soledad. Especialmente atractiva es esa foto de Fidel a los pies de Lincoln, con varias posibles lecturas. ¿Un libertador admira a otro? ¿La grandeza de Lincoln y la pequeñez de Fidel? ¿El David cubano que iba a enfrentarse al Goliat gringo? Korda retrata los grandes actos políticos, siempre con Fidel como protagonista, como ese mitin en el que las palomas rinden pleitesia al comandante y le señalan como ungido.

No son estas las fotos que más me interesaron. Las más verdaderas y al mismo tiempo las que han ayudado a crear el mito del caudillo proteico son las que documentan la actividad del incansable Fidel. En la zafra, cortando caña… Manchándose las manos de barro… Conversando con guajiros… Dirigiendo todo tipo de actividades… La Revolución hecha potencia en un hombre que actúa y piensa, al  que rinde el cansancio físico con un libro en las manos. Una fuerza de la naturaleza que está en todas partes para cambiar Cuba. Allí me contaron que la zona de Cárdenas no se cultivaban los cítricos. Hasta que el comandante la visitó. Un guajiro le ofreción un fruto, una toronja, del árbol que había plantado en su bohío. El comandante comprendió que aquella era una buena tierra para esos frutales. Dicho y hecho. Hoy las plantaciones de cítricos llenan aquellos campos. No sé si la historia es real o un relato mítico más.

Los hombres excepcionales pueden hacer mucho para cambiar la Historia. Los hombres excepcionales aciertan y se confunden. Los hombres excepcionales, sin frenos ni limitaciones institucionales, se convierten en tiranos. Los hombres excepcionales convertidos en mitos pueden ser tiranos aceptados y queridos. Los mitos dejan a sus pueblos en minoría de edad. Los mitos, incluso cuando no ejercen un poder formal, siguen determinando la vida de los pueblos. Y eso es lo que ocurre hoy en Cuba.

Derecho de acceso de los fotoperiodistas


Después de casi una semana sin conexión adsl, atrapo esta noticia que plantea una modalidad muy particular del derecho de acceso.

Las agencias Reuters, AP y AFP se han negado a distribuir las fotos de Obama en su primer día en el despacho presidencial. En esta ocasión, a diferencias de lo que venía siendo usual, la Casa Blanca no permitió el acceso de los fotoperiodista y entregó las fotos realizadas por sus servicios de prensa. Fotos, como la que aquí recojo, con Obama en mangas de camisa, algo, que según dicen, Bush tenía prohibido a sus colaboradores.

Las tres grandes agencias razonan que el Despacho Oval es la oficina pública del presidente de Estados Unidos, lugar al que siempre se había permitido el acceso de los fotográfos de las agencias en actos públicos, a diferencia de otras áreas privadas o inaccesibles por razones de seguridad, vedadas a los medios y de los que las agencias vienen aceptando fotos suministradas por la Casa Blanca. Las agencias califican el material entregado de «Visual Press Release» y aseguran que aceptar esta práctica significaría comprometer una larga tradición de cobertura gráfica independiente de las actividades del presidente.

La cuestión pudiera parecer baladí, pero no lo es. El punto de vista del fotoperiodista independiente no es el de fotográfo que trabaja para un departamento de relaciones públicas. Así que, aunque el acto a cubrir no era más que un acto institucional, tenía una dimensión histórica, que merecía ser visto por la mirada de los fotoperiodistas. Claro que las agencias luchan por preservar el núcleo de su negocio que es el suministro de la información primaria, a menudo sometida a acuerdos de pool, y que es amenazado por los servicios de relaciones públicas, que pretenden facilitar directamente ese material primario, sin intermediarios. Creo que en este caso, el derecho de acceso no se ve satisfecho con el material suministrado por las fuentes institucionales.

Miradas para la conciencia


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En los fastos del 2 de mayo ha brillado con luz propia la exposición organizada por el Prado «Goya en tiempos de guerra». Pero ha pasado desapercibida otra aparentemente más modesta en la Real Academia de San Fernando, «Goya cronista de todas las guerras: los desastres y la fotografía de guerra». En realidad, se trata de la exposición de los 82 grabados de los desastres de la guerra, cuyas planchas son propiedad de la Academia. Siempre es un privilegio contemplar esos grabados y sus planchas originales, conservadas por la Academia en una sala especialmente acondicionada. Lo que ahora se añade es un audiovisual que repasa la historia de la fotografía de guerra desde sus orígenes hasta hoy. Se añaden algunas fotografías de la Guerra Civil, propiedad de la Biblioteca Nacional. Así que, cuando atraído por el título llegue al caserón de la madrileña calle de Alcalá, sentí una cierta decepción, porque esperaba ver colgadas una muestras de fotos históricas. Pero un audiovisual (que hay que ver de pie, eso sí) traza el enlace del Goya de los desastres con los fotógrafos que apenas dos décadas después empezarán a representar la barbarie humana a través del nuevo medio de expresión. La exposición, cuyo comisario es el académico Juan Bordes, puede visitarse hasta el 28 de septiembre.

En realidad el audiovisual parece estar inspirado por lectura del libro de Susan Sontag «Sobre el dolor de los demás» (Alfaguara, 2003). Sontag profundiza en las implicaciones de representación gráfica del dolor ajeno: su dimensión de denuncia, los riesgos de convertir el dolor en espectáculo morboso, la fatiga de la compasión que la repetición de estas imágenes puede conllevar. La autora, que en «Sobre la fotografía» había sostenido que la visión reiterada del horror nos insenbiliza, en la obra comentada defiende esta representación de la barbarie en toda su crudeza, como un grito para decir ¡basta ya!. Como ella misma reconoce, su experencia en Sarajevo y, en general, los genocidios de los 90, la llevaron a revisar su primera postura. Esta es una polémica que se vive frecuentemente en las redacciones audiovisuales. Dar las imágenes en toda su crudeza o editarlas para que no hieran la sensibilidad de la audiencia. Personalmente, creo que en nada se traiciona la denuncia del horror que pueden comportar muchas imágenes bélicas eliminando los aspectos más escabrosos y morbosos y, sobre todo, evitando su explotación espectacular. Pero no puedo por menos que citar al corresponsal británico Robert Fisk, que al comienzo de la guerra de Irak nos advertía «Si George (Bush) y Tony (Blair) pudiera oler la carne quemada por las bombas, si las imágenes de televisión olieran, no habría guerra».

Para Sontg, Goya es el modelo del artista comprometido … Es Goya el primer artista que muestra los desastres de la guerra en toda su inhumanidad, en  su faceta más animal, en sus aspectos más escabrosos. Muchos fotografos le seguirán. Otros, se insertarán en la más antigua tradición de los pintores de batallas, glorificando el honor militar. De unos y otros hay ejemplos en el audiovisual de la exposición.

El visionado del audiovisual y el recuerdo de Sontag me introducen en la exposición de los desastres. Enfrentarse a las 82 estampas mueve siempre el corazón y hasta los intestinos. No hace falta el color, el movimiento ni el olor. Los grabados tienen tal concentración expresiva, como lo tendrán las instantáneas de los grandes fotoperiodistas, que nos transmiten en una imagen todo el dolor y el horror. Goya no se casa con nadie. Los franceses descuartizan y tajan a sus enemigos; los españoles les linchan, arrastran o ajustician con el sambenito de la inquisión a los colaboracionistas. Las mujeres encarnan la piedad, la fuerza … Y hasta el valor, en esas mujeres que operan una batería rodeadas de muertos y heridos. De todas las estampas he escogido la 36 (que ilustró también la portada de la edición española del libro de Sontag). Tampoco, se titula. Tampoco puede saberse porque han sido ahorcados esa fila de españoles. Pero está clara la indiferencia y satisfacción del soldado francés: el resultado se ha conseguido, el enemigo ya no es humano.

Desde Goya, muchos fotógrafos y cámaras han representado ese proceso por el cual un ser humano priva a otro de su humanidad para poderle destruir. Sus imágenes construyen nuestra conciencia.

La India poliédrica de Raghu Rai


Casa Asia ha traído a España una exposición del fotógrafo indio Raghu Rai, compuesta de dos colecciones, una en color, que por el momento sólo se puede ver en Barcelona, y otra de 35 fotos en blanco y negro, que es la que puede contemplares en Madrid hasta el 27 de abril.

Muelles de Calcuta - Raghu Rai

Esas 35 obras son una ventana a una India poliédrica…

Una India en continuo movimiento y contemplación a la vez… La multitud en movimiento y en medio unos hombres leyendo el periódico en Churchgate Station (Bombay)… Una India de trenes parados, como ese camino de Djaerling…

Una India de festivales religiosos, llenos de vida y erotismo… Una India de santones que han renunciado hasta su propia materialidad…

Una India de los monzones, en la que la tierra se vuelve líquido…

Un India de pobres, que duermen en la calles, y de ricos, retratados en sus coloridas bodas…

Una India de modernidad construida por la fuerza manual de trabajadores que siguen utilizando técnicas de la época de los faraones para edificar rascacielos…

Una India de mujeres que trabajan y consuelan…

Una India de mujeres fuertes y determinadas… Indira Gandhi y Teresa de Calcuta…

Entierro de un niño v�ctima de la catástrofe de Bhopal - Raghu Rai La trayectoria de Raghu Rai es la de un fotoperiodista y alguna muestra del género encontramos en la exposición, como esta terrible de un niño, víctima de la intoxicación masiva de Bhopal. Pero el conjunto de lo que podemos ver en Madrid es más la instantánea de la vida cotidiana que del acontecimiento noticioso. El grano de las impresiones en InkJet da toda su materialidad a esa India poliédrica.

Esperemos que podamos ver en Madrid la colección en color, que ahora se expone en Barcelona. Por el momento, recomiendo la exposición de Madrid.

Don McCullin: el diálogo de las miradas


Shell Shocked Soldier, Hue, 1968

Don McCullin: una trayectoria heroica…

Don McCullin: mensajero del horror

Dos formas de presentar a este veterano fotoperiodista británico; la primera es el el título de la exposición que puede verse en la sala de exposiciones de la Comunidad de Madrid; la segunda, el título del reportaje del diario El País, dedicado a la exposición, con declaraciones de McCullin,

Las dos, expresiones atinadas de lo que significa la obra de este fotoperiodista… Pero, vista la exposición, son las miradas el centro de su obra. Miradas que impactan; miradas llenas de dignidad, como las de las víctimas de la hambruna de Biafra (la primera hambruna mediática) o las de las víctimas del Sida en África; miradas de desesperanza y determinación como las de los campesinos vietnamitas; miradas de desgarro y desconsuelo de madres y esposas que acaban de perder a sus seres queridos, en Chatila, en Chipre; miradas de pánico, como la de esa mujer que asiste en el quicio de la puerta de su casa del Bogside de Londonderry a la carga de las paracaidistas británicos; miradas de resignado asombro de los berlineses que ven erigirse un muro en medio de su vida cotidiana; miradas de desarraigo en los barrios industriales dela Gran Bretaña de los 70; miradas inmisericordes, como las de los congoleños que van a asesinar a sus enemigos; miradas, en fin, de terror y pérdida de control como la de este marine bajo las granadas del vietcong durante la ofensiva del Tet (instantánea que ha servido para presentar la exposición)…

La mirada del fotógrafo entabla un diálogo (mediado por el objetivo, el ojo de la cámara) con la mirada de víctimas y verdugos. Y gracias a su trabajo, nosotros, pasados medio siglo o sólo unos meses, podemos ahora dialogar con estos seres humanos que han vivido algunos de los innumerables episodios de horror del siglo XX,

La colección es tan dura, que un cartel avisa de que algunas imágenes pueden dañar la sensibilidad…¡Claro! Para eso se han tomado, para sacarnos de nuestro confort y seguridad y presentarno a unos semejantes masacrados por otros en el marco de guerras y conflictos de todo tipo. No es otra cosa la que hizo Goya con su serie de los Horrores. Como Goya, Mccullin denuncia; pero, lo dice expresamente en un vídeo que recomiendo (proyectado en el último piso del antiguo depósito de agua convertido en sala de exposiciones), sin buscar que esa representación de la realidad se convierta en obra de arte. Y aquí cabría volver a Susan Sontag y su «Ante el dolor de los demás», magnífica reflexión sobre la representación visual del mal y el dolor.

McCullin fue herido en Camboya. Es evacuado en un camión, lleno de agonizantes; la pierna de uno de ellos le golpea en los estertores de la muerte… el fotográfo dispara y capta ese último dolor en el rostro del soldado. Y Mccullin se pregunta: «¿Cómo se puede fotografiar el dolor de los demás si uno no sabe lo que es?

La tensión interior después de medio siglo de guerras aflora en su visión del mundo y se manifiesta en la fotografía de paisajes de Inglaterra y Escocia: tierra, agua, mar y cielo forman una unidad orgánica que se manifiesta en duros contrastes y contraluces, siempre en un blanco y negro sin concesiones, positivado por el propio autor. Vale la pena recoger esta reflexión del autor:

«Me gusta fotografiar el paisaje inglés en invierno, porque está desnudo y es frío y solitario, y, sí me siento feliz… No existe la política. No hay nadie que me diga: sal de mi territorio. No hay nadie que me apunte con su arma. Es casi como si estuviera bebiendo el mismísimo néctar de la libertad. Yo no quería ser fotorreportero de guerra; quería ser fotografo de paisajes y paz, lo cual me parece mucho más difícil de fotografiar que la guerra. No se necesita tener mucho ojo a alguien muriéndose delante de tu cámara»

Una exposición muy recomendable (aunque no se entregue ni un simple folleto informativo) y las fotos carezcan de información técnica. Pero hay que darse prisa, porque termina el domingo 27. (Perdón por visitarla y recomendarla tan tarde).

(Búsqueda en Google de imágenes de McCullin, donde se podrán ver muchas de las miradas de las que hablo, sin entrar en el resbaladizo terreno de los derechos de autor)

Tres fotoperiodistas españoles


Tenemos estos días en Madrid el privilegio de poder visitar tres exposiciones que muestran el trabajo de tres fotoperiodistas: Marín, Centelles y Gervasio Sánchez… Tres personalidades y tres momentos históricos y profesionales muy distintos, pero los tres magníficos ejemplos de cómo una cámara da testimonio del mundo que nos toca vivir.

Luis Ramón Marín (1908-1940) firmaba sus trabajos simplemente como Marín. Una selección de 400 fotografías pueden verse en la Fundación Telefónica. Marín fue uno de los grandes periodistas gráficos del reinado de Alfonso XIII, un periodo de luces y sombras, pero que supuso una modernización social y económica desarrollada en el marco de unas instituciones tradicionales y anquilosadas. En su obra encontramos el acontecimiento periodístico (impresionante el cadáver del asesino de Dato, fotografiado de pie en el depósito), la vida en la calle, el arte, los teatros, las nuevas infraestructuras (Marín trabajó mucho para Telefónica), pero también el retrato y la crónica social de las clases dominantes. El contraste es tremendo: una España dinámica enfrentada a la rancia España de la restauración. Diría que Marín es más fotógrafo que periodista. Sus encuadres son magníficos y los retrato llenos de sensibilidad. Un retrato de Raquel Meller es puro Veermer. Marín es de la generación de la cámara de cajón y un solo disparo (en un acto público, creo que el entierro de Pablo Iglesias, se ve a un grupo de fotógrafos en una plataforma cargados con sus pesadas cámaras). Su trabajo es fundamentalmente estático, el personaje posa o la cámara recoge estáticamente el gran desfile, la gran manifestación. Sin embargo, también es capaz de congelar instantes memorables. Me gusta especialmente una instantánea de la playa de San Sebastián. En unas hamacas conversan el doctor Marañón y el conde de Romanones, ambos perfectamente trajeados sobre la arena. Marañón escucha con deferencia la confidencia (quizá de tono subido, quizá política) del viejo aristócrata cojo (el defecto se aprecia perfectamente) que lo fue todo en la monarquía y ve con temor y escepticismo la nueva república. Marín vive el cerco de Madrid, pero sus testimonios de la guerra quedan muy por detrás de la generación de jóvenes reporteros. Marín morirá en 1940.

Agustí Centelles (1909-1985) es uno de los grandes fotoperiodistas de la Guerra Civil. La exposición, mostrada primero en Barcelona, en el palacio de la Virreina, y ahora en Madrid, en el Centro Conde Duque, es más que una sucesión de fotos, pues intenta no sólo reconstruir la trayectoria vital del fotógrafo, sino también indagar en su forma de entender la fotografía y el periodismo. Centelles se inicia en el oficio en la Barcelona de la República. Sus fotos casi de principiante muestran la república alegre y confiada, populachera, ignorante del cataclismo que se avecinaba. Su obra más significativa es la de la guerra, sobre todo la de los días siguientes a la sublevación militar, con fotos memorables, de la Barcelona revolucionaria, de la experiencia anarquista en Aragón… Menos conocida, pero de un dramatismo excepcional es su serie sobre el bombardeo de Lérida por la aviación franquista.

Centelles tiene que pasar la frontera en aquel enero de 1939 y es internado en un campo de concentración en Francia. Allí construye un laboratorio en condiciones precarias y da testimonio del tratamiento inhumano recibido por los exilados españoles. De regreso a la España franquista tiene que renunciar al periodismo y se dedica a la fotografía industrial. Centelles es ya un fotógrafo dinámico, un profesional de la Leica y, por tanto, del disparo múltiple, del acercamiento, de la instantánea sin pose. En el Banco de Imágenes Vegap podemos repasar (y comprar) su obra.

Combates en la calle Diputación

La exposición nos depara alguna sorpresa. Podemos ver aquí un clásico «Combates en la calle diputación. El encuadre es perfecto y cargado de dramatismo. Pero en la exposición podemos ver el encuadre original, más abierto, en el que se aprecia a un civil con una pistola en la mano. Un encuadre menos expresivo, pero más informativo (¿quién era ese paisano entre los guardias de asalto -un policía de la secreta, un provocador?).

Gervasio Sánchez es un fotoperiodista zaragozano que desde hace 20 años ha recorrido la mayor parte de los conflictos internacionales. Gervasio es un freelance y una gran persona. Ahora expone en el Instituto Cervantes de Madrid su trabajo de 10 años sobre los efectos de las minas bajo el título Vidas Minadas. En cada guerra, en cada conflicto, Gervasio toma partido por las víctimas y foto a foto recoge el sufrimiento de estas víctimas olvidadas, los que sufren los efectos de las minas, prohibidas internacionalmente, pero que siguen matando décadas después del fin de la guerra. Sánchez es más periodista que fotógrafo, o al menos es de esos fotógrafos sin veleidades artísticas, pero que hacen verdadero arte dando testimonio de la realidad. El oficio deshumaniza, pero Gervasio -y no es el único en la profesión- sabe comprometerse con las personas cuando cierra el objetivo, un compromiso que ahora le lleva a la denuncia con esta exposición.

En definitiva, tres exposiciones sobre el binomio periodismo-fotografía que no hay que perderse.