Revolución árabe: la fina línea entre la opresión y la libertad


Mubarak advirtió el viernes a los egipcios, en el que puede ser su último discurso, que hay «una fina línea entre la libertad y el caos». En realidad, quería decir «yo o el caos».

En entradas anteriores, reflexioné sobre las posibilidades de la transición en un  país, Túnez, en el que la revuelta de la calle ha derrocado a la cabeza de un régimen opresivo, pero donde queda un largo e incierto camino para llegar a la democracia.

Hoy, me sitúo en un momento anterior, en el que se encuentra Egipto, en esa sutil línea que separa una autocracia opresiva y la libertad.

En el punto de partida existe un régimen que anula los derechos humanos, especialmente los políticos, que se sustenta sobre la represión y un partido único o hegemónico, aunque intente ganar legitimidad con un relato mítico (en el caso de Mubarak el aviador invicto que garantiza la estabilidad y la prosperidad) y satisfaciendo las necesidades sociales básicas. Con el paso del tiempo, el relato legitimador se difumina en la medida en la que se degrada el nivel de vida de las clases populares y, sobre todo, de las clases medias.

El apoyo exterior no es un factor despreciable. En este caso Mubarak ha contado con el apoyo de Europa y, sobre todo de Estados Unidos, con un mil millones dólares anuales de ayuda militar durante un cuarto de siglo.

Cualquier intento de desafiar al régimen es reprimido con todo el poder judicial y policial. Todos tienen miedo y la oposición se debilita después de cada ola represiva.

Pero un día la gente, todavía con mucho miedo, se atreve a salir a la calle a pedir que se vaya el tirano. En el caso de Egipto, hay rabia por el alza de precios de los alimentos, por la corrupción, por el fraude en las elección y, de modo especial, indignación porque Mubarak quiera investir como sucesor a su hijo Gamal en las previstas elecciones presidenciales. Pero el factor decisivo es ver lo logrado en la calle por los tunecinos. Si ellos lo han consegudo ¿por qué no los egipcios?.

Y entonces empieza un desafío en la calle que siempre es sangriento. El autócrata aplica la represión de rigor. Pero mientras las protestas crecen y las calles se llenan de jóvenes, mujeres, profesionales… se ve en el dilema de ordenar un baño de sangre total. Es entonces cuando los gobiernos que le apoyaron cuando era fuerte le piden hipócritamente que se contenga.

La partida se juega en la calle. ¿Quieren los policías morir matando? ¿Se arriesgarán su jefes a ser objeto de la ira de la multitud o del nuevo gobierno si la revolución triunfa? ¿Tomará el lugar represor de la policía el ejército? Y en ese momento un policía o un soldado pone en la bocacha del fusil un clavel o un pañuelo verde y la multitud le aupa y le aclama. Y entonces la represión ya no es posible.

En Egipto se está cruzando esa línea sutil, pero Mubarak se aferra al poder. Tiene más agallas y controla mejor los resortes que Ben Ali. Pero sobre todo los que le apoyaron, Washington y Tel Aviv, no pueden consentir una salida que no garantice sus intereses. Hay que encontrar una alternativa ¿Puede ser Omar Suleiman, el todopoderoso jefe de los servicios secretos, el que garantice un status quo con Israel? ¿O puede ser Baradei con su Nobel de la Paz, un líder diplomático, occidentalizado, pero poco capaz de aglutinar a la oposición?.

Con respecto a la actitud de Estados Unidos, viene a cuento la frase de Kennedy (que recuerda Jean-Paul Marthoz) en relación a la dictadura de Trujillo: «Hay tres posibilidades, en orden decreciente de preferencia. Un régimen democrático decente, una continuación del régimen de Trujillo o un régimen castrista. Deberíamos favorecer la primera, pero no podemos renunciar a la segunda si no estamos seguros de evitar la tercera.

Hoy el equivalente a un régimen castrista no sería tanto un régimen islamista, como un régimen, religioso o laico, que no guarde las espaldas a Israel. Aunque no se trataría de mantener a Mubarak como de buscar esa otra alternativa segura.

Todavía ayer oí a Jaime Peñafiel quejarse de que Carter hubiera dejado caer a un «personaje histórico» como el Sha de Irán. Carter invocó su política de derechos humanos para no sostener a Reza Palevi y Somoza («nuestro hijo de puta»), pero la línea se había cruzado y ni un baño de sangre hubiera mantenido a esos dictadores, que durante décadas fueron los «guardianes de Occidente».

Hoy pasa lo mismo. Aunque Obama quisiera mantener a Mubarak no podría. Pero cruzada la línea de la opresión, antes de llegar a la libertad, puede pasarse por un periodo de caos. Eso es lo que desea cualquier régimen que se tambalea y eso es lo que tiene que evitar una sociedad que quiera libertad.

Y superado el caos queda luego un largo camino a una libertad institucionalizada en una democracia… una batalla que se da tanto en la calle como en los despachos.

Los «documentos palestinos», epitafio para el proceso de paz en Oriente Próximo


Reveladas las negociaciones entre la Autoridad Nacional Palestina e Israel

Hay vida más allá de Assange y WikiLeaks. Al Jazeera ha conseguido 1600 documentos confidenciales que recogen las minutas de la negociación entre israelíes y palestinos en la última década y ha compartido su publicación con The Guardian (navegación en la base de datos de The Guardian)

Estos palestine papers muestran, como dice The Guardian, la lenta agonía de unas negociaciones de paz en los que la parte palestina es cada vez más débil y está más dispuesta a hacer concesiones.

En esencia, lo publicado hasta ahora muestra que:

– Sobre la base de las fronteras del 67, la parte palestina aceptaba el principio de amplios intercambios territoriales que consagraban la anexión por Israel de las principales colonias.

– Los negociadores palestinos estaban dispuestos a aceptarla anexión israelí de todos los asentamiento de Jerusalén Este, salvo Har Homa (Jabal Abu Ghneim)

– Los palestinos aceptaban el control israelí del barrio judío y del barrio armenio de la ciudad santa.

– Exigían en cambio el desmantelamiento de Ariel, la gran ciudad que prácticamente parte en dos a Cisjordania.

– Los palestinos reducían la reivindicación sobre los refugiados al retorno simbólico de 100.000 al estado de Israel.

Concesiones todas de la máxima envergadura rechazadas por Israel.

Composición de Al Jazeera

Al Jazeera y supongo que todos los medios árabes citan esta frase del negociador palestino Saeb Erekat. Es la expresión de la oferta de entrega de mayor parte de la sagrada Al Quds a la Jerushalayim judía, a cambio de otros territorios en la misma área. Fuera de contexto es casi una confesión de traición de la causa árabe y palestina.

Pero hay que leer la minuta de esa reunión del 4 de mayo de 2008 para comprender que se trata de una oferta muy seria de negociación,  que busca esencialmente la continuidad territorial de un futuro estado palestino. La magnitud de la concesión es apreciada por la ministra de exteriores israelí Tzipi Livni, pero no por ello deja de ser rechazada.

El fin de la solución de dos estados

Los documentos muestran crudamente la gigantesca mentira del llamado «proceso de paz». Unos dirigentes palestinos, cada vez con menor legitimidad interna, se ven obligados a ir una y otra vez a la mesa de negociaciones en una posición más débil, para tratar de preservar una parte menor de territorio, mientras Estados Unidos les exige mayores concesiones, simplemente para que puedan sentarse a la mesa.

Shlomo Ben Ami ha insistido en infinidad de ocasiones que ambos pueblos, conducidos por dirigentes carismáticos, tendrían que hacer concesiones dolorosas.

Ya no existen dirigentes carismáticos y sólo los funcionarios de la Autoridad Palestina están dispuestos a hacer concesiones que posiblemente les costarían el puesto y hasta la vida. No se puede decir que sean traidores por ello. Otra cosa es la colaboración con la seguridad israelí, el conocimiento previo del ataque a Gaza, y, sobre todo, reconocer el «carácter judío» del estado de Israel, una verdadera traición a los árabes israelíes.

La revelación es histórica porque es el acta de defunción de un proceso de paz muerto hace mucho tiempo. La Autoridad Nacional Palestina queda en una situación muy frágil y su proclamación unilateral de un estado palestino parece más improbable. Y si la solución de dos estados se evapora, la ocupación israelí es el único horizonte inmediato.

Como muchos observadores han advertido las nubes de tormenta bélica llevan meses cargándose. La filtración puede ser la chispa que incendie el polvorín. No sé quién habrá filtrado los documentos. Israel se confirma como la parte intransigente e insaciable. Esto no mejorará su cada vez más dañada imagen exterior. Desde este punto de vista le perjudica. Pero también puede ser un paso más hacia un nuevo ajuste bélico, que sus jefes militares están pidiendo a gritos.

Cada vez me parece que la única solución justa es un  único (por ahora inviable) estado democrático para palestinos y judíos.

(Shlomo Ben Ami sostiene que estos principios ya habían sido aceptados por Arafat en el marco del plan Clinton. Aquí dejo la entrevista en Al Jazzera)

Seguridad democrática en Palestina


La baza más consistente que la Autoridad Nacional Palestina ofrece a la comunidad internacional en su demanda de un estado es el funcionamiento de las instituciones y la restauración del orden público en las zonas de Cisjordania que controla. The International Crisis Group acaba de publicar un informe (Squaring the circle: palestinian security reform under occupation) que pone de manifiesto las luces y sombras de esta situación y recomienda la adopción de una serie de medidas a las autoridades palestinas y a Israel.

Estos son los puntos esenciales del informe:

– La Autoridad Nacional Palestina (ANP) ha restablecido el orden y una autoridad central y ha desarmado a las milicias. La vida ordinaria se desarrolla con mayor seguridad y ello es apreciado por todas las capas de la población.

– La ANP mantiene una estrecha relación con las fuerzas israelíes. Esta colaboración con el ocupante es vista como humillante por la población.

– La ANP permanece inerme ante las incursiones israelíes y ni siquiera sus fuerzas de seguridad pueden protegerse de la violencia de los colonos.

– En el restablecimiento del orden público, las fuerzas de la ANP han llevado a cabo frecuentes violaciones de los derechos humanos. Los miembros y simpatizantes de Hamas han sido perseguidos y el pluralismo político anulado.

Recomendaciones

– A Israel: permitir que la policía palestina amplíe su área de actuación, limitar las incursiones a los casos de un ataque inminente y poner fin a la violencia de los colonos contra los palestinos.

– A la ANP: poner fin a la tortura y otros abusos, someter a las fuerzas de seguridad a un código de actuación respetuoso de los derechos humanos, fortalecer una autoridad judicial independiente y eliminar los certificados de buena conducta expedidos por la policía.

– A Estados Unidos y la UE: insistir en el respeto de los derechos humanos y apoyar el desarrollo de una justicia independiente.

En fin, si un solo estado democrático es inviable, la construcción de un estado palestino no puede pasar solo por la seguridad, sino también por el respeto de los derechos humanos.

¿Dos estados étnicos o un estado democrático en Palestina?


Comienzan las enésimas negociaciones de paz entre israelíes y palestinos. Son las conversaciones de Obama. Los dos interlocutores van a hablar porque se lo exige (los palestinos) Estados Unidos o por «cortesía» (los israelíes) con el presidente norteamericano.

Las perspectivas son tan malas como siempre. En el contexto inmediato los negociadores son débiles. Abbas tiene su mandato caducado y Netanyahu depende de una frágil coalición. Y aunque la situación es más tranquila que en otras ocasiones, el contencioso nuclear iraní amenaza con incendiar la región, la tensión en la frontera de El Líbano es creciente y ya se han producido los primeros ataques contra colonos en Cisjordania, que, con su proverbial manejo de la propaganda, han reivindicado tanto el brazo armado de Hamas como el de Fatah.

Los contenciosos de fondo son tan irresolubles como siempre. Israel no cederá tierra, no admitirá ningún regreso de refugiados ni la capitalidad árabe en Jerusalén este. ¿Cuál sería la base de un acuerdo? Reconocer la estatalidad a lo que queda de Cisjordania, que el primer ministro Salam Fayad controla desde el punto de vista de la seguridad y en la que ya funcionan unas instituciones públicas que han mejorado notablemente el nivel de vida de la población. Sería un estado separado de Gaza (donde la constitución de un emirato islámico sería un buen pretexto para seguir controlando a Cisjordania), sin continuidad espacial, recorrido por el muro, con controles y carreteras israelíes para proteger las colonias, con bases militares israelíes en el valle del Jordán y en el que Estaos Unidos no reconocería el posible triunfo electoral de Hamas. Como concesiones Israel podría levantar algún asentamiento marginal o ceder un trozo de desierto a los palestinos. En fin, un batustán que de estado no tendría más que el nombre.

La solución de dos estados separados por las fronteras de 1967 se ha hecho inviable por la colonización israelí de Cisjordania. La alternativa sería un solo estado en todo el territorio histórico de Palestina. Hoy, Israel es un estado donde el laicismo de los fundadores sionistas ha sido arrumbado por la marea religiosa. Un objetivo israelí en estas negociaciones puede ser que se reconozca a Israel como «estado judio», lo que colocaría a sus ciudadanos árabes en una posición de aún mayor inferioridad jurídica. La política israelí está dominada por los fundamentalistas religiosos y no existe una verdadera separación entre religión y estado. Del lado palestino, nada queda del nacionalismo laico de Fatah.

Un estado unificado ofrecería un territorio suficiente para el desarrollo de los dos pueblos y un marco democrático para construir una sociedad interétnica. Un estado democrático salvaría a israelíes y palestinos de la deriva fundamentalista. Edward Said fue uno de los primeros en defender esta solución. Hoy, un grupo de judíos y palestinos han puesto en marcha la Declaración para un Estado Democrático, a la que he llegado desde la página del músico Gilad Atzmon, que se declara ex israelí  y es un buen ejemplo del tipo de personas que apoyan esta alternativa.

Pero que esa sea la solución ideal para ambos pueblos no quiere decir que sea viable. Los que la defienden son minorías entre minorías. Ni Hamas, ni los jasedim judíos, ni -para que engañarnos- una mayoría de palestinos e israelíes quieran convivir juntos.

Sus defensores traen a colación el ejemplo de Saudáfrica, donde el apartheid separó a las comunidades y la democracia las ha unido. Mientras llega un Mandela, preparémonos para un estéril baile democrático, uno más.

¿Para qué vuelven los españoles a Guinea Ecuatorial?


El ministro de Asuntos Exteriores del Reino de España visita Guinea Ecuatorial acompañado de una amplia delegación de parlamentarios y empresarios. Parece que el Gobierno Zapatero se ha acordado de pronto que hay un pequeño país en África que habla español.

Hasta ahora la antigua colonia había quedado fuera de la nueva política africana de España, dirigida, ante todo, a colaborar con el desarrollo de los países de África Occidental de los que parten los miles de inmigrantes que intentan llegar a nuestras costas, aún a riesgo de perder la vida. De Guinea Ecuatorial no llegan inmigrantes… porque entre un tercio y la mitad de los ecuatoguineanos ya viven en España desde hace muchos años.

Es difícil que entre una metrópoli y su colonia se establezcan relaciones justas y equilibradas. Tras la independencia llegó el neocolonialismo: la metrópoli siguió ejerciendo una tutela política y militar y explotando los recursos económicos mediante las élites interpuestas. Francia es el modelo de este neocolonialismo, con intervenciones militares llegado el caso.

No ha sido el caso de España con Guinea Ecuatorial. Tras la independencia, Francisco Macías se hizo violentamente con el poder y eliminó a la pequeña élite pro española. España, en los estertores del franquismo, aceptó  los hechos. Luego, todavía en la transición, llegó el golpe militar -«el golpe de la libertad» como lo llama el régimen- del sobrino de Macías, Teodoro Obiang, un militar formado en los valores franquistas de la Academia Militar de Zaragoza.

Los últimos gobiernos de UCD y los primeros gobiernos socialistas abrieron los brazos a Obiang. En los 80, Guinea Ecuatorial se llevaba una parte sustancial de la todavía pequeña cooperación española. Pero España nunca recuperó su influencia. Los roces por pequeñas cuestiones fueron permanentes. Y Francia ofreció lo que España no podía ofrecer, la integración en su comunidad francófona y una plataforma para que Obiang pudiera gastar su dinero en París.

A lo largo de los 80, España fue perdiendo su influencia mientras enterraba dinero que la corrupción local se zampaba. Los gobierno de González no apoyaron nunca abiertamente a la oposición radicada en España, por entonces principalmente el Partido del Progreso de Severo Moto. Tampoco dio un cheque político en blanco a Obiang. El país se hundió en una dictadura y en una pobreza absoluta.

Cuando apareció el petróleo, España estaba fuera. Pero no fue tampoco Francia la principal beneficiaria, sino las compañías norteamericanas extractoras. Las regalías del petróleo no van al presupuesto nacional, sino a las cuentas personales de Teodoro. Su hijo Teodorín ya se encarga de gastarlo en las joyerías de París o la Costa Azul.

En los últimos años, las migajas del petróleo han llevado algunas infraestructuras construidas por China. España ahora quiere hacer negocios y para eso el gobierno Zapatero parece dispuesto a endosar las pseudo aperturas democráticas de Obiang. Es la hora de la política exterior realista.

España nunca debió de abandonar Guinea Ecuatorial,  como nunca podrá dar la espalda a Cuba, sean cuales sean sus regímenes. Es una prioridad estratégica. Ello requiere un diálogo crítico con los gobiernos y un apoyo a las sociedades y a los grupos que luchan por la democracia y la justicia.

Otros países dejaron en sus colonias escuelas y hospitales. España dejó iglesias y órdenes religiosas que durante muchos años han sido las únicas que han ofrecido a la población los servicios mínimos que debía prestarles el Estado. Con todo, la imagen de España no es mala. Durante la realización de un reportaje para TVE, una anciana preguntó a José Antonio Guadiola ¿cuándo vuelven los españoles?. Los españoles ahora quieren volver para hacer negocios. Sería grave que, en nombre del realismo, el gobierno español olvidara la defensa de los derechos humanos. Sería un nueva traición.

Es la hora de la sociedad civil iraní


En Irán no se desarrolla estos días una nueva revolución de color, por mucho que los que protestan hayan adoptado el verde como símbolo

Lo de los colores viene de la Revolución Naranja de Ucrania, seguida por la Revolución de las Rosas en Georgia y otras revueltas populares identificadas con un color o símbolo. Aunque no tuviera color propio, la primera después de la caída del Muro fue la caída de Milosevic en Serbia. El modelo siempre es el mismo. Un régimen no homologable con las democracias liberales. La oposición no reconoce la victoria del candidato del poder, comienzan las movilizaciones con apoyo más o menos secreto del exterior, hasta que el régimen resulta desbordado y, o bien reconoce la victoria de la oposición, o bien es derrocado, como ocurrió en Serbia. Ucrania o Georgia, puestas como ejemplo por el Estados Unidos de Bush, han sido un gran fiasco.

La división dentro del régimen islámico

En las revoluciones de colores la oposición persigue un cambio de régimen. En Irán asistimos a una disputa dentro del régimen. Musaví no pone en cuestión la república islámica sino que denuncia que sus principios están siendo subvertidos con un pucherazo de Ahmedinejad.

Nadie pone la mano en el fuego por la victoria de Jamenei y si no véase la prudencia de Obama. Como José Antonio Guardiola recuerda Irán no es Teherán. Seguramente Ahmedinejad habrá ganado, pero alguien se le ha ido la mano y ha provocado la crisis.

El conflicto tendría que haberse sustanciado en el interior del régimen, caracterizado por una suerte de centralismo democrático: los teólogos discuten hasta la extenuación y la decisión es adoptada por el líder máximo, el jurisconsulto iluminado, que todos respetan. El régimen está ahora claramente dividido entre Jamenei-Ahmedinejad y Rasanjani-Musaví-Jatamí. ¿Pondrá la división en cuestión la autoridad esclarecida del líder máximo Jamenei?

La hora de la sociedad civil

Los manifestantes de Therán no tomarán el poder, pero han convertido a la sociedad civil urbana en el nuevo actor político que los ayatolás ya no podrán ignorar. Las clases medias han aprendido a organizarse con las nuevas tecnologías y buscar atajos tecnológicos a prohibiciones o censuras. Como dice Ana Blanco en su blog no se puede quitar los móviles a las multitudes de manifestantes.

Gobierne quien gobierne no podrá ignorar las demandas de este nuevo actor político. Si lo hace, el desafecto crecerá. Por el momento, es lo que está haciendo Ahmedinejad. El riesgo es que el país se divida en dos. Entonces tendríamos que hablar no de una revolución de colores, sino de una contrarrevolución sangrienta. Lo que está claro es que la república islámica no se disolverá como un azucarillo en una revolución de terciopelo.

(Y como siempre, la recomendación del especial de BBC on line)

Tianamen: 20 años después


Han pasado dos décadas y China sigue sin enfrentarse a su pasado reciente. Tianamen sigue siendo tabú en China, donde el gobierno vuelve a bloquear las redes sociales de cara al aniversario. No es extraño. Si en España no somos capaces de enterrar a los fantasmas del franquismo y dar satisfacción a sus víctimas, en China manda la generación de entonces jóvenes tecnócratas que apoyaron la represión.

Las cosas podrían haber sido de otra manera como se adivina en las memorias de Zhao Ziyang, defenestrado y castigado con arresto domiciliario en vida por defender que la única salida era la democratización.

Ahora esos tecnócratas gestionan una crisis sin precedentes que se ceba en las masas de mano de obra barata y sin derechos -¿serán el modelo que nos proponen nuestros apóstoles de la flexibilidad?. Por el momento no ha habido una explosión social, pero China sigue careciendo de los mecanismos más elementales para afrontar los conflictos sin que estos pongan en cuestión el sistema.

Pero en este aniversario es hora de recordar a las víctimas y de apoyar a los defensores de los derechos humanos. Este es el objetivo de la campaña que ha lanzado Aministía Internacional. Recojo aquí el vídeo con los testimonios de uno de estos activistas (y una voz en off familiar).

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

La mirada de Hosbawn


Para entender el mundo global en el que vivimos pocas visiones tan iluminadoras como las de Eric Hobsbawm. En él se unen en el intelectual crítico y el hombre comprometido que ha vivido en primera persona los momentos claves del siglo XX. Un siglo marcado por la guerra, que ahora el autor repasa en un nuevo libro. Siguiendo con la incoporación de colaboraciones especiales recojo aquí la reseña de Paco Rodríguez Pastoriza, profesor de Información Cultural (Recomiendo sus crónicas culturales en el suplemento de los sábados del Faro de Vigo, la última sobre la correspondencia de Camilo José Cela).

Después de habernos regalado con una espléndida autobiografía (Tiempos interesantes: una vida en el siglo XX. Crítica. 2006), y de mantener una actividad incesante (en la actualidad dirige una comisión de historiadores de la Unión Europea en la que trabaja el español Ruiz-Domènec), a sus 91 años Eric Hobsbawm sigue siendo uno de los intelectuales más respetados del último siglo y su obra se ha convertido en una referencia obligada para los historiadores. Su aplicación del análisis marxista a los acontecimientos de la Historia ha dado obras fundamentales como Las revoluciones burguesas (Crítica, 1971) y La Era del capitalismo (Guadarrama, 1077), cuyo reconocimiento está más allá de cualquier ideología.

SU ÚLTIMO LIBRO

Estos días podemos recrearnos con una nueva obra de Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI (Ed. Crítica), una recopilación de algunos de sus últimos artículos y conferencias, que supone un ejercicio de futuro desde una visión crítica del siglo que acaba de terminar. En apenas 200 páginas, el historiador hace un repaso a los fenómenos más candentes de la actualidad (nacionalismo, terrorismo, imperialismo, violencia, democracia…) y analiza sus posibles consecuencias en la era de la globalización.

UN SIGLO VIOLENTO

El siglo XX ha sido el más sangriento en la historia conocida de la humanidad, ya que en él se han dado, juntos, catástrofes humanas carentes de todo paralelismo, fundamentales progresos materiales, y un incremento sin precedentes de nuestra capacidad para transformar, y tal vez destruir, la faz de la tierra. Con estas palabras inicia Hobsbawm el primer capítulo de este nuevo ensayo en torno a cómo evitar la repetición de los errores que provocaron las guerras y los enfrentamientos del siglo pasado, unas guerras cuyo peso fue recayendo cada vez más sobre la población civil. La caída de los regímenes comunistas, que Hobsbawm celebra por lo que suponen de cambio para las sociedades de aquellos países, ha supuesto sin embargo la destrucción de un equilibrio mundial que no ha sido sustituido por ninguna situación de control de la potencia hegemónica superviviente, los Estados Unidos, de modo que desde la caída del muro de Berlín ha habido más guerras que durante todo el periodo de la guerra fría (P.69). El mantenimiento de las fronteras de los estados se debió en gran medida al statu quo de ese duopolio de superpotencias, mientras que desde 1989 estamos asistiendo al nacimiento de nuevos estados nacidos de la segregación de antiguos territorios que hasta hace pocos años constituían fuertes estados-naciones.

GUERRAS DE RELIGIÓN

A pesar de las esperanzas puestas en la dispersión de las guerras religiosas a partir de 1989, estas se vieron reforzadas o sustituidas  por la reaparición de varias modalidades de fundamentalismos religiosos que cuentan con apoyos populares (Hamás, Yihad islámica, Hizbolá), que son además canteras de reclutamiento, y que han dado lugar a la aparición de un nuevo terrorismo con dos características inéditas: el terrorismo suicida y la operatividad en un plano transnacional.

DEMOCRACIA

La democracia es otra de las grandes preocupaciones de Hobsbawm, sobre todo la escasa participación de las poblaciones en los procesos electorales. Achaca este problema a que una buena cantidad de cuestiones se negocian y deciden entre bastidores y también a que una gran parte de la actividad humana transcurre en ámbitos inaccesibles a la influencia de los votantes. Advierte otros síntomas más graves, como la quiebra de la lealtad de los ciudadanos hacia el estado, consecuencia directa de la ideología neoliberal, que ha sustituido servicios públicos esenciales por servicios privados o privatizados.

CRISIS ECONÓMICA

A pesar de que los capítulos de este libro fueron escritos antes de que estallase la actual crisis económica, Hobsbawm advierte en la sociedad norteamericana, la división cultural y política más profunda  que ha vivido el país desde la guerra de Secesión (P.61), y en su economía, una vulnerabilidad a corto y también a largo plazo (P.102). El gran peligro de la nueva sociedad surgida de la globalización, según Hobsbawm, es la dependencia de las economías de los estados hacia empresas privadas transnacionales, contratistas privados cuyo único objetivo es el enriquecimiento. La globalización descontrolada del libre mercado está dando lugar a desigualdades que son el caldo de cultivo de todo tipo de inestabilidades y agravios.

Francisco Rodríguez Pastoriza

La razón de Estado prevalece sobre la Justicia Universal


Se veía venir. PSOE Y PP se han puesto de acuerdo para limitar la Justicia Universal.

La nueva redacción del art. 23 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que enviará el Gobierno a las Cortes, exige que para que en España se persigan los delitos de genocidio, de lesa humanidad, crímenes de guerra o terrorismo, cometidos en otros países, debe existir una conexión con España, bien por existir víctimas españolas, bien porque el presunto criminal se encuentre en nuestro país. Además, la jurisdicción española será subsidiaria a la del lugar de los hechos, esto es, los tribunales españoles se inhibirán siempre que se haya iniciado una causa penal que suponga una investigación y una persecución efectiva.

Mientras los procesados por los jueces de la Audiencia Nacional era latinoamericanos o africanos nadie se rasgó las vestiduras. Pero cuando los imputados son israelíes o norteamericanos entonces decimos que no podemos ser los «gendarmes del mundo». La sinrazón de la razón de Estado exige que  no nos creemos complicaciones con países «amigos y aliados», pero, sobre todo, poderosos.

La razón de Estado se impone también sobre las promesas de Obama.

Primero fue el mantener secretos los memorados de la tortura, luego la recuperación de las comisiones militares para juzgar a los presos de Guantánamo. Sabemos ahora que todos, republicanos y demócratas (Nancy Pelosi) sabían más de lo que decían y que todos se subieron al tren de las violaciones de los derechos humanos, pilotado por el Príncipe de las Tinieblas, Dick Cheney. Ahora, son los propios senadores demócratas los que niegan a Obama los 80 millones de dólares pedidos para cerrar Guantánamo.

George Bush se frota las manos en su rancho de Texas.

Estados Unidos no va a juzgar a sus torturadores -Obama dice que hay que mirar hacia delante. España se evitará hacerlo. Sólo un Tribunal Penal Internacional reforzado puede asegurar la justicia para toda la humanidad.

Imágenes de la globalización: Pakistán/Afganistán


En el valle de Swat, en Pakistán, se vive estos días otra de las grandes crisis de refugiados, o para ser más precisos, una crisis de desplazados. La Agencia de la ONU para los refugiados, ACNUR, ha hecho un llamamiento para reunir recursos para atender a 800.000 civiles que durante los últimos meses han huido de los combates entre el ejército y los talibanes. El número de desplazados puede haber sido inflado por las organizaciones humanitarias, pero en cualquier caso, entre los que viven en campamentos o en casas de familiares (donde les resulta más fácil mantener la segregación de las mujeres, el purdah) los que han dejado sus hogares son varias centenares de miles.

La ofensiva del ejército llega después de que avanzadillas de los talibanes tomaran un distrito, apenas a 100 kilómetros de Islamabad, la capital del país.

Se encendieron entonces todas las alarmas, más en Washington que en el propio Pakistán. ¿Podrían conquistar el poder y con él las bombas atómicas del país? Sólo unas semanas antes se había llegado a una tregua en este idílico valle de alta montaña, un acuerdo que permitía a los talibanes imponer su versión estricta de la sharia, la ley islámica.

Después de la incursión, Washington -su diplomacia, sus mandos militares- apretaron las tuercas al débil gobierno de Zardari. Y el ejército atacó de manera indiscriminada,con bombardeos áereos y de artillería que han ocasionado más víctimas entre los civiles que entre los milicianos y que ha provocado el actual éxodo.

Los testimonios de los corresponsales hablan de que los desplazados temen más al ejército que a los talibanes, con los que comparten una forma de entender la vida dominada por la sharia y el código pastún. Como en Afganistán, la política de tierra quemada, más que erradicar a los talibanes, enajena el apoyo al gobierno de la población civil y engrosa las filas de estas milicias fundamentalistas.

¿Qué saldrá de estos campamentos de desplazados si se eternizan, como es previsible? De los campamentos de refugiados afganos en Pakistán -todavía quedan allí un 1,7 millones- salieron los talibanes, los estudiantes de teología islámica que en apenas dos años, entre 1994 y 1996, tomaron el poder en Afganistán, después de barrer a los mujaidines, capaces de derrotar al Ejército Rojo, pero incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos. Los estudiantes impusieron un orden cruel, pero orden al fin y al cabo que terminó con el caos de los mujaidines.

Los que huyen hoy de los combates del valle de Swat son las últimas víctimas de la guerra de Afganistán, un conflicto globalizado, hijo de la Guerra Fría.

Fue el último episodio de la Guerra Fría. Los soviéticos invadieron Afganistán en 1979 en apoyo de una de las facciones del Partido Comunista. Como todos los que trataron de conquistar este territorio no lo hicieron atraídos por sus riquezas, sino por su valor estratégico como territorio entre China, India, Pakistán e Irán. Y como los que les precedieron, los soviéticos no pudieron imponer su orden a este mosaico de pueblos levantiscos, orgullosos y primitivos.

El Ejército Rojo sufrió una derrota que aceleró la caída de la URSS. En ella tuvieron buena parte la CIA y los servicios secretos paquistaníes, financiando, armando y apoyando a los mujaidines, los guerreros de Dios.

Y se convirtió en un conflicto globalizado. Expulsados los soviéticos poco importaba en Washington el destino del país. Tampoco preocupaba mucho a los mujaidines y sus jefes, los Señores de la Guerra, lo que ocurriera en el resto del mundo y desde luego no parecían dispuestos a extender la sharia, o no más allá, al menos de alguna de las antiguas repúblicas de Asia Central.

Los talibanes ya tenían otros designios, instaurar el Califato Universal, aunque todos sus esfuerzos y energías se concentraban en su país. Pero dieron acogida a un millonario saudí que había financiado la lucha contra los soviéticos y que si tenía una idea y una estrategia para lanzar la jihad, la guerra santa, global. Se llamaba Osama Bin Laden.

Estados Unidos y una coalición de «voluntarios» expulsaron a los talibanes en el primer episodio de Guerra contr el terror de Bush. Los norteamericanos hicieron la guerra desde el aire y la infantería la puso la Alianza del Norte, la unión de circunstancias de los Señores de la Guerra no pastunes.

Bin Laden se refugió en algún lugar de la porosa frontera entre Pakistán y Afganistán -eso suponiendo que no esté tomando el sol en las Bahamas… Fuera de bromas, lo cierto es que las tribus pastunes, a un lado y otro de la frontera, la línea Durand, trazada artificialmente por el Imperio Británico, comparten los mismos códigos y el mismo entendimiento rigorista de la religión.

Estados Unidos y sus aliados pusieron en el poder a Karzai, un pastún occidentalizado. Los norteamericanos mantuvieron su misión de combate en el sur, produciendo frecuentes «daños colaterales» entre la población. Y al resto del país llegaron los soldados de la OTAN con una imposible misión de reconstrucción. La corrupción, los ataques indiscriminados, la presencia de unas tropas percibidas como ocupantes han extendido la mancha talibán, a un lado y otro de la frontera.

Obama cambia de estrategia. Quiere favorecer la reconstrucción y desarrollar una lucha contrainsurgente en alianza con grupos locales. Y para ello pide a sus socios de la OTAN más tropas.

Los seminaristas barbudos amenazan con tomar el poder en Kabul e Islamabad. No tienen fuerza para hacerlo, pero sí para mantener una inestabilidad que afecta a Pakistán, Afganistán, India, Irán y las repúblicas ex soviéticas de Asia Central.

AfPak, como ahora designan los norteamericanos a Pakistán y Afganistán, seguirá siendo un foco de irradiación del jihadismo global.

Y otros muchos inocente, como los del valle del Swat, se convertirán en refugiados en su propia patria.

(Otras entradas de la serie Imágenes de la globalización: Piratas del Índico, La Nueva Gripe, Refugiados, Sri Lanka)