Memoria del 11-S – III


MEMORIA DEL 11-S.

FRANCISCO RODRÍGUEZ PASTORIZA

III. CENSURA Y MANIPULACIÓN

 

 

El 11 de septiembre de 2001 es ya una fecha para la posteridad. El ataque terrorista de ese día utilizando aviones civiles contra las Torres Gemelas de Nueva York y contra el edificio del Pentágono de Washington, junto al intento de estrellar otros dos aparatos contra la Casa Blanca y el Capitolio, han fijado un antes y un después en el devenir de los tiempos como sólo pueden hacerlo los grandes acontecimientos que marcan el ritmo de la historia. Estos hechos tuvieron a la televisión como un fascinante testigo que fijó para siempre en nuestras retinas una nueva dimensión del acontecimiento, inédita e inolvidable. La televisión tuvo aquel día el privilegio de haber protagonizado la información de unos acontecimientos trascendentales de manera simultánea a cómo se producían. Un 81 por ciento de norteamericanos declaró haberse enterado de los ataques del 11-S a través de la televisión frente al 11 por ciento que lo hicieron a través de la radio y el 1 por ciento a través de la prensa, porcentajes extrapolables prácticamente también a Europa. No es extraño que este protagonismo haya convertido a la televisión, junto a los poderes políticos, en uno de los objetivos del los inmediatos ataques terroristas con ántrax. Esto aún en el caso de que este episodio constituyera un montaje mediático para distraer a la opinión pública de los efectos de los primeros bombardeos sobre Afganistán y para mantener en estado de alerta a una sociedad atemorizada[1]. En todo caso, este episodio sirvió para alertar a la sociedad internacional de la existencia real de un nuevo peligro terrorista, bautizado como bioterrorismo.

Este estado de alerta y temor permanentes fue con claridad uno de los objetivos que el Gobierno norteamericano quiso conseguir con la ayuda de la televisión después del shock traumático del 11-S y que, entre otras cosas,  propició la aceptación por el 59 por ciento de los norteamericanos, según una encuesta del diario Los Angeles Times, del control estrecho que el Pentágono ejerció sobre la cobertura mediática del conflicto. Esta situación justificaba declaraciones como las de Marvin Kalb, director del Shorenstein Center of the Press, Politics and Public Policy de Washington: “Si el gobierno ve la necesidad de proporcionarme una información engañosa de vez en cuando en su persecución de Al Qaeda y Bin Laden, le concedo ese margen de maniobra”. Estas actitudes fomentaron iniciativas como la del Pentágono, revelada por el New York Times, de crear en febrero de 2002 la Oficina de Influencia Estratégica, con el fin de colocar noticias favorables a los intereses de los Estados Unidos en los medios de comunicación internacionales; noticias que podrían ser verdaderas o falsas y afectar a países amigos o enemigos, con el fin de crear un ambiente propicio a las intervenciones bélicas en Afganistán. Y la decisión de situar al frente de esta agencia a un militar, el general de aviación Simon Worden. Cuando la opinión pública conoció estos planes el presidente Bush se apresuró a desautorizar el proyecto. Pero realmente ¿alguien duda de que oficinas como ésta funcionan habitualmente en casos de guerra o en este tipo de situaciones?.  El coronel de Inteligencia español Enrique Polanco señalaba en unas declaraciones: “Estados Unidos necesita a los medios para ganar la guerra. Sin ellos perdería apoyo interior e internacional y, por eso, tiene que alimentarlos con acciones y alarmas”.

 

 

En la información televisiva se teme tanto a la manipulación de las imágenes como a su inexistencia. Falsas escenas como la de los cormoranes afectados por el petróleo durante la primera Guerra del Golfo, que en realidad pertenecían a un vertido petrolero causado por un naufragio en las costas de Canadá, o los cadáveres de Timisoara durante la revolución rumana contra Ceaucescu, que habían sido sacados de sus tumbas y mostrados a las cámaras de televisión como víctimas de la represión, engañaron a la opinión pública mundial, entremezcladas con el incesante flujo de imágenes emitidas durante aquellos episodios. En otros contextos, falsas entrevistas como la del periodista francés Patrick Poivre d’Arbor a Fidel Castro, presentada como una exclusiva, que resultó ser una manipulación de las respuestas del mandatario cubano entresacadas de una rueda de prensa, se recuerdan como episodios de manipulación informativa audiovisual. De manera similar, hubo un intento de hacer pasar por falsas las imágenes emitidas por la CNN a las pocas horas del ataque a las Torres Gemelas, en las que se mostraba el júbilo de algunos palestinos por el ataque terrorista, imágenes rodadas en Jerusalén Este y en los campos de refugiados de Sabra y Chatila (la revista alemana Stern recogía el testimonio de una mujer palestina que había sido invitada a participar en la manifestación sin saber lo que había ocurrido) horas después de los atentados del 11 de septiembre. Una fuente con origen en la universidad estatal de Campinas, en Brasil, aseguraba que estas imágenes se habían rodado diez años atrás, cuando los palestinos celebraban la invasión de Kuwait que originó la Guerra del Golfo. La utilización de esas imágenes, por lo tanto, sería una maniobra para acentuar el odio a los palestinos por parte de los israelíes y de algunos sectores sociales de los Estados Unidos y del mundo occidental. La presunta manipulación fue posteriormente desmentida tanto por la universidad brasileña como por la CNN. Pero el riesgo es permanente. En España, Antena 3 y la autonómica catalana TV3 emitieron el 11 de octubre unas imágenes distribuidas por la agencia APTN, que las había comprado en Afganistán, que supuestamente correspondían a los últimos acontecimientos de la guerra y que en realidad habían sido grabadas hacía más de un año durante un enfrentamiento entre el ejército talibán y la opositora Alianza del Norte. La cadena francesa LCI emitió las primeras imágenes de lo que supuestamente había sido la primera ofensiva de la Alianza del Norte… pero que en realidad correspondían a una grabación de 1997. El Periódico de Catalunya (7-10-01) publicaba unas fotografías de niños heridos por los bombardeos  sobre Afganistán, en cuyos vendajes, muy aparatosos, no se veían manchas de sangre, sugiriendo que las heridas podrían no existir.

Toda falsificación, aunque mínima, contamina la percepción real de la información, y más en una situación en la que la audiencia la reclama. Por eso, una de las comentaristas políticas del norteamericano Daily News, Arianna Huffington, denunciaba a las cadenas de televisión todo noticias: “La bestia televisiva sedienta de noticias –escribía- ha sacrificado el rigor en aras del rumor. El baño de desinformación en el que vivimos los estadounidenses no tiene precedente (…) un efecto hipnótico al que es difícil sustraerse”.

 

         La primera víctima de la guerra es la verdad. Esta afirmación del senador norteamericano Hiram Jonson, pronunciada en 1917 con motivo de la Primera Guerra Mundial, continúa siendo una de las realidades más evidentes de cada conflicto bélico. Junto a la verdad, la libertad de informar es siempre otra víctima fatal de la guerra. Otro senador, el demócrata Patrick Leahy, decía, ante la avalancha de medidas tomadas por la Administración Bush después de los acontecimientos de 11-S: “No podemos emprender una guerra en defensa de nuestros valores y al mismo tiempo renunciar a ellos”.

En los Estados Unidos, los medios de comunicación en general y las televisiones en particular, aceptaron autoimponerse una férrea censura para no ser calificados de informadores subversivos e incluso llegaron a postularse como centinelas de la observancia del más estricto patriotismo. Esta fiebre patriótica se extendió a todas las televisiones, junto al espíritu religioso-conservador que llevó a utilizar expresiones como “cruzada” por el propio George Bush, o “guerra santa americana” (el ex secretario de Defensa William S. Cohen publicó un artículo con este título en el Washington Post el 12 de septiembre de 2001). Desde el día siguiente al 11-S todas las grandes network norteamericanas  sobreimpresionaron la imagen de la bandera de los Estados Unidos sobre sus logotipos. La CNN suprimió en reemisiones posteriores las declaraciones que había difundido en directo de la viuda de una de las víctimas de las Torres Gemelas, que criticaba las represalias que se planeaban por el atentado. La emisora internacional de radio Voice of America[2] emitió una entrevista telefónica de 12 minutos con el líder talibán Mohamed Omar a los pocos días del atentado de Nueva York, que costó la destitución a su director a pesar de que su línea editorial se había hecho con una gran credibilidad internacional por servir de plataforma a todas las posturas en conflicto, fueran o no amigos de los Estados Unidos. Bill Maher, presentador del programa “Políticamente incorrecto” en la ABC, y Peter Jennings, de la NBC, uno de los periodistas más populares en Norteamérica, con un prestigio ganado a través de una carrera sin fisuras, recibieron miles de llamadas de protesta por preguntar desde sus respectivos programas dónde estaba el presidente Bush en las horas posteriores al atentado. Fueron acusados de antipatriotas y de informadores subversivos (a Hill Maher, anunciantes como Sears y Federal Express le retiraron la publicidad de sus programas y doce cadenas locales filiales de la ABC rechazaron difundir la emisión de su espacio), aunque no llegaron a rescindirles sus contratos, como ocurrió con dos periodistas de Texas y Oregón que criticaron en sus columnas del Texas City Sun y el Daily Courier esa misma actitud del presidente norteamericano. Muchos presentadores de televisión aparecieron en pantalla en los días posteriores al atentado mostrando la bandera americana en insignias y lazos. Dan Rather, director de telediario nocturno de la CBS, declaraba (“El Mundo”, 13-10-01): “(…) tenemos que estar muy atentos e intentar ser patriotas, escépticos e independientes”, mientras criticaba que la CNN hubiera emitido imágenes de Al Yazira. Y en la Fox News Channel, la cadena ultraconservadora del magnate Ruper Murdoch, cuyo jefe de informativos Roger Ailes fuera estratega de las campañas electorales de los presidentes Nixon y Bush padre, el periodista Hill O’Reilly minimizaba los efectos de los bombardeos sobre la población civil de Afganistán.  Esta cadena envió al país a Geraldo Rivera, presentador de un ‘reality show’ de éxito, que presumía de llevar una pistola en su cinto para pegarle un tiro a Bin Laden si se ponía a su alcance. Con personajes como éste, o como Brit Hume, su presentador más reaccionario[3], la Fox superaba en audiencia a la CNN[4], a pesar de que algunos comentaristas de esta última, como Tucker Carlson, justificaran el recurso a la tortura y a pesar de la consigna dada por su jefe de informativos Walter Isaacson ordenando a los redactores de la CNN destacados en Afganistán que cada imagen de víctimas civiles de las zonas controladas por los talibanes se acompañase de un recuerdo ritual de que “los talibanes protegen a los terroristas responsables de la muerte de 5.000 personas inocentes”. Leslie Moonves, un alto cargo de la CBS, declaró, dirigiéndose a las autoridades norteamericanas: “Dígannos qué hacer. Nosotros no pilotamos cazas pero hay talentos que pueden ser de mucha utilidad aquí”. Todas las cadenas de televisión aceptaron emitir gratuitamente eslóganes con el anuncio “Soy un americano”. Fue este tipo de actitudes las que denunciaba el profesor de la Universidad de Georgetown Norman Birnbaum al calificar a las cadenas de televisión norteamericanas como  estaciones de repetición y propaganda al servicio del mensaje del imperio. Birnbaum escribía (“Atenas y Roma, ¿otra vez?”. El País, 21-9-01): “(…) nuestros medios de comunicación de masas se han erigido en Ministerio de Propaganda y manipulan la rabia, la ansiedad, la credulidad, la ignorancia y la autocompasión de la opinión pública para fabricar un consenso nacional de extraordinaria crudeza y enormes contradicciones (…)”. En su editorial del 26 de septiembre, el periódico de Nueva York The Village Voice advertía del regreso de la censura a los medios de comunicación americanos. Más comprensible fue la iniciativa del portavoz de la Casa blanca Ari Fleischer reuniendo a los responsables de los principales medios de comunicación para solicitar que no informasen sobre viajes, comparecencias públicas o lugares de reunión del presidente Bush y del vicepresidente Dick Cheney, por motivos de seguridad. Antes, el diario USA Today había sido acusado de comportamiento antipatriótico por haber divulgado informaciones militares calificadas de confidenciales: que fuerzas norteamericanas estaban ya en Afganistán desde finales de septiembre. Mientras tanto, se especulaba con el daño que puede hacer al prestigio de independencia de los medios de comunicación norteamericanos la aceptación de no emitir los comunicados  de Bin Laden, solicitada a las cadenas de televisión por la Consejera de Seguridad Nacional Condoleeza Rice. La excusa, según los responsables políticos norteamericanos, aconsejados por el FBI, era que estos mensajes podían incluir información codificada e incluso subliminal, o instrucciones dirigidas a posibles comandos terroristas. Las cinco grandes cadenas de televisión acordaron aceptar la petición del Gobierno, calificada de patriótica (aunque la CNN no había desistido de su intención de concertar una entrevista con Bin Laden, a quien había hecho llegar seis preguntas a través de Al Yazira) y el magnate de las comunicaciones Ruper Murdoch se unía a esta decisión y decidía aplicarla a todos sus medios. “Somos periodistas pero también somos ciudadanos responsables y no vamos a poner a nuestro país en peligro”, declaró Neal  Saphiro, jefe de informativos de la NBC. “No vamos a preocuparnos ahora por los problemas de competencia entre nosotros cuando está en peligro la seguridad del Estado y la vida de los americanos”, añadía el mismo cargo de la cadena Fox, Roger Ailes. La prensa, sin embargo, no se manifestó tan sumisa en este sentido ante la petición del portavoz de la Casa Blanca Ari Fleischer para que los periódicos no reprodujesen íntegramente los mensajes de Bin Laden. Frank Rich, del New York Times, ironizaba: “Ahora sabemos que si el Gobierno no puede capturar a Bin Laden, vivo o muerto, todavía puede aplicarle la pena capital al estilo americano: no dejarle aparecer en la televisión”. Pocos días después, tras los primeros bombardeos sobre Afganistán, el presidente Bush pedía a las cadenas de televisión que mantuvieran su programación convencional para transmitir a la ciudadanía una impresión de normalidad. Cuarenta ejecutivos, entre ellos altos cargos de las cadenas de televisión CBS y Fox, se ofrecieron al Gobierno para emitir programas instructivos y patrióticos.

Las televisiones europeas, por el contrario, decidieron seguir emitiendo las imágenes de Bin Laden (con alguna excepción como la italiana TG-4 y la holandesa NOS, que advirtió que examinarían los videos antes de emitirlos) y así una reunión de Alistair Campbell, convocada en la residencia de Tony Blair en Downing Street con los responsables de las tres grandes cadenas de televisión británicas (BBC, ITN y Sky News) para limitar la difusión de los videos de Bin Laden, encontró una respuesta unánime de los emisores, quienes afirmaron que eran ellos quienes decidían lo que se debe emitir, rechazando de este modo que nadie dictase su línea informativa. Es un insulto a la inteligencia del público –señalaron- creerle incapaz de formarse un juicio a partir de una información completa; una creencia antidemocrática y derrotista. En un comunicado conjunto señalaban que tendrían en cuenta las cuestiones relacionadas con la seguridad nacional e internacional y que eran conscientes del impacto que las emisiones podían tener sobre las diferentes comunidades y culturas, pero destacaban la necesidad de una información independiente e imparcial como aspecto fundamental de las sociedades libres y democráticas. Las televisiones europeas preferían tomar otro tipo de medidas, como la suspensión de la serie “That’s my Bush”, que ridiculizaba al presidente norteamericano, el programa de guiñoles o el programa o el espacio “Burger Quizz” (todos de Canal + Francia) o aplazar la emisión de películas como “Trampa de cristal” o “58 minutos”, sobre atentados terroristas en Norteamérica[5].

Los Estados Unidos tampoco quisieron que se viesen las imágenes de los daños causados por los bombardeos en la población civil afgana, aunque sí que se conociera que existían estos bombardeos y que eran muy intensos[6]. Los medios de comunicación norteamericanos obviaron hasta donde les fue posible las consecuencias de la guerra sobre la población civil (un periódico que publicó la fotografía de un niño afgano muerto recibió una cascada de cartas recriminándolo y tachándolo de antipatriótico). El Pentágono compró en exclusiva los derechos de las fotografías del satélite privado Ikonos, propiedad de Space Imaging, que permite distinguir incluso números de matrículas de coches y hasta el tipo de ropa que visten las personas fotografiadas: lo hizo para controlar su difusión. Fue el mismo Pentágono que difundió las imágenes de los disparos de misiles desde las cubiertas de los navíos de guerra, el despegue de los cazas desde los portaaviones y el video del embarque de las primeras tropas norteamericanas hacia Afganistán, todas ellas repetidas hasta la saciedad. El general Richard Myers, de la Junta de Jefes de Estado Mayor,  explicó a los periodistas el éxito de esta primera misión en territorio talibán, pero no mostró en ningún momento imágenes de sus efectos. Pero todo esto al parecer no era suficiente. A iniciativa de Alistair Campbell, uno de los más cercanos asesores de Blair, los gobiernos inglés y norteamericano decidieron crear tres oficinas de contrapropaganda, en Islamabad, Washington y Londres, para suministrar noticias a las televisiones las 24 horas del día, con el fin de contrarrestar la propaganda talibán, protagonizada por el embajador del régimen en Pakistán, Abdul Salam Saif, y sobre todo la información generada por Al Yazira.

Aprovechando el río revuelto, George Bush puso en marcha iniciativas que en otras circunstancias le sería difícil incluso proponer, como el fin de la transparencia que tradicionalmente se venía dando a los papeles de trabajo de anteriores presidentes, impuesta por el Congreso en 1978 tras la finalización del escándalo Watergate; el abandono del tratado ABM firmado con la URSS por Richard Nixon en 1972 (el anuncio se hizo el mismo día en que se decidía difundir el video de Bin Laden en que este asumía su responsabilidad en los atentados), la derogación de la decisión que prohibía a la CIA asesinar a dirigentes extranjeros, el recorte de determinadas garantías constitucionales, la suspensión de libertades civiles, el establecimiento de tribunales militares secretos para juzgar actos y personas supuestamente terroristas[7] y de cortes marciales itinerantes (sobre todo en Pakistán y Afganistán) sin las garantías procesales del sistema judicial norteamericano, que podían dictar penas de muerte, o la llamada Operación TIPS (Sistema de Prevención e Información contra el Terrorismo), que consistiría en convertir a millones de trabajadores en confidentes del Gobierno… iniciativas, algunas, seguidas también por Tony Blair, que propuso la detención indefinida para los sospechosos de terrorismo y la suspensión del artículo 5º de la Convención Europea de Derechos Humanos que garantiza el derecho a la libertad y prohíbe la detención sin proceso judicial. Las medidas del presidente Bush fueron respaldadas por sesenta intelectuales cercanos al Gobierno (Huntington, Fukuyama, Moyniham, Michael Walzer…) que redactaron el manifiesto “La carta a América. Razones de un combate”, impulsada por el Instituto de los Valores Americanos, en la que justificaban la intervención norteamericana en Afganistán, citando a San Agustín y su concepto de “guerra justa”. Otros intelectuales, como Noam Chomsky, Edward Saïd, Martin Luther King III, Jeremy Pikser y el actor Ed Asier firmaban otro manifiesto en el que denunciaban la “guerra sin límites” declarada por George Bush.

Claro que la censura total es la que el régimen talibán imponía a la población de Afganistán, país en el que estaban prohibidos el cine y la televisión, como expresión de su iconoclastia (hay que recordar la destrucción de las estatuas de los Buda de Bamiyán unos meses antes de los atentados de Nueva York y Washington), así como los dibujos y fotografías, además de no poderse escuchar ningún tipo de música. Aunque esta iconoclastia no parece estar en concordancia con los objetivos de Bin Laden, a estas alturas convertido ya en uno de los líderes mediáticos cuya imagen ha sido más difundida (desde Nasser no se habían visto tantas manifestaciones con retratos de un líder árabe), ni con las imágenes y fotografías de los efectos de los bombardeos sobre la población civil, que los talibanes mostraban a los reporteros occidentales en expediciones organizadas por el régimen. Sólo se permitía la escucha de una emisora de radio, que emitía las 24 horas del día las consignas del régimen talibán, que tenían, además, una elevada audiencia[8]. La gran diferencia entre los regímenes dictatoriales y los democráticos, incluso durante las grandes crisis, es la existencia o no de una opinión pública libre y crítica.

Para los periodistas occidentales que cubrieron el conflicto de Afganistán no fue nada fácil. Todos fueron víctimas de la intransigencia de los talibanes, cuando no de su violencia. Nick Robertson, el corresponsal de la CNN en Kabul, personificó una de las primeras. El régimen talibán lo expulsó de Afganistán una semana después de los atentados. A él le seguirían todos los corresponsales de los medios de comunicación occidentales. La periodista Ivonne Ridley, del Sunday Express, fue detenida por entrar en el país sin visado y oculta en un burka, acusada de espionaje y liberada tras 11 días de un cautiverio que ella misma relató para su periódico (dos periodistas franceses, Olivier Ravenello y Jerôme Marcantetti, de LCI, que fueron encarcelados durante tres días a comienzos de octubre de 2001 por una de las tribus pakistaníes, decidieron guardar silencio sobre este incidente para evitar problemas). Peor suerte tuvo el periodista francés de Paris Match, Michel Peyrard, detenido con otros dos  profesionales paquistaníes que le servían de guía (uno de ellos, Mukkaram Kham, de Nawa-i-Waqt, y el otro Irfan Qureshi) en la localidad afgana de Ghosta, a 35 kilómetros de Jalalabad, disfrazado también con un burka, acusado de espionaje y expuesto a la multitud enfurecida en Jalalabad, que incluso intentó lapidarlo. Peyrard tiene una larga trayectoria profesional en la cobertura de conflictos, desde Nicaragua a Rumanía, de Kosovo a Chechenia, de Bosnia al Golfo Pérsico. Estuvo casi un mes en poder de los talibán, que lo liberaron gracias a las presiones occidentales (en España, el diario La Vanguardia recogió su odisea, que el periodista relató para Paris Match). Mukkaram Khan y Quereshi fueron liberados más tarde, mientras el japonés Daigen Yanagida permaneció como prisionero de los talibanes durante semanas. Otro periodista francés, del Figaro Magazine, Aziz Zemuri, que había entrado en Afganistán con pasaporte argelino, fue también detenido. No era extraño que el régimen talibán desconfiara de los profesionales de la información, cuando ellos mismos habían utilizado a dos falsos periodistas de televisión para asesinar al líder de la opositora Alianza del Norte, Ahmed Shah Masud, haciendo explosionar la cámara con la que fingían entrevistarle, dos días antes del 11 de septiembre[9].

Pero lo peor aún estaba por llegar. Las primeras víctimas mortales entre los profesionales de la información que cubrían el conflicto de Afganistán fueron dos periodistas franceses, Johanne Sutton, de Radio Francia Internacional, Pierre Billau, de la RTL, y el alemán Volker Handloik, de la revista Stern. Fueron víctimas de una emboscada en Dashti Jala el 11 de noviembre, cuando viajaban con la Alianza del Norte hacia Toloqán, aunque la CNN informó que fueron fusilados por los talibanes. Pocos días después la tragedia alcanzaba al periodismo español con la muerte del enviado especial de El Mundo, Julio Fuentes, junto a otros tres periodistas: la italiana del Corriere della Sera Maria Grazia Cutuli, el cámara australiano Harry Burton y el fotógrafo afgano Azizullah Haidari, estos últimos de la Agencia Reuters. Al parecer las circunstancias de su muerte fueron similares a las de los tres anteriores. No serían las últimas víctimas. Pocos días después era el cámara sueco Ulf  Stroemberg quien caía abatido en Afganistán, mientras Ken Hetchman, del canadiense Montreal Mirror era secuestrado el 27 de noviembre en Spin Boldak por los talibanes, que lo utilizaron como escudo humano en su huida a Kandahar. En enero de 2002 era secuestrado el periodista de The Wall Street Journal Daniel Peral, asesinado después de un mes de cautiverio. Su muerte se grabó en un video posteriormente enviado a la embajada de Estados Unidos en Islamabad, en el que se podía ver cómo era degollado con un cuchillo y su cabeza separada del cuerpo[10], un método que posteriormente se utilizaría con frecuencia por los grupos terroristas. Algunas fotografías de este crimen fueron publicadas por el Boston Phoenix, que rompió  un pacto establecido por los periódicos y revistas de no hacer públicas estas instantáneas. Su cadáver no fue encontrado hasta el mes de mayo de 2002.


[1] En diciembre de 2001 el FBI apuntaba a una campaña de las compañías farmacéuticas que desarrollaban vacunas contra el ántrax y a empresas dedicadas a la desinfección de lugares contaminados con bacterias nocivas y descartaba ya las hipótesis que sostenían una relación con  los acontecimientos del 11-S. En febrero de 2002 el mismo FBI señalaba la posibilidad de que la difusión de ántrax fuese responsabilidad de un científico norteamericano, un nuevo ‘Unabomber’ (el profesor Theodore Kaczynski, que durante 18 años, desde su cabaña de Montana envió paquetes-bomba a distintas personas e instituciones causando tres muertos). Más tarde, esporas de ántrax fueron descubiertas en un laboratorio militar de Fort Detrick, en Maryland. En junio de ese año, la doctora Barbara Rosenberg, directora del grupo de trabajo sobre armas biológicas de la Federación de Científicos Americanos, aseguraba que el FBI conocía la identidad del autor de los atentados con ántrax, pero que no lo había detenido porque “sabía demasiado”. La doctora apuntaba a un norteamericano de mediana edad, con el grado de doctor, experiencia en el manejo de agentes biológicos peligrosos y relacionado con el Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas del Ejército de los Estados Unidos (USAMRIID). Finalmente, el FBI dirigió sus acusaciones contra Steven J. Hatfill, un científico ligado a la CIA y al Pentágono, que en los años setenta había sido acusado de haber causado el mayor brote de ántrax entre 10.000 campesinos negros de Rhodesia (hoy Zimbabe). Hatfill negó su implicación en el asunto y acusó al FBI de buscar en él un chivo expiatorio. Por otra parte, la revista norteamericana Newsweek divulgó en septiembre de 2002 que en diciembre de 1983 Donald Rumsfeld fuera enviado por el presidente Reagan a Bagdad para ofrecer el apoyo de los estados Unidos en su guerra contra Irán. Este apoyo incluía armas bacteriológicas, incluido el ántrax.

[2] Fundada en febrero de 1942 para acompañar las acciones de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, Voice of America depende del Departamento de Estado y tiene su sede principal en la base del Capitolio. Se financia con más de 130 millones de dólares de los fondos federales.

[3] Es también curioso el caso del comentarista experto en cuestiones militares de esta misma cadena, Joseph A. Cafasso, un personaje que se hizo pasar por coronel en la reserva de las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos, ex combatiente en Vietnam y miembro de la misión que intentó el rescate de los rehenes norteamericanos en la embajada de los Estados Unidos en Irán durante la revolución jomeinista. Él mismo diseñaba los mapas sobre los que hacía sus comentarios. Pero todo este pasado resultó ser falso: ni era lo que decía ni había participado en Vietnam ni en Irán. Pese a todo, la Fox tardó en despedirlo y no lo hizo hasta abril de 2002.

[4] La competencia entre las cadenas de televisión norteamericanas, que conoció una tregua inédita durante los atentados a las Torres Gemelas, en que llegaron a intercambiarse gratuitamente imágenes y videos, se trasladó al frente de Afganistán, a donde fueron enviados algunos de sus mejores profesionales.. Steve Harrigan llevaba diez años como corresponsal de la CNN en Moscú cuando su empresa lo envió con las tropas de la Alianza del Norte en Afganistán. El 30 de septiembre se despidió de sus jefes al tiempo que enviaba su último reportaje para su cadena. Al día siguiente comenzó a trabajar para Fox News, que llevaba así su pequeña venganza  unas semanas después de que la CNN le arrebatara a su presentadora estrella Paula Zahn. En enero de 2002 la Fox había superado la audiencia de la CNN y su show más visto, el de Hill O’Reilly había sustituido al programa de Larry King en las preferencias de los norteamericanos.

[5] Sin embargo, en las televisiones europeas se echó en falta la emisión de programas de debate, como se había hecho en otros conflictos, como la Guerra del Golfo. Tal vez las televisiones temían que se repitieran situaciones como la del espacio “Question Time”, emitido apenas 48 horas después del atentado a las Torres Gemelas, donde parte del público presente en el estudio mostró su hostilidad hacia los Estados Unidos, a quien responsabilizaban en parte de lo sucedido. El antiguo embajador norteamericano en Londres, Philip Lader, presente en los estudios de la BBC, no pudo contener las lágrimas. Por primera vez, un director general de la cadena pública británica, entonces Greg Dyke, se vio obligado a pedir disculpas públicamente.

[6] La escritora Susasn Sontag interpretaba que el verdadero fin de estos bombardeos era su alta eficacia sicoterapéutica para los norteamericanos

[7] La Patriot Act del 26-10-01 permitía al ministro de Justicia John Ashcroft detener y encarcelar por tiempo indefinido a cualquier sospechoso sin que pudiera recurrir a la asistencia de un abogado. Esta medida permitió la detención de numerosas personas de origen árabe o musulmanes. La juez de Nueva York Shira Scheindlin dictaminó inconstitucionales estas detenciones.

[8] La penetración de la radio en los países árabes decidió a los Estados Unidos a concebir durante el conflicto afgano un gigantesco plan de emisiones en estos países a través de millonarias financiaciones en Westwood One, la mayor cadena radiofónica estadounidense, de propiedad privada.

[9] La periodista de origen español Maria Rose Armesto, reportera de la televisión privada belga RTL-TV publicó el testimonio de la esposa de uno de los asesinos de Masud (“Son mari a tué Massoud”. Ed. Balland).

[10] Este video circuló por internet en los sitios http://www.ogrish.com y www.prohoster.com, lugares de la red que se dedican a mostrar imágenes de hechos violentos..

Memoria del 11-S – II


 MEMORIA DEL 11-S. II.

FRANCISCO RODRÍGUEZ PASTORIZA

NUEVOS MEDIOS, NUEVAS ESTRATEGIAS

AL YAZIRA. UNA NUEVA ESTRELLA EN EL FIRMAMENTO MEDIÁTICO

 

         Justo un mes antes del fatídico 11 de septiembre, el diario El País publicaba en su suplemento cultural Babelia (11-8-01) una entrevista con el analista y experto en el mundo árabe Gilles Kepel, autor de “La Yihad. Expansión y declive del islamismo (Atalaya, Península, 2001), en la que este autor aseguraba que una de las causas de la decadencia de los movimientos islámicos estaba en la penetración de la televisión: “(…) Ahora la televisión ha estallado en todos los países. Ningún régimen puede controlarla ya. En Teherán, todo el mundo sintoniza las emisoras de radio de la BBC y ve su televisión por satélite, escuchan Teheran Jeles Music, música hecha por iraníes en Los Angeles (…)”. Los clérigos iraníes atribuyen las protestas que cada vez con más frecuencia se registran entre los jóvenes, aprovechando acontecimientos como los partidos de fútbol, a la influencia de los canales de televisión que se reciben desde occidente. Es esta una de las causas de que la mayor parte de los regímenes de los países árabes prohíban la instalación de antenas parabólicas y traten de desmantelar las existentes. Quieren que únicamente se vean sus cadenas estatales, muy controladas, que no plantean el más mínimo desviacionismo con el Islam, con sus costumbres y su cultura ni con la política de sus regímenes. De este panorama únicamente se salvaba entonces Al Yazira, una cadena de televisión con base en el pequeño emirato de Qatar, que emite por satélite desde el momento de su fundación, el 1 de noviembre de 1996 (durante la Operación Zorro del Desierto contra Irak) y que se define como la primera televisión moderna, independiente, laica y panarabista de la zona. De hecho, ha denunciado con frecuencia la corrupción y la falta de democracia en algunos países árabes como Arabia Saudí, que ha prohibido que se instale una corresponsalía en su país[1], o Kuwait, que la ha denunciado ante los tribunales. Argelia retiró de Qatar a su embajador durante un año a causa de un debate sobre los derechos humanos en ese país, en el que tomaban la palabra miembros de la oposición argelina[2]. Su línea informativa, que rompe los estereotipos de las televisiones oficiales árabes, sumisas o controladas por los poderes políticos, provocó que gobiernos como el de Jordania y Marruecos expulsaran de estos países a sus corresponsales, mientras Bahrein, Argelia y Arabia Saudí ni siquiera permitieron que se instalasen los periodistas de Al Yazira en sus capitales.

Su estilo de realización, con el mismo tratamiento de planos y tomas a los entrevistados y a los entrevistadores, escandaliza a una sociedad acostumbrada a contemplar un tratamiento servil de los periodistas hacia los políticos y los líderes religiosos. En su programa “La sharia y la vida”[3] se trata una amplia gama de cuestiones, desde el sexo a las fatwas.

A pesar de sus orígenes oficiales (fue fundada por el emir Sheik Hamad Ben Califa, que accedió al gobierno del país después de un golpe de mano pacífico contra su padre[4] en 1995, que fue respaldado por los Estados Unidos), Al Yazira es uno de los más importantes instrumentos de la modernización y liberalización puestas en práctica por el emir de Qatar en este país. Está regida por un Consejo de Administración presidido por un miembro de la familia real y comenzó a funcionar con una financiación estatal de 140 millones de dólares. Desde 2001 se financia con publicidad (entre sus anunciantes, General Motors, Nissan, Procter & Gamble). Al frente de la cadena, Mohamed Jassem Al Alí. Comenzó sus emisiones con 11 boletines informativos diarios de 15 minutos, otros nueve de media hora y dos de hora y media. En sus pantallas se ven tantas mujeres como hombres presentando la información, y ninguno muestra signos ostentosos de arabismo, como velos, chadores, etc.. En Al Yazira trabajan periodistas libaneses, sirios, jordanos, palestinos, egipcios… casi todos musulmanes, aunque también hay cristianos, formados en su mayoría en el servicio árabe de la BBC. Uno de los más destacados en estos años era Tayseer Alouni, el periodista al que el gobierno afgano permitió permanecer en Kabul desde el inicio de la crisis de Afganistán y que fue el depositario exclusivo de los primeros videos de Bin Laden. Alouny es un periodista de origen sirio, estudiante de Ciencias Económicas en la Universidad de Damasco, que obtuvo la nacionalidad española gracias a su matrimonio con una ciudadana ceutí. Trabajó como redactor del servicio de traducción de árabe de la Agencia Efe en Granada hasta febrero de 2000. Otra de las estrellas de la cadena, la presentadora Khadidja Benguenna, una antigua conductora del programa “20 Horas” de la televisión argelina, había recibido amenazas de muerte procedentes del mundo musulmán.

La señal de Al Yazira comenzó llegando a unos 30 ó 40 millones de espectadores en todo el mundo, en su mayor parte árabes. De hecho su señal puede ser captada en la práctica totalidad del mundo árabe y también en Europa y gran parte de África y Norteamérica. Esta cadena fue la fuente de la que partieron las imágenes de la destrucción de las gigantescas estatuas de los Budas de Bamiyán en marzo de 2001, que desacreditó en todo el mundo al régimen de los talibanes. Antes del 7 de octubre de 2001, fecha del comienzo de los bombardeos sobre Afganistán, Al Yazira era considerada por Occidente como la única ventana de expresión democrática en el mundo árabe. El monopolio de la presencia de Al Yazira en Afganistán cuando se desató la crisis tras los bombardeos norteamericanos la convirtió en referente dominante de las imágenes del conflicto durante un tiempo: el diario francés Le Monde mantuvo durante semanas una sección diaria –Vu sur Al-Jazira– de análisis de las imágenes emitidas por esta cadena. Por primera vez, “el enemigo” disponía de la misma arma mediática que siempre había tenido Occidente, que por primera vez no dominaba la totalidad de la información audiovisual en un conflicto armado. Osama Bin Laden ya la había utilizado en varias ocasiones antes del 11 de septiembre, para hacer llegar sus mensajes antiamericanos a los países árabes (el 25 de diciembre de 1998 había pedido a través de Al Yazira “matar a todos los americanos”) y después, para hacer un llamamiento a la resistencia a los pakistaníes cuando el presidente Musharraf decidió apoyar a los Estados Unidos contra los talibán. Fue asimismo la cadena que el mismo día en que comenzaron los bombardeos contra Afganistán, el 7 de octubre de 2001, emitió un video en el que, según algunas interpretaciones, Bin Laden reivindicaba tácitamente los atentados del 11 de septiembre y amenazaba a los Estados Unidos con nuevas acciones terroristas; un video grabado previamente por la organización Al Qaeda, que lo hizo llegar a Al Yazira dos horas antes de su emisión.

Si la Guerra del Golfo fue el gran impulsor para la cadena de televisión norteamericana CNN (Peter Arnett, Bernard Show y John Holliman se convirtieron en los más famosos reporteros el 16 de enero de 1991 cuando retransmitieron en directo los primeros bombardeos sobre Kuwait desde la novena planta del Hotel Al-Rashid), hasta el punto de convertirse desde entonces a la cadena en un icono de los estados Unidos, como Hollywood o la Coca-Cola, Al Yazira, con la que la propia CNN firmó un contrato a través de la filial News Gathering para poder utilizar sus imágenes (a 2.000 dólares el minuto, según algunas fuentes) fue el gran descubrimiento televisivo internacional en esta nueva crisis. ABC, CBS, NBC y Fox conectaban también con la señal de satélite de la cadena qatarí hasta que decidieron aceptar una propuesta del Gobierno americano para dejar de emitir sus imágenes. A pesar del gozar del único permiso para rodar y emitir desde territorio afgano, Al Yazira trató de mantener una línea independiente y liberarse de la acusación de ser portavoz del régimen talibán y brazo armado mediático de Bin Laden. Hibraim Helal, jefe de informativos de Al Yazira, calificó abiertamente los acontecimientos del 11-S como “ataques terroristas” , durante la celebración del Foro Económico Madrid celebrado en Nueva York a comienzos de febrero de 2002, mientras el periodista de la cadena Youssef Al-Qardhawi emitió una declaración condenando los atentados suicidas. Después de la emisión del video de Bin Laden del día en que comenzaron los bombardeos sobre Afganistán, sus periodistas preguntaban a Mollah Tour Ali, viceministro de Defensa del gobierno talibán, “¿No es esta la prueba que ustedes exigían a los americanos para expulsar de su país a Bin Laden?”. Ese mismo día Al Yazira entrevistaba también al ministro para Asuntos Exteriores del grupo de la oposición afgana Alianza del Norte. Sami Haddad, uno de los responsables de Al Yazira en Londres, se defendía de las acusaciones de los detractores de la cadena, señalando que, efectivamente, los mensajes de Bin Laden eran retóricas de guerra, pero expresiones como “cruzada”, “vivo o muerto” o “la guerra del bien contra el mal” pronunciadas por George Bush, no eran precisamente retóricas de paz, y Al Yazira también las había difundido. Además, Al Yazira suprimió de uno de los videos de Bin Laden (el emitido el 3 de noviembre en el que al parecer desafiaba a la ONU y la culpaba de los bombardeos contra Afganistán) amenazas y pasajes considerados excesivamente violentos. Al Yazira se prestó a emitir el dramático llamamiento del director de la revista francesa Paris Match para que los talibanes liberaran a uno de sus periodistas, detenido bajo la acusación de espionaje. Lo que realmente parecía molestar a los Estados Unidos era la línea informativa de la cadena y que desde sus emisiones se lanzaran acusaciones a los media estadounidenses: “Todos los medios de comunicación norteamericanos no hablan más que del ántrax. ¿No es esta una buena manera de desviar a la opinión pública americana de su atención a las víctimas civiles en Afganistán?”, decía Al Yazira en una de sus emisiones. El régimen afgano, a pesar de ser contrario a la divulgación de imágenes, permitió la presencia de Al Yazira en el país como mal menor, ya que los talibanes eran conscientes de que de otro modo, la imagen internacional del conflicto estaría en manos occidentales. Tayseer Alouni se convirtió en el corresponsal más popular de esta guerra, al ser el único que filmó el cielo de Kabul y retransmitió desde su oficina los bombardeos del 7 de octubre, el único que pudo acceder a los hospitales donde estaban las víctimas afganas de las bombas y los misiles, el que rodó las imágenes de los 35 muertos de un autobús de civiles alcanzado por las bombas americanas y el que hizo llegar estas imágenes a Occidente con la advertencia del presentador tunecino de Al Yazira, Mohamed Krichene, de que podían herir la sensibilidad de los espectadores. Al Yazira, a la que no se permitió tener ningún corresponsal en la zona controlada por opositora la Alianza del Norte, entrevistaba sin embargo con frecuencia a los principales responsables de este grupo afgano, aunque a veces no tanto, ciertamente, por prurito profesional, cuanto por hacerles caer en sus propias contradicciones.

A los Estados Unidos no le gustaba, evidentemente, la línea informativa de Al Yazira y así se lo hizo saber Colin Powell al Gobierno de Qatar a través de una carta de protesta en la que se denunciaba la “retórica incendiaria” de la cadena, a la que se acusaba de suministrar una información sesgada sobre los sucesos del 11 de septiembre y de alentar sentimientos antiamericanos en Oriente Medio. Colin Powell llegó a pedir al emir de Qatar que utilizase su influencia para cambiar la línea informativa de la cobertura que Al Yazira hacía del conflicto. Las presiones del gobierno americano sobre las autoridades de Qatar, un país amigo y aliado, dieron algunos frutos, como el de que, a partir de un determinado momento los videos de Bin Laden fuesen visionados previamente a su emisión por expertos americanos y británicos y la propuesta de comparecencias de personalidades de Inglaterra y de los Estados Unidos en antena después de cada intervención de Al Qaeda. Pero la línea informativa de Al Yazira, como hemos dicho, tampoco fue del agrado de Gobiernos como los de Kuwait o Libia, que amenazaron incluso con retirar a sus representantes diplomáticos de Qatar como medida de protesta por algunas informaciones. Ante la imposibilidad de ejercer algún tipo de presión o censura, los Estados Unidos llegaron a contemplar la posibilidad de emitir anuncios a través de Al Yazira para contrarrestar los mensajes del régimen talibán. Así, Colin Powell, Donald Rumsfeld y Condoleeza Rice comenzaron a conceder entrevistas a los periodistas de la cadena, dentro de un plan estratégico para mejorar la imagen de los Estados Unidos en el mundo árabe, plan en el que se contempló la posibilidad de que se entrevistase incluso al presidente George Bush.

Al Yazira es, como queda dicho, un oasis en el panorama informativo del mundo árabe, donde el resto de las televisiones están fuertemente controladas, que además prohíben o censuran los contenidos de las televisiones occidentales para evitar su penetración en las sociedades islámicas. Sin embargo, Occidente no parece entender el papel de Al Yazira en el mundo árabe, más allá de la crisis. Opiniones de intelectuales (Bernard Henri-Lévy la llamó “cadena de Bin Laden”, José Vidal-Beneyto, dijo que era el “brazo mediático de Bin Laden”), restricciones a sus periodistas (Ahmed Kamal, el corresponsal de Al Yazira en Bruselas fue objeto de un “secuestro de la peor especie”, en el aeropuerto de Ginebra, según la Federación Internacional de Periodistas, cuando se disponía a cubrir la cumbre de la Organización Mundial del Comercio, y otro de sus periodistas era detenido en Waco, Texas, por haber utilizado una tarjeta de crédito que había sido usada previamente en Afganistán cuando regresaba de Washington de cubrir una cumbre entre Putin y Bush).

Al Yazira tiene planes para instalar dos nuevas cadenas, una de información económica y otra de programas culturales y documentales, mientras su página web (aljazeera.net) recibía a partir del 11 de septiembre una media de 250.000 visitantes cada día, a pesar de estar escrita en árabe.

Otros intereses amenazan la existencia de Al Yazira, ya que supone una fuerte competencia para algunas cadenas árabes, como Al Mustakilá, TV Orient o la MBC (Middle East Broadcasting Centre), la televisión saudí pionera de las emisiones por satélite en el mundo árabe, con varias sedes en Europa y América[5]. Pero también es el ariete que ha forzado una cierta apertura en programas de otros países árabes, como sucedió en Redactor Jefe, del segundo canal de la televisión egipcia, presentado por el veterano periodista Hamdi Kandil o con el lanzamiento de la cadena  Hiya en Beirut, la primera televisión árabe dedicada a la mujer en el mundo islámico, un proyecto del empresario libanés Nicolas Abu Samah, cuyo objetivo era llegar a Libano, Siria, Jordania, Arabia Saudí y Dubai. Un año después del 11-S, el rey de Marruecos Mohamed VI anunciaba la creación de radios y televisiones privadas, lo que rompía el monopolio público en uno de los países árabes con una de las más férreas censuras.

Después de la toma de Kabul, las informaciones sobre Al Yazira pasaron a ser prácticamente inexistentes durante meses: que los bombardeos destruyeron completamente su sede en la capital afgana. El director de la cadena, Mohamed Jassem al Alí denunció que los americanos sabían perfectamente dónde estaba el edificio que albergaba la cadena. El periodista Tayssir Allouny se trasladó a Pakistán y desde allí a Doha, en Qatar, donde se reunió con su familia. Sólo en algunas ocasiones Al Yazira volvía a reclamar la atención de Occidente, como cuando en septiembre de 2002, pocos días antes del primer aniversario del 11-S, su programa mensual “Top Secret”, conducido por Yosri Fonda, emitió una entrevista con Khaled Sheij Mohamed y Ramzi Binalshib, dos de los miembros más buscados de Al Qaeda, en la que reconocían su participación en la preparación de los atentados y aseguraban que Bin Laden seguía con vida[6]. Ramzi Binalshib sería detenido pocos días después en Pakistán.

LOS VIDEOS DE BIN LADEN Y OTROS NUEVOS PORODUCTOS AUDIOVISUALES

Antes que nada, hacer notar la contradicción de que un líder integrista islámico, contrario a la reproducción y emisión de cualquier tipo de imagen a través de los media, utilice la suya para transmitir mensajes, aunque sea con la finalidad de que sean acogidos como emanados de una autoridad divina, como fatwas de un dios de la guerra, que los musulmanes estarían obligados a cumplir. La interpretación del islamismo que preconiza el movimiento al que pertenece Bin Laden es iconoclasta hasta prohibir la fotografía, el cine y la televisión, pero no duda en utilizar esos mismos referentes para hacer llegar sus mensajes y sus amenazas, en lo que algunos analistas han apreciado un fuerte narcisismo homoerótico, y en sus intervenciones parece ser tan consciente de la presencia de la cámara como un actor de cine, aprovechando su magnetismo para fascinar y seducir. Los mensajes de Bin Laden se emitían rodeados de una singular parafernalia de elementos diversos. Su primer video, divulgado el 7 de octubre de 2001, el día en que se iniciaron los bombardeos americanos sobre Afganistán, se rodó al aire libre en un paisaje identificado con las montañas de la zona donde se le suponía refugiado, una naturaleza inhóspita que quiere transmitir conscientemente un mensaje de dificultad de acceso y de duras condiciones de supervivencia. Ataviado con la toga y el turbante árabes, añade elementos militares, como guerrera de camuflaje, que le identifican con la indumentaria de las guerrillas de los tradicionales ejércitos de liberación y de sus líderes (Che Guevara, el Comandante Marcos, Manuel Marulanda Tirofijo). A su lado un kalashnikov,  el fusil de asalto ruso, que muestra ostentosamente como un botín de su antigua lucha victoriosa contra los invasores soviéticos y que a algunos ha recordado su antigua colaboración con la CIA en aquel conflicto. Su reloj de pulsera, claramente visible, denota el control del tiempo y le sitúa fuera de la época medieval en la que se instalan gran parte de los elementos visibles, y en la que se quiere situar su ideología, y resalta a la vez la conjunción de lo atávico y lo moderno, lo militar y lo religioso, al modo como en las imágenes de la contienda conviven kamikazes y aviones, tanques y caballos. En este primer video se hizo acompañar de varios líderes, para trasladar la idea de que su mensaje no es la ocurrencia de un iluminado solitario, sino que cuenta con un fuerte respaldo de influyentes cabecillas capaces de movilizar a grandes masas de seguidores.

El segundo video se emitió el 21 de octubre por la CNN. Es parte de una entrevista a Bin Laden del corresponsal de Al Yazira en Kabul, que la cadena qatarí no emitió “por carecer de valor informativo”, según su director. No se supo cómo la CNN consiguió una copia de esta entrevista, pero los métodos utilizados no gustaron a los responsables de Al Yazira, que desde ese momento rompieron el contrato de exclusividad que mantenían con la CNN. En esta entrevista, en su tono habitual, Bin Laden amenazaba a los Estados Unidos, se burlaba de quienes pensaban que sus videos contenían mensajes codificados, y declamaba una terrible sentencia: “Si matar a quienes matan a nuestros hijos es terrorismo, entonces dejemos que la Historia sea testigo de que somos terroristas”. En esta entrevista Bin Laden vestía las mismas ropas y portaba el mismo reloj y el mismo anillo que en el primer video. Movía sus manos elevando el dedo índice de la derecha para dar más fuerza a sus recriminaciones. El decorado, ahora, es una tela de color verde oscuro situada detrás, que oculta el paisaje real, con el fin de evitar una eventual localización de su situación, como se había especulado al analizar el paisaje del video anterior: las autoridades norteamericanas contrataron al geólogo Jack Shroder para analizar las rocas que se veían a la espalda de Bin Laden en el primero de los videos, en un intento de identificar el lugar en el que se había grabado.  En esta ocasión, en la que Bin Laden anuncia una “tormenta de aviones” sobre América, su mensaje estaba envuelto en una prosa sagrada, expresión de su mesianismo, convertido en mediático, que aludía a lugares santos profanados y a tierra incendiada bajo los pies.

Un nuevo video, emitido el 3 de noviembre por Al Yazira, fue recortado y expurgado de ciertos gestos y expresiones. Sobre estos cortes se hicieron diversas hipótesis y especulaciones.

A diferencia de estos primeros videos, cuidadosamente preparados en su iconografía, en su puesta en escena y en el contenido de sus mensajes, de calculada ambigüedad en relación con la responsabilidad de Bin Laden en los atentados del 11-S, la emisión de un cuarto video, difundido por el Pentágono a través de la CNN el 14 de diciembre de 2001, parece ser la prueba definitiva de su implicación. El 9 de ese mes, el vicepresidente Dick Cheney anunció la existencia de esta grabación, encontrada por las tropas norteamericanas durante una búsqueda rutinaria en Jalalabad. En ella se demostraría la implicación directa de Bin Laden en los atentados contra las Torres Gemelas. En esta grabación, que fue la más difundida, realizada el 9 de noviembre  por un videoaficionado con una cámara familiar y de calidad deficiente, se muestra al líder de Al Qaeda en conversación distendida durante una reunión privada con su consejero espiritual Ayman al Zawari, con el portavoz de la organización, Abu Gaita y con un jeque saudí. Varios expertos y traductores tardaron días en descifrar las palabras pronunciadas por Bin Laden durante esta reunión, y de ellas se puede concluir su responsabilidad en los atentados y su conocimiento previo de los hechos[7]. Sobre la autenticidad de este video se hicieron numerosas especulaciones, desde la duda de que se hubiera permitido grabar una reunión en esas condiciones, hasta la indumentaria de los participantes, que añade al portador de un anillo supuestamente inusual en los islamistas, y la correcta traducción de los diálogos[8].  Posteriormente se supo que se habían eliminado del video las alusiones a la colaboración de Arabia Saudí e Irán con Al Qaeda (uno de los participantes en la reunión decía que había entrado en Afganistán con ayuda iraní). Al Yazira también difundió este video, aunque no se pronunció sobre su autenticidad: “no es nuestro trabajo”, declaró uno de los responsables de la cadena.

El 26 de diciembre de 2001 al Yazira emitió un nuevo video de Bin Laden, rodado dos semanas antes, en el que el líder islamista evocaba el significado de los acontecimientos del 11-S. Con la misma parafernalia religioso-militar de su primera aparición, incluido el fusil kalashnikov, esta grabación fue registrada en exteriores y a plena luz del día. Se aprecia un rostro de Bin Laden más delgado que en las anteriores apariciones y muy demacrado, de aspecto enfermizo. La inmovilidad de su brazo izquierdo hace suponer que se encuentra herido (meses más tarde, Abdelbari Atwan, director del periódico árabe  con sede en Londres Al Quds al Arabi, aseguraba que, efectivamente, Bin Laden había resultado herido en un hombro durante uno de los ataques aliados a Afganistán. Su lenguaje, con utilización de diversas parábolas,  tiene como objeto un llamamiento a la guerra santa contra los Estados Unidos, país al que anuncia un fin próximo. Califica de héroes a los autores de los atentados contra las Torres Gemelas. Se humedece con frecuencia los labios con la lengua, un gesto habitual en los musulmanes que siguen el Ramadán.

El 14 de abril de 2002 Al Yazira emitió un nuevo video en el que Bin Laden aparece al lado de su lugarteniente Ayman al Zawahiri, aunque en esta ocasión Bin Laden permanece callado mientras su compañero se felicita nuevamente por los ataques a los Estados Unidos. Ha cambiado su indumentaria militar por vestimentas completamente religiosas y se toca con un turbante blanco. La emisión de este video se lleva a cabo en un programa en el que también se incluye el testimonio de uno de los pilotos suicidas del 11-S (Ahmed al Haznawi, del avión que se estrelló en Pensilvania) anticipando los ataques a las Torres Gemelas. Esta intervención había sido grabada seis meses antes de estos acontecimientos y se editó con un tratamiento de postproducción en el que aparecían las Torres Gemelas incendiadas, como un kromakey, a la espalda del piloto suicida. Una versión ampliada de estas grabaciones (una hora de duración) se emitió en el programa “Bajo el microscopio”, de la misma cadena árabe, el 18 de abril. Parte de la emisión fue recogida por la cadena árabe MBC (Middle East Broadcasting Center), que por primera vez accedía a difundir imágenes procedentes de Al Yazira.

Una semana más tarde, el 23 de abril de 2002, la agencia APTN difundió un nuevo video de Bin Laden encontrado casualmente en Kabul. Según las fuentes, el original contiene una hora de grabación en la que hacía un nuevo llamamiento a la guerra santa y movía las dos manos, por lo que se sospechaba que era una grabación anterior a las últimas conocidas.

Después, un largo silencio instaba a especular con la probable muerte de Bin Laden durante los bombardeos sobre Afganistán. Pero cuando una gran parte de la opinión pública mundial parecía convencida de su desaparición entre las ruinas de Tora-Bora (Dale Watson, responsable de la unidad antiterrorista del FBI había asegurado públicamente que Bin Laden estaba muerto), en mayo de 2002 un nuevo video vino a ponerlo de actualidad, aunque sin despejar las dudas sobre su estado. Al parecer, podría tratarse de una grabación realizada dos meses antes en Spin Boldak, en la frontera con Pakistán. En esta ocasión, el líder de Al Qaeda volvía a su uniforme militar de guerrillero, esta vez tocada su cabeza con un takul, la típica gorra afgana. Aquí hablaba con sus seguidores sobre la guerra santa y el martirio, y en una entrevista de 40 minutos aludía a las cruzadas medievales “(…) que lideraron Ricardo Corazón de León, Barbarroja de Alemania y Luis de Francia. En nuestros tiempos se han reagrupado detrás de Bush”. Después de sus conocidas condenas a Israel y a quienes les ayudan, sus amenazas se amplían a “otros países” además de los Estados Unidos y el Reino Unido. Sorprendió la aparición de este nuevo video de Bin Laden coincidiendo con las graves acusaciones a George Bush y a los servicios secretos norteamericanos de haber conocido con anterioridad la preparación de atentados en los Estados Unidos, y más teniendo en cuenta las declaraciones  del redactor jefe de Al Yazira, Ibrahim Helal, de que la cadena árabe conocía la existencia de este video desde hacía meses y que probablemente hubiera sido grabado en octubre de 2001. La difusión de la cinta coincidió también con las declaraciones del muláh Omar desde la fecha de los primeros bombardeos (algunas fuentes también lo daban por muerto), en las que el dirigente talibán aseguraba que Bin Laden seguía vivo. Esta entrevista fue difundida por el diario árabe Shark Al Awasat, que se edita en Londres. Poco tiempo después, el 23 de junio de 2002, Al Yazira emitía una grabación con un mensaje de Suleiman Abu Ghaith, en el que este portavoz de Al Qaeda aseguraba que Bin Laden y el muláh Omar estaban vivos, y anunciaba la reaparición de Bin Laden en un próximo video, al tiempo que reivindicaba un atentado terrorista contra una sinagoga, que se había producido en la isla de Yerba, en Túnez, en la que murieron 17 turistas.

En las proximidades del primer aniversario del 11-S, el 9 de septiembre de 2002, Al Yazira emitió un nuevo video de Bin laden con un supuesto mensaje de agradecimiento y homenaje a los pilotos suicidas. Este video se componía de una postproducción con los rostros de los terroristas kamikazes de Al Qaeda en el que una voz en off, supuestamente de Bin Laden aunque nunca se llegó a confirmar, rendía un heroico homenaje a Mohamed Atta, Ziad Al Jarrah, Marwan Al Shehi y Hani Hanjour, los pilotos suicidas de los cuatro aviones estrellados un año antes. Para aumentar la confusión, Al Yazira emitió al día siguiente un video, a todas luces muy anterior a los hechos del 11-S, en el que Bin Laden pedía la liberación del jeque Omar Abderramán y de los ulemas de las mezquitas de La Meca y Medina. También solicitaba la liberación del jeque Said Ben Zair, detenido hacía ocho años en la capital saudí.

En agosto de 2002 la CNN había difundido una serie de videos de Al Qaeda en los que se podían ver con todo lujo de detalles los experimentos que la organización terrorista llevaba a cabo con armas químicas, así como diversas escenas de adiestramiento de sus militantes. Algunos contenían antiguos mensajes de Bin Laden. Según la cadena de televisión, los videos formaban parte de una partida de 250 que las tropas norteamericanas habían encontrado en una casa de Afganistán. El periodista de la cadena, Nick Robertson, describió detalladamente la odisea del traslado de estos videos[9]. Su difusión coincidió con la revelación de la situación desesperada de los presos confinados en Guantánamo (muchos de ellos intentaron suicidarse) y con la noticia de que cientos de presos talibanes habían muerto por asfixia durante su traslado en contenedores a prisiones afganas. También esos días se conocía la decisión de importantes inversores saudíes de retirar sus fondos de diversos bancos norteamericanos (se hablaba de 200.000 millones de dólares retirados) a raíz de que 700 familiares de víctimas del 11-S demandaran a siete banqueros saudíes y otras instituciones de ese país como presuntos cómplices del terrorismo y exigían una indemnización de un billón de dólares. Otra partida de videos emitidos por la CNN en septiembre de 2002 recogía el entrenamiento de terroristas de Al Qaeda y pruebas de los efectos de armas químicas realizadas con perros. La cadena pagó 30.000 dólares a un intermediario anónimo de Afganistán por 64 de esas cintas. La CNN ofreció a la Casa Blanca el visionado previo a la emisión de las cintas a condición de que se permitiesen grabar las reacciones de George Bush y Concoleeza Rice durante ese visionado. La contestación fue contundente: “El presidente no es un propagandista para un programa de telerrealidad”, decía la nota enviada a la CNN.

El video fue una de las nuevas armas utilizadas por ambos bandos durante la crisis. Las tropas de la Alianza del Norte descubrieron en una escuela abandonada en las cercanías de Kabul, una cinta que contenía la grabación de un ensayo de atentado para llevar a cabo durante la celebración de un torneo de golf y contra una caravana de automóviles oficiales en Washington. La grabación, de seis horas, fue emitida parcialmente por la Australian Broadcast Corporation.

Además, en enero de 2002, las tropas norteamericanas localizaron entre los escombros del domicilio de Mohamed Atef, uno de los jefes militares de Bin Laden, situado en un recinto militar, varias grabaciones más. En una de ellas, un piloto suicida que no pudo participar en los atentados del 11-S anunciaba nuevas acciones del mismo estilo. Esta información dio pie a que John Ashcroft advirtiera que estos hombres pueden estar en cualquier parte del mundo. Un periodista del Wall Street Journal descubrió, en el disco duro de un ordenador comprado en Kabul, 23 minutos de una grabación de Bin Laden en la que denunciaba la cruzada anunciada por los Estados Unidos contra el Islam.

A todas estas grabaciones hay que añadir los videos, incautados a las células de Al Qaeda en diferentes países europeos, en los que se grababan mensajes para captar nuevos militantes e instrucciones para llevar a cabo atentados. En algunas mezquitas de Inglaterra se distribuyeron videos con imágenes espeluznantes de matanzas y torturas. En España, el juez Garzón calificaba de “información preliminar” a los atentados del 11-S los contenidos de los videos incautados a una de las células de Al Qaeda en nuestro país. Desde este momento el video se revelaba como  una nueva arma en el mundo de la comunicación y su utilización no ha dejado de producirse, de perfeccionarse, de sofisticarse, desde entonces.


[1] Durante una cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo, en enero de 2002, el príncipe heredero saudí Abdalá Ben Abdel acusó a Al Yazira, en presencia del emir de Qatar, de ser una tribuna de terroristas.

[2] Se trata del programa de debate “La dirección contraria”, un popular espacio que también dedicó varias de sus emisiones al conflicto de Oriente Medio, con participación de palestinos y judíos, y al de Marruecos y el Sáhara, con representantes marroquíes y del Frente Polisario.

[3] “La sharia y la vida” está dirigido y presentado por Youssef Al-Qardhawi, un antiguo militante de Los Hermanos Musulmanes egipcios, encarcelado durante el régimen de Nasser, huido posteriormente a Qatar, que le proporcionó su nacionalidad, e influyente guía espiritual de los jóvenes militantes islamistas europeos. Es lo más parecido a lo que en los Estados Unidos es un telepredicador.Al Qardhawi condenó los atentados terroristas a las Torres Gemelas; no así el terrorismo palestino contra Israel.

[4] En 1997 el padre del emir, Hamad Bin Jalifa Al-Thaní fue vinculado, junto con miembros de la familia real saudí con la organización de una red de prostitución de lujo cuya sede estaba instalada en el Hotel Crillón de París desde 1995.

[5] Promovida por el magnate saudí Saleh Kamel en 1991, sus contenidos están próximos al de una televisión occidental, pero mantiene fuertes restricciones religiosas e ideológicas.. La MBC no emitió los primeros videos de Bin Laden para que no figurase el logotipo de Al Yazira en sus pantallas. Sin embargo, parece ser que fue la que introdujo en Inglaterra el video de Bin Laden emitido en mayo de 2002, en plena crisis del Gobierno Bush por las revelaciones de que conocía previamente al 11-S los planes de Al Qaeda para atentar en territorio de los Estados Unidos.

[6] El diario “El Mundo” difundió el contenido íntegro de las entrevistas en su edición del domingo 8 de septiembre de 2002

[7] Una amplia transcripción de las palabras de Bin laden puede consultarse en la edición del 14 de diciembre de 2002 de los periódicos “El País”, “El Mundo” y “ABC”.

[8] Sobre estas dudas se pueden consultar los artículos de Mark Lawson (“El Mundo”, 16-12-01), Carlos París (“La Razón”, 17-12-01) y Carlos Boyero (“El Mundo”, 17-12-01).

[9] “Las cintas del terror”. Los domingos de ABC (8-9-2002)

Los mismos desafíos diez años después del 11-S


Lo siento. Voy a incurrir en el vicio de las efemérides. Estos días se va a mirar la primera década del siglo XXI desde la óptica de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Y no me resisto a añadir mi voz a este ruido universal.

Mi idea es muy simple. Los atentados y lo que siguió no han sido más que una distracción de los grandes desafíos globales que afrontamos en esta primera parte del siglo.

A las 14:45 de aquel día hablaba por teléfono con un colega húngaro para organizar en su país el rodaje de una parte del reportaje de En Portada dedicada a la ampliación de la Unión Europea («La Europa que viene» se llamó). Ni que decir que dejamos la conversación y nos entregamos desconcertados y fascinados al seguimiento informativo del acontecimiento. Lo cuento porque en algún momento se pensó suspender la producción del reportaje previsto, porque parecía que hablar de un tema como la ampliación de la Unión Europea estaba fuera de lugar. Afortunadamente el reportaje se hizo y la ampliación también. Europa se dividió desde Washington en la nueva y la vieja Europa. La cuña no hizo sino debilitar el proyecto europeo, pero desde luego ni Rumsfeld ni Bush son responsables de las dificultades que hoy vivimos. El euro y la ampliación, indudables saltos adelante, llevaban en su seno tan potentes contradicciones que tenían que estallar tarde o temprano, con o sin 11-S, con o sin guerra de Irak.

Cuando regresé de aquel viaje encontré algunas modificaciones de mobiliario en la redacción. A mi comentario espontáneo -¡Cómo ha cambiado ésto»- un directivo de TVE que andaba por allí me apostilló: «ha cambiado y han cambiado muchas cosas; el mundo ha cambiado».

Ese era el espíritu, el mundo ha cambiado y las viejas reglas de la civilización ya no sirven. O dicho de manera castiza, dejémonos de las gilipolleces de los derechos humanos.

En el otoño del 20o1 apenas barruntábamos lo que se nos venía encima, no ya violaciones sistemáticas de los derechos humanos, sino el intento de revertir todo el desarrollo civilizatorio del último medio siglo. La foto del trío de las Azores fue el icono de ese proyecto. Y las fotos de Abu Ghraib su reverso icónico. The War on Terror de Bush y sus mamporreros mediáticos fue un gran fiasco. Con Obama pensamos que se revertía completamente aquella tendencia, pero  no ha podido o no ha querido terminar como prometió con una de sus manifestaciones más infames, Guantánamo. Y para colmo, el broche final de la ejecución extrajudicial de Bin Laden.

Hemos recuperado el relato de los derechos humanos, pero, una vez más, cada cual lo manipula a su conveniencia. Pero al menos no se cuestionan de modo radical las viejas reglas de la civilización.

Vuelvo al principio. Los desafíos son los mismos de 2001, pero más dramáticos. El mayor, la crisis energética-climática e íntimamente relacionada a ésta la crisis del sistema capitalista, despilfarrador y no ya injusto, sino sacrificando la producción al casino financiero. Poco antes del 11-S en Estados Unidos empezaba a engrosarse la burbuja inmobiliaria para -en una carrera suicida-neutralizar las consecuencias negativas del pinchazo de otra burbuja, la punto.com.

No se ha producido el choque de civilizaciones, sino, más bien, la implosión del sistema capitalista. En 10 años no afrontamos el calentamiento climático, abandonamos los objetivos del milenio, llenamos de fronteras crueles e ineficaces la fortaleza del mundo rico, seguimos despilfarrando recursos, permitimos una multiplicación estratosférica de la desigualdad… mientras nos distraían con guerras que sólo sirvieron para llevar el caos a esos países y reforzar el terrorismo yihadista. O para ser más exactos, guerras que alimentaron la crisis de las deudas soberanas. Ha sido una década perdida.

Hoy vivimos dos fenómenos conectados: una crisis sistémica y una nueva ola democratizadora, que se extiende por el mundo árabe-musulman y que se manifiesta entre nosotros en el movimiento de los indignados, que no sabemos si serán una verdadera fuerza de cambio o terminará por convertirse en un simple movimiento populista antipolítica.

En esa década perdida fueron inmoladas miles, centenares de miles, de víctimas inocentes en Nueva York, Madrid, Londres, Bali o Estambul, pero también desde luego en Irak, Afganistán, Yemen o Pakistán. Mi homenaje a todas ellas.

(Una obra visionaria, cuyo diagnostico no comparto en su radicalidad, pero que vale la pena leer: «La quiebra del capitalismo global: 2000-2030», del desaparecido Ramón Fernández Durán).

Libia: violación de la resolución 1973


En su momento me pronuncié a favor de la Resolución 1973. Creía y creo que era una medida legítima para detener una matanza inminente en Bengasi.

Pero los términos de la resolución hace mucho que se sobrepasaron. La Resolución no permite el bombardeo sistemático de todas las instalaciones militares de Gadafi ni su destrucción es imprescindible para el mandato de proteger a los civiles.

Como ocurriera en la guerra de Kosovo, la OTAN (o los países de la OTAN que bombardean) parecen haberse quedado sin objetivos. De ahí que cada nuevo bombardeo entrañe más riesgo para los civiles. Recuerdo como en Novisad la gente se quejaba de haber sufrido un castigo desproporcionado en sus infrestructuras (con el puente sobre el Danubio destrozado), «nosotros, que eramos los más contrarios a Milosevic» -se lamentaban poco después de terminar la guerra. No creo que muchos habitantes de Tripoli estén precisamente contentos con bombardeos que cada vez tienen más riesgo para los civiles.

La guerra ha carecido de objetivos claros y de preparación adecuada. ¡Han estado a punto de quedarse sin munición!

Y ahora sabemos que los franceses (la guerra de Sarkozy) están armando a las tribus beduinas para que ataquen Trípoli desde el sur. Esta acción claramente viola la Resolución 1973. Están plantando, además, las semillas de una Somalia en el Mediterráneo.

Magnífica la actuación del Tribunal Penal Internacional. Pero ¿por qué no se abren otras causas contra criminales internacionales, independiente de que puedan ser puestos o no a disposición del Tribunal?

Con el país dividido, pésimas condiciones humanitarias en ambos bandos, con el peligro de una inflitración yihadista, una salida negociada puede ser la solución menos mala. Crisis Group propone un alto el fuego inmediato, despliegue de fuerzas internacionales de interposición y apertura de negociaciones entre ambos bandos.

Y ¿qué pasa con Gadafi? Imposible ahora garantizarle inmunidad. No sé quien desatará este nudo gordiano.

 

Otras entradas sobre Libia:

Los relatos de la guerra de Libia

Libia: objetivos difusos y daños colaterales

¿Declararía Vd. la guerra a Gadafi?

 

La ejecución extrajudicial de Bin Laden


No creo que a estas altura pueda aportar ningún esclarecimiento, pero tengo que decirlo: Ben Laden ha sido ejecutado extajudicialmente en palmaria violación del derecho internacional.

No ha sido una acción de guerra. Estados Unidos -y menos su presidente por una orden ejecutiva- no puede convertir unilateralmente la lucha contra el terrorismo en una guerra… the war on terror de Bush, en la  que Obama sigue atrapado.

Se dirá que pedir la extradición a Paquistán hubiera sido ridículo. De hecho, no creo que se hubiera podido solicitar esa extradición porque, que yo sepa, ningún tribunal norteamericano ha procesado y menos condenado en ausencia (algo que permite el derecho anglosajón) a Bin Laden.

Se dirá que era imposible su captura con vida. Si tan localizado estaba ¿no habría sido posible lanzar algún gas paralizante como el utilizado por los rusos en el teatro Dubroska?

Se dirá que era imposible entregar el cadáver a la familia, como dicta el derecho y la ética, so pena de originar una explosión de ira. Y que su tumba se convertiría en la meca de yihadismo. Al menos, que no nos tomen por idiotas diciendo que lanzando el cadáver al mar (que no «enterrando» o «sepultando») se cumplen los ritos musulmanes.

Al final, estamos ante el viejo dilema entre medios y fines. Los fines no justifican nunca éticamente los medios. Y muchas veces, los medios inmorales e injustos terminan por frustrar a largo plazo los fines aparentemente obtenidos.

Irlanda del Norte, España… nos han enseñado que no hay atajos fuera del estado de derecho para luchar contra el terrorismo.

Muerto Bin Laden es ya el mártir de los mártires. ¿Salvará su muerte alguna vida o pondrá otras muchas más en peligro?

(Y desde luego, para el fin de proteger a los civiles en Libia no es legítimo el medio de bombardear a Gadafi y su familia.)

El doloroso parto de la democracia árabe


Nadie dijo que fuera a ser fácil. Las victorias democráticas de Túnez y Egipto hicieron pensar en un derrumbamiento como el del bloque comunista. En 1989 la crisis de legitimidad fue total y las fichas del dominó cayeron unas de otras. Pero eso no está ocurriendo en el mundo árabe.

Sabemos ahora algunas cosas de la intrahistoria de las revueltas. Cómo la vanguardia de ciberactivistas se formó en el modelo  de la resistencia no violenta. Y cómo Estados Unidos los ayudó.

Los regímenes árabes no democráticos tienen muchas cosas en común, pero bases de legitimación, estructuras sociales y condiciones estratégicas distintas. La democracia, si llega, está llegando para la mayoría acompañada de dolor y muerte. Los ciudadanos, que quieren ante todo ser tratados dignamente como adultos responsables de su destino, se merecen algo mejor.

Siria

Es terrible ver desangrarse a Siria, un país donde existen algunas de las condiciones objetivas para el triunfo de la democracia, como unas clases medias cultivadas y una vanguardia de jóvenes ciberactivistas. En contra, la división conforme a líneas sectarias: una minoría alauí que gobierna sobre una mayoría sunní y unas minorías cristianas (10%) o kurdas (3%), que temen a la mayoría. El temor de una guerra civil o, peor, a una guerra sectaria como en El Líbano, está siendo manipulado por el régimen, pero no es una perspectiva descartable.

Bachar el Assad ha desatado una represión sangrienta, con algunas pequeñas concesiones. Con su cerrazón informativa, ha dado una victoria a los ciberactivistas que han sido hasta ahora la única fuente informativa pero inverificable, como puntualizaba Enric González. No sabemos si, realmente los manifestantes o algunos de ellos son violentos, como sostiene el régimen. Es muy probable que el clan libanés de los Hariri pueda estar dando su apoyo a la revuelta. Pero de lo que no hay duda es que Assad está masacrando una rebelión, que por el momento no ha conseguido congregar grandes multitudes en ciudades como Damasco o Alepo.

¿Qué hacer con Siria? ¿Es que aquí no es aplicable el principio de «responsabilidad de proteger»? Claro que es aplicable, pero la intervención militar es inviable. Primero, porque no sería aprobada por el Consejo de Seguridad. Y segundo porque es impracticable. No cabe, desde luego, una campaña aérea «para proteger a los civiles» (como en Libia) y menos una intervención terrestre.

Las sanciones que anuncian Francia, Italia, Reino Unido o Estados Unidos si tienen algún efecto lo tendrán a muy largo plazo. Lo que pone de manifiesto esta situación es que no existe mecanismo eficaces e inmediatos frente a la violación sistemática de los derechos humanos. Con todo ¿por que no se manda al Tribunal Penal Internacional el caso de Assad con la misma celeridad que se mandó el de Gadafi?

Si Siria es la piedra angular de arco Irán-Hezbolá-Hamas, quién piense que retirando este elemento clave cambia el equilibrio estratégico a su favor (¿Israel?) corre el riesgo de ser víctima de la inestabilidad que tal operación provocaría.

Puede que en Siria se esté dando la batalla clave entre sunnismo y chiísmo, pero me atrevo a afirmar que lo que quiere la mayoría es una vida mejor y más libre.

Libia

El tiempo corre a favor de Gadafi. Paul Rogers en Open Democracy pone de manifiesto los problemas políticos y militares de la OTAN (falta de munición de alta precisión). Una vez que las potencias occidentales han declarado manifiestamente el objetivo de acabar con Gadafi y puesto que éste lucha por su supervivencia, Rogers no descarta alguna «acción asimétrica», esto es, alguna acción terrorista fuera de Libia. Mientras, los movimientos alternativos construyen su propio relato: la guerra no es sólo por el petrólero, sino para apoderarse del fondo soberano del estado libio.

Egipto y Túnez

Las protodemocracias han quedado en la oscuridad informativa. En Túnez se ha dado un paso muy positivo al optar por elecciones a una asamblea constituyente. En cambio, en Egipto el apoyo en referendum de unas pocas enmiendas constitucionales para permitir elecciones presidenciales (al tiempo que se mantenía el carácter islámico del estado) no es un buen síntoma. Como tampoco lo es la falta de transparencia sobre las nuevas entidades de seguridad.

El Golfo

Las protestas acalladas en Baréin por la intervención del Consejo de Cooperación del Golfo (la «Santa Alianza» sunní)… Represión sangrienta en Omán… Concesiones económicas en todos lados, palo y zanahoria… Catar inmune a las reformas, interviniendo en Libia y nosotros mendigando inversiones, mientras los medios se divierten fascinados por los turbantes de la «jequesa»

Yemen

Al borde de un acuerdo, que será un enjuage (si llega a aplicarse) para una transferencia de poder entre tribus y clanes.

Marruecos y Argelia

Los dos países del Magreb donde se dan mejores condiciones objetivas, pero donde todavía no ha llegado el momento.

Concesiones por ahora formales en Marruecos, sin que las protestas se apagen, pero tampoco sin exceder de unos límites más que prudentes. Inteligencia del poder absteniéndose de una represión abierta.

Argelia, paralizada todavía por la memoria del genocidio de los 90, con una protestas limitadísimas.

Los relatos de la guerra de Libia


¿Intervención humanitaria? ¿Guerra legal y limitada? ¿Guerra imperialista? Distintos relatos compiten para explicarnos lo que está ocurriendo en Libia. Todos tienen una parte de verdad, todos tienen puntos débiles y fuertes. Ninguno debe ser asumido acríticamente.

Encuadre y relato

Si no le interesan los fundamentos de las batallas propagandistas, puede leer más adelante los relatos que manejamos para explicar los acontecimientos de Libia, pero conviene entender sus mecanismos generales.

No es lo mismo escribir en el titulo de esta entrada «guerra» o «intervención humanitaria». Usando una u otra expresión, estoy haciendo ya un primer encuadre de la información, una interpretación de los hechos calificándolos con unas u otras palabras, que nunca son neutras.

El encuadre, el enfoque, es una forma de construir la realidad. La noción de framing es una de las corrientes dominantes en las ciencias sociales. En el terreno de la comunicación, los estudiosos se esfuerzan por desentrañar que enfoques se han utilizado para convertir un acontecimiento en noticia. Hay que decir que los periodistas necesitan de estos enfoques para explicarse y explicar el mundo (véanse algunos casos de framing analizados en este blog). Sin categorías previas, ni entendemos ni podemos vehicular un mensaje comprensible. Etiquetar, tematizar… son algunas de las técnicas aplicadas cada día en el trabajo informativo. Manipulación es forzar una determinada interpretación. Pero aunque se sea honesto en ese ejercicio de enfocar los acontecimientos, se corre el riesgo de aplicar estereotipos de forma rutinaria y acrítica. Ya se sabe,  «no dejes que la realidad te arruine un buen titular.»

Cuando estamos ante un proceso informativo de gran magnitud, los encuadres y enfoque se engarzan en un relato más amplio. «Innumerable son los relatos del mundo…» -constataba Barthes (1981) en un famoso artículo que se considera como el origen de la narratología. Para Barthes, el relato es una de las grandes categoría de conocimiento que usamos para comprender y ordenar el mundo. Todos participamos de grandes relatos antropológicos que nos enraízan en nuestra realidad. Pero el relato también se construye por el marketing comercial y político para manipular las conductas de consumidores y ciudadanos. Christian Salmon ha estudiado la actual industria del storytelling (Península, 2007).

Se trata de que el sujeto se sienta parte de una historia, con un papel en un relato que interpreta la realidad y que, por tanto, puede determinar su conducta. Los gabinetes de comunicación e imagen, los spin doctors, construyen esta narrativa controlando la relevancia informativa de los hechos, subrayando unos aspectos sobre otros, buscando conectar con los intereses, anhelos y miedos de las audiencias. No es, por supuesto, un ejercicio determinista. El ciudadano consciente y crítico puede desmontar estos relatos simplemente buscando sus incoherencias. Pero no siempre es tarea fácil, porque los relatos construidos se basan en hechos, en verdades, si bien que parciales.

Hechos y propaganda

Los relatos más burdos que piden adhesión ciega son propaganda. Decir, como Gadafi, que los que están en su contra sus jóvenes drogados por Al Qaeda no es más que propaganda delirante, que dudo que tenga la más mínima credibilidad en la propia Libia.

Nunca conocemos (o no de modo inmediato,  a pesar de WiliLeaks) todos los hechos; nunca lo que ocurre es unívoco; menos aún es posible establecer las motivaciones últimas de los que intervienen en el proceso. Por eso al final se seleccionan y organizan los hechos para crear relatos desde la perspectiva de cada cual.

No sería fácil ponernos de acuerdo en los hechos contrastados. Intentaré ser los más aséptico posible.

Protestas contra Gadafi estallan en las principales libias. El régimen las reprime, pero se ve desbordado en las ciudades del este, donde pronto pierde el control y las calles son tomadas por ciudadanos armados, sin una aparente organización. Es imposible establecer el número de víctimas de la represión como tal, pero no puede ser muy elevado. No se confirman informaciones de que Gadafi bombardeara barrios insurrectos. El mayor número de víctimas se producen durante los primeros días en los combates para tomar los reductos en los que resisten los gadafistas en Bengasi y otras ciudades. A partir de ahí, comienzan los primeros combates de una guerra civil: de un lado unidades de élite y mercenarios; de otro, civiles desorganizados, algunos policías, militares. Gadafi somete a cerco a ciudades como Misrata, donde han podido morir muchos civiles. Después de algunos reveses, Gadafi reconquista territorio. Cuando se encuentra a las puertas de Bengasi, la resolución 1973 autoriza una acción militar para proteger a los civiles, con dos elementos sustanciales, exclusión aérea y embargo de armas. Ataques de Francia, Estados Unidos y Reino Unido destruyen las defensa antiáerea y atacan artillería y blindados gubernamentales. Gadafi se retira de Bengasi y el contrataque de los rebeldes los lleva hasta Sirte, cuna de Gadafi, pero son incapaces de aprovechar la ventaja de la supremacía aérea.

La intervención humanitaria

El relato. Las protestas en Libia forman parte de la «revolución árabe». Gadafi las ha reprimido cometiendo crímenes contra la humanidad. Gadafi ataca a la población civil y puede cometer un genocidio. La intervención es legal y legítima. Es una intervención humanitaria, no una guerra porque no se pretende derrocar a Gadafi, sino proteger a los civiles y abrir pasillos humantarios.

Los autores del relato. Medios gubernamentales occidentales antes de los ataques. Algunas ongs. Activistas libios y árabes.

Puntos débiles. Imposible constatación de los crímenes de Gadafi. Las protestas no enfrentaron a las masas con fuerzas represivas, como en Egipto o Túnez, sino que de las protestas pacíficas se pasó casi de inmediato a los combates. ¿Por qué esa intervención selectiva? ¿Por qué en Libia y no en Baréin, Yemen o Siria? ¿Por qué no en Costa de Marfil, el lugar donde más peligro hay de que se desate una carnicería? No es una intervención quirúrgica, sino el desarrollo de operaciones a gran escala.

La guerra legal, legítima y limitada

Hoy es el relato dominante, pero sus autores ya empiezan a corregirlo para pasar a una más amplia implicación.

El relato. La exclusión aérea, el bloqueo naval y el ataque a la artillería y blindados de Gadafi son acciones de guerra. Pero esta guerra no es la guerra de Irak. Es una guerra limitada ylegal (resolución 1973), legítima (pretende proteger a los civiles), limitada y oporturna (porque ha evitado que la toma de Bengasi desencadenara la venganza sanguinaria de Gadafi). No se pretende derrocar a Gadafi. Los libios tienen que decidir libremente su futuro y esta guerra limitada es la mejor ayuda. Además de la legalidad de la ONU, la intervención reúne un amplio consenso internacional, con la presencia de países árabes en la coalición.

Puntos débiles. Los mismos de la intervención humanitaria. Se recuerda por sus críticos que los mismos que anatematizan hoy a Gadafi ayer le abrazaron y le vendieron las armas que usa contra su pueblos. La objección más importante es que las operaciones ya rebasan los límites de la resolución de la ONU. No se ataca sólo a concentraciones que disparan contra ciudades, sino que la aviación de la coalición se ha convertido en la punta de lanza de los rebeldes, con  el empleo por parte de Estados Unidos de sus bombarderos más potentes. Como ni siquiera así los rebeldes son capaces de darle la vuelta a la guerra, la coalición habla ya abiertamente de armar a los insurgentes. La presencia de países árabes en la coalición  se limita a Catar y a Emiratos Árabes Unidos, dos países que mediante el Consejo de Cooperación del Golfo han intervenido en Baréin para reprimir las protestas. Por su parte, los «realistas» advierten que la falta de unos objetivos claros en cualquier intervención militar lleva al fracaso.

Los autores del relato. L0s estados mayores mediáticos de los países intervinientes y los medios dominantes. En los países europeos los medios han asumido sin demasiadas críticas la posición de sus gobiernos. En Estados Unidos, se percibe que sus intereses estratégicos no están en juego y los medios más conservadores aprovechan para poner en cuestión la nueva doctrina multilateralista de Obama (Estados Unidos no puede ser el policía del mundo, pero tiene que movilizar al mayor número posible de países para ejercer la «responsabilidad de proteger» allí donde sea factible).

Puntos débiles. La intervención se ha realizado conforme a intereses electoralistas, especialmente de Sarkozy. Los rebeldes también han podido cometer crímenes de guerra y pueden abrir la puerta a Al Qaeda. Se están sobrepasando los límites de la resolución 1973 con ataques indiscriminados contra las fuerza de Gadafi. La operación camina a un apoyo a los rebeldes con armas y asistencia, que violaría la resolución. La coalición parece dispuesta a seguir adelante sin una nueva resolución, haciendo una interpretación abusiva de la 1973. La guerra puede convertirse en un nuevo Irak o Afganistán, desestabilizando todo el Sahel.

No existe la guerra justa

El relato. Ninguna guerra puede imponer los derechos humanos y la democracia. La guerra no trae sino más males. En los bombardeos pueden estar muriendo más civiles. Además, las bombas y misiles llevan uranio empobrecido que causará cáncer y enfermedades entre los libios. Hay que hablar y negociar para lograr un acuerdo que salvaguarde los derechos de todos.

Los autores. Aunque hay una corriente profunda pacifista en opiniones públicas como la española, sólo algunos intelectuales han defendido esta postura, como Federico Mayor Zaragoza.

Puntos débiles. Es imposible dialogar con Gadafi. La inacción sólo conduce al genocidio, como en Sarajevo, Srebrenica o Ruanda.

La guerra imperialista

El relato. Esta es una guerra más por el petróleo. No ha existido una revuelta popular por la democracia, como en Túnez o Egipto, sino una pelea por los beneficios del petróleo. Gadafi planeaba nacionalizar el petróleo y repartir sus beneficios entre todos los libios, a lo que se opuso la Asamblea Popular y ha llevado a un intento de golpe fallido por parte de una burocracia privilegiada opuesta a este reparto igualitario. Los gobiernos occidentales han lanzado la guerra para que sus compañías se apropien del petróleo y lo presentan como una acción humanitaria. Las televisiones nos lavan el cerebro (Julia Anguita). Gadafi no era sino un pelele de los intereses occidentales, que ahora prescinden de él. Gadafi era el carcelero de los africanos que intentaban entrar en la Unión Europea.

Los autores. Izquierda Unida y los movimientos alternativos. Es dominante en estos ámbitos. Chávez y Daniel Ortega («los enemigos de mis enemigos son mis amigos», «cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon  las tuyas a remojar»)

Puntos débiles. Nueva versión de la teoría conspirativa. Parece ignorar que las compañías petrolíferas ya hacían magníficos negocios en Libia. Ignora la necesidad de proteger a los civiles. Cierran los ojos al baño de sangre que podría llevar a cabo Gadafi (sintomático su comparación con Franco y la entrada «liberadora» en Madrid). Subestima a los anhelos de dignidad que expresa la revuelta. Supone rechazar todo el desarrollo reciente del derecho humanitario.

((A los que habéis llegado hasta el final de este larga entrada, demasiado extensa, gracias. Me gustaría retomar los comentarios sobre «metaperiodismo», pero no puedo sustraerme a comentar estos cambios históricos.))

Libia: objetivos difusos y daños colaterales


Objetivos legales

Llevamos tres días de guerra en Libia y la intervención de la coalición occidental muestra ya sus debilidades y contradicciones. Falta de una comando militar claro, contradicciones en los objetivos y desmarque de la Liga Árabe apuntan a que la situación puede degenerar e ir más allá de una «intervención humanitaria».

Con todas las dudas que puedan existir, la legitimidad de esta guerra está vinculada al estricto cumplimiento de los objetivos de la Resolución 1973 que es su base legal. Y estos objetivos son la protección de los civiles, el establecimiento de una zona de exclusión aérea, la prohibición de vuelos, el embargo de armas y la congelación de fondos.

No es objetivo el derrocamientos de Gadafi, ni mucho menos su asesinato, como han afirmado los ministros de Defensa y Exteriores británicos, luego corregidos por sus portavoces. No lo es el bombardeo del complejo Bab al-Aziziya, centro de poder del dictador.

Entran, en cambio dentro de los objetivos de la Resolución, el bombardeo de los radares y defensas antiaéreas, operación imprescindible para impone la zona de exclusión aérea. Llama la atención que la Liga Árabe se muestre contraria a esas operaciones contra la defensa antiaérea. ¿Qué pensaban que significaba pedir una zona de exclusión aérea?.

Son también objetivos la artillería o tanques que pudieran disparar contra la población civil.

En la fase en que nos encontramos, los únicos objetivos militares en vigor al amparo de la Resolución serían la vigilancia para impedir el ataque a zonas habitadas y el bloqueo marítimo para impedir la llegada de armas. Desde luego, la coalición no está autorizada a destrozar, paso a paso, bombardeo a bombardeo, todas las capacidades militares y las infraestructuras estratégicas, como se hizo con Serbia en 1999, cuando la OTAN prácticamente se quedó sin objetivos después de tres meses de bombardeos.

¿Qué pasa si Gadafi no se hunde, pero ya no es un peligro para las poblaciones fuera de su control? Pues que la virtualidad de la Resolución habrá terminado. Para ir más allá de acuerdo con el derecho internacional esta «coalición de voluntarios» necesitaría una nueva cobertura legal, impensable de conseguir en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Dice Ramón Lobo que las resoluciones son artefactos jurídicos expresamente ambiguos que dan margen de maniobra para la diplomacia y la guerra. Pero lo que no van a conseguir los gobierno es el apoyo de las opiniones públicas si la guerra se empatana, los bombardeos causan bajas civiles o es necesario una implicación más directa en la guerra civil-tribal de Libia. Los «ingenuos humanistaristas» que hubiéramos votado a favor de la Resolución 1973 en el Consejo de Seguridad daríamos un paso atrás, aunque no creo que ésto preocupara a unos gobiernos metidos de lleno en la guerra.

La opción más probable, apoyar a los rebeldes con asesoramiento, información y armas, no tiene cobertura legal; más aún, vulneraría la Resolución en cuanto que supondría violar expresamente el embargo de armas. Hoy Ed Miliband, el líder laborista, ha invocado en los Comunes el paralelismo con la política de no intervención franco-británica que hundió a la República española. Otra vez el dilema moral…

… Y daños colaterales

Si una operación formalmente concebida para proteger civiles mata civiles su legitimidad desaparece.

No sé si el término pudo utilizarse antes, pero el caso es que fue durante la Guerra del Golfo de 1991 cuando se extendió su uso. A daños colaterales quedaban reducidas las víctimas civiles. El relato era que las armas «inteligentes» norteamericanas tenían una precisión quirúrgica y que sólo se dirigían contra objetivos militares. Era la guerra de los «videojuegos». Si morían civiles era porque, o bien el Sadam los había colocado allí como escudos humanos o por un insólito error tecnológico.

Lo cierto es que la precisión no era, ni entonces ni ahora, tanta. Y más cierto que algunos bombardeos se fijaron expresamente sobre objetivos civiles. Es el caso del refugio de al-Amiriya, de Bagdad, bombardeado la noche del 13 de febrero de 1991 con un misil perforante. La bola de fuego fulminó instantáneamente a 403 personas. Los norteamericanos sostuvieron que ocultaba un centro de mando y control, pero nadie encontró rastro de tales instalaciones. Probablemente, los mandos militares tenían alguna información de que en él podría ocultarse Sadam Husein o su familia. Por tanto, nada de daños colaterales, sino directamente crímenes de guerra.

Otro tanto ocurrió con el ataque a la televisión serbia en Belgrado en 1999. La OTAN atacó el edificio alegando que sus emisiones incitaban al odio y a la limpieza étnica. Murieron los técnicos que de madrugada mantenían la emisión. Sus familiares siempre han sostenido que el Milosevic conocía el ataque, pero que no ordenó la evacuación del edificio para ganar una baza propagandística.

Ambos casos me han venido a la memoria ante el bombardeo el complejo de Bab al-Aziziya. Para la coalición se atacaba un centro de mando y control. Para el portavoz de Gadafi, un edificio administrativo rodeado de civiles.

Una vez más, la guerra de propaganda a costa de la vida de civiles.

(PS. Con su estilo vitriólico Robert Fisk se añade al coro de voces críticas con su crónica Los peligros de la «intervención humanitaria» en Libia. Las crónicas de Fisk para The Independent pueden seguirse en español en La Jornada)

¿Declararía Vd. la guerra a Gadafi?


¿Qué habría votado Vd. la pasada noche de estar sentado en la mesa circular del Consejo de Seguridad de la ONU?

¿Habría votado a favor de la Resolución 1973 (2011) (texto y debate), lo más parecido a una declaración de guerra al régimen de Gadafi?

Ninguno nos vemos en ese dilema moral, porque no somos los ciudadanos sino los estados los que votan en el Consejo de Seguridad. Y no lo hacen principalmente en función de criterios éticos (aunque a veces así lo pretendan) sino conforme a la «razón de estado», estos es, de acuerdo a los intereses estratégicos nacionales (o peor, del gobierno de turno).

En ese ejercicio hipótetico del derecho de voto, yo hubiera aprobado la resolución. Con todas las dudas del mund0. ¿Será efectiva la posible intervención para proteger a los civiles? ¿no llega demasiado tarde? ¿no será dar una patada a un avispero? ¿no estaremos haciendo el juego a los que ayer (como Sarkozy) abrazaban al tirano? ¿no será intervenir a favor de una facción que termine por cometer tantos crímenes como Gadafi? ¿no será otra guerra por el petróleo? ¿no causará más víctimas civiles que las que se quiere evitar? ¿por qué Gadafi y no otro tirano?…

Sin respuesta clara para cada una de estas preguntas, en conciencia hubiera votado sí. Porque si algo así se hubiera hecho en Bosnia la guerra no hubiera durado tanto. Porque si no ese payaso cruel de Gadafi lanzará una represión sangrienta después de su triunfo en una breve guerra civil -esclaredora su propia comparación con Franco y la entrada en Madrid. Porque en caso contrario el derecho internacional volverá a ser papel mojado.

 

El contenido de la Resolución

La decisión del Consejo se fundamenta en el Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, esto es, justifica la acción internacional que limita la soberanía  de un estado en el peligro que la conducta de su gobierno entraña para la paz internacional. Se invoca, pues, la legitimación más enérgica, y no se pone en acción el nuevo mecanismo de la «responsabilidad de proteger«, aunque el espíritu del acuerdo sea proteger a la población civil. La aplicación del Capítulo VII implica el uso de «cualquier medio» incluidos los militares para llevar a cabo lo que la Resolución ordena. La intervención será, así legal, creo (con todas esas dudas) que legitima, pero no estoy seguro si oportuna.

¿Qué pretende la Resolución? ¿Cuáles son sus objetivos?

Pide un inmediato alto el fuego y el cese de los ataques y abusos contra civiles, exigencias todas ellas que afectan tanto a Gadafi como a los rebeldes, pues estos también pueden haber cometido crímenes (como advirtió el fiscal del Tribunal Penal Internacional, Moreno Ocampo).

Exige a las autoridades libias (las únicas reconocidas internacionalmente) que respeten el derecho internacional, especialmente los derechos, el derecho humanitario, protejan a su población y no impidan la asistencia humanitaria.

Y como tercer objetivo establece la acción diplomática que conduzca a un diálogo para dar satisfacción a las legítimas demandas de la población.

Para alcanzar estos fines, autoriza a tomas medidas en los siguientes campos:

Protección de los civiles de las áreas pobladas, incluido (expresamente) Bengasi.

Zona de exclusión áerea sobre todo el espacio aéreo libio, excluidos los de ayuda humanitaria y evacuación de extranjero.

– Reforzamiento del embargo de armas y congelación de fondos.

Prohibición de vuelos para cualquier aparato matriculado en Libia.

¿Quién puede imponer estas medidas? En principio, cualquier estado miembro, pero la Resolución específica que cualquier acción se notificará al Secretario General, se podrá realizar directamente a través de medios nacionales o en el marco de una organización regional (léase OTAN) y en coordinación con la Liga Árabe.

 

Las posiciones en el Consejo

Son significativas las cinco abstenciones. Dos de los miembros permanente, Rusia y China, opuestos por principio a cualquier limitación de la soberanía nacional y temerosos de que algún día estos precedentes puedan invocarse en su contra, han dado finalmente luz verde (¿a cambio de que concesiones?). Brasil e India, los líderes de los emergentes, deseosos siempre de marcar distancias con respecto a las iniciativas de los grandes. Y una abstención llamativa, Alemania. Su embajador, pese a manifestarse a favor de los objetivos de la Resoluciómn, mostró su temor a la pérdida de vidas a gran escala y a la posible extensión del conflicto a toda la región. ¿Habrán jugado algún papel los intereses electorales de Merkel? Desde luego, en el caso de Francia, Sarkozy estaría muy satisfecho si Gadafi no pudiera mostrar los supuestos documentos que probarían la financiación de la campaña del inquilino del Elíseo.

 

Las consecuencias de la Resolución

Decía al principio que la Resolución es lo más parecido a una declaración de guerra a Gadafi. Para hacer efectiva la prohibición de vuelos sobre el espacio aéreo libio hay que «neutralizar» (eufemismo de atacar) las defensas aérea libias. Proteger a la población de Bengasi puede suponer bombardear o atacar con misiles la artillería o los tanques de Gadafi. Aplicar el embargo de armas supone imponer un bloqueo naval.

Para ello, Estados Unidos puede actuar unilateralmente, pero lo más probable es que la intervención sea realizada por la OTAN, con el mayor protagonismo posible de los europeos. En el Mediterráneo se han ido ya acumulando fuerzas navales durantes las tres últimas semana.

Las críticas de los «realistas» señalan faltan de objetivos claros en la intervención. El cauto Obama ha arrastrado los pies antes de dar este paso. Las acciones de guerra anteriormente descritas pueden debilitar y terminar con Gadafi, pero también pueden convertir el conflicto en una guerra de guerrillas, un escenario ideal para Gadafi, que podría seguir recibiendo ayuda a través de un desierto incontrolable ayuda de Argelia o Siria. No es desdeñable la objección alemana de una extensión del conflicto al Sahel,  que sería imán para combatientes yihadistas. Toda una pesadilla.

También puede ocurrir que la situación quede en tablas y Gadafi controle una parte del país. Convertido en un paria internacional, pero sobrevivirá, ya lo logró durante 20 años. Y, quién sabe, quizá dentro de 10 años las capitales europeas pongan de nuevo la alfombra roja, pero ahora a su hijo  «occidental», Saif el Islam.

¿Intervenir en Libia?


¿Cómo parar la carnicería en Libia? La posibilidad de intervención militar se discute en las cancillerías y estados mayores, está en el orden del día de las organizaciones internacionales y se debate en los medios. Una intervención inmediata, con respaldo de la ONU, es más que improbable, pero en una situación de guerra civil la intervención terminará produciéndose con el apoyo a uno y otro bando.

* En la columna de la derecha encontrarás una encuesta sobre este tema

El fiasco de las intervenciones humanitarias

No ha habido operación militar en la historia más publicitada que el desembarco de los marines en Somalia en la navidad de 1992. El Consejo de Seguridad había autorizado una limitada operación militar para repartir alimentos a una población víctima del caos que siguió al derrocamiento de Siad Barre.

Ya que nada se hacía en los Balcanes, Butros Gali y un saliente presidente Bush padre se pusieron de acuerdo para salvar la cara con una intervención «humanitaria» en el Cuerno de África. En pocos meses, los norteamericanos eran una facción más de la guerra de clanes somalí. Las imágenes del piloto del Black Hawk arrastrado por las turbas fue un trauma para los norteamericanos y una de las razones por las que Clinton cerró los ojos al genocidio de Ruanda.

La presencia en Bosnia de cascos azules de la ONU para proteger el envío de ayuda humanitaria (y luego ciertas zonas civiles) fue una misión peligrosa, heroica a veces, pero ineficaz e hipócrita (alimentar a quién en el siguiente minuto podía morir por los disparos de un francotirador o un obus). Pasaron muchos meses de diplomacia fallida y decena de miles de muertos civiles para que la OTAN aplicase una especie de prohibición de vuelos a los serbobosnios y bombardeara sus polvorines, en un gesto más de advertencia que de acción militar decisiva. En el campo de batalla pesó más la ofensiva de los croatas (Operación Tormenta) armados por Alemania.

Cuando paramilitares serbios lanzaron una campaña de limpieza étnica en Kosovo comenzó el baile diplomático, acompañado de amenazas de Estados Unidos y sus aliados. Al final, la OTAN tuvo que intervenir para salvar su reputación, amenazada por el desafío de Milosevic. La campaña de bombardeos sobre Serbia y Kosovo no fue autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU. La intervención paró un genocidio, pero permitió gravísimos crímenes contra los civiles serbios. Hoy, al frente del gobierno de Kosovo se encuentra el jefe de la mafia que pudo desarrollar una campaña de asesinatos de prisioneros para traficar con sus órganos.

Condiciones para una intervención legítima

Conforme a la Carta de la ONU cuando un estado pone en peligro la paz internacional, la comunidad internacional puede intervenir dejando en suspenso el principio de soberanía. El Consejo de Seguridad puede advertir, sancionar y ordenar una operación militar, en el marco del Capítulo VII de la Carta.

¿Cuándo se pone en peligro la paz? ¿Sólo cuándo se amenaza a los vecinos? ¿O también cuándo se esclaviza y masacra a los nacionales? El concepto clásico de amenaza a la paz se ha ampliado en los últimos años con el de responsabilidad de proteger. Todo gobernante tiene la responsabilidad de proteger a su población frente a la violencia generalizada, la limpieza étnica, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra o  genocidio. Si no lo hace, la comunidad internacional tendrá que asumir en sus lugar esa responsabilidad, limitando la soberanía nacional para detener proteger a la población.

El concepto, promovido por un grupo de diplomáticos occidentales reunidos en torno al exministro de exteriores canadiense Garreth Evans en Crisis Group, es cuestionado por aquellos que temen que bajo la capa de este principio se legitime la intervención neocolonial de las grandes potencias. Pese al escaso entusiasmo de Rusia y China, el principio fue aprobado por la Cumbre Mundial de 2005 y convertido en vinculante por una resolución del Consejo de Seguridad de 2006.

Los principios que rigen una intervención que invoque este principio son Causa Justa, Intención Acertada, Último Recurso, Medios Proporcionales, Perspectivas Razonables y Autoridad Apropiada. Sin desmenuzar cada uno de ellos resulta claro que sólo pueden considerarse legítimas aquellas medidas que sean autorizadas por el Consejo de Seguridad.

La reacción internacional

En el caso de Libia el Consejo de Seguridad ha actuado con mayor celeridad y consenso de lo que es habitual en una crisis de estas características. La adopción por una unanimidad de una serie de sanciones, como la congelación de fondos y, sobre todo, el envío del caso al Tribunal Penal Internacional no tienen precedentes.

Estas medidas pueden tener efectos a largo plazo en el caso de un régimen que viole sistemáticamente los derechos humanos, pero son de una eficacia muy limitada en situaciones de urgencia.

Estados Unidos ha esgrimido como amenaza fundamental la prohibición de vuelos militares o imposición de una zona de exclusión área. Se justificaría en los bombardeos de Gadafi a la población civil. El Secretario de Defensa, Robert Gates, advirtió que su imposición sería una acción de guerra, que requeriría el bombardeo de los radares libios, lo que pareció enfriar el entusiasmo de los intervencionistas. Luego el presidente Obama circunscribió la intervención a que fuera necesaria para proteger la entrega de ayuda humanitaria -un clásico que nos retrotrae a la guerra de Bosnia.

El caso libio

Libia ha caído en una guerra civil. Ninguno de los dos bandos parece en condiciones de resolver de modo inmediato el conflicto. No estamos ya en una situación de dictadura represiva (a la que Estados Unidos y los europeos dieron su bendición a partir del 2000), sino en una guerra abierta y, por tanto, cualquier intervención supone la toma de partido y convertirse, de una manera u otra, en contendiente.

Rusia y China vetarán en el Consejo de Seguridad medidas como la exclusión aérea. Estados Unidos y la OTAN tendrán que andar solos si lo desean ese camino, pero esa intervención ya no sería legal y es muy discutible que tuviera por si misma un peso en la guerra. En cualquier caso, su ejecución militar no puede ser inmediata.

Los enemigos de Gadafi no quieren un cuerpo expedicionario extranjero. Obama y sus aliados bastante tienen con Afganistán. El fantasma de Somalia, exagerado por los Gadafi, no deja de ser un peligro real. Nadie quiere -por ahora- un desembarco de marines.

¿No habrá entonces intervención? La intervención puede estar desarrollándose ya. Es muy probable que los rebeldes estén recibiendo algún tipo de asistencia militar occidental. Gadafi estará movilizando todos sus recursos para atraer a mercenarios y apoyos tuaregs. Si el conflicto se estanca, quien controle el petróleo tendrá a buen seguro el apoyo de las compañías internacionales.

No habrá una operación de paz de la ONU, pero, como en toda guerra civil, las grandes potencias lucharán por intermediación de los bandos combatientes. Y si Gadafi consiguiera apagar a sangre y fuego la rebelión, Libia (y los libios, de cualquier color o tribu) volverían a ser unos parias, pero el gas y el petróleo volverían a fluir a nuestros coches y calefacciones.

(Otras entradas sobre la responsabilidad de proteger. Ver la llamada de alerta de la International Coalition for the Responsabiliy to Protect.)

Texto adoptado por la Asamblea General en la Cumbre Mundial de 2005