El 15-M y la democracia líquida


La Puerta del Sol, el movimiento 15-M, pierde hoy brillo en los medios tradicionales y hasta en las redes sociales. La victoria del PP y el hundimiento del PSOE copan la atención. Los acampados, ahora reducidos (como siempre) a los más entusiastas o militantes, anuncian que seguirán una semana para articular el movimiento.

No será tarea fácil, no ya por la heterogeneidad de las propuestas, muchas contradictorias (se me puso la carne de gallina cuando escuché a un indignado declarar que «lo que queremos es que el Estado funcione como una empresa privada»), sino por la dificultad de encontrar un nuevo modo de organización y de proposición de medidas viables con un potencial transformador, que susciten el acuerdo general.

El movimiento ha sacado a la superficie la gran indignación por la gestión de la crisis y por el modo de hacer política. Los congregados han demostrado capacidad de organización y espíritu cívico, pero poca cultura institucional (¿Cómo se puede decir que se es apolítico y proponer reformar la ley electoral?). Conectan con los fundamentos de la democracia, pero ignoran sus desafíos. Las asambleas sirven para organizar un campamento de protesta, pero no para gobernar una sociedad compleja.

Después de la indignación, la victoria rotunda del PP no puede traer más que más políticas neoliberales, con el inequívoco apoyo de los votantes. La legitimidad la  dan los votos, pero sería estúpido no ver que lo que se está gestando es un cambio cualitativo, tanto en los objetivos como en los medios ¿Otra democracia es posible?

La explosión del #15m demuestra que vivimos en una sociedad en que la comunicación virtual es tan importante como la comunicación personal o la comunicación masiva. Las redes sociales y las herramientas interactivas hacen posible formas de democracia directa hasta ahora impensables.

Todas las formas de democracia -la representativa, la directa y la participativa- se basan en la deliberación, esto es, en la confrontación de argumentos previa a la toma de decisiones. En nuestra sociedad líquida (Bauman), inestable, en permanente cambio, la deliberación se acelera y se convierte en tuits de 140 caracteres que se suceden a un ritmo endiablado. ¿Cabe una deliberación reflexiva? Con un botón «me gusta» podemos hoy declarar la  III República y mañana restaurar la Monarquía.

El movimiento 15-M es un movimiento líquido, pero no tiene más remedio que buscar formas de organización y si se quiere hasta de institucionalización. Anuncian asambleas en los barrios. Pues no tendrán más remedio que contar con las asociaciones de vecinos, por muy láguidas y envejecidas que estén. Igualmente, tendrán que coordinarse con las organizaciones alternativas ya existentes, con gran experiencia de movilización.

El futuro de este movimiento puede pasar por:

– Promover una gran alianza cívica de organizaciones sociales.

– Buscar puntos de encuentro con partidos y sindicatos

– Crear una plataforma de deliberación virtual.

– Fomentar la presencia en las (limitadas) instituciones de democracia participativa (por ejemplo, consejos escolares).

– Elaborar a través de estos procesos un programa de regeneración democrática, a proponer a los partidos de cara a las próximas elecciones legislativas.

– Crear mecanismos de escrutinio popular de las políticas públicas en Ayuntamientos, Comunidades Autónomas y Estado Central.

No será una cuestión menor la de la financiación. Cuidado con los mecenas. En eso si que las herramientas interactivas de captación de fondos pueden ser la solución.

(Algunos enlaces. Adolfo Vásquez Roca «Zygmunt Bauman: modernidad líquida y fragilidad humana» pdf / Mark Deuze «Liquid Journalism)

El doloroso parto de la democracia árabe


Nadie dijo que fuera a ser fácil. Las victorias democráticas de Túnez y Egipto hicieron pensar en un derrumbamiento como el del bloque comunista. En 1989 la crisis de legitimidad fue total y las fichas del dominó cayeron unas de otras. Pero eso no está ocurriendo en el mundo árabe.

Sabemos ahora algunas cosas de la intrahistoria de las revueltas. Cómo la vanguardia de ciberactivistas se formó en el modelo  de la resistencia no violenta. Y cómo Estados Unidos los ayudó.

Los regímenes árabes no democráticos tienen muchas cosas en común, pero bases de legitimación, estructuras sociales y condiciones estratégicas distintas. La democracia, si llega, está llegando para la mayoría acompañada de dolor y muerte. Los ciudadanos, que quieren ante todo ser tratados dignamente como adultos responsables de su destino, se merecen algo mejor.

Siria

Es terrible ver desangrarse a Siria, un país donde existen algunas de las condiciones objetivas para el triunfo de la democracia, como unas clases medias cultivadas y una vanguardia de jóvenes ciberactivistas. En contra, la división conforme a líneas sectarias: una minoría alauí que gobierna sobre una mayoría sunní y unas minorías cristianas (10%) o kurdas (3%), que temen a la mayoría. El temor de una guerra civil o, peor, a una guerra sectaria como en El Líbano, está siendo manipulado por el régimen, pero no es una perspectiva descartable.

Bachar el Assad ha desatado una represión sangrienta, con algunas pequeñas concesiones. Con su cerrazón informativa, ha dado una victoria a los ciberactivistas que han sido hasta ahora la única fuente informativa pero inverificable, como puntualizaba Enric González. No sabemos si, realmente los manifestantes o algunos de ellos son violentos, como sostiene el régimen. Es muy probable que el clan libanés de los Hariri pueda estar dando su apoyo a la revuelta. Pero de lo que no hay duda es que Assad está masacrando una rebelión, que por el momento no ha conseguido congregar grandes multitudes en ciudades como Damasco o Alepo.

¿Qué hacer con Siria? ¿Es que aquí no es aplicable el principio de «responsabilidad de proteger»? Claro que es aplicable, pero la intervención militar es inviable. Primero, porque no sería aprobada por el Consejo de Seguridad. Y segundo porque es impracticable. No cabe, desde luego, una campaña aérea «para proteger a los civiles» (como en Libia) y menos una intervención terrestre.

Las sanciones que anuncian Francia, Italia, Reino Unido o Estados Unidos si tienen algún efecto lo tendrán a muy largo plazo. Lo que pone de manifiesto esta situación es que no existe mecanismo eficaces e inmediatos frente a la violación sistemática de los derechos humanos. Con todo ¿por que no se manda al Tribunal Penal Internacional el caso de Assad con la misma celeridad que se mandó el de Gadafi?

Si Siria es la piedra angular de arco Irán-Hezbolá-Hamas, quién piense que retirando este elemento clave cambia el equilibrio estratégico a su favor (¿Israel?) corre el riesgo de ser víctima de la inestabilidad que tal operación provocaría.

Puede que en Siria se esté dando la batalla clave entre sunnismo y chiísmo, pero me atrevo a afirmar que lo que quiere la mayoría es una vida mejor y más libre.

Libia

El tiempo corre a favor de Gadafi. Paul Rogers en Open Democracy pone de manifiesto los problemas políticos y militares de la OTAN (falta de munición de alta precisión). Una vez que las potencias occidentales han declarado manifiestamente el objetivo de acabar con Gadafi y puesto que éste lucha por su supervivencia, Rogers no descarta alguna «acción asimétrica», esto es, alguna acción terrorista fuera de Libia. Mientras, los movimientos alternativos construyen su propio relato: la guerra no es sólo por el petrólero, sino para apoderarse del fondo soberano del estado libio.

Egipto y Túnez

Las protodemocracias han quedado en la oscuridad informativa. En Túnez se ha dado un paso muy positivo al optar por elecciones a una asamblea constituyente. En cambio, en Egipto el apoyo en referendum de unas pocas enmiendas constitucionales para permitir elecciones presidenciales (al tiempo que se mantenía el carácter islámico del estado) no es un buen síntoma. Como tampoco lo es la falta de transparencia sobre las nuevas entidades de seguridad.

El Golfo

Las protestas acalladas en Baréin por la intervención del Consejo de Cooperación del Golfo (la «Santa Alianza» sunní)… Represión sangrienta en Omán… Concesiones económicas en todos lados, palo y zanahoria… Catar inmune a las reformas, interviniendo en Libia y nosotros mendigando inversiones, mientras los medios se divierten fascinados por los turbantes de la «jequesa»

Yemen

Al borde de un acuerdo, que será un enjuage (si llega a aplicarse) para una transferencia de poder entre tribus y clanes.

Marruecos y Argelia

Los dos países del Magreb donde se dan mejores condiciones objetivas, pero donde todavía no ha llegado el momento.

Concesiones por ahora formales en Marruecos, sin que las protestas se apagen, pero tampoco sin exceder de unos límites más que prudentes. Inteligencia del poder absteniéndose de una represión abierta.

Argelia, paralizada todavía por la memoria del genocidio de los 90, con una protestas limitadísimas.

Justicia y democracia en las revoluciones árabes


Hay dos hipótesis sobre las revoluciones árabes. Para unos, el motor de las revueltas está en el ansia de libertad y dignidad de los jóvenes urbanos (Olga Rodríguez, Vicenç Navarro). Para otros, en las reivindicaciones laborales y sociales de una población empobrecida.

Muchos han olvidado que el primer grito llegó del Sahara Occidental. Los acampados en Gdeim Izik pedían condiciones de vida dignas y no discriminatorias. El régimen marroquí ahogó este grito con represión policial y social,  a cargo ésta última de los colonos. En el Sahara bajo la superficie estaba la cuestión de la autodeterminación nacional, pero la protesta era en su origen social y reflejaba la degradación de la situación de las capas populares.

Las primeras protestas en Túnez también pedían mejores condiciones sociales. La subida del precio de los alimentos está siendo el catalizador primero de las revueltas. Su acelerador son los nuevos medios sociales. Pero lo que persiguen todos, jóvenes y viejos, laicos y religiosos, pobres y acomodados es terminar con la hogra, esa palabra árabe de difícil traducción que indica la humillación infligida por el poderoso, ya sea el majcen marroquí, la familia Tablesi o cualquier otro clan político-económico.

Lo que quieren los manifestantes es que ser reconozca su dignidad y libertad. No ser sometidos a medidas arbitrarias. No ser humillados por cualquier funcionario con gorra de plato de los innumerables cuerpos policiales. Ser tratados como personas maduras, que pueden decidir su futuro en elecciones libres. Quieren, desde luego, terminar con la corrupción. Y, cómo no, trabajo para tener un proyecto de vida propio. Quieren, en definitiva, libertad y justicia.

La libertad se institucionaliza en la democracia y el estado de derecho. El estado de derecho tiene que reconocer y garantizar los derechos humanos. Si algo demuestran estas revoluciones es que los derechos humanos son un anhelo universal.

No hay estado de derecho sin respeto de la ley (rule of law) y mecanismos de alternancia en el poder a través de elecciones. Las elecciones no son toda la democracia, pero son condición de democracia. En los casos de Túnez y Egipto las elecciones generales consagrarán una nueva legitimidad. Pero no se acaban las condiciones, que se enlazan como cerezas. Las elecciones tienen que ser libres y limpias. Esto exige libertad de asociación, reunión y expresión; un sistema electoral equitativo; equidad en el acceso de las distintas opciones a los medios de masas.

Una democracia es, en último término, un procedimiento para resolver pacíficamente y con libertad los conflictos y asignar el poder político, económico y social. Sin democracia no hay justicia, pero la democracia no garantiza la justicia. Que en una democracia se alcance un nivel aceptable de justicia; que haya un reparto de poder razonable; que a todos se garanticen unos servicios básicos… depende del equilibrio de fuerzas. Si las reglas procedimentales son equitativas y razonables, cada cual tendrá un cauces para luchar por sus derechos e intereses y para unirse con otros en la prosecución de sus fines esenciales.

Una dictadura es como es el tapón de la botella de champán (así se veía Fernando VII a si mismo) que cuando se descorcha deja salir toda la presión acumulada. En las transiciones árabes se acompasará la lucha por la democracia con las reivindicaciones sociales. No es raro que, como lo fue en España, transición sea sinónimo de movilización y lucha social.

No sé si los blogeros volverán a casa. Desde luego los trabajadores tendrán que salir a la calle. Las huelgas paralizarán más o menos la economía y crearán molestias a los turistas, pero permitirán a estos pueblos mejorar su nivel de vida, maltrecho por la corrupción y la carestía de los alimentos. Para no entrar en una espiral inflacionaria al pacto político tendrá que acomparñar el pacto (o muchos pactos) social. Muchos prefieren aprovechar el vacío de poder y salta a la otra orilla. (Nada que ver este éxodo con el albanés de los 90, por muchos que Berlusconi y Maroni manipulen el caso).

Lamentablemente la democracia no trae aparejada automáticamente riqueza ni justicia. Llegará el desencanto. Los nuevos dirigentes, tanto los transitorios como los que salgan de las elecciones no deberán olvidar el frente social o las masas populares darán la espalada a la incipiente democracia. Ya que Europa ha apoyado hasta el último día a los tiranos, por lo menos que tire ahora de chequera.

Sin pan no puede haber elecciones, pero sin elecciones no se puede ganar el pan dignamente.

 

P. S En cualquier caso la prueba del 9 de estas transiciones es el respeto de los derechos humanos. Las organizaciones de derechos humanos culpan a los militares de torturas y desapariciones.

 

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

(Otras entradas relacionadas.  Revoluciones y transicionesRevolución en Egipto: el papel de los medios (tradicionales y sociales)¿Quién informa ya de Túnez?,  Revolución árabe: la fina línea entre la opresión y la libertadTúnez: más tareas para la transiciónTúnez: los dilemas de la transición,Difícil transición en TúnezTúnez, la rabia de los universitarios)

La negatividad de la información ¿causa de la desafección en la democracia?


Bad news, goods news… Que los acontecimientos negativos constituyen casi siempre una noticia es un axioma del periodismo. Mucho se ha criticado que los periodistas resaltemos siempre lo negativo, se nos ha calificado por ello aves carroñeras e incluso voces tan críticas como la del recientemente desaparecido Vidal-Benyto abogaron por unas noticias positivas, que mostraran las fuerzas que están haciendo que realidad aquello de que «otro mundo es posible» (El País, 20-12-06).

Se ha presentado hoy en el Symposium Transnational Connetions, que se celebra en la Universidad IE de Segovia, una investigación del Instituto Media Tenor (pdf) que sostiene que ese negativismo es causa de la desafección de los europeos con la democracia.

Parte de constatar como, dos décadas después de la caída del Muro, sólo un 20% de los alemanes orientales apoya la democracia y este apoyo ha bajado en la parte occidental de Alemania del 80 al 60%. Aporta, también, el constante declive de la participación electoral en países como Alemania. Luego, el estudio que se basa en el análisis de contenido de 500.000 informaciones de televisión desde 1994, revela unas tendencias subyacentes en la información:

– Siempre se favorece la posición del poder establecido y el parlamento es más caja de resonancia del gobierno que foro de deliberación.

– Cualquier propuesta política es contrastada inmediatamente por la crítica total de las otras opciones política.

– No se favorece la presencia de actores sociales reales, como las pequeñas empresas, o líderes religiosos intermedios.

Y a partir de aquí el estudio establece que estos comportamientos informativos son causa de la pérdida de apoyo popular a la democracia. ¿Cómo se establece ese vínculo? La nota de prensa de Media Tenor no lo dice, pero me parece desmesurado establecer que son los medios los que empobrecen la democracia.

Las críticas a la falta de diversidad social y a la práctica de lo que hemos dado en llamar periodismo de declaraciones están más que motivadas. Pero, como siempre, es muy difícil diferenciar el grano de la paja. ¿Cuál es la alternativa al negativismo? ¿Un falso optimismo, una imagen de color rosa?.

El cambio social cursa casi siempre en forma de conflicto. El periodismo no puede ignorar las realidades conflictivas. El periodismo está obligado a devolver a la sociedad una imagen en la que aparezcan todas sus fealdades: la violencia, la opresión, la corrupción, el despilfarro. Una imagen que puede ofender y provocar. Pero también, desde luego, reflejar los cambios positivos.

El periodismo tiene ser el foro de deliberación pública donde todas las posiciones políticas se manifiesten. Y, en consecuencia, unas criticaran, a veces con ferocidad, a las otras. Lo que no puede el periodismo es mero altavoz acrítico de las distintas posiciones. Su deber es investigar y esclarecer las cuestiones controvertidas.

El periodismo debe dar voz a todas las instancias sociales y a los ciudadanos comunes. Pero el periodismo no puede ser un foro de intereses particulares, ya sean económicos y sociales. El periodismo tiene que  seguir dirigiéndose al ciudadano, no al representante de un género, etnia, grupo de edad o red social.

Otra cosa es la instrumentación de las malas noticias y su conversión es espectáculo. Y desgraciadamente, nunca como hoy las malas noticias han sido tan buen negocio.

La fractura latinoamericana


Varias fallas tectónicas recorren el subcontinente americano. Periódicamente esas fallas se abren y dejan salir la lava de los volcanes o en su entorno se producen terribles terremotos. Pero la falla más divisoria, más trágica y más mortal es la desigualdad. Pobreza asentada en la exclusión de las poblaciones originarias. Pobreza cultivada por las élites criollas después de la independencia.

Muchas revoluciones intentaron llenar esa falla. Unas fueron ahogadas en sangre por oligarquías locales y la intervención del imperio del norte. Otras se institucionalizaron y se convirtieron en vehículo de opresión. Pero la respuesta más propia y autóctona a la pobreza y la desigualdad ha sido el populismo. Populismo que promete terminar con la desigualdad a cambio de la adhesión inquebrantabable a un caudillo carismático. Populismo que reparte las migajas a través de redes clientelares. Populismo que desprecia las «formalidades» de la legalidad o la conforma a su capricho. Ha habido caudillos crueles y benévolos. Y algunos repartieron más de lo que las oligarquías estaban dispuestas a soportar. La respuesta fueron dictaduras, casi siempre militares. Aparecen, así, ciclos repetitivos. Populismo-Dictadura-Instauración Democrática sin igualdad-Populismo…

En los 90 Latinoamérica vivió uno de esos periodos de reinstauración democrática con exclusión creciente. Fueron estos países alumnos aventajados del consenso de Washington y el resultado fue una década perdida. Y en esto llegó el teniente coronel Chávez, arrasó electoralmente repetidas veces en Venezuela y propusó su modelo de «socialismo del siglo XXI» a las «naciones hermanas».

El socialismo de Chávez lucha contra la desigualdad, con discutible eficiencia y forzando mediante los votos las instituciones básicas de la democracia. Porque democracia no es sólo respetar la voluntad del pueblo sino también que esta voluntad se conforme a unas reglas admitidas por todos. La limitación de los mandatos electivos del máximo mandatario es una de esas reglas.  Los caudillos del siglo XIX se hacía reelegir una y otra vez. Por eso en México una de las reivindicaciones de la revolución liberal era «no reelección». Muchas constituciones consagraron esa no reelección. Pero a los nuevos caudillos les molesta esa limitación de mandatos. El primero de estos caudillos que la eliminó fue el colombiano Uribe. Y le siguió Chávez.

En Honduras, Zelaya, salido de las filas de la oligarquía y convertido al populismo, quiso seguir la senda. Pero la relación de fuerzas, sin unas masas encuadradas, le fue desfavorable. En Honduras renace el tradicional golpe militar con el apoyo de la jerarquía católica.

Algunos quieren ver el continente dividido en dos mitades, chavistas y no chavistas. Pero cada país es una realidad y sus gobernantes deben ser juzgadoas por sus ciudadanos en elecciones limpias y regulares. No hay atajos para luchar contra la desigualdad. El Estado de Derecho no es una formalidad molesta. El Estado de Derecho es la base sólida sobre el que se puede incluir un sistema de justicia e inclusión.

El ovillo indio


«Los indios están votando en una crucial elección que puede ser la última». A esta desesperanzada y nada profética conclusión llegó un reportero de The Times que cubrió las elecciones indias de 1967. Cuatro décadas después, los indios no han dejado de votar regularmente y lo vuelven a hacer desde el pasado 16 de abril (hasta el 13 de mayo) en unas elecciones clave, no porque en ellas se juege la democracia, sino porque son las primeras en las que India es un actor global claramente reconocido. (Para seguirlas nada mejor que la cobertura de la BBC.)

La corrupción, el clientelismo y la desigualdad son males endémico de la India. Pero ningún otro país ha sido capaz de encauzar democráticamente la diversidad de un país gigantesco. La India es la mayor democracia del mundo, un caos que funciona y que en los últimos años ha sido capaz de generar una próspera clase media. En este sentido, India está mucho mejor preparada que China, con su sistema centralizado, para superar la crisis.

Inicio aquí la práctica de incluir firmas invitadas. Empiezo con Paco Audije, ex corresponsal, secretario general adjunto de la FIP y un verdadero especialista en India. Este es su análisis.

La madeja india

Paco Audije

Impredecible. Una madeja difícil de desenredar. Así describe el actual proceso electoral el semanario indio  Frontline .

Las elecciones y la votación implican a 714 millones de votantes para un parlamento en el que el principal partido –en la Lok Sabha, la cámara baja actual- apenas supera el 27 por ciento de los escaños. La expresión inglesa hung parliament, una cámara sin mayoría clara, es siempre realidad en Nueva Delhi: nunca hay posibilidad de mayoríaabsoluta. Los indios están acostumbrados a tener siempre una especie de permanente “hung parliament”.

La mayor parte de los sondeos favorecen al Congreso, pero incluso si eso se confirmara,  tampoco significaría otra cosa que lo habitual: el partido con mayor número de votos tendrá que negociar con multiples  aliados, algunos poco  fiables.

La fragmentación de los partidos

El panorama del mundo politico indio está ya muy lejos de la muy relativa uniformidad que le proporcionó el Congreso en las primeras etapas de la independencia, durante el período Nehru. La fragmentación es su característica principal. En dos niveles: continúa el reforzamiento de los partidos regionales y aumenta la importancia de líderes que representan  la lucha de las castas bajas, de los intocables o de las etnias y grupos considerados fuera del sistema de castas.

Los dos mayores partidos “nacionales”, el Congreso y el conservador Bharatiya Janata Party (BJP), parecen converger lenta, imperceptiblemente para algunos, en muchos puntos de sus programas. Mientras, las alianzas pueden ser múltiples y contradictorias. Una escisión del Congreso, el Nationalist Congress Party, reafirma que puede pactar en Maharashtra y Goa con el Congreso y –sin que nadie lo perciba como contradictorio- con sus rivales en otros estados, como Orissa. Entretanto, se sigue considerando libre de hacerlo con unos u otros, en la Lok Sabha.

Debates y banderas de la campaña

El Congreso mantiene la bandera del laicismo, de las mejoras económicas aparentemente no tan afectadas como en China por la crisis. El crecimiento sostenido en años pasados en torno al 8 por ciento decae y la bolsa de Bombay puede ver la situación con los ojos de Londres o Nueva York, pero la India agrícola y rural no lo ve de la misma manera. Esos votantes de la India perdida, de la persistente India de las aldeas, siguen votando en función de elementos locales, también de caciques, fracturas lingüísticas o del precio del kilo de arroz. El Congreso promete que lo tendrán a 3 rupias (un euro equivale a 65 rupias indias), el BJP afirma que lo tendrán  a  sólo 2  rupias (ver “714 millions de voix” )  Y aunque sus corrientes internas mantengan sus viejas tendencias prohinduistas (hindutva), el Bharatiya Janata está lejos o ha rebajado su perfil de partido del extremismo  hinduista: durante su paso por el gobierno central tuvo un comportamiento moderado. En esta campaña, sus líderes tratan de hacer al Congreso –retrospectivamente- corresponsable de los enfrentamientos comunitarios que giraron en torno a la destrucción de la mezquita de Ayodhya, hace once años (http://www.hinduonnet.com).

Las fuerzas políticas del llamado Tercer Frente, que agrupa a la miríada de partidos implantados en estados o territorios determinados, denuncian  el envejecimiento de los líderes del BJP y del Congreso, como  el primer ministro Manmohan Singh,76 años,o el propio Lal Krishna Advani, 82 años, que impulsó la destrucción de la mezquita de Ayodhya y un movimiento antimusulmán  que llevó al BJP al gobierno de la Unión India entre 1998 y 2004.

Los terrorismos y las elecciones

En términos indios, no hay grandes escándalos de corrupción y tras los atentados de Bombay,  en noviembre, otros recuerdan los que sufrió el país cuando el BJP ocupaba el poder. La seguridad es tema de preocupación, pero no está teniendo un impacto decisivo en el debate de las elecciones. No delimita divergencias fundamentales, ni está reforzando la desconfianza entre las distintas componentes comunitarias o religiosas.

Las diversas facciones del terrorismo maoista o naxalite (de Naxalbari, el lugar en el que actuaron por vez primera) actúan en diversos estados del golfo de Bengala, desde hace unas tres décadas. Un atentado acabó con la vida de 18 personas el pasado 16 de abril. Esas acciones se pierden en la galaxia dispersa de la India, tanto como otras insurgencias. El ULFA, United Liberation Front of Assam, está activo desde hace 30 años en el estado de ese nombre. Durante las largas campañas y los largos procesos de voto, esos grupos –apoyados permanente u ocasionalmente por los servicios de los países enemigos de la India- incrementan sus atentados. Forma parte del guión.

Evolución en Cachemira

En este sentido, hay que mirar hacia la evolución del problema de Cachemira. La política de Estados Unidos  ha tomado hace tiempo distancias con respecto a Pakistán (antes aliado; ahora aliado y problema serio para EEUU). Ese giro estadounidense –que tiene su origen en la guerra contra los talibanes y Al Qaeda- ha  favorecido a una India que si no ha resuelto el problema de Cachemira, puede al menos empezar a verlo en términos más políticos que militares (“Demain, la paix au Cachemire?”, Le Monde Diplomatique, abril 2009).

Dinastías políticas, liderazgo y tercera alternatiiva

Lo extraordinario del proceso indio es que Manmohan Singh y Advani son contemplados como líderes “provisionales”, cada uno por razones distintas. Singh mantiene, de todos modos, gran parte de su prestigio como gestor equilibrado, a pesar del ejercicio del poder.Y durante la campaña ha mostrado que puede responder agresivamente a su principal rival. Ha dejado ver que no es sólo el intelectual alejado  de los navajazos de la arena política india . Advani aparece ante buena parte de los indios como un dinosaurio, un Fraga de la  política india que conserva la fidelidad de los sectores más conservadores.

Pocos defienden abiertamente la vigencia de las dinastías, pero haberlas haylas. No solo la dinastía de los Gandhi-Nehru, sino también otras dinastías familiares que son parte esencial de la India en varios niveles.

El analista Hariraj Singh Tyagi afirma estos días: “Está muy difundida en el país la idea de que Sonia Gandhi es la líder de mayor talla política en esta elección y que el Congreso es el mayor partido, con sus puntos de vista moderados y situados a medio camino”. Las más recientes elecciones para asambleas de varios estados, a finales de 2008, dieron como resultado un refuerzo del Congreso con respecto al BJP (“Why India’s state elections matter”).

Regateo político mientras se vota

El Estado indio moviliza a dos millones de soldados y policias para que el voto tenga garantías de seguridad. Terminado el proceso en una parte del territorio, gran parte de esas unidades se desplazan a otro. La elección tiene lugar en cinco fases territoriales (hasta el 13 de mayo) en un total de 828.000 colegios electorales.

Naturalmente,  durante ese desarrollo, las fuerzas políticas siguen negociando y mirando de reojo los resultados. De modo que alguien como el Comunist Party of India (Marxist), que se distanció del Congreso en Delhi por discrepancias sobre lo que consideró cesiones a Estados Unidos en el tratado nuclear, y que gobierna en Bengala Occidental, Tripura y Kerala, puede decir que tienen  tiempo aún para derrotar el Congreso y formar esa Tercera Alternativa aún no creada formalmente. Algunos medios, especialmente occidentales, están haciendo de la líder Mayawati Kumari, llamada “reina de los intocables” y jefa del gobierno de Uttar Pradesh (182 millones de habitantes), la tercera en discordia (“India vota durante un mes para elegir nuevo Gobierno”, El País, 17 abril 2009).

Pero con tantas variantes y en unas elecciones tan complejas, el regateo y los cálculos políticos no terminan en la primera fase del voto. La democracia es negociación múltiple, casi inacabable. El Congreso es favorito, pero la forma en la que se desenredará el ovillo es díficil de anticipar. La mayor democracia del mundo vuelve a fascinarnos desenredando su caótica madeja sin perder su imperfecta imagen de estabilidad.