La esterilidad de un falso debate


Bueno, ya he terminado el primer asalto… el primer cara a cara “histórico”… Pues para este viaje no hacían falta tantas alforjas.

Cualquier democracia, representativa, directa o participativa se basa en la deliberación. La deliberación es el proceso por que, mediante el diálogo, el debate y la confrontación de ideas, opiniones y posiciones se determinan las opciones colectivas. En la democracia representativa -y la nuestra es básicamente una democracia representativa con algunas gotas de democracia directa y participativa- el parlamento es el espacio de deliberación por excelencia. El parlamento es el lugar para vencer dialécticamente, pero también para convencer al oponente y, desde luego, para convencer a la opinión pública. Nuestra tradición parlamentaria era la de los debates caóticos y desordenados, dominados a menudo por la irrupción de lo que se llamaba diputados “jabalíes”; pero también un parlamento de magníficas piezas oratorias -“Grande es Dios en el Sinaí, pero más grande es en el Calvario”, Castelar; “España ha dejado de ser católica”, Azaña- que eran verdaderos hitos de cambios históricos. La democracia del 78 no fue capaz de establecer procedimientos parlamentarios ágiles, los políticos ya no tienen formación oratoria y leen sus discursos y la disciplina de partido hace imposible convencer desde la tribuna al adversario, aunque en el trabajo parlamentario cuando los focos se apagan el pacto es posible. Pero, con todo, de vez en cuando, en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo salta la chispa del verdadero debate.

La televisión descubrió los debates entre candidatos en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 1960. La teoría dice que John F. Kennedy ganó porque Nixon se negó a maquillarse… cuando en realidad es que Kennedy ganó porque encarnaba un cambio de generación. Desde entonces, la democracia se ha convertido en democracia mediática: el foro de las ideas y de la confrontación se ha trasladado a los medios. Y en esa democracia mediática, los debates electorales son la gran atracción. Ha habido grandes debates entre varios candidatos (no ha habido más que seguir los debates entre los candidatos demócratas en las primarias norteamericanas en curso) y magníficos debates entre dos candidatos. Nuestra democracia no es bipartidista, pero los debates cara a cara favorecen el bipartidismo. Pero aún así los debates entre los dos líderes de los grandes partidos (que no candidatos a la presidencia del gobierno, porque nuestro sistema es parlamentario) han sido la excepción. Para que existan estos debates, y salvo que una ley que los impongan, es necesario que los dos políticos perciban que algo pueden ganar y esto ha sido la excepción en la corta historia de nuestra democracia.

En estas circunstancias, los presentes debates se han vendido como un acontecimiento histórico. En realidad, se han construido como acontecimientos mediáticos y cómo acontecimientos mediáticos han sido más importantes sus prolegómenos, la pugna entre medios y las consecuencias extraidas por los medios que el acontecimiento en si mismo.

Se nos ha enseñado hasta el último detalle del decorado y a esta hora, pasada media hora de la media noche, los tertulianos habituales repiten con machacona disciplina que el “suyo” ha sido el ganador, el menos crispador, el más convincente… Y mañana vendrá la guerra de las audiencias. Y los especialistas que analizarán corbatas y gestos.

La realidad es que la normas pactadas por los partidos han sido un corsé tan rígido, un escudor protector de ambos, que todo se ha limitado a repetir las consignas habituales y los desencuentros sabidos, con un punto de indignación ensayada hasta la saciedad. Ni una chispa de verdadero debate. Ni un reconocimiento del adversario. Ni una rectificación. Ni siquiera un ataque de calado. Todo ha sido una confrontación ritualizada, que oculta datos básicos ¿Alguno ha hablado de la economía del ladrillo, responsable en gran parte del auge económico pasado y del parón económico actual? Penoso el debate sobre los desafíos del futuro, donde se ha terminado hablando de quién va en helicóptero a los entierros por los incendios forestales. Ni una gota de autenticidad; ni una gota de novedad.

La única virtualidad de este acontecimiento mediático puede haber sido encender el interés político; pero, ¡ojo! la repetición de estos eventos puede saturar, sobre todo si son tan aburridos como el de esta noche.

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Una respuesta to “La esterilidad de un falso debate”

  1. Così giovane e già indeciso « Apptivio en madrid Says:

    […] Dos comentarios interesantes sobre el debate de hoy (en castellano) 1. Da periodismoglobal.com  2. Da errorconautomata.com a Pubblicato da apptivioaorologeria Inserito (Il personaggio), (el […]


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