Paseando por el pasado, de foto en foto


Auto Torija

De exposición e n exposición, de foto en fot. Autorretrato – Torija (2019)

Si algo es la fotografía es  perpetuación del pasado en una imagen, una lucha contra el paso del tiempo. Desde sus orígenes hasta el explosión de la imágenes digitales, el fotógrafo, profesional o aficionado, era muy consciente de esta dimensión casi mágica; gran parte de la producción fotográfica tenía como finalidad conservar un momento, preservar y compartir la imagen de un ser querido ¡Cuántas veces no habremos oído eso de “una foto de recuerdo”! Y como tal memoria del pasado se conservaban las fotografías.

Hoy la imagen fotográfica, banal y efímera, tiene como función esencial divertirnos. La mayoría de nuestras imágenes se olvidan tan pronto como se consumen. En el mejor de los casos quedan sumergidas en soportes físicos que pronto se pierden o en esa nube misteriosa explotada para todo tipo de fines por las empresas tecnológicas, sin que seamos conscientes de ello. Quizá algún día esas imágenes vuelvan a emerger y nos cuente una historia del pasado.

Eso es lo que hace una exposición fotográfica. Ya sea una antológica de un autor, ya una muestra temática, la sucesión de imágenes ordenadas con una cierta intención nos cuenta historias del pasado que irremediablemente se proyectan en el presente, mostrándonos un espejo en el que mirarnos y reconocernos.

En Madrid siempre hay al menos media docena de exposiciones fotográficas valiosas. Permanentemente en la Sala Canal de la Comunidad de Madrid, la Fundación Mapfre, a menudo el Círculo de Bellas Artes, la Fundación Canal, o La Fábrica, nos presentan muestras que van de las antológicas de autores nacionales o extranjeros, la fotografía artística. la callejera o el fotoperiodismo.

En el mes pasado he visitado algunas exposiciones que me han permitido vagabundear por el pasado, cual flâneur, que describiera Baudelaire y filosofara Walter Benjamin. Una exploración gozosa y arbitraria por otros tiempos y otros mundos a través de fotografías, de las que, a mi vez, tomo mis propias imágenes -sí, con el teléfono-: documentación y recuerdo de la actividad de mirar.

Aquí dejo las impresiones y las imágenes de esas exposiciones. Siento que alguna ya no esté disponible.

La fotografía prepara el terreno a los impresionistas: una inmersión en el mundo burgués

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Paralelismo entre los estudios de movimiento de Muybridge y las bailarinas de Degas

En su primer medio siglo, la fotografía experimenta distintos procedimientos y soportes para fijar la imagen, todos ellos artesanales y laboriosos: daguerrotipos, cianotipos, papel a la albúmina, colodión húmedo.

Impresiona que en esta era primitiva, una verdadera edad de oro, la fotografía desarrollara  todos los estilos y géneros -retrato, paisaje, fotografía documental y científica, foto artística, etnográfica y hasta fotoperiodismo, dejándonos el testimonio del mundo del siglo XIX en colecciones de imágenes de altísima calidad.

A partir de 1888 Eastman, su cámara Kodak y su película en rollo pondrán al alcance de amplias capas de aficionados la fotografía. En los años 20 ópticas luminosas y películas más sensibles conquistarán el gran reto pendiente: la verdadera instantánea.

Las primeros fotógrafos, unos provenientes del mundo científico, otros del mundo artístico, tienen a su disposición la herencia estética de la pintura. Aplican de forma natural las reglas de la composición y la perspectiva. Pero aportan planteamientos nuevos: la fragmentación de la mirada, la experimentación con la luz, la búsqueda del instante aunque se falsee con el posado, la congelación del tiempo (la cronofotografía de Muybridge). Y además de temáticas clásicas, como el retrato o el desnudo, cultivan nuevos temas, como el paisaje, las ciudades, los monumentos.

Los impresionistas y la fotografía, la exposición en el museo Thyssen (hasta el 26 de enero), hace dialogar a los maestros impresionistas con los fotógrafos contemporáneos, mostrando la similitudes en miradas, puntos de vista y temas.(Aquí el catálogo interactivo de la exposición)

¿Habría existido el impresionismo sin la fotografía?. Es una pregunta sin respuesta, pero que la fotografía influyó en los impresionistas está fuera de duda. Y, en paralelo, algunos fotógrafos, los pictorialistas, siempre deseosos de ver reconocido su trabajo como arte, siguieron la estela de ese mirada de impresiones para convertir sus imágenes en trasunto de pinturas. El pictorialismo, aclamado en su época, fue contestado por su artificiosidad desde comienzos del siglo XX por los defensores de la fotografía como mirada de la autenticidad. En España, siempre con retraso, el gran pictorialista fue Ortiz de Echagüe, un anacronismo, sí, pero con obras de gran belleza.

Si siempre resulta agradable contemplar a los impresionistas, en este caso es un placer observar los paralelismos entre fotógrafos y pintores y admirar copias originales de maestros como Nadar.

En mi particular viaje al pasado, fotos y pinturas me trasladan al universo burgués de la Francia del II Imperio y la III República, un mundo de caballeros y damas elegantes, que pasean entre el ajetreo de la ciudad, observan las grandes catedrales y se deleitan en contacto con la naturaleza. Una representación del mundo en el que el proletariado no existe, muy distinto del la novela naturalista imperante en la misma época.

Degas Rodin Mallarme

Degas retrata a Rodin y Mallarmé

Me quedo con el retrato-autorretato de Degas a su amigos Rodin y Mallarmé, realizada en 1895 con una cámara Kodak recién adquirida. Un diálogo entre los tres personajes, en el que podemos atisbar reminiscencias de Las Meninas, y que, con toda su artificiosidad, nos retrotrae en el pasado para introducirnos en la intimidad de los artistas.

En búsqueda de la instántanea: de Galdós a Sorolla

Episodios nacionales

Manuscrito de la Corte de Carlos IV (fotografía propia)

Me confieso galdosiano. Adolescente leí los Episodios Nacionales, que  marcaron mi interés por la literatura y la historia. La exposición en la Biblioteca Nacional, que conmemora el centenario de la muerte de Galdós (hasta el 16 de febrero) es una oportunidad para explorar su rico universo. Emociona ver en las vitrinas los manuscritos de sus obras, resmas de cuartillas con una escritura rápida, corregida sobre la marcha.

El relato expositivo y el conjunto de objetos nos introduce en el rico universo galdosiano, popular y burgués a partes iguales. Sin embargo, las fotografías, la mayor parte de Frazen, nos remiten al mundo de los salones burgueses. Es notable el intento de conquistar la instantánea, mediante el posado, puesto que los tiempos de exposición no permitían todavía captar el instante.

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Galdós lee una de sus obras en el salón del doctor Tolosa Latour – Frazen (1997)

Más elaborado todavía es el posado-autorretrato de la familia de Sorolla, realizado por su suegro el fotógrafo Antonio García Peris (de pie, en el centro) y que pude ver el año pasado en la exposición de Sorolla y la fotografía. En la fotografía de Frazen el posado pretende captar la expectación que causa la lectura del novelista; en la de García Peris, la cotidianidad de una familia de artistas. Pero ambas imágenes intentan representar el instante.

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La familia de Sorolla – García Peris (1907)

En la exposición de la Biblioteca Nacional encontramos finalmente una genuina y magnífica instantánea. Galdós en 1915, anciano, casi ciego, acaricia a su perro en el jardín de su casa. El que lo ha sido todo, el que sigue siendo referente del republicanismo, el amante inconstante, se encuentra solo. “¿De soledad me va a hablar Vd. a mi que llevo enterrados tres perros?”. La técnica ya lo permite y Alfonso consigue congelar el instante. En un montaje audiovisual que se muestra en la exposición se puede ver algunos segundos de metraje cinematográfico del novelista jugueteando con el perro.

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Galdós y su perro – Alfonso (1915)

Caminando por la España de los 40 y los 60

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Cela por los caminos de la Alcarria

Echarse al camino a andar y ver. Camilo José Cela recorrió las tierras de la Alcarria entre el 6 de y el 15 de junio de 1946 y de este viaje salió el que propio autor consideraba uno de sus mejores libros. Lo que no es muy conocido es que con el escritor anduvieron dos fotógrafos Karl Wlasak y Conchita Stichaner, que mostraron esa España rural apenas salida de la guerra a través de las fotografías que  acompañaban el relato.

He descubierto la dimensión gráfica del famoso viaje en el museo de Torija dedicado al libro, al que llegué desde Brihuega después de asistir de a la entrega del premio Manu Leguineche a mi amigo José Antonio Guardiola. Allí, en Torija, junto los facsimiles de los cuadernos del viaje y objetos de aquel mundo perdido se encuentran las fotos del viaje.

Aquella España rural no la conocí, porque yo era uno de los pocos niños madrileños de aquella época “que no tenía pueblo”, toda mi familia era madrileña. Pero desde luego no me resulta extraña. Las fotos me retrotraen a una España de penurias, extrema austeridad y de una normalidad impostada: pareciera que nunca había pasado nada, que la guerra no había tenido lugar o que, al menos, no mencionándola se conjuraban sus más terribles consecuencias.

De las imagenes que cuelgan en el museo he realizado con mis propias fotos este mosaico. En la foto del grupo de la escuela de niñas (desde las más pequeñas a adolescentes) todas modestamente vestidas, dominan las miradas tristes, hasta torvas. Y al lado, el poder duro del pueblo, el jefe local del movimiento, la guardia civil, los alguaciles. Falta en la imagen el poder blando, el cura del pueblo.

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Collage de las fotos expuestas en el museo del Viaje a la Alcarria (Torija) (fotos propias)

Casi 20 años pasaron hasta que otro caminante llegara a Toledo, en 1962. Åke Åstrand, un joven sueco estudiante de fotografía viaje por España y pasa unos días en la Ciudad Imperial. Practica la fotografía callejera, desdeña los monumentos, busca fragmentos de vida en aquella ciudad pueblerina, con un incipiente turismo, que a aquel joven sueco le parecería el colmo del subdesarrollo, pero que mira con enorme ternura.

Åke fue luego director de fotografía, documentalista y piloto. Jubilado, ordena miles de fotografías y un buen día, a sus más de 80 años, se presenta en el Ayuntamiento de Toledo con un álbum, sus fotos de hace más de medio siglo: un regalo que hace presente el pasado. Este es su álbum y esta su historia.

Por aquellos años conocí Toledo, en un viaje escolar, en el que, por cierto, estaba el amigo que me ha hecho llegar este regalo. Quedé impresionado por su arte y por su magia, también un poco más adelante por el relato de la convivencia entre culturas (¿seguro?), por la visión de la Generación del 98, por la Casa Museo de Victorio Macho… Pero las fotos de Ake me llevan al mundo provinciano de aquella España que se quería desarrollar, pero que seguía siendo la de picaresca. Como muestra, la rifa de un 600.

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Rifa de un Seat 600 en Toledo – Åke Åstrand (1962)

Viaje por la literatura latinoamericana

Borges

Borges – Daniel Morzinski (1978)

Con una simple visita a la Casa de América pude viajar de la mano de Daniel Mordzinski a la historia de la literatura latinoamericana de los últimos cuarenta años. Con 18 años, estudiante de cine, aprovechando un encuentro con Borges durante la realización de un documental, realizó una foto antológica. Con ella Mordzinski inauguraba una obra de retratos de escritores, que hoy es esencial como documento gráfico de nuestra literatura. Con un poco de audacia consiguió luego fotografiar a Cortázar y subido en la ola del boom se hizo imprescindible en cualquier acontecimiento literario.

Mordzinski tiene grandes retratos sobrios, como los de Cela, Ángel González u Octavio Paz en los que los ojos del personaje lo dicen todo. Pero quizá lo que más le caracteriza es lo que se ha dado en llamar “fotisnki”, retratos que pretenden capturar la esencia del retratado a través de la puesta en escena. Los resultados son imágenes deslumbrantes, pero personalmente me interesa mucho menos estas aproximaciones a los personajes pensadas y preparadas que la instantánea que capta la verdad más allá de la máscara.

De estas “fotisnki” quizá una de las más conocidas sea la de Vargas Llosa escribiendo arrebujado en la cama a la luz  de una vela, como el peruano hacía (con una linterna, no una vela) en su juventud. A mi la que más me gustó es un gran plano general de Sergio Ramírez sobre uno de los volcanes de su Nicaragua.

Me quedo de la exposición, por conocimiento del personaje, y por su espontaneidad con la de Francisco Ayala, de pie, como inquieto a la espera de algo, contemplado por su mujer Carolyn Richmond.

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Francisco Ayala en Granada – Daniel Mordzinski

En esa lucha contra el pasado de todo fotógrafo, Mordzinski sufrió una derrota inesperada. El fotógrafo argentino tenía su archivo particular en un armario en el espacio que el diario francés tenía cedido a El País. En unas obras alguien decidió que en esta era digital aquellas antiguallas analógicas, los miles de negativos, copias en papel y diapositivas de Mordzinski,  debían de ir a la basura. Algunos centenares de estos retratos habían sido digitalizados para su publicación en libros o periódicos, otros podrán recuperarse de copias en papel, no ya del negativo original, pero otros se habrán perdido para siempre.

Como la exposición ya está cerrada dejo este conversatorio con el fotógrafo.

Vivir es fotografiar

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Autorretrato múltiple – Carlos Saura

Dejo para el final la exposición Carlos Saura, fotógrafo (Círculo de Bellas Artes, hasta el 12 de enero) porque para el cineasta vivir es fotografiar. Lo hizo como aficionado, como en ese soberbio autorretato familiar, como profesional un par de años, como observador de la España de los 50, voyeur de sus relaciones sentimentales y familiares, documentalista de su trabajo cinematográfico. Que el ojo active el corazón y el cerebro controle el encuadre: un disparo y ya está, el pasado capturado.

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La familia Saura en Santander (1954)

De esa España de los 50 me quedo con esta foto de un Baroja ya gravemente enfermo, entrevistado en el lecho por Fernando Rey en lo que seguramente era un intento de documental dirigido por Bardem. Me emociona ver a Don Pío en tal estado y me produce ternura aquella forma de rodar, tomando foco según la distancia que se mide con una cinta métrica (colgando de la cámara). No he podido encontrar el documental, si es que acaso se llegó a terminar.

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Baroja, Fernado Rey, Bardem, en una foto de Saura (foto propia tomada en la exposición)

Luego, un paseo por su producción cinematográfica, que a mi generación nos marcó. Pippermint Frapé, Ana y los lobos, Cría cuervosCarmen y sus sucesivas obras musicales… Geraldine Chaplin, la niña Ana Torrent, Antonio Gades…

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Descanso en el rodaje de Ana y los lo, bos (1972)

Y en fin, de cierre, el fotógrafo, el mirón, reflejado en los espejos múltiples de Las Meninas en uno de sus dibujos, los fotosaurios. Fotografía y pintura, siempre en paralelo, siempre de la mano.

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Uno de los Fotosaurios (2016) (fotografía propia tomada en la exposición)

De regalo este documental.

Virxilio Vietiz: el arte funcional del retratista


Emociona ver los útiles del retratista. La vieja cámara de madera del estudio de los años 50, la Vöiglander de los 60, la Nikon réflex de los 70… todo en una vitrina al comienzo de la exposición retrospectiva de Virxilio Vieitez en el Espacio de la Fundación Telefónica. Durante 30 años el fotógrafo de bodas, comuniones, bautizos y carnets supo -sin proponérselo expresamente- convertir el oficio del que vivía en una manifestación artística y un testimonio antropológico impagable.

El retrato. Sin pretensiones esteticistas integra el retrato en el paisaje, como en esta magnífica foto de comunión en la que juega con la profundidad de campo para lograr un leve desenfoque del fondo que realza al niño engalanado de almirante. La expresión del muchacho en sus ocho o nueve años apunta introspección, responsabilidad…

Foto-carnet. Vieitez retrató a jóvenes y viejos de todas su comarca. El franquismo implantó el documento nacional de identidad con una foto en la que había que mostrar el lóbulo derecho. Todos, hasta los más ancianos, necesitaban el documento que había que renovar cada cinco años.

El fotógrafo recorría los pueblos y con una sábana blanca por fondo fotografiaba a los vecinos. No se molestaba en encuadrar el rostro -ya lo haría luego al ampliar- y hoy podemos ver el contexto del retrato. Cientos de rostros ceñudos, con la huella del trabajo duro a la intemperie. Ellos, con una americana sacada del armario para la ocasión; ellas, al menos las mayores, indefectiblemente de negro.

Y luego los carnets, de familia numerosa. Padres sin duda todavía en la treintena, pero que parecen tener cincuenta. Los niños, con poca diferencia entre ellos. Y la abuela, en la foto que inserto, como añadida postizamente al grupo, pero con la determinación de quien lo ha vivido todo.

Bodas, comuniones y bautizos reunen a la familia. Vieitez llega a los postres, los reagrupa en torno a la mesa y deja en primer término las botellas de licor, que adquieren protagonismo propio. Ha cumplido el encargo. En la atmósfera, el calor de la comida y la bebida convive con la humedad que se filtra por las paredes.

Inmigración. Según el propio Vieitez miles de sus fotos andarían por América. Una razón del retrato es enviarlo a los hijos, al marido, al novio que anda ganándose la vida en América, primero, en Alemania o Suiza, después. La radio (con su voltímetro) que la mujer rodea maternalmente es testimonio del progreso conseguido, pero también metáfora de los ausentes.

Tensión tradición modernidad. Llegan primero los indianos con los haigas y luego los trabajadores de Alemania con Opel y Mercedes. La modernidad llega a una sociedad tradicional y lo hace de un modo caótico, sin una verdadera integración, en un proceso en el que poco a poco el plástico expulsa a los materiales tradicionales y el entorno rural se ve invadido por construcciones sin espíritu y adefesios de neón.

Vieitez retrata personajes, no tiene una voluntad documental, pero nos deja un testimonio de la evolución de una sociedad ancestral, con una relación muy especial con la muerte, que trabaja el campo con bueyes, y a la que vamos viendo poco a poco evolucionar. El coche como símbolo de estatus, la joven peluquera rodeada de secadores eléctricos y éxoticos productos de limpieza, la mejoría progresiva de las vestimentas, los peinados a la moda de las jóvenes, los tractores, las gasolineras… Los rostros ya no son tan adustos.

Del blanco y negro al color. El gran reclamo de los neumáticos en una gasolinera se convierte en el totem de modernidad ante el que se retratan las jóvenes de los setenta. El fotógrafo sigue la evolución tecnológica y las demandas de su mercado, y como no podía ser de otra manera se pasa en sus últimos años al color. Pero ahí quedaron para la posteridad esos modestos negativos en blanco y negro, captados en material sensible común y con cámaras nada especiales, destinados al DNI, pero que hoy puede ampliarse en copias de gran tamaño y calidad magnífica, testimonio de una Galicia que ya no existe.

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