La larga sombra del genocidio de Ruanda


Anoche volví a ver con emoción la película “Hotel Ruanda”. ¿Qué habríamos hecho cada uno en una situación como esa? Como siempre cuando la naturaleza humana se pone al límite, unos pocos sacan lo mejor y lo peor que tienen dentro de sí, mientras que la mayoría se convierte en víctima inocente o verdugo pasivo. El director del Hotel de la Mil Colinas salvó con dedicación e ingenio a las más de mil personas que se refugiaron en sus instalaciones.

La película muestra el estallido del genocidio en Ruanda en 1994. Pero el genocidio se expandió y ramificó y todavía actúa. El gobierno hutu y los interhamwes huyeron al Zaire, protegidos por tropas frencesas y llevándose consigo al menos un millón de personas, en un éxodo bíblico y terrible. Instalados en campos en la región de Kivu, hostigaban al gobierno tutsi de Ruanda, hasta que éste intervinió en Zaire en 1997, convirtiendo a su aliado Laurent Kabila en presidente de un país, reconvertido en República Democrática del Congo. Durante esa operación se cometieron actos de genocidio contra la población hutu y se asesinó  a un grupo de misioneros maristas españoles. Por estos actos, está en curso en la Audiencia Nacional una querella contra las principales autoridades del régimen tutsi de Ruanda. Luego, Kabila rompió con sus aliados ruandeses y se desencadenó una guerra por las riquezas naturales del Congo, con participación de los países vecinos y de Francia y Estados Unidos en la sombra. En este conflicto, que todavía colea, han muerto casi dos millones de personas, víctimas de distintas fuerzas armadas, la mayoría con una base étnica.Las fuerzas de la ONU, la MONUC, nada hace para impedirlo y algunas de sus unidades se han convertido en unos agentes más del conflicto.

Entre esas milicias se encuentran las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR) que no es otra cosa que la pervivencia de las milicias asesinas de los Interhamwes. Un informe de la ONU denuncia que el FDLR tiene redes de apoyo en 25 países extranjeros, entre ellos España. Realizada por un grupo de expertos, el informe no es público, pero ha sido filtrado a AP. En el caso de España, acusa a dos Ongs L’Olivar e Inshuti de financiar a la guerrilla hutu con fondos de la cooperación. Puesto que el informe no es público, no puede juzgarse de primera mano la seriedad de estas acusaciones, pero, según parece, las pruebas se basan en la interceptación de correos electrónicos y llamadas a teléfonos satélite. Estas llamadas probarían, por ejemplo, que las operaciones clave del FDLR no se realizaban sin previa consulta a uno de sus líderes refugiado en Alemania.

Las redes españolas de solidaridad con el Congo han reaccionado ante estas acusaciones con indignación. En su página oficial UMOYA se mantiene una posición cauta en tanto no se haga público el informe. Pero en los correos masivos que esta redes han lanzado se considera estas acusaciones como una venganza por la querella interpuesta en la Audiencia Nacional contra las autoridades ruandesas. En general, todas las organizaciones de raíz católica tienden a denunciar los abusos y violaciones de los derechos humanos de que son víctimas los hutus, tanto en la República Democrática del Congo como en Ruanda, pero quizá su voz no resuena con tanta fuerza contra las milicias hutus y el propio ejército del Congo. Asumen que los hutus son los explotados históricamente y con ellos, con los más pobres, se solidarizan. Es cierto que la minoría hutu de la región congolesa de Kivu se encuentra en grave peligro, pero también que la pervivencia de sus milicias son parte del problema.

Como se muestra en “Hotel Ruanda” ni Estados Unidos ni Europa movieron un dedo para detener el primer genocidio en Ruanda. Hoy aquellos hechos y sus consecuencias presentes nos siguen cuestionando, hasta el punto de que muchas personas generosas puedan, sin saberlo, ver convertida su solidaridad en apoyo a los criminales.

Matices en la guerra del Congo


Niños soldados de Uganda en apoyo de grupos armados congoleños © APGraphicsBank

Estos días se desarrolla en el este del Congo una tragedia humana en la que miles de inocentes son víctimas de masacres, expulsiones, reclutamientos forzosos y violaciones. La I Guerra Mundial Africana se ha reactivado y son muchos los culpables. Me cuesta escribir sobre este conflicto por respeto a las víctimas, pero no puedo compartir el relato con el que algunos sectores progresistas lo explican.

Se etiqueta el conflicto como la guerra del coltán. La región de los Kivus es rica en esta mezcla de minerales, imprescindible para teléfonos móviles y otros dispositivos electrónico.s Toda la República Democrática del Congo -antes Zaire, antes Congo Belga- es riquísima en minerales. Como en casi todas partes, esa riqueza ha sido una maldición. La lucha por el control de los recursos naturales ha fragmentado el Congo desde su independencia, propiciado la existencia de caudillos locales manejados por intereses exteriores, la intervención de las grandes potencias y la interferencia de los países vecinos. Todo eso es cierto, pero intentar explicar lo que ocurre en el este del Congo como una conjura de las multinacionales con Ruanda para apoderarse de los recursos del Congo es más que una simplificación, es ignorar las raíces profundas del conflicto. En esa simplificación, Kabila es un dirigente democrático, Congo está siendo atacado por Ruanda, los tutsis masacran a los hutus, las tropas de la ONU son cómplices de los agresores ruandeses.

Las raíces profundas del conflicto no son otras que, de un lado, la destrucción del estado congoleño, convertido por el dictador Mobutu en una finca privada (como ya lo fuera propiedad de Leopoldo de Bélgica); de otro, el genocidio de Ruanda.

Es claro que si el estado congoleño controlara el territorio, las multinacionales no tendrían más que negociar, influir o corromper a esas autoridades. Pero como no existe estado, favorecen a unas u otras milicias; con ellas negocian, a ellas suministran armas… Son su brazo armado en un territorio sin ley.

En concreto, en ese territorio de los Kivus las fuerzas en presencia son:

a) el ejército nacional congoleño, más una banda de desarrapados que un ejército regulara, una banda con historial de rapiñas y violaciones de los derechos humanos; b) los mai-mai, otra banda que, bajo la capa de la tradición guerrera tribal, matan, extorsionan y violan; son aliados de Kabila y enemigos de los tutsis; c) los restos de las milicias hutus ruandesas (FDLR) responsables del genocidio, que desde Congo sigue atacando Ruanda; d) las milicias tutsis del general Nkunda, las más disciplinadas, que han cometido crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, y que no podrían llevar la iniciativa sin el apoyo del gobierno tutsi de Ruanda. Todos estos grupos, como ha denunciado Amnistía Internacional y testimoniado BBC reclutan niños y niñas

Y es que la otra raíz es el genocidio de Ruanda. En 1994, los radicales hutus desatan un genocidio en el que son exterminados cientos de miles de ruandeses, la mayoría tutsis. La victoria de las milicias tutsis del Frente Patriótico Ruandés provoca el éxodo de dos millones de ruandeses. Las milicias hutus y los restos del antiguo  ejército hutu empujan a estas masas a los campos de refugiados de Zaire. Puede decirse que en Kivu surge otra Ruanda, una Ruanda hutu, controlada por criminales, que siguen hostigando al poder tutsi al otro lado de la frontera. En 1997 Ruanda invade Kivu, desmonta los grandes campos de refugiados ruandeses y sus tropas cometen si no un genocidio planificado, sí terribles crímenes de guerra. El presidente ruandés Paul Kagame saca del ostracismo a Laurent Kabila, que en una marcha espectacular de Kivu a Kishasha termina con satrapía de Mobotu. Inmediantamente, Kabila rompe con sus aliados ruandeses y estalla la guerra mundial africana, en la que de un lado luchan Congo, Angola, Zimbabwe, Namibia con el patrocinio de Francia, y de otro, con patrocinio de Estados Unidos, Ruanda, Uganda y Burundi. El país sufre un terrible expolio. Hasta 5 millones de civiles mueren en esa guerra.

En 2002 se llega a un acuerdo de paz, pero el territorio sigue fragmentado y controlado por los distintos señores de la guerra. Joseph Kabila, el hijo de Laurent, revalida su poder en unas elecciones que terminan con la rebelión de su principal contrincante. Ahora, Kabila ha integrado en su gobierno al hijo de Mobut… La ONU despliega su más importante fuerza de paz, MONUC, con 15000 militares, un mandato fundamentado en el capítulo VII de la carta de las Naciones Unidas, y que permite a estas fuerzas utilizar todos los medios para el mantenimiento de la paz. Pero su tarea resulta imposible. El país es inmenso y sus comunicaciones precarias. Las unidades no tardan en verse en medio del fuego cruzado de unos y otros. Para los hutus, son aliados de los tutsis; para los tutsis, aliados de los hutus. El general español Díaz de Villegas, jefe de la misión, terminó por dimitir el mes pasado por considerarla destinada al fracaso. En algunos casos, las unidades de MONUC se convierten en una banda más, que, en lugar de proteger a la población, la extorsionan.

Hoy esa guerra mundial africana se reactiva. Tropas de Angola y Zimbabwe pueden esta combatiendo ya en Kivu. El coltán, los minerales, son el combustible de la guerra. Pero su causa última es no haber hecho justicia a las víctimas de genocidios y crímenes de guerra. Y su contexto el no haber dotado a MONUC con los medios necesarios para haber desarmado a todas las milicias.

(Sobre el conflicto considero de especial interés los informes y recomendaciones de Crisis Group)

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