Contra la desinformación: por una burbuja informativa responsable, plural, reflexiva, reposada


desinformacion

Cada uno en su burbuja

Se habla mucho de noticias falsas, tanto que se ha convertido en un término arrojadizo para estigmatizar cualquier información que nos moleste, como hace Trump cada día. En realidad, el problema es la desinformación, la mala calidad, las insuficiencias, la poca contextualización, el sectarismo de las informaciones que consumimos dentro de nuestra burbuja, convertida en una cámara de ecos.

Lo primero es tomar conciencia de esa burbuja, para después sanearla y enriquecerla.

Sí, vivimos en una burbuja informativa

Siempre ha sido así.

Desde la cuna absorbemos los valores familiares y culturales; la educación posterior suele reafirmar esos valores, por mucho que favorezca el pensamiento crítico -si es una educación de verdad.

En la adolescencia y primera juventud revisamos nuestro lugar en el mundo, nos comprometemos emocionalmente con unos valores (no necesariamente los recibidos) y nos definimos como pertenecientes a una o varias identidades.

En nuestro desarrollo, asumimos obligaciones familiares y tareas laborales y profesionales. Y tenemos un determinado estatus económico, unos intereses y a menudo un patrimonio. Todo ello determina nuestra forma de mirar el mundo.

Esa mirada se confronta con las representaciones que de la realidad nos llegan a través de la información (en un sentido amplio, informaciones periodísticas, arte, música, literatura, cine, televisión, videos y hoy, de modo muy notable, videojuegos y publicidad). Intuitivamente, rechazamos todo lo que suponga una disonancia cognitiva.

Solo, cuando activamos la reflexión crítica somos capaces de enriquecer nuestro entendimiento, pero eso requiere esfuerzo y a menudo ponernos en cuestión a nosotros y nuestras identidades, con el consiguiente coste emocional.

Los liberales clásicos (Milton, Stuart Mill) pensaron que la verdad se impone en el libre mercado en el que se confrontan las ideas, pero ese libre mercado ha sido capturado por los medios oligárquicos dominantes. A partir de las ideas de Habermas, una escuela de pensamiento sostiene que una sociedad democrática exige una esfera pública de comunicación, no tanto donde se dilucide la verdad, como donde se debatan las decisiones comunes.

Este espacio público comunicativo ha venido definido a partir de mediados del XIX por los medios de comunicación masivos. Pero lo cierto es que, en ese debate, en el que a menudo no han estado todas las voces, la mayoría no ha participado activamente, sino pasivamente, con una percepción selectiva, concretada en la fidelidad a unos periódicos, unas radios, unas televisiones. Vivíamos en una burbuja conectada pasivamente a la esfera pública.

Hoy, nuestras burbujas mantienen una conexión débil con esa esfera pública que siguen definiendo los medios. No es que -como siempre-  solo confiemos en nuestros medios, es que desconfiamos de la mediación profesional del periodismo.

Creemos que nosotros somos agentes activos de la información porque subimos una foto de una manifestación o de un concierto, compartimos una información, un vídeo que despierta nuestras emociones o un meme que nos hace reír, damos al botón “me gusta” o comentamos una noticia. Pero no somos tanto generadores de información (salvo casos excepcionales), como engranajes activos de su distribución.

Resulta que nuestra burbuja personal se alimenta de nuestras decisiones conscientes (buscar y leer informaciones, ver un telediario) y, sobre todo, de un flujo continuo de información que nos llega a través de las redes sociales (consideradas en un sentido amplio, correo electrónico, Facebook, Twitter, Whatsapp, Telegram) controlado por algoritmos que, precisamente, buscan reforzar nuestros gustos, fobias y filias y emocionarnos, porque de este modo interactuamos más y entregamos más datos personales a estas plataformas (engagement). Luego los datos se convertirán en beneficios empresariales.

Vivimos, pues, en un nodo de una red unido a otros nodos de semejante perfil.

Nuestra burbuja está saturada de informaciones que no podemos asimilar y nos producen cansancio; informaciones en las que predominan las emociones sobre la razón; informaciones polarizadas y sesgadas, en las cada vez es más difícil distinguir la verdad y la mentira, producidas por los medios, los gabinetes de comunicación, los servicios de propaganda, los servicios secretos, individuos militantes y, las menos de las veces, por simples ciudadanos.

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Una tipología de la desinformación. Tomada de MotherJones

Pautas para sanear nuestra burbuja informativa

Puesto que vivimos en burbujas informativas ¿podemos sanear nuestra burbuja personal y cooperar en reconstruir un verdadero espacio público?

Creo que sí, siempre que mantengamos la mente abierta, nos paremos a pensar antes de hacer clic y nos contentemos con la información que nos llega, en la mayor parte de los casos filtrada por algoritmos.

Las recomendaciones que siguen no están apoyadas en fuentes ni fundamentadas en datos y enlaces. De modo que, de acuerdo con las propias pautas, esta reflexión no sería fiable. Pero ello requeriría un mayor desarrollo del que se pretende aquí. Se anima a los lectores a que las complementen con sus propias fuentes. Son recomendaciones pensadas para personas comunes, no para periodistas que tienen conocimientos, experiencia y herramientas para luchar contra la desinformación de forma profesional.

En esta reflexión, los términos información o informaciones se remiten a mensajes referidos a la realidad y casi siempre a cuestiones de actualidad, no de ficción. Pueden ser informaciones periodísticas, entradas de blogs, tuits, actualizaciones de Facebooks, correos electrónicos, fotos, vídeos, mensajes de whatsapp etc.

Estas son algunas pautas (pragmáticas y no exhausitvas) para lograrlo. Todas ellas se resumen en una: seamos críticos con los “otros” y con “los nuestros”.

Reflexión

No te quedes en el titular. Lee toda la información. Confróntala con tus ideas y opiniones. Reflexiona.

No te dejes llevar por la emoción. No siempre tiene más razón quien más te emociona.

No te quedes en el acontecimiento, en el hecho aislado. Colócalo en un contexto, piénsalo como parte de un proceso.

Abre en una nueva ventana del navegador los enlaces incrustados en la información para revisarlos cuando termines de leer la información principal. Enriquecerás tu visión con informaciones complementarias.

Reserva las informaciones más largas y documentadas para una lectura posterior. La mayor parte de los navegadores tienen un botón para ello.

Verdades y mentiras

Ni todas las informaciones que son contrarias a nuestras posiciones son mentira, ni todas las que las refuerzan son verdad.

La primera operación para determinar la veracidad de una información es analizar su verosimilitud. La mayor parte de las informaciones inverosímiles son falsas, pero no siempre. Tampoco todas las informaciones verosímiles son verdaderas y muchos bulos se fabrican expresamente para parecer verosímiles.

Para determinar la verosimilitud hay que fijarse no solo en el mensaje principal, sino también en los detalles: fechas, lugares, costumbres, situaciones. En el caso de imágenes y vídeos hay que observar si hay elementos visuales chocantes, por ejemplo, posturas poco naturales, sombras donde no debiera haberlas, rótulos en lengua distinta del lugar en el que supuestamente ha tenido lugar el acontecimiento,

Muy importante es confrontar la fecha de la información con la fecha del acontecimiento. ¿Realmente lo que recibimos ha ocurrido ahora o es una recuperación interesada de algo ocurrido en el pasado que se quiere hacer pasar por presente? Por ejemplo, declaraciones que se dicen hechas hoy verano y el personaje aparece con ropa de invierno.

En caso de duda, coloquemos el titular, una frase o una imagen en la caja de búsqueda de Google y en mayor parte de los casos podremos reconstruir la historia de la información, dónde y cuándo se publicó por primera vez, la trazabilidad de la información.

Si una información “sensacional” (por ejemplo, un atentado, un magnicidio, la muerte de un famoso) no es recogida por ningún medio profesional el hecho será falso o todavía no está suficientemente contrastado.

Podemos recurrir a algún sistema de verificación. Para España, Maldito Bulo (https://maldita.es/malditobulo/) es la referencia para las informaciones virales.  Puede consultarse su página y se les puede enviar la información dudosa por Whatsapp al 655 19 85 38. O en Twitter incluir el enlace a la información y citarles (@MalditoBulo) y responderán automáticamente.

Si encontramos una información falsa, trasladémosla a un sistema de verificación como Maldito Bulo. Difundamos en nuestras redes un desmentido, con un enlace a la información que prueba la falsedad. Educadamente, comuniquemos al contacto que nos ha enviado la información su carácter falso. Difundamos informaciones verdaderas que contrarresten las mentiras.

Fiabilidad

La fiabilidad, el valor intrínseco de una información, más allá de la pura mentira, depende de sus fuentes.

Preguntémonos, en primer lugar, por la fuente de la que nos llega la información.

Nuestros amigos y contactos no son casi nunca el origen, ellos no son más que un eslabón en la cadena. Pero como los conocemos sabemos que unos son más serios que otros, más o menos reflexivos, más o menos exaltados. Desconfiemos de toda información que nos llegue de un contacto desconocido.

Si el origen está en un medio, confiemos más en los profesionales y bien establecidos, aunque no compartamos su línea editorial, que en los más sensacionalistas. Seamos críticos con las informaciones producidas por gabinetes de comunicación y servicios de propaganda y en general con toda información de parte.

Un segundo nivel es el análisis de las fuentes internas de la información: de donde salen los datos, quiénes y qué cualificación tienen los que opinan y cuáles son sus intereses o tendencias.  Si una fuente es presentada como experta, busquemos su adscripción a empresas, centros, organizaciones que pueda sesgar su supuesta imparcialidad.

Que la interpretación de los datos que haga la fuente sea contraria a nuestras opiniones no quiere decir que los datos sean falsos. Por ejemplo, un informe del Fondo Monetario Internacional puede recomendar bajar las pensiones (una política que nos puede parecer injusta y a la que nos oponemos), pero contener datos demográficos válidos.

Desconfiemos de los mensajes simples, sin argumentos ni matices. Es el caso de vídeos en los que personajes famosos o anónimos reiteran variaciones sobre un mismo mensaje hablando a cámara con mucha convicción. Suelen formar parte de campañas que pretenden el compromiso sin la reflexión. Lo mismo cabe decir de los memes (patrones de información simplificada que se comparten viralmente, una simplificación del concepto de Richard Dawkins).

Confiemos en las informaciones que presentan el mensaje en su contexto. En aquellos que se apoyen en datos, que se remitan a otras fuentes e incluyan los enlaces para acceder a ellas.

Desconfiemos de las informaciones llenas de gritos, exclamaciones, insultos, descalificaciones.

Desconfiemos de las teorías conspirativas.

Ruido

Nuestros amigos, contactos, seguidores… están ya saturados de información. Por tanto, pensemos si vale la pena compartir con ellos otra información más.

Que todo lo que comportas aporte valor. No compartamos obviedades, noticias antiguas, memes reiterativos. Comparte lo valioso, lo reflexivo. No rebotes lo que todos saben. Aporta algo propio.

No compartas nunca una información sin leerla previamente. No basta el titular o la foto o unos segundos de vídeo. Si no la hemos leído no podemos estar seguros de que sea valiosa.

No des “me gusta” sin reflexionar sobre el contenido de la información y la realidad a la que se refiere. ¿Nos gusta la información sobre un hecho luctuoso o injusto? ¿Nos gusta ese hecho?

No apoyes campañas digitales sin un verdadero compromiso, si no estás dispuesto a defender esa causa por otros medios y sin entender realmente de que se trata. No te dejes llevar por la emoción.

No uses listas de correo o grupos de Whatsapp para otros fines distintos para los que se han creado. No uses, por ejemplo, un grupo de vecinos creado para compartir las actas de la junta de propietarios para enviar noticias, chistes, apoyo a causas, memes, para defender tus ideas políticas o afinidades deportivas.

En una cadena de información no reiteres lo que ya se ha dicho. No añadas tras cada intervención emoticonos innecesarios.

No entres en polémica con trols, no respondas a sus groserías o provocaciones, no vale la pena, es lo que están buscando. Si te insultan o amenazan personalmente denúncialo en una comisaría.

Crea en la medida de tus posibilidades contenido nuevo que aporte datos y argumentos.

Cuando compartas una información valiosa, añade un comentario resaltando lo que te ha parecido más importante.

 Pluralismo

Sigue a fuentes valiosas y documentadas, estén o no de acuerdo con tus posiciones.

En Twitter, explora a quien siguen tus contactos para buscar fuentes interesantes.

Comparte informaciones que sean contrarias a tus posiciones cuando estén documentadas.

Periódicamente, echa un vistazo a medios, personajes o fuentes contrarias a tus posiciones, incluso aquellas no fiables o sectarias, en el caso de estas últimas para conocer los argumentos (fundamentados o no) a los que tendrás que responder en algún momento. (Sí, ya sé, es irritante).

Bloquea a trols y a todo el que en una red social tenga un comportamiento ineducado, pero no a aquellos que manifiesten posiciones contrarias a las tuyas.

Fuentes

Sin ánimo de exhaustividad, algunas fuentes orientadas más a periodistas que al ciudadano común.

 

 

 

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Verdades, mentiras y periodismo


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Seminario en la UCM

Discenir entre el mundo real y el mundo percibido ha sido y es tarea central de la filosofía y la psicología. Buscar la verdad y desenmascarar la mentira en la vida pública es el núcleo de un periodismo ético… y hacer pasar lo falso por verdadero es una de las perversiones del periodismo. Alterar nuestra percepción es la finalidad de la propaganda, la publicidad, el marketing y las relaciones públicas.

Ayer asistí ayer al seminario que se recoge en la imagen de cabecera de esta entrada. La aproximación al fenómeno de la desinformación se hizo, claro, desde una perspectiva periodística, pero también, y esta fue para mi la novedad, desde la psicología. Por casualidad, a lo largo del día, encontré otros materiales dan una visión más global al fenómeno, más allá de las manidas fake news. Así que en esta entrada no voy a hacer una elaboración personal y me voy a limitar a recoger algunas ideas y sobre todo fuentes valiosas.

No llames fake news a las mentiras

Myriam Redondo nos recordó en el seminario cómo Trump ha convertido el término fake news en arma arrojadiza para descalificar cualquier información no ya crítica, sino simplemente no laudatoria. Redondo mantiene un excelente blog (Globograma) en el que desgrana herramientas, que ha recogido en su libro Verificación digital para periodistas.

Los medios y los periodistas (obligados o no) han sido factor de la actual desinformación. Recuperar la credibilidad perdida (Javier Mayoral indicó hasta 10 causas de nuestro descrédito) pasa por la verificación rigurosa con las viejas y las nuevas herramientas.

Fake news ha sido también la etiqueta con la que se han marcado las interferencias de Rusia en ecosistemas informativos para influir en resultados electorales. Interferencias, haberlas haylas, pero luego nos hemos enterado que mucho más relevantes fueron las realizadas por Cambidge Analytica. La visión de la información fabricada como una manifestación de la guerra híbrida está en este Documentos TV de factura danesa, Fábrica de mentiras (vídeo).

La UNESCO prefiere distinguir entre desinformación (información falsa creada deliberadamente), información errónea y uso sectario de la verdad. Aquí se puede descargar su manual de verificación para periodistas (pdf).

Los bulos han existido siempre, lo que cambia ahora es la viralidad, como recuerda este tuit de Anna Bosch, citando al general Sanz Roldán

La imagen también miente

He sostenido siempre que las imágenes no mienten, mienten los que las emplean. Pero ahora estamos llegando a un uso de la inteligencia artificial que permite cambiar las palabras e incluso el rostro y la apariencia de cualquier personaje en un vídeo. Y esta al alcance de cualquiera con una simpe aplicación descargable en el teléfono. Es el fenómenos del deepfake.

Sí, estos vídeos fabricados mienten y engañan nuestra percepción. Claro que como suelen mostrar a los personajes haciendo o diciendo algo contrario a su personalidad o trayectoria es fácil desconfiar de ellos y todavía existen herrramientas para detectar la falsedad. Pero el daño a la reputación e intimidad (por ejemplo las estrellas del espectáculo insertadas en escenas porno) puede ser irreparable. Y, sobre todo, puede que dentro de poco la falsificación, inteligencia artificial y learning machine mediante, sean tan sofisticadas que solo puedan desmontarse con herramientas de alta tecnología.

Un paso más atrás están las actuales experiencias de periodismo inmersivo, con el uso de realidad virtual. No niego la importancia de que el periodismo transite por este camino en el que, esencialmente, se busca la implicación emocional del espectador poniéndole “virtualmente” en una determinada situación o en el lugar de otro. De alguna manera es lo que ha venido haciendo desde hace décadas una de las escuelas del cine documental. Pero creo que el periodismo debe ser capaz de hacer un ejercicio bretchtiano, combinando la implicación emocional con el distanciamiento racional. En cualquier caso, aquí dejo esta guía de buenas prácticas sobre periodismo y realidad virtual de Frontline, el programa de periodismo de investigación de la rtv pública estadounidense PBS.

El sesgo viene de serie

En esa jornada de ayer, el profesor de psicología Rubén Sanz Blasco sintetizó los sesgos cognitivos mediante los que percibimos la realidad. Todos ellos podrían resumirse en el sesgo de la disonancia cognitiva. Nuestro sistema de percepción intuitiva, siempre en funcionamiento, no admite las disonancias, que resuelve transmitiéndonos una información en la que se concilian las diferencias perceptivas. Solo la intervención posterior de percepción racional, que exige la activación voluntaria, puede encontrar el posible engaño perceptivo.

La profesora de la Universidad de Nueva York Andrea Pereira nos trasladó los resultados de una interesante investigación, según la cual en la difusión de bulos o informaciones sectarias, el factor esencial es el acomodo a los objetivos estratégico del grupo con el que nos identificamos (en su caso, republicanos o demócratas) y no las creencias ni los perjuicios previos. Esta es la investigación, Identity concerns drive belief in fake news, en proceso de prepublicación y todavía sin revisión por pares.

Por la noche me encontré en La Dos este Documentos TV, ¿Verdadero o falso?, de producción nacional, que partiendo del relato de grandes simuladores como Enric Marco, explora los últimos desarrollos de las ciencias neurológicas y su implicación para nuestra percepción del mundo, de la verdad o la mentira. Fue una profundización en los conceptos que había expuesto el profesor Sanz. Os aconsejo que no os lo perdaís (este es el enlace). Es una lástima que RTVE ya no facilite el código para incrustar. Pero para compensar, inserto finalmente la última producción de Orson Wells, una aproximación al tema no desde la ciencia sino desde la ambigüedad y el humor del genial cineasta.

Así se manipula


 

El objeto de esta entrada es reflexionar sobre un concepto tan elástico como el de manipulación.

Hace unos días las trabajadoras de RTVE (@mujeresRtve) lanzaron la campaña #Asísemanipula. Se trata de contar en primera persona episodios de manipulación en que se hayan visto envueltos los profesionales.  Las mujeres de la radiotelevisión pública han querido aprovechar las redes creadas en torno al 8 de marzo para denunciar la manipulación, justo en el momento en el que el PP ha bloqueado el proceso de selección por concurso de la cúpula de RTVE.

La campaña ha tenido éxito (1,3 millones de impactos en tres días), pero no olvidemos que los mensajes en las redes sociales llegan a los convencidos y que cualquier telediario de La Uno más que dobla esa audiencia. Así que, más impacto tienen los viernes negros, con presentadores y reporteros de negro para exigir que el PP se sume al consenso para aplicar el concurso público.

Lo que hacen los trabajadores de RTVE es denunciar malas prácticas periodísticas.

El testimonio en primera persona tienen mucha fuerza, pero estas malas prácticas están sistemáticamente documentadas en los informes de los consejos de informativos que, lamentablemente, no están directamente disponibles en sus páginas webs.

Antes de la existencia legal de los consejos, los periodistas de TVE y RNE crearon  (1996-2006) distintas instancias alegales (Comité Antimanipulación, Consejo Provisional de Informativos) que denunciaron manipulación ante la prensa. Y siempre existieron denuncias internas, incluso difundidas por los sistemas de mensajería electrónica, desde que en 1988 se instaló el primer sistema informático en la Redacción. De modo que no, los informadores de RTVE no han despertado de repente.  Pero, ahora, están diciendo basta, hasta aquí hemos llegado.

¿Solo existe manipulación en los medios públicos? Por supuesto que no, pero el precio a pagar en los privados por las denuncias puede ser el despido. En los medios públicos el castigo es el ostracismo profesional: arrinconamiento de los profesionales más críticos y, como consecuencia, creación de redacciones paralelas de fieles.

Informar es encuadrar

Que no se escandalice nadie. Informar es manipular en un sentido amplio. La realidad es multiforme y cada uno, tanto en nuestra percepción personal, o como periodistas, nos aproximamos a ella con una serie de filtros: valores personales, profesionales y principios editoriales en el caso de los periodistas. No existe una información objetiva única que pueda encerrar toda la realidad. Y menos en un minuto de telediario.

Para entender la realidad y hacerla entendible los periodistas no tenemos más remedio que enmarcarla o encuadrarla, esto es acudir a una idea central organizadora, que da sentido al acontecimiento y sugiere lo que está en juego (London, 1993). No es lo mismo crimen pasional que crimen machista.

Quizá una de las mejores aproximaciones al encuadre es la de Entman (1993):

“Encuadrar es seleccionar algunos aspectos de una realidad percibida y hacerlos más sobresalientes en el contexto de un proceso de comunicación, de tal manera que se fomente una definición particular del problema, una interpretación causal, una valoración moral y/o la recomendación de un tratamiento para el asunto descrito.”

Entonces ¿no existe la verdad? Claro que sí, los hechos son sagrados, pero no siempre es fácil desentrañar su sentido. Por eso se requiere una información plural, proviniente de distintos medios con distintos principios editoriales (pluralismo externo) y construida profesionalmente respetando la libertad de los informadores y el respeto a sus códigos éticos (pluralismo interno).

Qué es manipular

Manipular es presentar la realidad de forma que no sea reconocible para un observador neutral. Habrá diferencia en las interpretaciones, pero los datos básicos deben respetarse y ser reconocibles, aunque los llamemos y los enmarquemos de manera distinta.

Manipular es:

  • Mentir. Presentar como real algo inexistente. Se puede mentir hasta con fotografías, cuando, por ejemplo, se presenta una captura de un vídeo tutorial sobre intubación como la prueba del estado crítico de Chávez. Se miente también cuando se alteran las imágenes, cuando se cierra el plano para, por ejemplo, mostrar en una pancarta la conjunción euskera “eta”, como si fuera un lema de apoyo a la organización terrorista;
  • Ocultar la realidad. Fijarse solo en un aspecto parcial de la realidad que no es representativo de la misma. Un caso clásico: la información sobre una manifestación masiva y pacífica se focaliza en los disturbios provocados por una minoría. Ocultar la realidad es, también, quedarse en lo episódico, en lo banal;
  • Ser parcial.Tomar partido por una de las partes en un conflicto, anulando e igorando al resto. Por supuesto, los medios privados tienen sus principios editoriales, que les legitiman para apoyar a las opciones políticas o sociales que deseen, pero no para anular los argumentos de otras partes relevantes. En el caso de los medios públicos la regla es la imparcialidad. La radiotelevisión pública no puede tomar más partido que a favor de la dignidad humana, los derechos fundamentales y los principios constitucionales;
  • Ser falsamente imparcial. Recoger acríticamente las distintas versiones, sin profundizar, sin mayor esclarecimiento, tratando a todas por igual. Por ejemplo, poniendo en el mismo plano a los contrarios a las vacunas y a la doctrina científica. O, lo que es el mal más generalizado en España, limitando el trabajo informativo a recoger “cortes”, “totales” o “tuits” de los partidos que nada aportan (periodismo de declaraciones);
  • Sesgar la información. El encuadre supone una confrontación con la realidad, un esfuerzo por aprehender sus elementos definitorios, por encontrar su sentido y hacerlo de forma comprensible para los demás. El sesgo aparece cuando se sustituye un enfoque trabajosamente construido por un enfoque prefabricado (por nuestros intereses o prejuicios, por las fuentes o por los responsables editoriales) que excluye esa búsqueda de lo relevante; esto es. una pauta impuesta de modo sistemático.

La manipulación opera en la selección del acontecimiento (qué es y qué no es noticia) y su tratamiento (valoración editorial, relieve, duración en el tiempo).

Malas prácticas profesionales

La manipulación se asienta en malas prácticas periodísticas, que es lo que están denunciando los trabajadores de RTVE.

El trabajo informativo tiene una dimensión ética. Desde los años 20 del pasado siglo, las organizaciones de periodistas han codificado los deberes éticos que el periodismo comporta.  Un paso más es concretar los principios éticos generales en catálogos de buenas prácticas y delimitar las malas prácticas que incurren en algún tipo de manipulación o atentan contra la libertad informativa de los periodistas.

En el caso de RTVE, el código ético se encuentra recogido en el Estatuto de Información y las buenas y malas prácticas en su Manual de Estilo. Los informes de los consejos de informativos tienen su referencia normativa en estos documentos. No así, en las denuncias personales de estos días, mucho más libres.

Simplificando, creo que estas denuncias pueden clasificarse en dos categorías:

  • Atentados a la libertad de información y al buen hacer y la dignidad profesional: recibir el argumentario del PP para hacer una información; exigir que se den unas declaraciones y no otras; retirar a un corresponsal de un escenario bélico por presiones externas; ordenar hacer una información sin un elemento sustancial; ordenar que no se verifique una información…
  • Parcialidad, sesgo, encuadre episódico: dar más relieve a las posiciones del gobierno, ocultar los datos que le son negativos, no dar un hecho hasta que no hay réplica gubernamental, llenar los informativos de banalidades…

Percepción de la manipulación

Cada uno tenemos una mayor o menor identificación con los distintos medios, de acuerdo con nuestos puntos de vista y posiciones en la vida. Así que tendemos a considerar que manipulan aquellos medios que no se adaptan a nuestra visión.

Las denuncias profesionales son un buen barómetro de la manipulación. Por supuesto, tienen más valor las documentadas y argumentadas por los consejos de informativos que los tuits de estos días. Pero, en todo caso, en cuanto que agentes del proceso, están cargadas de una ineludible carga subjetiva.

Que no se me entienda mal, doy todo el crédito a estas denuncias, pero para determinar la existencia de manipulación debe acudirse a estudios científicos, análisis de contenido rigurosos que tengan en cuenta el toda la programación informativa: una información puede estar sesgada o no profundizar, pero el conjunto puede ser equilibrado y esclarecedor.

Estudios de contenidos realizan distintos grupos de investigación, pero siempre con muestras limitadas o sobre acontecimientos puntuales. Deben ser los reguladores externos quienes realicen de modo sistemático estos estudios. En nuestro caso, la CNMC, se limita a estudios puramente comparativos de la presencia y el tiempo dedicados a las fuerzas políticas (Informe CNMC cumplimiento servicio público RTVE). En TVE, en 2015 el Gobierno y su partido acaparan un 57% y bajan a un 40% en 2016. En RNE, en 2015 suman un 45%.

Mi percepción -todo lo sesgada que se quiera, en cuanto extrabajador de RTVE- es la de que los informativos de TVE están claramente sesgados a favor del Gobierno, enfangados en lo episódico y lo banal, pero, con todo, son más completos y permiten tener una visión más general del mundo que los de la televisiones privadas.

En cuanto a los informativos de RNE me parecen mucho menos parciales que los de TVE y así lo dejo dicho aquí, rectificando la equiparación que realizaba en la tribuna publicada la semana pasada en El País.

Los espacios de opinión de ambos medios, y especialmente sus tertulias, me parece carentes de pluralismo y son expresión del “pensamiento único”: ortodoxia neoliberal, toda alternativa es populismo, interpretación restrictiva y partidista de la Constitución.

De la manipulación a las fake news

Mal que bien estamos -profesionales y público- acostumbrados a tratar con la manipulación. Conocemos la orientación editorial de los medios, podemos seguir distintos medios si queremos, detectamos la parcialidad, sobre todo si va contra nuestras posiciones.

Las técnicas tradicionales de manipulación se centran en oscurecer la verdad, interpretarla abusivamente, retorcerla… Ahora hemos entrado en un nuevo estadio, el de las noticias falsas, las fake news. Se trata de, invocando el pluralismo, construir otro relato, una “verdad” alternativa, en el que las teorías conspirativas tienen una parte muy importante. La verdad ya no importa.

Las noticias se fabrican para una parte importante de la opinión pública que cuestiona radicalmente a los medios tradicionales, a los que acusan de manipulación sistemática. Se trata de sectores sociales polarizados a la izquierda y la derecha, que requieren respuestas sencillas a problemas complejos. Y una vez fabricadas se viralizan en estrategias perfectamente diseñadas, hasta construir un ecosistema mediático alternativo. Recomiendo la lectura de este trabajo que disecciona el fenómeno en Estados Unidos.

Si difícil es luchar contra la manipulación tradicional, más difícil lo será contra esta manipulación alternativa. La solución, una ciudadanía educada y crítica. No, desde luego, procedimientos de censura que establezcan la “verdad oficial”.

 

 

Regulación de las plataformas sociales como servicios de interés económico general


not_facebook_not_like_thumbs_downAsí que Facebook guarda los registros de todas mis llamadas y sms… ¡Me doy de baja!

Esta fue mi reacción, borrar mi cuenta de Facebook, como han hecho miles de personas (#deletefacebook) en protesta por el escándalo de Cambridge Analytica: los datos de 50 millones de perfiles en manos de una compañía de estrategia electoral, decisiva para la victoria de Trump (y parece que también para el Brexit). Finalmente, no lo he hecho. Dedico muy poco tiempo a Facebook, pero tengo algunos contactos que perdería si saliera de la plataforma.

Dicho en téminos no personales: las plataformas tecnológicas se han convertido en un elemento esencial de sociabilidad, crean las distintas burbujas comunicativas de las que dependemos para nuestras relaciones sociales y profesionales… y de las que recibimos una parte esencial de la información que  construye nuestra percepción de la realidad. Y todo ello gobernado por unos algoritmos, diseñados para promover el máximo beneficio para estas empresas tecnológicas. Podemos desconectarnos, pero corremos el riesgo de quedar al margen del pálpito de nuestra sociedad (mejor sería decir, de nuestras diversas comunidades).

Como ocurriera con los ferrocarriles, la energía o las telecomunicaciones, un servicio desarrollado primariamente por compañías privadas se convierte en un elemento esencial de desarrollo social y económico. Llega entonces la intervención pública, bien en forma de regulación o, de forma más radical, como declaración de servicio público.

Estos son los elementos que convierten a estos servicios en algo más que un servicio privado:

  • Explotan una materia básica, los datos personales, que, mediante la aplicación de técnicas de inteligencia artificial, se transmuta en valor social, económico y político, que modela nuestras sociedades;
  • La extracción de esa materia prima entra en conflicto con los derechos de la personalidad (a la imagen, a la vida privada, a la integridad y el control sobre nuestros datos);
  • Tienen una posición de dominio en sus mercados (83% de las búsquedas Google, 60% de la publicidad Facebook);
  • Controlan mediante algoritmos la burbujas sociales en que se fragmenta el espacio público (difusión de información, interacción), previa destrucción del ecosistema mediático.
  • Desarrollan prácticas tributarias depredatorias para el estado de bienestar;
  • Desarrollan innovación disruptiva, que destruye empleo;
  • Se apropian de la creatividad de sus millones de usuarios y solo en algunos casos (YouTube) la retribuyen.

Estos servicios se regulan mediante contratos privados de adhesión, con expresa remisión a la jurisdicción norteamericana y a menudo a las leyes del Estado de California y la única supervisión de estas empresas es la Comisión de Comercio de Estados Unidos. En lugar de las leyes nos censuran algoritmos, que deciden lo que es legítimo o no difundir. Frente a ellas no tenemos más que costosos y complejos procediemientos civiles a desarrollar… en California.

Nacieron estas plataformas de una matriz libertaria capitalista, en un momento donde las regulaciones de los servicios esenciales se van haciendo cada vez más tenues. Además, y esto es sustancial, su actuación es transnacional.

Ningún estado puede de forma individual intentar regular su actividad. Pero sí podría la Unión Europea dar un paso adelante declarándolas servicios de interés económico general, lo que posibilitaría la imposición de determinadas obligaciones de servicio público, de modo semejante a como los servicios de telecomunicaciones están sometidos a obligaciones como prestadores del servicio universal.

No se trata tanto de establecer  una norma especifica, como de tomar en cuenta las especificidades de estos servicios en los distintos campos regulatorios. Facebook no puede, por ejemplo, tener las mismas obligaciones respecto al tratamiento de los datos de sus usuarios que, por ejemplo, un dentista con respecto a los de sus pacientes.

La regulación más específica debe referirse a los contratos de adhesión, para simplificarlos, hacerlos más claros y sencillos y reequilibrar la relación empresa-usuario. También establecer que la jurisdicción competente sea la del país del usuario.

La gestión de los datos debe entregarse al usuario de forma sencilla y transparente, con la posibilidad de recuperar y eliminar todos sus datos de la red social. Puede que estas obligaciones estén ya presentes en las directivas europeas y en las legislaciones naciones, pero requieren de mayor concreción.

Regular las redes sociales no puede significar censura. Ejercer cualquier tipo de control sobre los contenidos, ya sea privado -como de hecho hacen las redes, especialmente Facebook- o público, dañaría irremediablemente las sociedades democráticas. Luchar contra la noticias falsas, una manifestación del fenómeno más amplio de las noticias falsas, no tiene una respuesta sencilla ni unívoca. El Grupo de Alto Nivel de la Comisión Europea (pdf informe) propone para luchar contra la desinformación:

  • Mejorar la transparencia de las fuentes de la información en línea;
  • Promover la educomunicación;
  • Desarrollar herramientas para que periodistas y públicas puedan afrontar la desinformación;
  • Salvaguardar la sostenibilidad del ecosistema mediático europeo
  • Promover la investigación.

No hay soluciones mágicas. Por ejemplo, transparencia respecto a las fuentes puede ser indicar, como ha empezado a hacer YouTube en Estados Unidos, que un canal de televisión se financia con fondos gubernamentales. No es lo mismo la BBC, que RT, pero en todos los casos un disclaimer semejante parece advertir que hay algo perverso en la financiación pública, lo que no deja de traslucir un perjuicio del algoritmo, o, mejor dicho, de sus programadores.

Las obligaciones de servicio público que la regulación puede imponer en el derecho comunitario a un servicio económico de interés general siempre serán limitadas. Por eso, para garantizar un interés público más allá de los intereses privados están los servicios públicos; en el campo de la comunicación los PSM (Public System Media), la transmutación de los viejos servicios públicos audiovisuales. A su función de reconstructores del espacio público dedicaré una próxima entrada.

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