Se ha producido un error; es probable que la fuente esté fuera de servicio. Vuelve a intentarlo más tarde.
No se autoriza la extracción ni monitorización de los contenidos de este blog para entrenar a cualquier software o dispositivo de Inteligencia Artificial
Judíos de Centroeuropa deportados «voluntariamente» por los nazis. Fuente Yad Vashem.
Bajo el título «regreso al pasado» hoy pensaba hablar de un tema nacional, la escasez de vivienda hoy como ya ocurriera después de la guerra y la miseria que llevaban consigo las viviendas hacinadas, que denunció Buero Vallejo en su obra «Historia de una escalera», estos días puesta en escena en el Teatro Español, el escenario en que se estrenó en 1949. Pero, la propuesta de Trump de vaciar «voluntariamente» Gaza para convertirla en la Riviera de Oriente Próximo, me ha traído a la memoria otro plan disparatado, el llamado Plan Madagascar
El Plan Madagascar fue una de tantas fantasías nazis. La sección de asuntos judíos del Ministerio de Exteriores pensó que entre las condiciones impuestas a Francia en la capitulación podría estar la entrega de la isla del Índico para reasentar allí a los judíos centroeuropeos, que dadas las condiciones naturales de la isla supondría su exterminio. El bloqueo naval británico hizo inviable tal plan y en su lugar se puso en marcha el plan genocida de la Solución Final. Era más fácil y económico crear guetos en los países ocupados y engañar a los concentrados ofreciéndoles el traslado en tren a supuestos «campos de trabajo», prometiendo mejores condiciones; en realidad, el destino final eran «campos de exterminio» a escala industrial.
Trump no pretende mandar a los palestinos a campos de exterminio, sino proseguir su destrucción como pueblo, que ya empezó con la Nakba en 1947-48, cuando los militares judíos expulsaron de sus hogares a 700.000 palestinos, que tuvieron que huir a los países vecinos. Lo que Trump propone es la reedición de la Nakba (muchos de los gazatíes son descendientes de refugiados que tuvieron que huir de lo que hoy es el norte de Israel). Esos refugiados palestinos siempre fueron un estado dentro de los países de acogida, desde los que lanzaban ataques contra Israel. Tanto Jordania, como Líbano se vieron desestabilizados por esta situación.
No es raro que ningún país árabe quiera apoyar la fantasiosa propuesta de Trump. Aunque la «calle árabe» ya no es lo que era, las protestas y la desestabilización estarían aseguradas.
El plan es una apuesta inmobiliaria, en el estilo de Trump, una provocación para «enmarcar» el relato de un proceso de negociación y que se puede retirar cuando haya conseguido determinados efectos. En este caso creo que trata de dinamitar el proceso de paz en Gaza y dejar manos libres a Israel para que siga con su limpieza étnica en Cisjordania. Si su plan no es aceptado, tanto Trump como Netanyahu dirán que con los terroristas palestinos, a los que se les ha ofrecido un futuro radiante no se puede negociar y solo cabe exterminarlos, nada de dos Estados.
Trump y Musk: Los multimillonarios gobiernan directamente, sin necesidad de intermediarios
Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del planeta por su participación en el fondo de inversiones Berkshire Hathaway, lo dijo paladinamente hace unos años:
«Por supuesto que hay lucha de clases y la mía ha ganado esa guerra»
La victoria de los superricos entra en otra dimensión. Ya no necesitan intermediarios ni gobiernos títeres. Ahora, prometiendo políticas de la ultraderecha, el multimillonario Trump vuelve a la Casa Blanca y con él el payaso tecnológico, Elon Musk, el hombre más rico del mundo por el valor en bolsa de sus empresas. (Por cierto, ya veremos cuanto tardan en chocar estos dos egos gigantescos).
Desde los gobiernos los multimillonarios pueden cambiar legislaciones para favorecer sus empresa y negocios. O, indultarles de sus delitos, como hará Trump o presionar a los jueces, como hacía Berlusconi. Los gobiernos dejan de ser neutrales.
Trump ha ganado prometiendo perseguir al inmigrante y hacer «América grande de nuevo» (MAGA, por sus siglas en inglés) un nacionalismos, que, ahora sabemos (nada se había dicho en la campaña electoral), podría incluir acciones como ataques a los carteles del narcotráfico en México, la toma militar del canal de Panamá o Groenlandia recursos minerales y estratégica para las rutas navales según se va deshelando el Ártico) o la presión económica sobre Canadá para convertirlo en un estado de la Federación estadounidense. O la expulsión masiva de mexicanos (esto fue una de las promesas estrella de la campaña).
Y con los multimillonarios llegan al poder el nuevo fascismo 3,0, el de las fronteras y los muros, que está ganando la batalla del relato para estigmatizar los derechos humanos y el respeto de las diferencias como una ideología censora (woke) que lucha contra los valores nacionales para proteger a los inmigrantes y al las familias antinaturales en lugar de las naturales y la mentira del cambio climático.
Injerencias de Musk en Europa
Desde su altavoz en su red social X (antes Twitter) Musk apoya a la ultraderecha europea. Para él solo Aternativa para Alemania (AfD) puede salvar Alemania o Maine Le Pen Francia,
Las injerencias de Trump no son nuevas. Durante su primer mandato, Steve Bannon, intentó cuajar un internacional de movimientos ultraconservadores. Aunque ese intento contaba con abundante financiación, era un movimiento de organizaciones elitistas, mientras que ahora se trata de un ataque desde una popular red social desde la que puede crear desinformación viral.
Libertad de expresión y manipulación
Musk es libre para defender las ideas que quiera y donde quiera y apoyar a las opciones políticas que desee. Lo que no puede hacer es manipular el algoritmo de su red para favorecer estas opciones.
Los magnates tecnológicos siempre han defendido que sus plataformas no son medios y que, por tanto, no deben estar sometidas a las mismas normas de responsabilidad que los medios; razonamiento que salta por los aires cuando su propietario hace campañas políticas, además cabalgando sobre bulos y desinformación.
La Unión Europea ha intentado dar una respuesta a estos problemas con suLey de Servicios Digitales. que afecta a los plataformas digitales, incluidas las redes sociales, que superen los 45 millones de usuarios mensuales en todo el territorio de la UE, Estos servicios están sujetos a un sistema de rectificación rápida, so pena de multas millonarias.
Tanto Twitter, como Meta (Facebook, WhatsApp, Instagram) tenían sistemas de monitorización de bulos o informaciones delictivas (terrorismo, pornografía, pederastia) sobre la base de normas establecidas por ellas mismas. Cuando Musk llegó a Twitter (que no llegaba a ese número de usuarios en Europa) desmontó este sistema. Y ahora hace lo mismo Meta.
Dicen que la alternativa son las notas de aprobación y contexto de la comunidad. Difícilmente estas notas pararán los bulos de la ultraderecha, Las redes sociales son «cajas de ecos», que nos hacen llegar lo que queremos oír. Sus algoritmos propalan los bulos y las opiniones más extremas. Y la injerencia de Rusia y China no tienen un papel no menor en estas campañas de desinformación, que intentan desacreditar a las democracias,
Así que las redes sociales en manos de multimillonarios serán cada vez más el caballo de troya de la ultraderecha en nuestras democracias.
La soberanía europea
Ya sabemos el poco aprecio de Trump y Musk por Europa y la UE, pero ahora gobiernos, como el de la neofascista Meloni abren grietas en el bloque europeo.
Meloni está dispuesta a contratar con Musk un sistema de comunicación encriptada. a través de SpaceX o lo que es lo mismo poner en manos del magnate un sistema vital para la soberanía nacional. Es cierto que ahora no hay una alternativa en operación; pero la UE va a poner en marcha IRIS2, una constelación de 260 satélites por valor de 10,000 millones de euros. Si estos proyectos se confían a empresas estadunidenses, Europa seguirá siendo un enano tecnológico.
De modo que, por no optar por la innovación. hay que aliarse con una con una compañía estadounidense y desnaturalizar la norma europea que la ultraderecha, negacionista del cambio climático o por lo menos retardataria en cuanto la urgencia de las medidas para luchar contra él presenta como una barbaridad. Su derogación puede ser una de las ofertas electorales estrella de la extrema derecha.
En la medida en que más gobiernos europeos caen en manos de la ultraderecha más se difuminan los valores universales de la UE.
Desaparecen los cordones sanitarios
Cada vez en más países, la derecha democrática pacta con la extrema derecha y hasta algunos socialistas para controlar gobiernos, como en Holanda, Austria, varios landers alemanes de Este y comunidades autónomas españolas. Una cosa es sacar adelante medidas concretas y otra gobernar juntos con los mismos valores. Se rompen así los llamados cordones sanitarios, todos juntos contra la ultraderecha. En una situación de dispersión del voto, cada vez es más difícil mantener el aislamiento de la extrema derecha.
Sin llegar a gobernar juntos. El Fascismo 3.0 ha ganado el relato y ha contaminado a la derecha democrática con sus valores y políticas: persecución de la inmigración, nacionalismo, retardismo climático, antifeminismo, desprecio de la diversidad sexual y prioridad de la tradición sobre los derechos humanos.
Persecución de los gobernantes de centroizquierda
En una vida política cada vez más polarizada derecha y extrema derecha someten al gobernante de centroizquierda a campañas de bulos que le desgastan hasta su dimisión o salida de la vida política que se convierten para ellos en completamente tóxica. No se trata de la crítica del adversario, sino de la cacería humana del enemigo. Ahí está el caso reciente de Trudeau ( Canadá) o el más antiguo de Jacinta Arden ( Nueva Zelanda).
Peor es cuando estas campañas se dirigen contra las instituciones, como ocurre ahora con cacería, sin precedentes, contra el Fiscal General del Estado. Cuando la pieza política cae, la institución queda dañada para siempre.
Putin el arquetipo de «hombre fuerte» con los que a Trump le gusta negociar. Ambos en la cumbre de Helsinki de 2018. donde mostraron reiteradas imágenes de complicidad
Siguiendo la línea de mis últimos posts presento aquí una síntesis de lo que puede suponer el regreso de Trump a la Casa Blanca. No es un análisis original, sino una síntesis de mis lecturas en: El País; The Economist; The New York Times; Foreign Affairs; BBC, En el caso de las publicaciones extranjeras solo leo el lead de la información.
Los entrecomillados que incluyo a partir de aquí son palabras más o menos literales del presidente electo.
No hay ninguna certeza, sobre todo teniendo en cuenta la imprevisibilidad del personaje y que en este mandato no quiere asesores profesionales, sino seguidores entregados,
Desprecio al sistema multilateral. Trump no cree en las organizaciones internacionales. Concibe las relaciones internacionales como un toma y daca de suma cero. Negocia como si fuera un negocio inmobiliario. Esas negociaciones directas con «hombres fuerte» pueden dar sorpresas para bien o para mal, como cuando llegó a un a acuerdo con Kim Jong un («el hombre cohete») Así que puede esperarse que abandone de nuevo organizaciones del sistema de Naciones Unidas, como Unicef o la OMS, Incluso la OCDE, vital para resolver disputas comerciales. En cambio impondrá aranceles, que conducirán a guerras comerciales («las guerras comerciales son estupendas y se pueden ganar fácilmente»). Estas guerras comerciales herirán de muerte a la globalización,
Ucrania. Racionará la ayuda militar y forzará una negociación en la que Ucrania tendrá que aceptar importantes pérdidas territoriales. La guerra terminaría en poco tiempo, Lo que parece un servicio a la paz. Sería una guerra cerrada en falso, que Ucrania reabriría en cuanto tuviera fuerzas. Además se legitimaría que cualquier país con reclamaciones territoriales pudiera invadir a su vecino. Las fronteras dejarían de ser sagradas y Putin amenazaría a los países de la antigua URSS.
Apoyo a las autocracias. Trump, junto con Putin impulsarán las autocracias, dominadas por hombre fuertes, que tanto les gustan a ambos. Impulsarán las internacionales conservadoras. que gestionarán personajes como Steve Bannnon.
El negacionista jefe en la Casa Blanca. Ya ha anunciado que terminará con la dictadura de la ideología del calentamiento. Como hizo en su anterior mandato es casi seguro que abandonará el Acuerdo de París, renunciando al objetivo de no sobrepasar en 1’5 prados la media de la temperatura de la época preindustrial, hito que ya se va a sobrepasar este año. Desarrollará nuevos prospecciones petrolíferas («perfora, cariño, perfora») y sobre todo impulsará el fracking. Que Todo esto lo haga el primer emisor de gases de efecto invernadero tendrá muy negativos efectos sobre el calentamiento.
Barra libre para Israel. La administración Bien ha consentido que Israel perpetrara un genocidio en Gaza, pero ha intentado lograr pausas para la entrada de ayuda y ha trabajado para lograr treguas. Ha sancionado a los colonos más radicales partidarios de anexionar Cisjordania. Ahora no habrá esos pequeños frenos e Israel podrá anexionarse Cisjordania y expulsar o eliminar a sus habitantes. Israel seguirá también con su campaña de destrucción salvaje de El Líbano.
China, la guerra comercial es segura, pero no habrá exigencias sobre derechos humanos y el apoyo a Taiwan será menos explícito, Esa guerra será especialmente intensa en tecnología.
Desafío a la UE. La Unión encarna los valores que Trump odia y además es un importante adversario comercial de EEUU. Así que, en lugar de buscar formas de cooperación, alentará las divisiones en su seno.
OTAN, más que una alianza, un supermercado para colocar armamento. Desprecia la esencia de la alianza, el artículo 5, que compromete la defensa mutua (si un socio es atacado, el resto le defenderá. EEUU y en especial Trump(«el que no gaste en armas que se defienda solo») exigen un gasto militar de un 20% ( ¿por qué no un 15 o un 30). Así que la Alianza puede se un mecanismo de compra de armas avanzadas, estadounidenses, por supuesto, ya amortizadas por los fabricantes, que colocarían en Europa versiones menos avanzadas.
Irán. Derrocar al régimen de los ayatolás ha sido siempre un objetivo estratégico de Washington, por eso Trump en su anterior mandato rompió el pacto nuclear conseguido con tanto trabajo y promovido por Europa. Ahora Teherán quiere negociar y sus avances nucleares son un ello. Trump puede aceptar la oportunidad o delegar en Israel el acoso militar sobre Teherán esperando la caída del régimen
Otra vez el espectáculo de los misiles. El rayo hendiendo el cielo. La retórica de los de los cohetes inteligentes, de la precisión quirúgica. Una vez más el dedo que oculta la luna a la que apunta.
La operación de Estados Unidos y sus aliados británicos y franceses ni tiene por objetivo terminar con el uso de las armas químicas, ni cambia el equilibrio estratégico de la guerra, favorable a Assad y sus valedores, Rusia e Irán. La razón última es preservar la reputación de los dirigentes y los países.
Antes unas reflexiones sobre el ataque químico en Duma y la legitimidad de la intervención.
¿Existió un ataque químico contra la población civil en Duma el pasado 6 de abril? Salvo, teorías conspirativas, propaladas por medios de la órbita del Kremlin, que sostienen que todo fue un montaje en vídeo, parece fuera de duda que los civiles sufrieron las consecuencias de un ataque con cloro y posiblemente sarín.
¿Quién fue responsable del ataque? No hay respuesta fiable hasta que la misión de la Organización contra la Proliferación de las Armas Químicas (OPCW) pueda realizar su inspección sobre el terreno. No caben más que hipótesis:
Fue el Ejército de Assad el que bombardeó con armas químicas. La ventaja táctica obtenida sería irrelevante, porque el mismo resultado podía obtenerse con bombardeos convencionales, pero en cambio, con la guerra orientada a su favor, el ataque podría desatar, como así ha sido, una intervención. Desde luego, poca ventaja táctica para tanto riesgo estratégico. Por supuesto a Assad le trae sin cuidado la opinión pública de Europa y Estados Unidos, pero es un personaje racional, así que más que un desafío podría haberse tratado de una decisión sobre el terreno de algún mando militar.
Las bombas de Assad volaron un almacén de sustancias químicas que se encontraba en poder de los rebeldes, que todavía controlaban una pequeña parte de Duma.
Fueron los propios rebeldes los que hicieron explotar el almacén y orquestaron la consiguiente operación de propaganda.
Sin un informe experto e independiente no sabemos lo que ocurrió. Lo que está claro es que las supuestas pruebas que dice poseer Francia no existen. Caso contrario se mostrarían, aunque fueran un montaje tan poco afortunados como aquellos vídeos que mostró Powell ante el Consejo de Seguridad de la ONU, en las vísperas de la invasión de Irak.
Sin ese informe y sin una resolución del Consejo de Seguridad la acción es claramente ilegal. Pero hay quien -sostiene- que es éticamente legítimo ante el bloqueo del Consejo de Seguridad, porque un ataque químico viola las convenciones internacionales y sobrepasa los límites -la linea roja– de la decencia. Para que ello fuera así, primero, la responsabilidad del régimen sirio tendría que estar probada. Segundo, ser proporcionada y eficaz para evitar ulteriores usos de las armas químicas. Y, tercero, exigiría que se hubiera respondido con la misma decisión a gravísimas violaciones de las leyes de la guerra perpetradas por el ejército sirio, como, por ejemplo, el bombardeo desde helicópteros con bidones explosivos. Eso sin hablar las muertes civiles ocasionadas por los bombardeso rusos y norteamericanos. No, la intervención ni fue legal, ni está legitimada éticamente.
Las líneas rojas no son éticas, son de reputación. Como ya he explicado en otras entradas, a menudo una gran potencia tiene que desarrollar una acción arriesgada que ni siquiera sirve a sus intereses estratégicos para demostrar que su poder es efectivo. La reputación era una idea fuerza de la política imperial de los Austrias. El cálculo erróneo de las potencias centrales al servicio de su reputación llevó a la Gran Guerra.
La principal línea roja en este caso es la de la reputación imperial de Estados Unidos. Rusia e Irán están siendo los vencedores estratégicos de esta guerra y el ataque con misiles no es más que una llamada escenográfica de atención, un aviso de que de esa victoria no pueden extraerse otras consecuencias más allá de Siria. Todo parece indicar que han sido los propios militares los que han impuesto la contención. Las previas declaraciones del Secretario de Estado Mattis, advirtiendo de los riesgos de desestabilización internacional, fueron significativas.
Claro que Donald Trump tenía su propia línea roja, no dar marcha atrás donde su antecesor reculó. En 2013 Obama también estableció la línea roja del empleo de armas químicas. Pero después, a pesar de poner en juego su credibilidad, adoptó una posición pragmática, negoció con Putin y logró un acuerdo multilateral que hizo posible la destrucción del arsenal químico (o buena parte de él) de Assad. Burlarse de Obama (una de sus obsesiones) lanzando «bonitos e inteligentes misiles» era una tentación muy fuere para Trump, pero los militares le refrenaron.
Para el Reino Unido la línea roja era mostrar que seguía siendo el aliado preferente de Washington, ahora, justamente cuando se prepara para romper sus vínculos con la UE. Theresa May no tenía un mayor interés particular, pues la acción puede dañar aun más su débil posición parlamentaria.
Y Macron tenía su propia línea roja: estar en la vanguardia de cualquier acción en la guerra de Siria. Se expresan aquí los intereses de Francia de estar presente en el escenario de Oriente Próximo, especialmente en Siria donde siempre tuvo intereses especiales, pero también los del nuevo De Gaulle que quiere ser el joven Macron.
Afortunadamente, esta intervención inane parece no haber dejado víctimas civiles ni militares.
La victoria de Donad Trump ha causado una gran conmoción entre periodistas, medios y estudiosos de la comunicación. Medios y periodistas (liberales) se preguntan qué han hecho mal y los comunicólogos por qué no fueron capaces de predecir el fenómeno. El debate está siendo muy vivo en todas partes, especialmente en Estados Unidos.
Esta es mi síntesis personal de las lecciones que se desprenden de este debate.
1. La victoria de la televisión basura
Berlusconi era el dueño e ideólogo de la televisión basura y convirtió la política italiana en un reality, donde él era siempre víctima de una conspiración comunista.
Trump es una de las grandes creaciones de la neotelevisión. Se ha hecho asimismo no como hombre de negocios (eso le venía de herencia) sino como celebrity, con sus matrimonios y divorcios y, sobre todo, como protagonista de un programa de telerrealidad. Desde su trono prepotente gritaba a los aspirantes «You’re fired» «Estás despedido». Ahora puede despedir a todos los que se le opusieron y nos está diciendo a todos los que en cualquier lugar del mundo creemos en valores de igualdad, justicia y tolerancia «Estás despedido tú y tus valores».
¿Puede cualquier estrella de la telerrealidad hacer una carrera política con éxito? Bueno, Berlusconi y Trump ya eran millonarios. Hay ejemplos de presentadores de televisión que, por ejemplo en Brasil, han saltado a la política. Las estrellas de la telerrealidad son tan zafios, ignorantes, agraviados, indignados, deslenguados como cualquiera de nosotros. Su potencial de identificación es gigantesco. Sólo necesitan alguien que los modele, les marque el rumbo político y por supuesto los financie. Hitler no hubiera llegado a ninguna parte sin el dinero de la gran industria alemana. Cada sociedad tiene su propias característica, por tanto no deben hacerse traslaciones deterministas, pero, sí, un Trump puede surgir en cualquier parte, con más probabilidad de éxito en países con instituciones débiles y sistemas de elección directa de los candidatos.
Las televisiones trataron al candidato como celebrity que atraía audiencia con sus ocurrencias y salidas de tono. Le hicieron la campaña (al menos la de las primarias republicanas) gratis.
La televisión basura crea personajes, pero, sobre todo, modela los valores de una sociedad. Esos valores han sido el caldo de cultivo de Trump.
2. Vivimos en burbujas ideológicas
Todos queremos vernos reafirmados en nuestras posiciones y confrontados lo menos posible. Por eso siempre cada cual ha buscado el medio que más se ajusta a sus opiniones y estilo de vida. Esta recepción selectiva cuestiona la idea de la esfera pública comunicativa, sobre la que tantos hemos reflexionado a partir de las ideas de Habermas.
Esa recepción selectiva venía en gran parte neutralizada por la idea de medios profesionales, con una línea editorial, sí, pero con un compromiso con un periodismo de calidad, del que se esperaba que diera voz a todas las tendencias y fueran capaces de ilustrar e investigar las grandes cuestiones sociales. El paradigma de ese periodismo profesional era Estados Unidos, mientras que en el sur de Europa seguimos en un periodismo polarizado (Hallin y Mancini).
En los 80 el fenómeno de las talk radio de extrema derecha se generaliza en Estados Unidos. A finales de los 90, las cadenas de cable de información continua, a semejanza de Fox, se polarizan en la opinión. Mientras, los informativos de las grandes cadenas se llenan de soft news, estilo, dietas de adelgazamiento, moda y tendencias.Si quieres informarte por televisión tienen que pasarte a un canal por cable y lo que encuestras allí no es información, sino opinión polarizada.
Las burbujas ya existían antes de las redes sociales. Lo que han hecho las redes sociales es hacerlas más fiables. No confiamos en los medios, pero sí en cualquier cosa difundida viralmente y que nos llega de un amigo o un conocido. Y más opacas. Los algoritmos que hacen circular una información son secretos. Si antes los medios asentaban su fiabilidad en la profesionalidad, ahora los redes sociales la fían a la tecnología. Pero los algoritmos los hacen empresas con intereses y posiciones políticas e ideológicas. Resultado, una burbuja azul (demócrata) y una burbuja roja (republicana).
Encerrado cada uno en su burbuja, la verdad ya poco importa, el candidato se acepta como un todo, aunque nos molesten algunos de sus mensajes. Muchos anunciar la «era de la postverdad». Esperemos que no sean más que unos agoreros.
3. Los medios se diluyen en las redes sociales
Los medios norteamericanos se encuentran en pleno examen de conciencia. ¿Sometimos al candidato Trump al escrutinio que requería? Sí, lo hicimos, dicen The New York Times y el Washington Post, pero de nada sirvió. Todas las grandes cabeceras periodísticas (salvo The Wall Street Journal) se posicionaron editorialmente contra Trump.
Los medios son los grandes suministradores de información de las redes sociales, pero esa información llega descontextualizada y filtrada. En la esfera roja como mucho llegarán las reacciones en contra de las investigaciones que revelaban los distintos pufos de Trump.
¿Han dejado los medios de influir en la opinión pública? Es pronto para dar una respuesta, pero está claro que el concepto de medio, como una visión coherente del mundo, se pierde en las redes sociales.Y siguiendo el principio de que » si no puedes vencer al enemigo, únete a él», los medios cierran acuerdos con las redes sociales para sindicar contenidos, en un movimiento que puede ser suicida. Al menos, los norteamericanos han reaccionado aumentando las suscripciones a los periódicos.
4. El discurso del odio ya es aceptable
Si el candidato puede azuzar el odio contra el otro, nosotros, invocando la libertad de expresión, también. Se acabó la era de la corrección política, sin duda a a menudo empalagosa y mortal para el pensamiento crítico, pero respetuosa del otro y los derechos humanos
Bienvenidos a la era del sectarismo.
* Por supuesto la victoria de Trump responde a complejas causas y no puede explicarse exclusivamente por los cambios en el ecosistema mediático.
Un espacio de conversación sobre periodismo, televisión, derecho de la información y deontología informativa… en los medios tradicionales y en el ciberespacio. Se prohíbe rastrear o extraer los contenidos de este blog para entrenar a cualquier software o dispositivo de Inteligencia Artificial presente o futura.