La independencia de Le Monde


Le Monde se encuentra inmerso en una crisis en la que se juega su independencia; una crisis con dimensiones económicas, institucionales y económicas; una crisis con imnumerables cruces y entrecruces entre las política, las finanzas y el periodismo; una crisis que parece un culebrón, pero que puede resumirse en el enfrentamiento entre la Sociedad de Redactores y los accionistas externos del grupo y detrás más que se adivina la sombra del omnipresente Sarkozy.

El grupo Le Monde se encuentra descabezado al no aprobar su Consejo de Vigilancia el nombramiento de Eric Fottorino, hasta ahora director de la Redacción, como director general. Fottorino es el tercer miembro del trío que se hizo cargo del grupo después de la salida de Jean-Marie Colombani. En diciembre, los tres (Jeantet, Patino y Fottorino) tuvieron que dimitir bajo la presión de la Sociedad de Redactores, al pretender subir sus remuneraciones coincidiendo con el anuncio de pérdidas de 12 millones de euros en el último ejercicio -precedidas por otras aún mayores en los años anteriores. Fottorino recuperó su candidatura, ahora rechazada por el Consejo de Vigilancia merced a los votos de los accionista externo. El día 25 se hace efectiva la dimisión de los otros dos triunviros, de modo que el grupo tiene 10 días para encontrar una solución.

Los accionistas externos están aglutinados por Alain Minc, uno de esos enarcas que lo han sido todo en Francia. Minc, que, como presidente del Consejo de Vigilancia, ha sido el poder en la sombra durante la última década, sostiene que el grupo pasa por una crisis finaciera y ha acudido a dos de los accionistas externos, Arnaud Lagardère (17,27% de participación) y el grupo Prisa (15,01%) para que procedan a cubrir una ampliación de capital y convertirse, así, en accionistas de referencia en detrimento de la Sociedad de Redactores.

Quizá convenga hacer un poco de historia. En la hora de la Liberación, el gobierno De Gaulle se incautó de los periódicos que habían estado en manos de colaboracionistas. Uno de ellos era el prestigioso Le Temps, entregado al periodista Hubert Beuve-Méry, que crea una sociedad de responsabilidad limitada y construye una línea editorial síntesis de las tres grandes familias de la Resistencia: gaullistas-nacionalistas, democristianos, comunistas. El diario se convertirá con el advenimiento de la IV República en 1958 en la voz más crítica al general. Fuera de Francia, es la referencia para cualquier interesado en la política internacional y la diplomacia. Para la oposición interna a la dictadura franquista Le Monde era una ventana privilegiada hacia el exterior . En 1951 se crea una Sociedad de Redactores, como modo de garantizar la línea fundacional. En 1968, al rebufo de mayo, a la Sociedad de Redactores se suman otras dos más, de empleados y cuadros. Entre las tres controlan la casi absoluta mayoría del capital de la sociedad limitada. La Sociedad de Redactores se convierte en un modelo para las reivindicaciones de participación de los periodistas en la línea editorial de sus medios.

Pero los tiempos cambian, hay que abordar los cambios tecnológicos y la competencia de los medios audiovisuales, Le Monde se convierte en sociedad anónima y se abre al capital exterior. Desde entonces, este medio de referencia ha vivido en una continua pugna entres esos accionistas externos, pendientes de la rentabilidad y con sus propios intereses políticos, y la Sociedad de Redactores, defensora de la línea editorial, pero también marcada por luchas internas de poder. El gran arma de los redactores es su poder de veto sobre el nombramiento del director general, facultad que ejercieron el pasado mayo para no renovar en el cargo a Jean-Marie Colombani.

La mítica indpendencia de Le Monde ha sido cuestionada por obras como «La face cachée du Monde», de Péan y Cohen, quienes denunciaron que Minc, Colombani y su antecesor Plenel habían convertido el diario en un instrumento al servicio de los poderes dominantes de la política francesa.

Ahora el conflicto se polariza entre Minc y la sociedad de redactores, que intenta desde el pasado junio su cese al frente del Consejo de Vigilancia. Minc, asesor de Sarkozy, propone que Lagardére y Prisa (amboos grupos tienen un pacto accionarial) se conviertan en el accionista dominante. Arnaud Lagardére, propietario de Paris Match y patrón de un gran grupo industrial, es uno de los «hermanos» de Sarkozy y le ha mostrado su amor filial impidiendo que Paris Match publicara las historias de la primera espantada de Cecilia. Unas relaciones entre los medios y el presidente que llevan a analistas franceses a expresar temores sobre la libertad de prensa en Francia, como ha recogido la corresponsal de la BBC.

El aumento de ventas no ha detenido las pérdidas que se repiten año tras año. Mientras, la división de Le Monde en la red tiene beneficios y se ha convertido en una referencia de prestigio para los internautas. El diario ha hecho muchos cambios para conectar con los lectores, pero quizá se hora de abandonar ese carácter de diario vespertino (sale al mediodía con la fecha del día siguiente) que resulta un tanto anacrónico.

¿Saldrá reforzada la independencia de Le Monde de esta crisis?. Ya veremos.

Las trampas de la supresión de la publicidad en la televisión francesa


Como era de esperar, el globo sonda lanzado por Sarkozy ha tenido consecuencias y reacciones. Mi amigo Paco Audije, francófono y ex corresponsal en París, me pone en alerta.

Consecuencias, la subida de las acciones de las dos grandes beneficiadas, TF1 y M6, revalorizadas, la primera (propiedad de Martin Bouygues, uno de los grandes amigos del presidente) casi un 10%, y la segunda más del 4%.

Reacciones de sorpresa de la propia ministra de Cultura y Comunicación, Christine Albanel, y de la dirección de France Télevisions, que pide precisiones. Da la impresión de que, una vez más, es una decisión tomada por Sarkozy sin contar con su gabinete.

Y reacciones de movilización del personal de las televisiones francesas que temen que no se trate más de que de una maniobra para privatizar, o al menos jibarizar, la televisión pública. Los sindicatos desconfian que la anunciada nueva tasa pueda cubrir los 800 millones de euros anuales de ingresos publicitarios. Por de pronto, irían al paro los 300 gestores publicitarios. La ministra dice que está fuera de cuestion la privatización, pero hay que revisar los «cahier de charges» (lo que en España será el contrato programa): «más cultura, más creación más deporte… popular y de calidad sin hacer Arte; pero, atención, aún sin publicidad no se pueden perder de vista los objetivos de audiencia».

Para colmo de contradicciones, mientras se anuncia la desaparición de la publicidad de las pantallas públicas, la ministra y la dirección de Radio France intentan introducir los anuncios de marca en la radio pública, para paliar la reducción de los ingresos provenientes de la publicidad institucional. Los sindicatos ya han lanzado una iniciativa en contra.

Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos, pero creo que vale la pena seguir pensando en fuentes de financiación alternativas que permitieran liberar a las televisiones públicas de la publicidad.

(Por cierto que revisando Libération encuentro que Prisa y Lagardére quieren ampliar su participación accionarial en Le Monde, en plena crisis. La noticia ya fue publicada ayer 9 por El País, pero no se mencionaba que fuera una acción concertada con Lagardére, el gran grupo industrial con intereses en los medios, el sector aeronaútico y el armamento. Habrá que estar atentos a la reacción de la Sociedad de Redactores de Le Monde)

¿Televisión pública sin publicidad?


Rda. de prensa 8-01-08/ Foto APF-OFF¿Será posible la utopía de televisión pública sin publicidad? Esta es, al menos, un posibilidad abierta por el presidente de la República Francesa, en su primera rueda de prensa.

Entre las iniciativas presentadas, el presidente ha avanzado la necesidad de una reflexión para eliminar la publicidad de las cadenas públicas francesas. El sector audiovisual público se financiaría con un recargo sobre el incremento de la factura publicitaria de las televisiones privadas y con un «impuesto infinitesimal sobre la cifra de negocios de los nuevos medios de comunicación como el acceso a internet y la telefonía móvil».

La iniciativa -por ahora nada más que la sugerencia de una reflexión- se enmarca en la presentación de un conjunto de reformas para 2008, etiquetadas bajo el pomposo título de «política de civilización» (robado, por cierto a Edgar Morin) que para el presidente consistiría en «colocar al hombre en el centro de la política». Todo parece un salto adelante, cuando los sondeos castigan la exposición de su vida privada en los medios. Además, ¿qué dirán sus amigos en el sector mediático privado, esos amigos como Bollore, que ponen graciosamente a su disposición aviones y yates privados?.

Puede que no llegue a hacerse realidad, pero la propuesta tiene mucho sentido. El mercado publicitario en manos del sector público se repartiría entre los medios privados. El beneficio de estos estaría garantizado, pues sólo tributarían por un porcentaje de estos beneficios adicionales. Y la televisión pública se vería liberada de la publicidad y, por tanto, podría hacer una programación no sometida a la tiranía absoluta de los índices de audiencia, una programación más arriesgada, aunque, por supuesto, sin dejar de luchar por la audiencia. Posiblemente el cálculo es que en estas condiciones el beneficio para las privadas sería doble, pues no sólo heredarían publicidad, sino que, además, ganarían la audiencia que perderían las públicas si hacen una «programación de calidad». Creo que este razonamiento es erróneo: con tal de no hacer una programación elitista las públicas ganarían un cierto porcentaje de audiencia por la simple virtud de no ser interrumpidos sus programas por bloques publicitarios.

Como las cuentas no saldrían, Sarkozy habla de un gravamen infinitesimal sobre los nuevos medios y cita el acceso internet y la telefonía móvil. Ahí se pincha en hueso. Una propuesta tal activara la coalición de los operadores de telecomunicaciones con tecnólogos y libertarios de derechas. Todos ellos se rasgarán las vestiduras: ¿cómo van a financiar los nuevos medios al viejo medio, la televisión, que todos estos gurus han dado ya por muerta?. Se repetirála situación que hemos vivido con el canon digital. La cuestión es si por vías como ésta, de impuestos indirectos, pueden -como defiende hoy Vicente Molina Foix– preservarse bienes de interés cultural. La creación artística lo es, pero también pudiera serlo una televisión pública que sirviera de revulsivo y referencia para un sector audiovisual ahora orientado a la pura basura.

(Permítaseme la pequeña pedantería de recordar que propuse una solución semejante en mi tesis «La libertad de programación en radiodifusión: un desarrollo del art. 20 de la Constitución Española» (2000). En su página 313 proponía la creación de un Fondo Audiovisual para financiar programas de servicio público, ya fuera emitidos por empresas públicas o privadas; un fondo dotado por un gravamen sobre ingresos publicitarios y venta de material electrónico. Lamentablemente, la Ley Orgánica 5/2006, de la radio y la televisión de titularidad estatal no exploró estas fuentes y se quedó en la financiación mixta: pública, via Presupuestos Generales, y publicitaria.)