2019: el año de la fiebre


fiebre 2019

Fiebre climática y fiebre social en 2019

Fiebre social, fiebre climática han caracterizado globalmente este año que termina

La fiebre climática no es ni mucho menos nueva. Cada año los fenómenos climáticos extremos (sequías, inundaciones, gotas frías, huracanes, incendios forestales) son más frecuentes.  Lo que antes podía ocurrir cada cinco o diez años, una devastadora gota fría otoñal sobre la costa mediterránea española, ahora se puede repetir hasta tres veces en la misma temporada. El planeta tiene fiebre.

La fiebre social ha tenido este 2019 picos muy dramáticos. Comenzó el año con la revuelta de los chalecos amarillos en Francia. Luego, las explosiones sociales se han extendido por todos los continentes. Ecuador, Bolivia, Perú, Chile, Colombia, Argelia, Líbano, Irak, Irán, India, Sudán, HongKong… y Cataluña. ¿El año del malestar? ¿El año de la ira?.

Hace 20 años la subida del precio de pan desataba en cualquier país árabe una explosión de protestas, como había ocurrido antes durante todo el siglo XIX en Europa con las crisis de subsistencias. Hoy las revueltas estallan por la subida del precio de los combustibles, los transportes públicos o una tasa sobre el uso de WhatsApp, manifestaciones de la actual dependencia de la energía y la comunicación a bajo precio. Pero, todavía hay sociedades donde las revueltas son de pura subsistencia, como en India, donde las protestas comenzaron por la carestía de las cebollas, para desembocar en un movimiento contra la ley de ciudadanía, discriminatoria para los musulmanes, y una señal más del fundamentalismo hindú del Baratija Janata del primer ministro Modi.

Cada protesta es distinta en sus motivaciones y desarrollo. En unas se exigen los derechos políticos básicos, en otras  se lucha contra la corrupción y el clientelismo y se persigue un reparto más justo de la riqueza; en aquellas se protesta por las disfunciones del sistema político; en algunas por la seguridad y prosperidad perdidas.

Si acaso tienen en común que son movilizaciones esencialmente de las clases medias: clases medias declinantes no cosmopolitas en los países centrales amenazadas por una creciente pauperización; clases medias emergentes en los países periféricos, hartas de corrupción, desigualdad y carencias de los servicios públicos; clases medias insolidarias de regiones privilegiadas en países con desequilibrios territoriales.

Son movilizaciones intergeneracionales, pero con gran protagonismo de los más jóvenes, que dominan la capacidad movilizadora de las redes sociales y que, en algunos casos, protagonizan actos de violencia, que encienden y propelen las protestas. Casi nunca existen líderes claros.

Protestas todas ellas graves, con gran capacidad de disrupción, y bastante prolongadas en el tiempo. A veces consiguen, al menos parcialmente, sus objetivos (Sudán),  otras las concesiones del poder las apagan (Ecuador); hay lugares donde las protestas revitalizan la sociedad civil (Colombia, Chile) y en otros terminan en golpe de Estado (Bolivia); algunas llevan a un bloqueo político y a la división social (España), son violentamente reprimidas (Irán, Irak) o llevan camino de convertirse en un enfrentamiento devastador con el poder, poniendo en peligro el propio modelo de sociedad (HongKong).

Podemos suponer que las enfermedades que esta fiebre manifiesta son la pobreza, la desigualdad creciente,  la destrucción del Estado del Bienestar, el secuestro del sistema político por las élites. Pero también, causas profundas y divisivas: el movimiento de liberación femenina, las transformaciones de las identidades sexuales y familiares, contestadas por movimientos conservadores; los procesos de secularización contra el que luchan los fundamentalismos religiosos crecientes; las traumáticas adaptaciones al cambio digital y a la emergencia climática. Las protestas pueden desembocar en regeneración social y democrática, pero también fortalecer los movimientos nacional populistas.

La Historia no ha terminado

Echemos la mirada atrás, ahora que ya estamos bien entrados en el siglo XXI (algunos dicen que vamos a entrar en la tercera década, pero nos falta un año, ya se sabe, los medios quieren ser los primeros en contarlo todo). Veinte años no son nada, decía el tango, así que para tomar perspectiva mejor retroceder 30 años, a aquel 1989, en el que cayó el Muro de Berlín y terminó el siglo XX corto (1918-1989, Hobsbawm) y nos dijeron que la Historia se había acabado.

En su artículo ¿El fin de la Historia? Francis Fukuyama sostenía, en aquel 1989, la tesis (muy hegeliana) de que la dirección de la Historia conduce a la mayor parte de la Humanidad a la democracia liberal, un sistema que ha superado a otros sistemas y en el momento presente sin contradicciones internas ni contradictores externos, en el que confluyen el progreso científico y el deseo de reconocimiento personal.

Distinguía Fukuyama entre un tiempo histórico, allí donde no se hubiera conquistado todavía la democracia liberal, y un tiempo posthistórico, en el que no dejarían de existir conflictos, pero no existiría sistemas alternativos. Recientemente, el autor ha reconocido que no valoró la importancia de las identidades colectivas como cuestionadoras de la democracia liberal, e infravaloró en poder del comunismo chino para proponer una alternativa: el capitalismo autoritario.

Antes, en la contrarevolución  conservadora de los 80, Thatcher y Reagan, demolieron el consenso socialdemócrata de los treinta gloriosos.  Después vinieron los genocidios de la antigua Yugoslavia y Ruanda; los atentados del 11-S, la guerra contra el terror de Bush, las guerras de Afganistán e Irak, que destrozaron los equilibrios de Oriente Próximo y propiciaron la extensión mundial del yihadismo; la gran Recesión; las revoluciones árabes y la guerra de Siria; el autoritarismo imperial de Putin; el movimiento popular y espontáneo de tomar las plazas; la expansión comercial y de inversiones del autoritarismo chino; la democracias iliberales y el crecimiento de la ultraderecha en Europa; Trump; el Brexit; el cuestionamiento del multilateralismo…

Hay una línea continua entre la contrarrevolución conservadora de los 80, la guerra contra el terror y la Gran Recesión, sin la que no se puede entender la fiebre social de este 2019.

Las liberalizaciones y desrregulaciones iniciadas en los 80 deslegitimaron y debilitaron el Estado de Bienestar, el mejor mecanismo redistributivo inventado. Desde entonces, el capitalismo financiero propició una enorme concentración de riqueza en los grandes accionistas y ejecutivos y la globalización económica sacó de la miseria extrema a amplias capas de los países periféricos, a costa de la caída del poder adquisitivo y las expectativas de las clases medias de los países centrales.

La guerra contra el terror trajo, en nombre de la seguridad, un gran deterioro de los derechos civiles y políticos.

Finalmente, la Gran Recesión laminó los derechos sociales que todavía subsistían y llevó a cabo una gigantesca redistribución de recursos a la inversa, entre otras maneras convirtiendo en públicas las deudas privadas.

Los desafíos

En los años inmediatos el mayor desafío, es sin duda, detener y adaptarnos al calentamiento global y, en general, preservar el entorno natural. Nos jugamos nuestra propia existencia como especie. Exige nuevas actitudes individuales que pueden venir propiciados por una creciente concienciación, pero que no serán posibles sin radicales cambios regulatorios, a nivel nacional, europeo y global. De hecho, sin normas globales poco se podrá hacer, pero ya vemos las dificultades de llegar a acuerdos en los foros multilateraterales.

Desgraciadamente, aun en el caso de que se lograra una economía neutra en emisiones en 2050, como es el objetivo de la UE, las disfunciones climáticas ya están aquí y serán más graves en los próximos años, así que deberemos afrontar estos efectos negativos, entre los que estarán migraciones masivas. Hemos llevado a la Tierra a una situación que nos ocasionará desorden económico y social y enormes sufrimientos. Habrán de repartirse los recursos entre la llamada «revolución verde», que puede ser una inyección de inversiones y prosperidad, con medidas paliativas de los destrozos físicos y humanos.

Frente al desafío climático palidece cualquier otro, pero en cuanto a afectación de la especie destacan los cambios que puedan traer la biotecnología y la inteligencia artificial. La posibilidad de editar genéticamente el embrión humano y, en consecuencia, alterar, la herencia genética   de la especie humana. Avanzar en tratamientos que retrasen el envejecimiento o la reposición rutinaria de «partes» del cuerpo humano. La creciente implantación en el cuerpo humano de dispositivos cibernéticos que apunten a una nueva especie cyborg.

En cuanto a la inteligencia artificial, lo que los expertos llaman singularidad, esto es, que máquinas inteligentes puedan autoconstruir máquinas cada vez más inteligentes, sigue pareciendo ciencia ficción, pero la generalización de máquinas capaces de autoaprender y actuar en simbiosis con los humanos está ya prácticamente aquí, con  consecuencias evidentes para el empleo. La combinación de la extracción de datos e inteligencia artificial nos llevan de lleno a una sociedad de la vigilancia, denunciada ya por Snowden y que en el caso chino, junto con el reconocimiento facial y aplicaciones «cívicas» por puntos, construyen una sociedad de la conformidad, más cerca de la distopía de Orwell que la de Huxley.

Todos estos cambios tecnológicos, un paso más allá de los que ya vivimos en la presente revolución digital, son altamente disruptivos, pero no estamos luchando contra una naturaleza a la que hemos desequilibrado sino contra nosotros mismos. Afrontarlos requiere reflexión, debate, desde luego lucha política, para finalmente aplicar el Derecho para ordenarlos y paliar sus consecuencias negativas.

Todo ello no podrá hacerse sin un nuevo consenso nacional y global, que reequilibre las ventajas e inconvenientes de los cambios y afronte un reparto más justo de la riqueza, que reconstruya amplias clases medias, mejor educadas, menos inseguras, titulares de más derechos y conscientes de los mismos.

No hay fórmulas mágicas, pero las herramientas son la participación en la resolución de los problemas a nivel local, los consensos redistributivos nacionales (regreso a la imposición progresiva no solo de la renta, sino también de la propiedad,  nuevos instrumentos como la renta básica y la herencia anticipada que propone Piketty) y los grandes acuerdos globales en el marco de las instituciones multilaterales, que procedan a un reequilibrio universal.

¿Accidentes distópicos?

Sí, lo sé, este 2019 nos ha dejado muestras evidentes de que los consensos nacionales y los acuerdos globales son casi imposibles y que, al contrario, la desrregulación salvaje (por ejemplo a través de la expoliadora economía de plataforma o la persistencia de los paraísos fiscales) alimenta el nacionalismo y la extrema derecha.

Vivimos en una angustia que nos hace consumir historias distópicas, a través, sobre todo, del género de moda, las series online. Es cierto que muchos de estos relatos nos ponen frente al espejo de hasta donde puede llegar la naturaleza humana y suscitan la reflexión crítica, pero también nos ocultan hipnóticamente la realidad cotidiana y aumentan nuestra angustia. En cualquier caso, nos hacen familiares mundos distópicos, esto es, antitéticos del ideal de mejora y progreso, que suceden después de un accidente que cambia radicalmente el orden civilizatorio anterior.

¿Existe riesgo de un accidente distópico? ¿Puede darse un suceso sistémico que destruya nuestra civilización o, simplemente, altere gravemente nuestras formas de vida y normas de convivencia?

En primer lugar, hay que recordar que lo más cerca que hemos estado de un suceso de esta naturaleza ha sido con la explosión de la central de Chernobyl. Durante toda la Guerra Fría hubo un riesgo cierto de holocausto nuclear, pero la certeza de una destrucción mutua asegurada lo contuvo. En Chernobyl, si los tres reactores hubieran estallado gran parte de la Europa báltica, central y oriental estarían hoy deshabitadas. ¿Habría caído el Muro de Berlín pacíficamente o quizás la actual capital de Alemania sería un territorio abandonado? Nunca agradeceremos lo bastante a los miles de soviéticos que entregaron sus vidas y su salud para detener la catástrofe. Para mandar a aquellos trabajadores al matadero la dictadura soviética impuso una mezcla de procedimientos autoritarios inhumanos y la invocación del ideal comunista. ¿Qué ocurriría hoy en una democracia?.

No somos conscientes, pero quizá el mayor riesgo que vive la humanidad hoy es un enfrentamiento nuclear o un grave accidente del armamento nuclear. En la última década se ha desmontado los tratados de desarme, las potencias nucleares son más belicosas y se han desarrollado armas nucleares tácticas y doctrinas militares sobre su empleo.

Podría pensarse en un cambio antidemocrático mundial. Trump es reelegido (muy probable) y lanza una campaña para cambiar la Constitución y permitir la reelección presidencial indefinida. Al mismo tiempo, procede a nombrar jueces en todas las instancias judiciales y el Congreso aclama una legislación limitadora de los derechos civiles. En Francia Marine Le Pen gana las presidenciales y en Alemania gobierna Alianza por Alemania con el apoyo de los democristianos. Por supuesto, los gobiernos «iliberales» se extienden por toda Europa y la Unión Europea se disuelve.

Una crisis económica de la magnitud de la Gran Recesión nunca es descartable porque sigue sin haber una regulación global del capitalismo financiero y en la Eurozona solo muy a trancas y barrancas se construyen instituciones que puedan neutralizar una crisis del euro. Quizá el mayor riesgo de suceso económico disruptivo está en las nuevas criptomonedas: desde una explosión de su burbuja, hasta la mucha más grave proliferación a través de las grandes tecnológicas, lo que pondría en cuestión la capacidad emisora de los bancos centrales y con ello quedaría herido de muerte el poder económico de los estados.

¿Podemos imaginar un mundo sin Internet? Un conjunto de decisiones empresariales y estatales pueden fragmentar la red y que deje de ser global. De hecho, el Internet chino ya es prácticamente una red cerrada, pero solo un estado con la población y las características de China puede permitírselo. Todas las grandes tecnológicas intentan construir su propia jardín vallado, en el que consumamos, paguemos con su moneda, trabajemos, nos entretengamos y tomemos decisiones políticas. Pero todavía los estados -y la Unión Europea en primer término- tienen capacidad para impedirlo.

En fin ¿puede ocurrir el accidente distópico por excelencia, el suceso climático que cambie el mundo? ¿Un cambio de las corrientes oceánicas que trajera una glaciación a las costas del Átllantico norte? ¿Una súbita subida del nivel del mar al desgajarse una enorme masa de hielo antártico? No parece que la ciencia pueda pronosticar un suceso así. Lo que no hay duda es que cada año más huracanes, tifones y tormentas devastarán las costas de América, Asia y Europa. Que a las sequías seguirán inundaciones. Que los incendios no solo extinguirán a los koalas sino  también podrán en grave riesgo a ciudades como San Francisco, Los Ángeles y Sidney. Quizá solo la conjunción de varios de estos acontecimientos destructores en los países más ricos y poderosos pueda llevarnos a la adopción de drásticas medidas.

Un acontecimiento distópico o simplemente un cambio disruptivo de orden mayor nunca es fruto de una única causa, de una exclusiva decisión humana. Por eso son tan importante instituciones robustas, con pesos y contrapesos entre los poderes, con sistemas de alerta, con instancias de mediación y resolución de los conflictos; instituciones que impidan que un fallo en la red (económica, democrática, comunicativa, climática) se extienda y colapse el sistema.

Así que para 2020 mi deseo es que funcionen y se perfeccionen las instituciones, que nos las ignoremos, que las critiquemos sí, pero que nos las destruyamos y en la medida de lo posible participemos y asumamos nuestras responsabilidades sociales.

Feliz 2020.

América Latina: líneas de falla y respuestas fracasadas


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Luis Fernando Camacho, el Bolsonaro boliviano, en las protestas en La Paz contra Evo Morales

En América Latina se suceden las convulsiones político-sociales.

Perú, Ecuador, Chile y ahora Bolivia. Por no hablar de Venezuela o Nicaragua, o los cambios políticos en Argentina, Colombia y Brasil. Cada país tiene sus propias peculiaridades que requieren un análisis específico.

Estos seísmos (o sismos, como dirían allí) tienen unas fallas, unas líneas de ruptura, que recorren el continente: pobreza y desigualdad, corrupción, instituciones deficientes y militarismo, racismo, machismo  y fundamentalismo religioso.

Después de la ola democratizadora de los 90, neoliberalismo y populismo han fracasado en cerrar estas brechas divisivas.

¿Tienen algo en común las protestas latinoamericanas con otras a lo largo del mundo, como las que sacuden a países árabe-islámicos, HongKong o hasta Cataluña. He leído infinidad de análisis  y la conclusión más común es que estas explosiones son la respuesta a bloqueos políticos o sociales. Añadiría la capacidad de movilizarse aparentemente sin líderes en virtud de las redes sociales, la capacidad de influencia subrepticia de poderes extranjeros y la fascinación por la violencia de algunas minorías juveniles.

Bolivia

Antes de analizar las líneas divisorias y las respuestas fallidas unas palabras sobre Bolivia

Sí, hay un golpe de Estado cuando los militares fuerzan la dimisión del presidente de un país, de su gobierno y de los cargos institucionales, como los presidentes de las cámaras parlamentarias. Y cuando una presidenta asume sin el quorum parlamentario exigido. Golpe blando, pero golpe al fin.

Y, sí, también en Bolivia hubo irregularidades en las elecciones presidenciales, según el informe preliminar de la OEA, cuestionado, es cierto, por otro del The Center for Economic and Policy Research, un centro progresista estadounidense. Pero, en cualquier caso, Evo Morales permitió la auditoría externa y terminó por admitir la celebración de unos nuevos comicios. Previamente, violó la Constitución presentándose a la reelección con el respaldo de sentencias del Tribunal Constitucional y el Tribunal Superior Electoral, bajo su control.

En las calles se ha vivido una situación de preguerra civil. Milicias paramilitares dando caza a los partidarios de Morales en Santa Cruz. Indígenas de El Alto atacando comisarías, dispuestos a tomar el Palacio de Gobierno (el Palacio Quemado) para defender a Evo y su Movimiento al Socialismo. Y un líder carismático, Luis Fernando Camacho, el Bolsonaro boliviano, invocando la legitimidad de los comités cívicos nacidos en Santa Cruz y rodeado de parafernalia religiosa, uno de cuyos grandes objetivos ha sido reinstaurar (sic) la biblia en el Palacio de Gobierno.

Bolivia ilustra esas fallas: desigualdad, racismo, corrupción, intolerancia religiosa y regreso de los militares. Y el fracaso de una de las respuestas, el populismo.

(Lo mejor que he leído sobre Bolivia son estas Lecciones de la tragedia boliviana de Arturo López-Levy)

Las fallas

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Extraído del Orden Mundial con datos del Banco Mundial

La pobreza es estructural en América Latina, con grandes diferencias entre países, pero marcada en todas partes por una economía informal, bajos salarios, pobre educación y deficientes servicios públicos. La pobreza extrema hace a una parte de la población extremadamente dependiente de programas de asistencia social.

También es una de las regiones más desiguales del mundo.El índice Gini (0 sería la igualdad perfecta, más desigualdad cuanto mayor sea este índice) va del del 39,5 de Uruguay al 53’3 de Brasil (España 36,2).

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Fuente: blog Diálogo a Fondo (FMI), con datos del Banco Mundial

El auge del precio de materias primas, de las que son grandes exportadores redujo la pobreza durante dos décadas, pero a partir de 2015 su hundimiento vuelve a hacer crecer la pobreza y desigualdad, y más en tres países protagonistas de convulsiones, Brasil, Ecuador y Bolivia. El problema sigue siendo la dependencia extrema de la exportación de materias primas, y, como consecuencias, el poder de las oligarquías exportadoras y la destrucción del medio ambiente.

(CEPAL es la mejor fuente sobre economía latinoamericana)

Racismo y machismo están íntimamente vinculados con la pobreza y el subdesarrollo. Los afrodescendientes tienen casi tres veces más posibilidades de vivir en la pobreza, tienen menos acceso a la educación y al empleo y están poco representados en cargos de toma de decisiones.

En los países andinos, las repúblicas criollas perpetuaron y radicalizaron una segregación que viene desde la colonia. Pero es en este mundo donde las comunidades indígenas tienen mayor grado de organización e influencia. En Ecuador, terminaron con las presidencias de Bucaram y Mahuad. Y la Bolivia de Morales se convirtió en Estado Plurinacional. En buena parte, el estallido actual de Bolivia viene explicado por esta línea de división. Algunos policías se arrancaban de sus uniforme el distintivo de la whipala, la bandera símbolo de esa plurinacionalidad.

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Mural Francisco I. Madero, Sufragio efectivo, no reelección (1969). Juan O’Gorman

El Estado tradicionalmente ha sido débil e incluso ni siquiera ha podido o querido ejercer el monopolio de la violencia sobre todo el territorio. Sus clases dirigentes, siempre clientelares y apegadas a un ejercicio leguleyo de la política, no han sido capaces de establecer administraciones públicas profesionales, eficaces y neutrales.

Se ha entendido la victoria política como un todo o nada, lo que viene favorecido por sus sistemas presidencialistas y la tradición caudillista. Por eso, para que los gobernantes elegidos no se perpetúen en el poder, en todo el continente las fuerzas democráticas han luchado por la no reelección presidencial. «Sufragio efectivo, no reelección» -exigía ya Madero en 1910 en su campaña contra el tirano Díaz. Un solo mandato como garantía

Después de la caída de las dictaduras militares muchas constituciones prohibieron la reelección presidencial. Correa modificó la Constitución ecuatoriana para permitir la reelección indefinida y Lenín Moreno, después, consiguió en referendum abrogarla. Morales perdió su referendum, pero después el Tribunal Constitucional consideró que la prohibición constitucional de no reelección vulneraba los derechos políticos reconocidos por la Convención Americana de Derechos Humanos.  Parecidos subterfugios siguieron Óscar Arias en Costa Rica, Daniel Ortega en Nicaragua y el año pasado Juan Orlando Hernández en Honduras. Y hasta López Obrador ha tenido que firmar una declaración prometiendo que no promoverá la reelección, verdadero tabú en México.

Instituciones débiles son el caldo de cultivo de una corrupción endémica. Los grandes casos de corrupción tenían antes un marco nacional: malversación gubernamental, expolio de las empresas públicas, sobornos por empresas y potentados nacionales o concesionarios extranjeros.

En la última década la hidra de la corrupción ha tomado forma continental con terminales en múltiples países. El caso Odebrecht (en Brasil, Lava Jato), la empresa constructora brasileña que corrompió a la clase política de todo el continente: Brasil, Ecuador, Colombia, México, Panamá, Chile, Argentina, Venezuela, Uruguay y Perú con tres expresidentes procesados (Alan García se suicidó antes de ser detenido) y un presidente, Pedro Pablo Kuczynski, destituido.

No menos grave es la corrupción de cada día que afecta al ciudadano común, que alimenta su irritación y desafección política. Los datos sobre opiniones y experiencias de corrupción medidas por el barómetro de Transparencia Internacional son demoledores. Uno solo: 1 de cada 4 encuestados ha recibido propuestas de compra de voto.

Otra falla es el fundamentalismo religioso. Costó mucho la separación de la Iglesia y el Estado en los jóvenes repúblicas independientes (guerras incluidas, entre otras la cristera en México, de 1926 a 1929). Más allá de las leyes, hasta los 70 del siglo XX la influencia de la Iglesia en la vida social y política fue enorme. A partir de la Conferencia Episcopal de Medellín de 1968 la Iglesia oficial intenta acercarse a los más pobres y una parte abraza la teología de la liberación, que alimenta y apoya la revolución sandinista. Juan Pablo II siega de raíz esta tendencia y las comunidades populares y los teólogos de la liberación son marginados, mientras se refuerza una jerarquía conservadora.

Esa falta de proximidad a las clases populares se llena por el pentecostalismo carismático conservador. No cabe aquí discutir si este desarrollo fue espontáneo o favorecido desde la política de seguridad nacional de Washington, pero el hecho es que estas iglesias conservadoras son un factor político de primera magnitud. Son decisivas en Guatemala, en Brasil fueron esenciales en la elección de Bolsonaro y en Colombia en el resultado adverso al acuerdo de paz en el referendum.

Se propagan con sus liturgias emocionales. A la teología de la liberación de los pobres oponen la de la prosperidad de los ricos. Su causa es la de la lucha contra el aborto, el matrimonio homosexual, la que llaman ideología de género, la defensa del creacionismo y la imposición de la biblia por encima de las leyes y la constituciones. Un torpedo en la línea de los estados laicos. El «Brasil por encima de todo y Dios por encima de todos» de Bolosonario explica a la perfección la alianza entre nacionalismo y religión, que enlaza con la contrarrevolución mundial de Steve Bannon.

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Luis Fernando Camacho leyendo la Biblia en el Palacio Quemado después de la caída de Morales. en la camiseta la cruz de una oscura organización Orden de los Caballeros de Oriente

La novedad en el caso de Bolivia es el fundamentalismo católico. Luis Fernando «Macho» Camacho, empresario de Santa Cruz, líder de los comités cívicos, carismático, histriónico, prometió devolver a Dios y la Biblia al Palacio Quemado, como desagravio al reconocimiento por Morales de las religiones tradicionales indígenas. Como Salvini,  muestra en sus arengas un rosario y sus partidarios enarbolan vírgenes y toda la imagenería clásica católica.  También los fundamentalistas protestantes están fuertes. El pastor de origen coreano Chi Hyun Chung, fue el tercer candidato presidencial más votado, tras una campaña misógina y homófoba. Fundamentalismo, nacionalismo y racismo se cruzan y realimentan. Manifestación criolla del fascismo 3.0.

Vuelven los militares, si es que alguna vez se marcharon. Tras la caída de las dictaduras militares en los 80 y 90, los uniformados se retiraron a los cuarteles y aceptaron formalmente la primacía del poder civil. Simbólicamente, sin embargo, siguieron siendo los depositarios de las esencias nacionales.

Hugo Chávez los llevó al poder con su movimiento cívico-militar y son en Venezuela la columna vertebral del régimen. En las nuevas crisis han jugado un papel destacado. En Perú y Ecuador apoyaron a los presidentes Vizcarra y Moreno y en Bolivia, a pesar de haber sido mimados por Morales, el jefe del ejercito, general Williams Kaliman, le sugirió que debía dimitir. La nueva presidenta Jeanine Áñez, ha cambiado la cúpula militar para asegurarse el respaldo de las Fuerzas Armadas, el único poder realmente efectivo en este momento en Bolivia.

Los militares son agente esencial en los nuevos golpes blandos, en los que apoyan a alguna de las fuerzas que luchan por el poder en una situación de crisis institucional. Antecedentes de golpes blandos, los que sufrieron Oviedo en Paraguay (2012) y Zelaya en Honduras (2017).

Soluciones fracasadas

Desde las caídas de las dictaduras se han ensayado en América Latina dos tipos básico de soluciones político-económicas: neoliberalismo y populismo. No me gustan ninguna de las dos denominaciones, porque son clichés cargados de significaciones negativas que simplifican políticas diversas. Pero no soy capaz de encontrar otras mejores. No es tampoco el lugar de profundizar en estos sistemas. Pretendo simplemente mostrar como soluciones que pudiéramos llamar neoliberales y populistas han fracasado este siglo en América Latina.

En los 90 predominaron gobiernos plegados a los que se llamó consenso de Washington. Privatizaciones, liberalización de los mercados y exportación de materias primas, reducción de los servicios públicos y eliminación de subsidios. Políticamente, democracias representativas, altamente corruptas y con escasa representación de las clases populares. En épocas de bonanza la economía parecía boyante, pero las crisis se resolvían con ajustes brutales que terminaban en explosiones sociales: el caracazo, la caída de Bucaram y Mahuad, el corralito argentino.

Estas convulsiones trajeron en la primera década del siglo XXI gobiernos de izquierdas, de origen y trayectorias muy distintas: peronismo en Argentina, Partido de los Trabajadores en Brasil, revolución bolivariana en Venezuela, Frente Amplio en Uruguay, revolución cívica en Ecuador, el indigenismo del Mas en Bolivia… Todos llegaron al poder mediante elecciones democráticas y enorme apoyo popular. Todos rompieron el consenso de Washington y lanzaron políticas de redistribución. Pero su evolución y desempeño fue desigual.

Hugo Chávez, de la cepa de los caudillos latinoamericanos, pronto desnaturalizó la democracia representativa. La voluntad del pueblo, expresada por él mismo, se puso por encima de cualquier institución, todas ellas controladas por sus fieles. Los altos precios del petróleo mantuvieron la bonanza económica, pero su caída y una cadena de decisiones económicas desastrosas condujeron a la penuria actual y a una crisis política sin salida aparente, agravada por la incompetencia y el sectarismo de Maduro y la oposición. Venezuela y la Nicaragua de Ortega (exrevolucionario aliado de la Iglesia conservadora y los empresarios más reaccionarios) muestran el fracaso absoluto de cualquier solución que pase por la anulación de las instituciones de la democracia representativa.

No en todas partes han fracasado los gobiernos de izquierdas. Uruguay con la sucesión de Tabaré Vázquez, Pepe Mújica y de nuevo Vázquez camina en una línea progresista avanzada, con total respeto a las instituciones democráticas. De Argentina es imposible hablar en una línea, pero en general puede decirse que la presidencia de Néstor Kirchner hizo avanzar el progreso y la justicia social.

En Ecuador, Brasil y Bolivia, Correa, Lula y Evo sacaron de la pobreza a una parte importante de la población, hicieron crecer por abajo las clases medias, reforzaron los servicios públicos y realizaron en general políticas económicas responsables, aceptables para los inversores extranjeros (que le pregunten a Brufau sobre Bolivia) y que en general hicieron progresar a estos países, hasta que en 2012 la onda de la Gran Recesión los  golpeó de lleno. No obstante, la lucha contra la pobreza se cifró sobre todo en programas asistenciales y subvenciones a productos básicos y mucho menos en inversiones productivas.

Más allá de sus políticas económicas, sus pecados son políticos: corrupción, sectarismo, polarización, clientelismo. A  pesar de todo, hoy Lula, Morales y Correa debieran jugar un papel en defensa de las clases populares, pero para ello tendrían que reconocer sus errores y pedir perdón, lo que resulta imposible cuando luchan por su supervivencia política y hasta personal.

Hacen falta nuevos Lulas, jóvenes, preparados, salidos de las clases populares, sin las cargas de la corrupción y el sectarismo, respetuosos del Estado de Derecho. Por el momento, habrá que esperar que Alberto Fernández no recaiga en los vicios de Cristina y que López Obrador comprenda que por el mero hecho de que el sea presidente nada se soluciona sin políticas efectivas.

Para terminar el caso de Chile. Laboratorio social en el que la dictadura de Pinochet impuso el liberalismo extremo de la escuela de Chicago. Siempre puesto de ejemplo de estabilidad y progreso económico, dos décadas de democracia condicionada por una Constitución que guarda elementos todavía de la dictadura,  con gobiernos de centro-izquierda y derecha, Chile ha estallado por una subida de los billetes de metro.

Más allá de los disturbios, está el hartazgo de las clases populares y media (la mayor del continente junto con Uruguay) con un sistema con buenas cifras macroeconómicas, pero donde la sanidad y educación de calidad son privadas y cada vez más inalcanzables.

El caso de las pensiones es paradigmático. La dictadura, justamente el ministro Piñera, hermano del actual presidente, impuso el paso del sistema de reparto a uno de capitalización. Con bajas aportaciones de trabajadores y empresarios, la reducción mundial de  la rentabilidad de los activos financieros está condenado ahora a la miseria a muchos nuevos pensionistas. Aviso a navegantes para los que aquí propugnan el sistema de reparto.

Chile es ejemplo palmario del fracaso del modelo neoliberal fuera de los países hegemónicos. O un anticipo a que extremos llevan las privatizaciones. En Chile los créditos universitarios condenan a la pobreza a los jóvenes licenciados; en Estados Unidos las familias ya tienen que elegir entre mantener los seguros de salud, la casa familiar o la universidad de los hijos.

Las respuestas a la crisis en Chile se están produciendo a tres niveles. La violencia se mantiene en niveles altos y aparentemente sin control, al tiempo que aumentan las denuncias de excesos y brutalidades por parte de las fuerzas del orden. Institucionalmente, se abre paso el consenso sobre la apertura de un proceso constituyente, seguramente imprescindible, pero lento y que no resolverá mágicamente los problemas económicos y sociales. Y popularmente se desarrolla un proceso pacífico de participación, los cabildos, con similitudes con el movimiento de las plazas del 15-M español. Quisiera pensar que en Chile se esté gestando un nuevo modelo justo, eficiente e inclusivo, sin las viejas cortapisas de la dictadura y con un Estado de Derecho más participativo.

¡Ay Venezuela!


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Los ojos de Chávez, que todo lo vigilan

Sólo unas elecciones libres, legislativas y presidenciales, pactadas con mediación internacional y celebradas simultáneamente pueden dirimir el duelo de las dos legitimidades que se disputan el alma de Venezuela.

Declaración previa de principios

He dudado mucho antes de escribir sobre Venezuela. Es entrar en un territorio minado, en el que es difícil decir algo nuevo. Demasiadas lecciones desde la barrera se dan ya estos días. Pero tengo una especial vinculación con el país. Mi padre, como tantos españoles, fue emigrante allí. Conservo familiares y he tenido alumnos venezolanos. Así que, con el mayor respeto para todos los venezolanos, dejo aquí mis modestas reflexiones, que en este caso no irán respaldadas por fuentes. Por favor, críticas sí, insultos no.

Detesto a todo tipo de caudillos, civiles y militares. Aborrezco a los salvadores y mesías. No creo en los pueblos como unidades místicas.

No me gustó Chávez, desde que en aquel febrero ya tan lejano febrero de 1992 le vi por primera vez en el vídeo de su rendición. Tampoco siento ninguna simpatía por Maduro, una versión más burda de su mentor -en la entrevista de Évole tengo que reconocer que resultó ingenuo y candoroso.

Creo que las llamadas libertades formales (los derechos cívicos) son absolutamente sustanciales para garantizar la dignidad y permitir la conquista de los derechos sociales y económicos. Y que los fines no justifican nunca los medios.

Dos legitimidades

Maduro y Guaidó se consideran presidentes legales. Maduro, como vencedor en unas elecciones presidenciales. Guaidó, como «presidente encargado», que reconoce esas elecciones y considerar usurpada la presidencia por Maduro, alegando una alambicada interpretación de la Constitución. Ambos, más allá de razones jurídicas, invocan legitimidades más profundas.

Maduro, el pueblo, la revolución, la transformación del país (siempre esgrime índices internacionales de desarrollo favorables a Venezuela), la resistencia contra el imperialismo del que la oposición es lacayo, la insurrección («guarimbas») contra el gobierno legítimo. En definitiva, el carácter redentor de la revolución bolivariana.

Guaidó y la oposición, el sectarismo, la desestructuración social, la militarización, la corrupción, el abuso de poder, el caos económico, los presos políticos, los asesinatos por las fuerzas del orden y paramilitares, la corrupción, la emigración masiva. En resumen, su legitimidad no es redentora, como la de los bolivarianos, sino que se basa en la rebelión frente a la tiranía.

Desde el punto de vista de la legalidad, el chavismo ha roto el equilibrio de poderes, si bien es cierto que la Constitución no puede ser más farragosa.

De la manera más ingenua, Maduro explicó a Évole como después de la victoria de la oposición en las legislativas buscó en la Constitución la manera de neutralizar la situación. Y lo hizo convocando al poder constituyente en unas elecciones que, por primera vez desde la llegada de Chávez, reciben denuncias muy serias de fraude. Previamente, el Tribunal Supremo declaró en desacato a la Asamblea Nacional por no reconocer su fallo sobre tres escaños en disputa. Los intentos de poner en marcha un referéndum revocatorio fueron obstaculizados de todas las maneras posibles desde el poder electoral, controlado por el chavismo. Y partidos y candidatos de la oposición fueron inhabilitados electoralmente.

La oposición, o sus sectores más radicales, preconstituyeron desde el principio la prueba para declarar fraudulentas las elecciones presidenciales, algo de lo que, por cierto, advirtió en su día Rodríguez Zapatero. Llamaron al boicot, pero según las cifras oficiales votó más del 46%, casi el 68% por Maduro. Participación desde luego baja para Venezuela, pero homologable a nivel internacional.

A buen seguro en esas elecciones se registrarían irregularidades (por mucho que se realizaran no sé si 16 auditorías informáticas), pero entonces hay que denunciar esas irregularidades concretas y no darlas por supuesto antes de comenzar las votaciones. En cualquier caso, admitiendo todas esas irregularidades, tanto en lo referente a las condiciones de partida, como en el mismo proceso de sufragio, no se pueden ignorar los más de 6 millones de votos y el apoyo popular al chavismo.

Fuente de legitimidad chavista fue durante años la prosperidad del país, basada en la bonanza petrolífera. Y el reparto de esa riqueza hacia los más desfavorecidos. El progreso social de aquellos años no puede negarlo nadie. Pero el planteamiento de las «misiones» con una mentalidad militar concentra las fuerzas en un objetivo que una vez logrado no requiere mayor mantenimiento. No son derechos, es asistencialismo clintelar.

A la inversa, el caos de los últimos años  erosiona la legitimidad chavista. Maduro esgrime una supuesta guerra económica del Imperio. Desde 2015 Estados Unidos y la Unión Europea han bloqueado las cuentas de altos cargos chavistas, medidas que en nada afectan a la economía nacional. Es en agosto de 2017 cuando la administración Trump impone la primera sanción financiera verdaderamente perjudicial para la economía venezolana,  al prohibir la emisión de bonos por el gobierno de Venezuela y PDVSA. Cierto es también que una página web de Miami ha jugado un papel muy poco transparente en el desplome de la divisa venezolana.

Sí, se ha despilfarrado la riqueza petrolífera, lo que no es nada nuevo en Venezuela. Hace 80 años Uslar Pietri proponía «sembrar el petróleo», pero siempre el país ha dependido de la renta petrolífera y de las importaciones del extranjero. Lo mismo con la inseguridad. Desde los años 60, Caracas, ha sido siempre una de las capitales más peligrosas del mundo.

Dos legitimidades, en definitiva, cada una con sus apoyos populares, su invocación a la justicia y sus argumentos jurídicos.

El alcance de los reconocimientos

Un gobierno puede optar por aceptar o no a una determinada legitimidad en otro territorio. En los usos diplomáticos, si la acción de un gobierno extranjero es contraria a los intereses o principios de otro, lo común es romper relaciones y retirar al embajador, en la mayor parte de los casos con una previa llamada a consultas -como ha hecho este jueves Francia con su embajador en Roma.

El axioma diplomático dice que se reconocen estados, no gobiernos. Franco, después del incidente del embajador Lojendio, no dejo de reconocer al gobierno de Castro, que era el que de hecho ejercía el poder en Cuba, simplemente retiró al embajador durante una temporada. Durante la guerra española, Francia y Reino unido mantuvieron un representante ante el gobierno de Burgos, pero no reconocieron a Franco hasta la caída de Cataluña y la huída del gobierno de la República a Francia. En otras palabras, el reconocimiento es enviar embajadores ante el gobierno que ejerce el poder efectivo, lo que no es el caso de Guaidó.

Vale la pena recordar la doctrina Estrada, que López Obrador recupera después de unos años de activismo de la diplomacia mexicana. Así la formuló el 29 de septiembre de 1930 el canciller Genaro Estrada ante los representantes diplomáticos de los países latinoamericanos:

«El gobierno de México no otorga reconocimiento porque considera que esta práctica es denigrante, ya que a más de herir la soberanía de las otras naciones, coloca a éstas en el caso de que sus asuntos interiores pueden ser calificados en cualquier sentido por otros gobiernos, quienes, de hecho, asumen una actitud de crítica al decidir favorable o desfavorablemente sobre la capacidad legal de regímenes extranjeros. El gobierno mexicano sólo se limita a mantener o retirar, cuando lo crea procedente, a sus agentes diplomáticos, sin calificar precipitadamente, ni a posteriori, el derecho de las naciones para aceptar, mantener o sustituir a sus gobiernos o autoridades»

Se ha invocado estos días por los partidarios de Guaidó la llamada doctrina Betancourt, que informó dutante los sesenta la política exterior venezolana. Puede resumirse en esta cita del primer discurso presidencia de Rómulo Betancourt en 1959:

“Regímenes que no respeten los derechos humanos, que conculquen las libertades de los ciudadanos y los tiranicen con respaldo de policías políticas totalitarias, deben ser sometidos a riguroso cordón profiláctico y erradicados mediante acción pacífica colectiva de la comunidad jurídica interamericana”

La doctrina Betancourt ha inspirado la acción de la OEA contra golpes de estado (derrocamiento de Aristide, autogolpe de Fujimori,  intento de golpe de Lino Oviedo en Paraguay) y favoreció el reforzamiento de las competencias de su secretario general, hoy el uruguayo Luis Almagro, uno de los más enérgicos acusadores de Maduro.

El reconocimiento del autoproclamado Guaidó tiene indudables efectos políticos – deslegitima y aisla a Maduro- pero ninguno diplomático, en tanto no se retiren los embajadores de Venezuela y se de el placet a los diplomáticos nombrados por Guaidó en estados y organizaciones internacionales. El arma más terrible de los países que han reconocido a Maduro es la imposición de sanciones financieras y congelación de cuentas estatales y de PDVSA.

La injerencia de Estados Unidos y la guerra fría

Todo indica, y así lo han reconocido destacados miembros de la oposición, que esta operación se ha fraguado en Washington. Y detrás de ella, además del estulto Trump, como ideólogo está John Bolton, que ya lo fuera de la invasión de Irak, y como ejecutor designado Elliot Abrams, quien también lo fue de la Operación Irak-Contra. ¿A dónde se puede ir con estos mentores?

Estados Unidos va a dar la batalla a Rusia y China en Venezuela. Venezuela paga los créditos rusos con petróleo y la rusa Rosfnet tiene importantes explotaciones en Venezuela. La deuda de Caracas con Pekín es de 60.000 millones de dólares. Cuba controla los servicios de seguridad. Según la agencia Reuters, que cita fuentes rusas, en Venzuela estarían destacados mercenarios del grupo Wagner para reforzar la seguridad de Maduro.

Los defensores internacionales de Maduro siempre sostienen que de lo que trata Estados Unidos es de hacerse con el petróleo de Venezuela. El petróleo venezolano ya no es una prioridad estratégica: supone un 7% de las importaciones norteamericanas (un 30% de las exportaciones para Venezuela) y es fácilmente sustituible en un contexto de creciente autosuficiencia de Estados Unidos. Pero sigue siendo un codiciado negocio para las empresas norteamericanas. Escuché en la radio una declaración de Guaidó en la que prometía mantener el caracte estatal de PDVSA, pero abrir el sector a la inversión privada. La misma política de la ley de hidrocarburos de Peña Nieto en México, que ahora López Obrador va a revertir.

En definitiva, un complicado tablero geopolítico lleno de trampas explosivas, que los países verdaderamente amigos de Venezuela debieran tratar de desactivar y no cebar.

No, no se dan las condiciones para una intervención internacional

En Washington se repite machaconamente «todas las opciones están abiertas», como un eufemismo de intervención militar. Bolton muestra en su cuaderno ante los periodistas, de forma más provocativa que inadvertida, el enunciado «5.000 tropas a Colombia».

Fuera de Estados Unidos nadie apoya formalmente una intervención militar, pero no faltan voces que defienden una ingerencia llamada humanitaria.  La idea de una injerencia justificada en razones humanitarias nació en los 90, ante el escándalo por la pasividad internacional por los crímenes cometidos en la antigua Yugoslavia y Ruanda.

En 2005 la ONU reconoció la doctrina de la responsabilidad de proteger: si los estados son soberanos, el reverso de esa soberanía es su deber de proteger a sus ciudadanos contra crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y genocidio. Si el estado no cumple con su responsabilidad la intervención está justificada, siempre que se den estas condiciones: Causa Justa, Intención Acertada, Último Recurso, Medios Proporcionales, Perspectivas Razonables y Autoridad Apropiada.

El secretario de la OEA, Luis Almagro, envió en junio de 2018, un informe a la fiscalía del Tribunal Penal Internacional un informe en el que se sostiene que en Venezuela se han cometido crímenes de intencionalidad política que pudieran constituir crímenes de lesa humanidad. La fiscalía no se ha pronunciado, pero en cualquier caso estos crímenes se sustanciarían ante el TPI. Solo la persistencia de su comisión y el cumplimiento de los otros requisitos mencionados legitimaría una intervención en nombre del principio de la responsabilidad de proteger.

Estados Unidos ha puesto en marcha una operación de envío de suministros (alimentos, medicamentos, suplementos nutricionales) por un valor de 20 millones de dólares. El primer envío ya está en Cúcuta, en la frontera entre Venezuela y Colombia y se anuncian otros envíos desde la frontera con Brasil y desde alguna isla del Caribe.

Que Venezuela está en una situación humanitaria límite es indudable. Si fuera inteligente Maduro dejaría pasar estas mercancías y exigiría que fueran repartidas con transparencia por una organización que nada tuviera que ver con la oposición y fuera aceptada por todos (¿Cáritas?). Prohibir el paso por «dignidad» es el mejor escenario para Estados Unidos y Guaidó. Ya tenemos un casus belli.

La situación me recuerda a la de los inspectores internacionales en Irak. Sadam Husein se negaba a las inspecciones a las que estaba obligado por la legislación internacional por ser una ingerencia a su soberanía. Bajo una presión brutal, por fin permitió la entrada de los inspectores, que certificaron que no había armas de destrucción masiva, pero la administración Bush siguió adelante con su campaña de embustes (recuerdo la bochornosa intervención de Powell ante el Consejo de Seguridad) y finalmente desató una invasión, con las consecuencias conocidas (destrucción y guerra sectaria en Irak, explosión del yihadismo, guerra de Siria).

¿Y ahora qué?

Cuando dos legitimidades se enfrentan en un país, si ambas son solidas, están bien cohesionadas, con apoyos externos bien definidos y sin vías de entendimiento lo más probable es el enfrentamiento prolongado con resultados terribles. Pero también  puede que uno de los bloques no sea tan solido y se derrumbe, bien de modo dramático, bien mediante un lento deterioro durante el cual va perdiendo adhesiones.

La Historia nos deja imágenes emocionantes de soldados o policías que se niegan a disparar contra una manifestación, haciendo colapsar un régimen opresivo. También la de la de generales que ayer adulaban al tirano y hoy le suplantan, juntas de jóvenes oficiales que apelan al pueblo y, la más dramática, ejércitos de lealtades partidas que se enfrentan en guerra civil.

Hasta ahora el apoyo de la cúpula militar a Maduro ha sido férreo, la disciplina de los uniformados se ha mantenido y los militares parecen haber hecho oidos sordos a la oferta de amnistía de Guaidó. Un golpe militar, por mucho que se hiciera bajo la promesa de elecciones no haría más que perpetuar el papel de la milicia en la vida política. Y peor podría ser un desplome de la línea de mando, que podría traer el enfrentamiento entre unidades y un caos generalizado, con grupos paramilitares sembrado el terror.

Las sanciones económicas serán devastadoras para la pauperizada Venezuela. Están diseñadas para que el régimen colapse… a costa de maás sufrimiento para los venezolanos.

La única salida sería la convocatoria simultánea de elecciones legislativas y presidenciales, propiciadas por el Grupo de Contacto (UE) y el Mecanismo de Montevideo (México, Uruguay y países del Caribe). Las posiciones de estas dos iniciativas diplomáticas son distintas, pero no divergentes. En la reunión de Montenvideo de este jueves el Grupo de Contacto defendió la celebración de elecciones libres y el Mecanismo de Montevideo la negociación entre gobierno y oposición.

No soy diplomático, pero se de las dificultades que tiene cualquier salida pactada a una crisis interna. Con todo, me permito pensar en una ruta que condujera a unas elecciones legislativas y presidenciales libres, para que el pueblo venezolano dirima el duelo de legitimidades.

Esta hoja de ruta podría pasar por la suspensión condicionada de las sanciones por tres meses, durante los que gobierno y oposición negocien el proceso electoral. Si se han conseguido resultados, la suspensión  se prolongaría otros tres meses hasta la celebración efectiva de las elecciones y la aceptación de los resultados por todos.

La negociación, facilitada por el Grupo de Contacto y el Mecanismo de Montenvideo, exigiría renovar el Consejo Nacional Electoral, con personalidades prestigiosas aceptadas por todos, garantías en la actualización del censo electoral y observación internacional.

El gobierno debiera de aceptar también la apertura urgente de canales de ayuda humanitaria gestionados por organizaciones independientes. Otro elemento sería la puesta en libertad de todos los detenidos sin cargos por manifestaciones de protesta, la aceleración de procesos y la mejora de las condiciones carcelarias. También se podría acordar la negociación después de las elecciones de soluciones de justicia restaurativa y una negociación económica al estilo de los Pactos de la Moncloa.

Y que sean los venezolanos los que decidan su futuro en paz.

 

 

 

 

Hágase la luz en Navidad


 

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Luz y Navidad. Navidad, fiesta originariamente pagana, cristianizada durante 2000 años y nuevamente paganizada en la sociedad de consumo. En todas sus versiones es elemento esencial el paso de la oscuridad a la luz, la superación del solsticio de invierno, el nacimiento del Mesías como nueva luz, la iluminación de las ciudades para crear una euforia consumista.

Todos necesitamos la luz, salir de la oscuridad, un nuevo comienzo. Pero sobre todo los aherrojadas a las tinieblas cotidianas.

Hágase la luz para los rohingyás, expulsados de sus casas y malviviendo en Bangladesh, en Cox Bazar.

Hágase la luz para los refugiados sirios, afganos, eritreos, atrapados sin futuro en la periferia del sueño europeo, en Lesbos, o para los subsaharianos encerrados en una cárcel malagueña, que se quiere hacer pasar por centro de acogida.

Hágase la luz para los colombianos y colombianas que salen de una guerra y buscan acomodo en una sociedad civil que no entienden.

Hágase la luz para los gitanos rumanos, que mendigan en nuestros semáforos y han perdido suss chabolas en el incendio del Gallinero.

Hágase la luz para los yemeníes que sufren el cólera, como si fuera una maldición biblíca, y no la consecuencia de la la guerra que Arabia Saudí e Irán libran por fuerzas interpuestas en el país.

Hágase la luz para los palestinos, que hasta el derecho a una capital se les niega.

En fin, hágase la luz para todos nosotros, que no vivimos en el abismo, pero también tenemos nuestras tinieblas particulares.

Feliz Navidad a todos.

(Aquí tenéis uan selección del Oratorio de Navidad de Bach y en este enlace podéis encontrar el conciento completo de la Orquesta y Coro de RTVE. ¡Ah! y que se haga la luz para RTVE, que falta hace)

 

Atentados de París: terrorismo, no guerra


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Si esto es una guerra, los terroristas ya la han ganado

«Francia está en guerra» -dice Hollande. Y todos repiten, en Francia y fuera de Francia, «esto es una guerra».

«War on terror» -dijo Bush. Y muchos (los mismos que hoy dicen que estamos en guerra) declararon entonces»estamos en una nueva era; hay que reinterpretar los derechos humanos». Y vinieron Guantánamo, Abu Ghraib, la destrucción de Irak, Al Qaeda en Irak y el Estado Islámico.

Si esto es una guerra, los terroristas ya la han ganado.

Porque los estados democráticos se colocan entonces en su terreno de juego.

Porque les reconocen como beligerantes, no en términos de las Convenciones de Ginebra (esos molestos tratados que Bush reinterpretó), sino en cuanto que adversarios que encarnan unos valores que ponen en peligro los nuestros -nueva versión del Choque de Civilizaciones de Huntington.

Porque la guerra supone la limitación de los derechos en los que se basan nuestras sociedades y, por tanto, les estaremos dando la razón de que la democracia es una farsa.

Porque esa guerra no se puede ganar en casa usando medios militares.

Porque esa guerra librada militarmente en el extranjero es imposible de ganar sin soldados en el terreno y no queremos que ninguno de nuestros hijos muera en tierras lejanas.

Porque afrontar el terrorismo como una guerra generará más terroristas.

Debiéramos ya saber que no hay atajos contra el terrorismo. Que los GAL, la guerra sucia, legitima a los terroristas. Que la aplicación de normas de control basadas -de hecho, no necesariamente de derecho- en la raza o la religión no hacen más que castigar y enajenar a comunidades enteras. Que en España, con una legislación antiterrorista dura, pero en general bajo control policial, se pudo luchar contra ETA y condenar a los responsables de los atentados de Madrid.

Estado policial

Francia va introducir medidas que permiten a la policía o al ministro del Interior limitar derechos fundamentales: libertad de residencia y movimientos, derecho a la nacionalidad, libertad de expresión, secreto de las comunicaciones. Y la inmensa mayoría de la población las acepta. En el eterno debate entre libertad y seguridad se impone el miedo.

Una limitación temporal bajo condiciones estrictas es aceptable en cualquier democracia. El problema es si estas medidas se pueden prorrogar automáticamente o se incorporan a las leyes antiterroristas como limitaciones permanentes. Cualquier suspensión, reducción o limitación de derechos debe quedar bajo control judicial, si se quiere en el marco de procedimientos especiales, rápidos y simplificados.

Lo otro es aplicar la esencia del derecho totalitario: el derecho como arma contra el enemigo interior, las medidas de seguridad que imponen controles -penas y castigos de hecho- a los que se supone predispuestos a delinquir.

Y la policía, claro, se equivoca, pero esos errores letales quedan salvados bajo el manto de la guerra total. Jean Charles de Menezes era un pacífico inmigrante brasileño que la policía mató en una estación del metro de Londres, sin darle siquiera posibilidad de responder a un interrogatorio. Los titulares de entonces, 2005, decían «la policía mata a un sospechoso de terrorismo». La familia ha luchado durante 10 años por lavar su honor y obtener la condena a este asesinato extrajudicial. Todo lo que han conseguido es que Scotland Yard sea multado con 175.000 libras por incumplir la Ley de Seguridad Laboral (los agentes estaban bajo presión para obtener resultados contra el terrorismo).

Las agencias de espionaje que libran la guerra encubierta también yerran. Jalid El-Masri, ciudadano alemán fue secuestrado en 2003 por la CIA en Macedonia, torturado y enviado a una cárcel secreta en Afganistán. Fue puesto en libertad cinco meses después en el marco de una investigación sobre «secuestros erróneos».  Por no hablar de las armas de destrucción masiva o de los «falsos positivos» de Colombia.

Como en Nueva York en 2001 o en Madrid en 2005, ahora en París se han puesto en evidencia fallos policiales y problemas de coordinación entre cuerpos de seguridad y servicios de inteligencia. Que aumente el intercambio de información entre servicios europeos, establézcanse alertas tempranas, mayores controles de seguridad en acceso a lugares públicos o en las fronteras exteriores, pero respétense las garantías de los derechos. Eso es lo que justamente nos diferencia de las tiranías.

Los terroristas

Que europeos convertidos en yihadistas regresen de Siria es un riesgo adicional. Pero en esa falsa guerra el «enemigo» está dentro y se ha incubado en nuestra sociedades con marginación, humillación e intolerancia religiosa.

La integración republicana en la escuela ha fracasado porque, a diferencia de los años 60 o 70, la educación universal ha dejado de ser un factor de ascenso social. No es un problema tanto de pobreza como de rechazo. Un título escolar no garantiza el empleo, pero si el apellido es musulmán mucho menos. Frente a unas familias de valores patriarcales, los hijos caen en la droga y la pequeña delincuencia de los banlieus. La ideología yihadista es la redención de esa vida indigna, la recuperación del orgullo, como las maras puede serlo para los latinos perdidos en Los Angeles. En Europa, el mensaje religioso es imbatible: promete un paraíso directo dando vía libre al odio acumulado, a la testosterona contenida.

La infantería yijhadista sale de los banlieus  o de barrios como El Príncipe. Pero hay otra minoría, educados, profesionales (normalmente con títulos técnicos) que responden más a un impulso radical de justicia, ante la situación en Palestina, los bombardeos y matanzas (no importa que sean sectarias y no intervengan occidentales) en Siria, Irak, Afganistán. Salvando todas las distancias son lo que fueron los jóvenes de las Brigadas Rojas o de la Facción del Ejército Rojo en los 70.

No voy a discutir si el Islam es una religión de paz, no conozco el Corán ni las hadices; supongo que sí, que el Islam es paz y misericordia y estoy seguro que la inmensa mayoría de los musulmanes consideran estos hechos execrables. Pero el problema no es sólo el wahabismo radical infiltrado por el dinero del petróleo saudí en el islam europeo. El problema es que el discurso predominante del Islam conservador sigue considerando como abominables los valores de tolerancia, relativismo y laicismo de las sociedades europeas. Problema es ese padre que se niega a que sus hija haga gimnasia; mayor problema todavía es que teólogos que propugnan un Islam europeo se nieguen a estrechar la mano de las reporteras que les entrevistan.

Puede que mañana no exista el Estado Islámico o Al Qaeda, pero el potencial terrorista de estos jóvenes seguirá activo.

Así que hay un enorme trabajo por delante para hacer una sociedad verdaderamente intercultural, desde el diálogo y el respeto.

La guerra contra el Estado Islámico

Rusia, Estados Unidos y Francia bombardean al Estado Islámico en Siria. La única intervención legal es la de Rusia, que responde a la llamada del gobierno con reconocimiento internacional, el de Asad. A su vez, los bombardeos occidental en Irak son también legales, pues lo son a petición del gobierno de Bagdad. Sólo una autorización del Consejo de Seguridad de la ONU podría dar cobertura legal a todas estas operaciones. Tal como están las cosas quizá sea Barack Obama el que tenga más objeciones a esa luz verde, que para Putin significaría un aval de la política imperial de Rusia.

En cualquier caso, la guerra contra el Estado Islámico no se puede ganar desde el aire.Ni Estados Unidos, ni Rusia, ni Francia ni Gran Bretaña enviarán tropas. Saben que caerían en la trampa, que es una guerra sin batallas en la que siempre se pierde.

Todos los vecinos puede estar de acuerdo con aplastar al califato yihadista, pero desconfían de las tropas del otro. Los kurdos -la opción preferida en Occidente- están a su vez en guerra con Turquía y no pueden tomar territorios de mayoría sunní sin riesgo de reforzar a los yihadistas. Lo mismo ocurre con las milicias chiíes iraquíes, a falta de un verdadero ejército nacional. O de los voluntarios de Irán o Hezbolá, que serán tratados como invasores en zonas sunníes.

El proceso de paz en marcha pasa por aceptar transitoriamente a Asad, establecer un gobierno de todos con respaldo electoral (¿se pueden hacer elecciones en Siria?) y luchar juntos contra el Estado Islámico. Luego, quizá, Asad podría correr la suerte de Milosevic. Veremos.

Europa y los refugiados

Nada se sabía de los atacantes, pero muy pronto apareció un supuesto pasaporte de un sirio que había pasado por Grecia. Casi una semana después el asunto sigue sin aclarar, pero no importa, para muchos es la prueba de que el obispo Cañizares tenía razón («no todos son trigo limpio»), que Orban tenía razón.

Si antes de los atentados se cerraban las fronteras interiores, ahora  que cada país quiere ser una fortaleza, en los fosos de esas fortalezas van a quedar centenares de miles de seres humanos cuyo delito es huir de la brutalidad yihadista, de los bombardeos de la coalición, de los bidones explosivos de Asad. ¿Se recuperarán los campos de internamiento como el de Rivesaltes en Francia en que penaron los republicanos españoles? Como la Jungla de Calais, esos serán lugares de vergüenza, pero también fuente de tensiones de todo tipo.

Europa está a punto de abolir la libertad de movimientos. ¿Quedará sólo el mercado único, como quiere Cameron?.

(Ya que esta entrada no tiene ni un solo enlace, recojo aquí al menos tres opiniones tres artículos que creo también rechazan la retórica de la guerra.

Paz a los hombres de buena voluntad


Paz para las niñas y niños de Pakistán, de Afganistán, que se juegan la vida por ir a la escuela.

Paz para las niñas y niños de India, Bangladesh, Bolivia, que trabajan para ayudar a su familia.

Paz para los niños de Gaza que hoy viven refugiados en la que fue su escuela.

Para la madre que en La Habana «resuelve» como puede para sacar adelante a sus hijos.

Paz para los enfermeros y médicos africanos que luchan contra el ébola, sin posibilidad de retirada.

Paz para las familias de Móstoles o Leganés que esperan la lismona de los 426 euros.

Paz para el jubilado de Grecia que tiene que dar su «fakelaki» para ser atendido en el hospital.

Paz para los voluntarios del Gallinero que han conseguido escolarizar a los niños rumanos.

Para para las mujeres africanas, prostituidas y esclavizadas en nuestros polígonos.

Paz para las comunidades afroamericanas de Colombia, masacradas por paramilitares, guerrillas y ejército.

Paz para la maestra de Donetsk, que pensaba que tendría una jubilación tranquila.

Paz a los que resisten.

Paz a los que se rompen.

Paz a los que sobreviven con una sonrisa, como estas niñas del Sarajevo bombardeado, que hoy, seguramente, 20 años después, tendrán que sobrevir en medio de la corrupción del estado de Dayton.

Paz a todos en esta Navidad.

Gervasio Sánchez – Niñas en Sarajevo

Cinco años de Periodismo Global… y de crisis


Este blog acaba de cumplir 5 años. El 28 de noviembre de 2007 arrancaba con la promesa de ofrecer otra mirada sobre el periodismo y la información internacional y la duda de si no sería una voz más en la cacofonía universal. Entre las primeras entradas, la dedicada el 21 de enero de 2008 al lunes negro, como etiquetaron los medios al gran batacazo de las bolsas ante las pérdidas de la banca de inversión ahogada por las hipotecas basuras.

Durante cinco años he seguido mirando hacia mi campo de interés, el periodismo y la información internacional, mientras la crisis evolucionaba y se hacía más espesa hasta convertirse en crisis del sistema.

Empecé a publicar con mucha regularidad entradas no muy largas. Y cada vez publico menos, aunque entradas más extensas y reflexivas, quizá menos apropiadas para un blog. La razón es, por un lado, la mayor dedicación a tareas docentes y académicas. Pasar de la clase magistral a animar el trabajo creativo y científico del alumno supone una permanente tutoría virtual que consume horas y horas. Pero hay otra razón, una cierta depresión intelectual . Cuando los fundamentos del estado democrático se tambalean parece que no tiene demasiado sentido hablar de las cosas ordinarias, aunque estas puedan ser el Informe Levenson, los principios editoriales de las televisiones públicas europeas o los mitos y la fotografía -temas recientes que tengo pendientes de tratar en el blog.

Hoy quiero agradecer a los que a lo largo de estos años me habéis seguido con un repaso a los temas de este blog y compartiendo con todos lo que he aprendido.

Cinco años  de crisis: la Gran Involución

Periodismo global quería mirar más allá de la clásica información internacional a los grandes acontecimientos universales y a su tratamiento informativo (categoría Globalización). Pero poco a poco he ido ocupándome de la ruptura del pacto social y democrático y de la crisis del sistema político nacido en la transición.

En estos momentos creo que la recesión ya es una Gran Involución del sistema democrático en el que la destrucción del estado del bienestar, el expolio de los bienes públicos, la depauperación de las clases populares, el sacrificio de una generación perdida… no pueden conducir sino a una explosión social. Parece que la respuesta del gobierno es afinar los instrumentos represivos y la censura. Los movimientos sociales alternativos construyen pequeñas alternativas, pero faltan respuestas globales (ver etiqueta Movimiento 15-M).

¿Sobrevirá la democracia al capitalismo financiero depredador?

Cinco años de información internacional

En estos cinco años el cambio más importante en la política internacional son las llamadas revoluciones árabes. Muchos analistas creen a estas alturas que para lo único que han servido es para sacar de la botella al genio del islamismo. Discrepo. Sólo liberadas de las dictaduras pueden evolucionar estas sociedades y resolver los conflictos entre teocracia y modernidad. Egipto vive en este momento un momento crítico. Si la nueva constitución logra un compromiso entre el tradicionalismo religioso y el respeto de los derechos humanos se habrá logrado un paso gigantesco. Si, en cambio, el islam político se blinda como un nuevo régimen autoritario la experiencia habrá fracasado.

La guerra de Libia puso de manifiesto la manipulación del principio de la responsabilidad de proteger y el abuso de las mal llamadas intervenciones humanitarias. Hoy ante nuestros ojos Siria se desangra y somos incapaces de responder, porque ahí se juegan varias batallas estratégicas (chíes-sunníes, Irán-Israel, Estados Unidos-Rusia),  pero también por carecer de instrumentos de verdadera intervención humanitaria.

¿Y qué decir de Barack Obama? Que finalmente el sistema fue más fuerte que él y sobre todo que ha permitido la victoria de la impunidad.

Cinco años de periodismo

Cinco años de crisis de periodismo y sobre todo de crisis de la prensa, de las empresas multimedia, que a veces pretenden ser la única encarnación del periodismo. Crisis que se quiere presentar como de cambio de era informativa y que es más una crisis de apalancamiento, de haber entregado el periodismo al capitalismo de casino.

Por supuesto que los periodistas, como todos los mediadores sociales, se encuentran en crisis. El periodista hoy tiene que seguir dando sentido al mundo en el que vivimos reconstruyendo la esfera pública fragmentada en comunidades. Es a lo que he llamado periodismo cívico.

Y la crisis de los medios públicos, de la BBC a RTVE ¡Qué doloroso ver como la aceptable neutralidad y credibilidad de RTVE, construida con tanto esfuerzo, se esfuman en unos meses de interferencia gubernamental!

Lo que he aprendido con el blog

Lo primero y más importante que un blog no es una simple plataforma de publicación, sino, ante todo, un nodo en una red social. El blog me ha permitido recuperar el contacto con colegas y antiguos alumnos.

Mi comunidad no es muy grande. En la actualidad en torno a 200 personas reciben actualizaciones por correo electrónico y RSS y tengo 620 seguidores en Twitter. A ellos me debo y les pido disculpas por no actualizar frecuentemente el blog.

Como periodista, siempre escribo con la actualidad en la cabeza, pero otra de las lecciones del blog es que la información ya no es perecedera, que tiene una pervivencia latente, eso que llaman «the long tail», de modo que los buscadores siguen trayendo visitas a informaciones que ya no son de actualidad, pero que -permitidme la presunción- pueden seguir siendo todavía valiosas como reflexión. Y al respecto está claro que cuanto más palabras claves potentes semáticamente incluya el título (por ejemplo, imágenes, globalización, cultura) mayor será el número de sus visitas a lo largo del tiempo. «Imágenes de la globalización» es la entrada más vista, com más de 20.000 entradas.

En total, 476 entradas han reunido algo más de 190.000 visitas y 780 comentarios. El blog debe ser una invitación para el diálogo, pero en esto no parece que haya tenido mucho acierto. Con todo, el blog, según  Alexa ocupa la posición 772.798 de las páginas más vistas a nivel global y la 24.718 a nivel europeo. Todo muy modesto, pero por lo menos tiene un Page Rank de 5.

Otra cosa que he aprendido (o recordado) es que la verdadera patria es la lengua. Un 40% de las visitas provienen de España y el resto de Latinoamérica, especialmente México (un 20% del total), Colombia, Venezuela y Argentina.

El diseño es abigarrado y manifiestamente mejorable, pero he intentado ofrecer en páginas y columnas laterales información de utilidad, otra cosa que he aprendido que debe ofrecer un blog.

En fin, GRACIAS  a todos (y de modo especial a los que habéis llegado al final de esta larga entrada). Y gracias también a dos colaboradores de excepción, Paco Audije y Paco Rodríguez Pastoriza, que ahora utilizan como plataforma de publicación Periodistas en Español.

Desahucios: el poder de la movilización… y la emoción


Por fin todos abrimos los ojos. Hasta los tertulianos del pensamiento único proclaman que hay que parar esta tragedia.

¿Cómo se ha podido en unos meses pasar de estigmatizar las reclamaciones como atentados contra el sistema a admitir la justicia de las quejas?

Desgraciadamente hasta que la gente no empezó a saltar por la ventana no se produjo el cambio.

He aquí las etapas del proceso comunicativo.

Se crean las primeras plataformas de afectados

Los desahucios crecen, pero la lucha de los afectados se ve como un problema de un sector. El caso no salta a los medios, sino es de manera anécdotica (por ejemplo, cuando un desahuciado colombiano instala una tienda de campaña frente al Palacio de la Moncloa). En medio de la indiferencia social las plataformas se organizan, pero carecen de proyección. Los bancos ejecutan sin piedad.

El 15-M

Las plataformas de afectados son uno de los colectivos que desde el principio logran un protagonismo en el movimiento. El movimiento centra sus movilizaciones más exitosas en la respuesta a los desahucios. Logra parar algunos desalojos, pero sobre todo consigue que el problema salte a los medios. Ahora es una reivindicación central, definitoria de la contestación global.

Las plataformas se fortalecen y coordinan en el marco del movimiento y logran el apoyo de todo tipo de voluntarios. La lucha contra los desahucios no decae cuando el movimiento pierde influencia general.

En resumen, el mayor logro del 15-M es poner los desahucios en la agenda pública.

Aumenta la conciencia social y cambia la percepción

Una vez en la agenda pública, los desahucios se convierten en tema central tanto en los medios masivos como en los medios sociales.

Los medios sociales refuerzan la solidaridad social con los afectados, pero la presencia en los medios masivos obliga a salir a la palestra a banqueros, economistas, registradores, es decir a los líderes de opinión. Los desahucios no son ya el problema de un colectivo; ahora son la manifestación más odiosa de la crisis, un factor de disgregación social y el conjunto de la población los percibe como injustos.

PP y PSOE en el gobierno o en la oposición se mantienen en silencio y ningunean las propuestas de las minorías parlamentarias de izquierdas. Los bancos acceden a algunas daciones en pago o a alquileres sociales ante la evidencia de que están inundados por pisos invendibles. Finalmente, el gobierno de Rajoy promueve un código de buenas prácticas, completamente inane.

El informe de los jueces

Una comisión de jueces propone una serie de soluciones legislativas. El Consejo General del Poder Judicial, que había encargado el trabajo, no lo toma en cuenta. Es el escándalo y entonces comienzan a aparecer autos de jueces que han buscado los resquicios de la ley para intentar detener procedimientos de lanzamiento. La voz autorizada de los jueces obliga a las primeras tomas de posición, todavía muy cautas, del gobierno.

Los suicidios

Dos suicidios en una semana… Otro dos semanas después. Es el punto de inflexión. Se produce una ola de emoción, sobre la que ahora todos los que ignoraron el problema quieren cabalgar. El gobierno convoca de urgencia al PP (¿dónde queda el debate parlamentario?). Alcaldes, policías, jueces se suman a la ola. Y por fin, aparecen los banqueros. Primero, Ángel Ron, del Popular, para decir nosotros no hacemos eso… Y luego la patronal bancaria anuncia una moratoria de dos años.

Movilización y emoción han sido las claves del cambio. Ahora el gobierno y los bancos intentan paliar los desperfectos y pretenden que las soluciones se apliquen sólo a aquellas familias prácticamente en riesgo de exclusión social. El problema va más allá y afecta a millones de familias empobrecidas para pagar la hipoteca. Puede que la emoción pase; entonce sólo quedará la movilización.

(Evidentemente este esquema debiera de estar ilustrado con ejemplos mediáticos. Lo siento. No tengo tiempo ¿Alguien se anima?)

Periodistas en peligro


El mundo está lleno de lugares peligrosos. Lugares en condiciones ambientales o sociales muy difíciles; lugares donde el hombre es un lobo para el hombre y la vida de un ser humano no vale nada.

Sólo algunos de estos lugares son noticia y muy pocos son protagonistas de la información global. Dos puntos calientes son hoy escenario de acontecimientos globales, Japón y Libia.  Y cómo es lógico, allí están los periodistas para contarnos lo que pasa, periodistas locales, corresponsales y enviados especiales.

Por el momento, Libia es mucho más peligroso para los periodistas que Japón. Gadafi ha detenido, encarcelado y maltratado a varios periodistas internacionales, y sus fuerzas emboscaron a un equipo de Al Jazira y mataron a uno de sus periodistas.

En estos momentos se da la batalla por la estratégica ciudad de Abdabiya. Si las tropas de Gadafi toman este nudo de comunicaciones podrían avanzar por la carretera del desierto hasta la frontera con Egipto y dejar en una bolsa a Tobruk y Bengasi. La mayor parte de la prensa internacional ha abandonado ya Bengasi y ahora está basada en Tobruk, desde donde hace incursiones informativas hacia Bengasi, hasta hace unos días un asentamiento seguro para la tribu periodística. Si Tobruk cayera es posible que bastantes periodistas no pudiera cruzar a Egipto, pero tal cosa parece improbable porque los leales a Gadafi tampoco avanzar tan rápido como si se tratara del «blitzkrieg» alemán y lo más probable es que la mayoría pudiera ponerse a salvo.

En Japón, la amenaza es más difusa.La exposición a la contaminación nuclear, hasta ahora, mientras no se entre en la zona de exclusión en torno a Fukishima, no pone en grave peligro la vida ni la salud, pero su evolución resulta imprevisible.

La obligación de los periodistas es estar en Japón y en Libia y contarlo, pero sin correr más riesgos que los que sean razonables. Ya sé que es imposible establecer el límite, pero, desde luego no vale la pena jugarse la vida por el Pulitzer. Hay que pararse en el límite del «territorio comanche» -Evaristo Canet dixit. Pero hay que estar en lugares como el Sarajevo asediado.

En cualquier caso, los periodistas extranjeros corren menos riesgos que los locales y que los fixers (los ojos y los oídos del extranjero) que los han auxiliado. El extranjero puede ser respetado como emisario o pieza de cambio; estar protegido (hasta cierto punto) por su país; en cualquier caso, siempre le queda coger el último avión. Al local no y especialmente el fixer puede ser perseguido por colaboracionista con el extranjero (recuérdese los Gritos del Silencio).

La de periodista es una profesión peligrosa. Cada año, las estadísticas reflejan medio centenar de profesionales muertos en misión informativa. Pero no se dice lo suficiente que la mayoría son freenlance locales, casi siempre fotoperiodistas o videoperiodistas.

Las verdaderos héroes no ganan nunca el Pulitzer. Son los que en su comunidad denuncian cada día, sin brillo ni glamour, los abusos de los poderosos. Son perseguidos y algunos abandonan. Otros perseveran hasta que son asesinados. Fue el caso del colombiano Pedro Cárdenas, asesinado después de ser uno de los protagonistas del En Portada «Madito Oficio». Para él y para tantos anónimos periodistas, mi homenaje.

Los vídeos de Vodpod ya no están disponibles.

Reportajes y puntos de vista


Contar el mundo a través de los ojos de los demás es la esencia del reportaje. Es lo que han hecho los grandes reporteros, como nos cuentan en el libro «Seguiremos informando». Justamente, leyendo las colaboraciones de los reporteros que han recibido el Premio Cirilo Rodríguez (no todos los premiados son reporteros) he reflexionado sobre el momento en que se encuentra el reportaje, concretamente el reportaje en televisión.

El reportaje de televisión se basa en imágenes genuinas que nos muestran situaciones  y personajes arquetípicos. Los testimonios de los personajes son el elemento más potente de cualquier reportaje. El reportero no es más que el vehículo para que se expresen los personajes y se hagan visibles las situaciones. Son innumerables los grandes reportajes donde el reportero ni siquiera se hace presente, renunciado a aparecer en imagen y hasta a utilizar su propia voz como hilo del relato.

Personalmente prefiero el reportero transparente, observador discreto, si acaso testigo y nunca protagonista. No por eso dejo de admitir que es legítima la opción de narrar como testigo en primera persona. Esa es la apuesta de REC Reporteros Cuatro, dirigido por Jon Sistiaga. En su presentación, Sistiaga afirmó que «no tendremos pudor en mostrar al reportero». El programa se presenta como un intento no sólo de contar las cosas sino también de mostrar cómo se consiguen. El reportaje se complementa con un coloquio sobre la realidad objeto del reportaje.

En principio, nada que objetar a esta filosofía. Pero sí al punto de vista escogido en el primer reportaje, Baby sicarios, que se presenta como una investigación sobre el fenómeno de los niños sicarios en la ciudad colombiana de Pereira.

El testimonio de Felipe, desgarra el corazón, pero el fenómeno resulta completamente descontextualizado. ¿Qué condiciones políticas, económicas y sociales producen estos niños, víctimas y verdugos al mismo tiemp? Creo que el reportaje ni se plantea esta pregunta. Además, mostrar el rostro de estos muchachos se ha cuestionado en Colombia, con razón, porque ni la legislación colombiana ni la española permiten mostrar el rostro del un menor en estas condiciones. ¿Estaba justificado en estas circunstancias? Desde luego, el testimonio perdería dramatismo con algún tipo de veladura, pero la cuestión ya no es el derecho a la imagen, sino la protección de la dignidad y la seguridad del niño.

Otro punto de vista completamente distinto sobre Colombia es el del reportaje emitido por En Portada, «Retratos de la Colombia en guerra», en el que un reportero transparente muestra la tragedia de los desplazados por los crímenes de guerrillas, ejército y paramilitares, más de tres millones en todo el país. El sicariato infantil, es desde luego, una de las perversiones de Colombia, pero  que no se puede entender sin conocer, entre otros asuntos, las historias de estos muertos en vida que han dejado sus hogares porque sobre ellos pesa una amenaza de muerte.

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En Portada y REC Reporteros son, con sus diferencias, programas de reportajes que pretenden mostrarnos el mundo en el que vivimos desde una mirada no cotidiana. Pero hoy los grandes triunfadores son los reportajes de la cotidianidad.

Su origen está en la escuela de reporteros que ha supuesto Madrid, directo y sus secuelas. Jóvenes periodistas se han formado en el reportaje en directo de la cotidianidad, mostrando a través de entrevistas amables y sin solución de continuidad aspectos de la realidad más próxima.

Estos reporteros del directo se convirtieron un día en reporteros multimedia. Nuevamente partió el formato de Telemadrid, con Mi cámara y yo, en el que reportero manejaba directamente una cámara miniDv semiprofesional. De ese tronco han nacido los distintos «… por el mundo», Callejeros, Comando Actualidad, Report etc.

La fórmula es vernos reflejados no en los otros, sino en nosotros mismos, en nuestro vecinos, en los que son como nosotros. O en el desmadre de la noche o de los barrios marginales, tan próximos y tan ajenos…

Desde un punto de vista técnico, el reportero se convierte en camarógrafo o si éste existe utiliza estas cámara ligeras con profusión de movimientos mareantes para dar un supuesto dinamismo. Lo peor es el sonido, hasta el punto de que a menudo tiene que subtitularse. Y la concepción visual deja en segundo término a la imagen, con un protagonismo de la palabra, que se  edita sin pausas, en un discurso continuo y agobiante.

Estos reportajes de la cotidianidad están más cerca del entretenimiento que del periodismo, pero no por eso dejan de mostrarnos otra cara de nuestra vida que a veces preferimos ignorar. Veremos a ver lo que dura el boom. Personalmente no me parecen mal, siempre que no suplanten a los grandes reportajes. Peor opinión tengo de programas como 21 Días, donde un reality show se oculta bajo la forma de un reportaje.

Son puntos de vista distintos de escrutar la realidad. Espero que la mirada cotidiana o la mirada dramática no anulen a la mirada global contextualizada.

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