Las redes sociales y la universalidad de la web


¿Os acordáis cuando navegábamos por Internet? Eramos internautas; hoy somos usuarios de las redes sociales.

Esta reflexión viene a cuento de una avalancha de estudios que no hacen sino poner de manifiesto cómo para muchos internautas hoy el ciberespacio se resume en su red social:

Durante un tiempo pensé que las redes sociales no hacían más que fragmentar el ciberespacio, pero las revoluciones árabes y el movimiento del 15-M me convencieron de que pueden ser el vínculo que enlace el espacio público, el espacio mediático y el ciberespacio.

No obstante, las aplicaciones comerciales de redes sociales ponen en riesgo uno de los principios fundacionales de Internet: la universalidad. Cito a Tim Berners-Lee, en un importante artículo publicado el pasado diciembre. Para el creador de la web, nuestros datos quedan cercados, confinados en las redes sociales, fuera de la universalidad de la web.

“Several threats to the Web’s universality have arisen recently. Cable television companies that sell Internet connectivity are considering whether to limit their Internet users to downloading only the company’s mix of entertainment. Social-networking sites present a different kind of problem. Facebook, LinkedIn, Friendster and others typically provide value by capturing information as you enter it: your birthday, your e-mail address, your likes, and links indicating who is friends with whom and who is in which photograph. The sites assemble these bits of data into brilliant databases and reuse the information to provide value-added service—but only within their sites. Once you enter your data into one of these services, you cannot easily use them on another site. Each site is a silo, walled off from the others. Yes, your site’s pages are on the Web, but your data are not. You can access a Web page about a list of people you have created in one site, but you cannot send that list, or items from it, to another site.”

Desde un  punto de vista práctico es estupendo compartir la información con la comunidad de nuestros amigos y colegas. Pero, justamente, el carácter exclusivo de cada sitio social, nos obliga a mantener una conversación  abierta en cada uno de ellos, con la consiguiente fatiga informativa.

Estupendo que llegue Amazon a España, pero yo no puedo por menos de desconfiar de los gigantes, que imponen sus condiciones a los pequeños. Facebook, Google, Apple… cada cual con su filosofía (prefiero la abierta de Google a la cerrada de Apple), pero todos intentando convertirnos no ya en clientes sino en datos manejables a su gusto.

Ahora echaré un vistazo a Facebook y Twitter, pero, que queréis, sigo enciendo la televisión y haciendo zapping, a ver que que nos ponen los programadores (aunque sean tan poco recomendables como los de la tele privada española). Me parece un poco cansino que, por ejemplo, Google Tv me recomiende lo que me va a gustar. ¿Dónde queda la sorpresa?

Complemento esta entrada con un artículo de Dan Gilmor The Facebook template: when net freedom meets market forces

Otras entradas sobre estos temas:

El acceso a Internet, un derecho fundamental

¿Amenaza Google la neutralidad de la red?

Las redes sociales maduran


Las redes sociales ya no son privativas de los más jovenes. Cada vez más adultos usan las aplicaciones de redes sociales y leen y participan en blogs. Esta me parece que es la conclusión más importante del estudio  Global Faces and Networked Places: A Nielsen Report on Social Networking’s New Global Footprint realizado por Nielsen.Online (información BBC, resumen ejecutivo, informe completo). En el conjunto de los 8 países estudiados (entre ellos España), el 67% de los internautas son lo que el estudio denomina “communities members”, esto es, aquellos que usan algunas de las aplicaciones específicas de redes sociales o visitan regularmente un blog. Por tanto, estamos hablando de un fenómeno mucho más amplio de lo que normalmente se denominan “redes sociales”. Así se explica que sea el uso más extendido, después de la búsqueda y la visita de portales informativos y por encima del correo (65%). Los internautas gastan el 10% de su tiempo de conexión en redes sociales y blogs.

No sé porque Nielsen engloba estas dos actividades en un estudio que va, sobre todo, dirigido a que los publicitarios comprendan este nuevo entorno. No me parece útil, pues aunque no cabe duda de que un blog puede congregar una red de relaciones sociales (como también puede hacerse a través de listas de correo, foros o chat), se trata de una actividad muy distinta de administrar nuestras redes sociales a través de una aplicación específica. Los blogs son un vehículo de información y opinión. Las redes sociales sirven para compartir información (contenidos), pero van más allá, son vehículo de contacto, definición de la identidad, movilización social y hasta tribunal popular (como se ha vista en España en el caso de Marta del Castillo y Tuenti).

Viene esta reflexión a cuento de que sorprende que, según el estudio, el 75% de los internautas sean considerados “miembros de una comunidad”, el segundo páis sólo después de Brasil con el 80%. Me atrevo a pensar que en España las aplicaciones de redes sociales siguen siendo preponderantemente juveniles, mientras que las capas de edad superior están más vinculadas a blogs. A nivel global, el estrato de edad con mayor participación es ya el de 35 a 49 años (no se desglosa este dato por países).

El estudio confirma el dominio de Facebook y la especialización de MySpace en el mundo de la música. Nielsen advierte a los anunciantes que uno de los términos más odiados en las redes sociales es el de publicidad y animan a las compañías a abrir sus propios perfiles y a participar en la dinámica social. Lo que subyace es la falta de un modelo claro de negocio en las redes sociales, como ya comenté en una entrada anterior.

También se recoge la simbiosis de Twitter con los medios tradicionales. Twitter se está convirtiendo en un vehículo para las “breaking news” de medios como CNN, BBC o New York Times. Ya se utilizó espontáneamente como fuente interactiva en el terremoto de China y los atentados de Bombay. Ahora, lo que nació como una plataforma social (informar a los amigos de lo que hago en cada momento) se utiliza como medio de distribución por los periódicos o televisiones.

Como nos atracan las redes sociales


He recibido esta mañana un mensaje de un buen amigo, de todo confianza, para que me sumara a su red social en Hi5. He picado. Seguramente, él también habrá picado… Ha sido muy fácil darme de alta y no he tenido que dar ningún dato confidencial. Pero, inmediatamente, sin pedirme permiso Hi5 se ha apropiado de toda mi agenda de contactos y ha enviado a todas las direcciones una invitación a sumarse a mi “red social”. Ni que decir que en mi lista hay direcciones de amigos, pero muchas más direcciones profesionales. Hi5 no me ha preguntado si yo quería enviar esa invitación y a quién, y las ha lanzado automáticamente. Algunos amigos me responden personalmente. Por no enviar un nuevo mensaje masivo coloco aquí esta entrada para advertir de las consecuencias de unirse a Hi5 y como protesta al sentirme atracado. Lógicamente, esas direcciones robadas no sólo sirven para extender artificialmente la red de Hi5, sino que muy bien puede utilizarse para spam o para otros fines ilícitos.

Y ahora ¿a quién reclamo?

El futuro de las redes sociales


Reseño brevemente este artículo sacado del último The Economist, “Online social networks: everywhere, nowhere.

Las redes sociales no son negocio. A pesar de su crecimiento exponencial y a pesar de adquisiciones millonarias, como la realizada por AOL de Bebo, las redes sociales no tienen un modelo de negocio claro. Ocurrió lo mismo con el correo web. Microsoft, Yahoo o Google incluyen publicidad en sus servicios, pero dando el servicio de correo gratuito pretenden ante todo mantener al usuario enganchado a otras de sus páginas mucho más rentables en términos ded publicidad.

Las redes sociales tienden a ser ubicuas (everywhere). Hasta ahora, cada red social es un jardín cerrado, pero existe un movimiento creciente -como ocurrió con el correo y la mensajería instantánea- en interconectarlas. Los usuarios exigen ya la portabilidad de sus datos de unas redes a otras.

Las redes sociales pueden desaparecer como tales (nowhere). El futuro puede estar en la explotación del correo web como red social. Ahí está todo: lista de direcciones (clasificadas en tipos de contactos), tráfico de mensajes más o menos frecuentes, citas entre usuario… Sólo hace falta explotar con nuevas aplicaciones esa mina de datos.

Cuidado con las redes sociales


Fue sonada la metedura de pata de aquellos medios angloasajones que difundieron datos sacados de un falso perfil de Bilawal Bhutto en Facebook. El hijo de la asesinada Benazir declaraba en esa falsificación que no había nacido para ser un líder y hacía una serie de manifestaciones que podían considerarse contrarias a la interpretación estricta del Islam. Facebook retiró los perfiles.

Ahora, según informa The Guardian, la BBC recomienda a sus empleados precaución en el uso de fotos obtenidas en las redes sociales. La BBC no ha tomado todavía una directriz editorial definitiva, pero subraya que la facilidad de obtención no exime de responsabilidad por su uso. En primer lugar, está la cuestión de su propia autenticidad. Y, además, se plantean problemas de derechos difíciles de resolver. Los editores de la BBC insisten en que aunque este material sea público, en la mayor parte de los casos se ha generado para ser visto por una pequeña comunidad de amigos y familiares. Una vez más se plantea la frontera entre lo público y lo privado. En cualquier caso, se recomienda que se indique el contexto en que se han obtenido estas fotos.

 La semana pasada también sabíamos, gracias a la comparecencia de Pierre Lessourd ante un Comité sobre Información y Propiedad de los Medios de la Cámara de los Lores, que la agencia France Press tiene prohibido usar como fuentes Wikipedia y Facebook, entre otras fuentes en línea.

Creo que Facebook y Wikipedia son dos fuente muy distintas. La primera es un vehículo de hacer públicos contenidos privados, y, por tanto, su fiabilidad debe considerarse mínima. En cambio, Wikipedia está basado en una creación colaborativa del conocimiento, que incluye sus propias herramientas de corrección y debate sobre cuestiones controvertidas. Por tanto, puede ser considerada una fuente que ofrece elementos para valorar su fiabilidad. El problema es que las fuentes en línea no se someten al proceso de verificación de las fuentes del mundo real, en gran parte por la presión que supone la edición en línea de contenidos para distintas plataformas.

Regulación de las plataformas sociales como servicios de interés económico general


not_facebook_not_like_thumbs_downAsí que Facebook guarda los registros de todas mis llamadas y sms… ¡Me doy de baja!

Esta fue mi reacción, borrar mi cuenta de Facebook, como han hecho miles de personas (#deletefacebook) en protesta por el escándalo de Cambridge Analytica: los datos de 50 millones de perfiles en manos de una compañía de estrategia electoral, decisiva para la victoria de Trump (y parece que también para el Brexit). Finalmente, no lo he hecho. Dedico muy poco tiempo a Facebook, pero tengo algunos contactos que perdería si saliera de la plataforma.

Dicho en téminos no personales: las plataformas tecnológicas se han convertido en un elemento esencial de sociabilidad, crean las distintas burbujas comunicativas de las que dependemos para nuestras relaciones sociales y profesionales… y de las que recibimos una parte esencial de la información que  construye nuestra percepción de la realidad. Y todo ello gobernado por unos algoritmos, diseñados para promover el máximo beneficio para estas empresas tecnológicas. Podemos desconectarnos, pero corremos el riesgo de quedar al margen del pálpito de nuestra sociedad (mejor sería decir, de nuestras diversas comunidades).

Como ocurriera con los ferrocarriles, la energía o las telecomunicaciones, un servicio desarrollado primariamente por compañías privadas se convierte en un elemento esencial de desarrollo social y económico. Llega entonces la intervención pública, bien en forma de regulación o, de forma más radical, como declaración de servicio público.

Estos son los elementos que convierten a estos servicios en algo más que un servicio privado:

  • Explotan una materia básica, los datos personales, que, mediante la aplicación de técnicas de inteligencia artificial, se transmuta en valor social, económico y político, que modela nuestras sociedades;
  • La extracción de esa materia prima entra en conflicto con los derechos de la personalidad (a la imagen, a la vida privada, a la integridad y el control sobre nuestros datos);
  • Tienen una posición de dominio en sus mercados (83% de las búsquedas Google, 60% de la publicidad Facebook);
  • Controlan mediante algoritmos la burbujas sociales en que se fragmenta el espacio público (difusión de información, interacción), previa destrucción del ecosistema mediático.
  • Desarrollan prácticas tributarias depredatorias para el estado de bienestar;
  • Desarrollan innovación disruptiva, que destruye empleo;
  • Se apropian de la creatividad de sus millones de usuarios y solo en algunos casos (YouTube) la retribuyen.

Estos servicios se regulan mediante contratos privados de adhesión, con expresa remisión a la jurisdicción norteamericana y a menudo a las leyes del Estado de California y la única supervisión de estas empresas es la Comisión de Comercio de Estados Unidos. En lugar de las leyes nos censuran algoritmos, que deciden lo que es legítimo o no difundir. Frente a ellas no tenemos más que costosos y complejos procediemientos civiles a desarrollar… en California.

Nacieron estas plataformas de una matriz libertaria capitalista, en un momento donde las regulaciones de los servicios esenciales se van haciendo cada vez más tenues. Además, y esto es sustancial, su actuación es transnacional.

Ningún estado puede de forma individual intentar regular su actividad. Pero sí podría la Unión Europea dar un paso adelante declarándolas servicios de interés económico general, lo que posibilitaría la imposición de determinadas obligaciones de servicio público, de modo semejante a como los servicios de telecomunicaciones están sometidos a obligaciones como prestadores del servicio universal.

No se trata tanto de establecer  una norma especifica, como de tomar en cuenta las especificidades de estos servicios en los distintos campos regulatorios. Facebook no puede, por ejemplo, tener las mismas obligaciones respecto al tratamiento de los datos de sus usuarios que, por ejemplo, un dentista con respecto a los de sus pacientes.

La regulación más específica debe referirse a los contratos de adhesión, para simplificarlos, hacerlos más claros y sencillos y reequilibrar la relación empresa-usuario. También establecer que la jurisdicción competente sea la del país del usuario.

La gestión de los datos debe entregarse al usuario de forma sencilla y transparente, con la posibilidad de recuperar y eliminar todos sus datos de la red social. Puede que estas obligaciones estén ya presentes en las directivas europeas y en las legislaciones naciones, pero requieren de mayor concreción.

Regular las redes sociales no puede significar censura. Ejercer cualquier tipo de control sobre los contenidos, ya sea privado -como de hecho hacen las redes, especialmente Facebook- o público, dañaría irremediablemente las sociedades democráticas. Luchar contra la noticias falsas, una manifestación del fenómeno más amplio de las noticias falsas, no tiene una respuesta sencilla ni unívoca. El Grupo de Alto Nivel de la Comisión Europea (pdf informe) propone para luchar contra la desinformación:

  • Mejorar la transparencia de las fuentes de la información en línea;
  • Promover la educomunicación;
  • Desarrollar herramientas para que periodistas y públicas puedan afrontar la desinformación;
  • Salvaguardar la sostenibilidad del ecosistema mediático europeo
  • Promover la investigación.

No hay soluciones mágicas. Por ejemplo, transparencia respecto a las fuentes puede ser indicar, como ha empezado a hacer YouTube en Estados Unidos, que un canal de televisión se financia con fondos gubernamentales. No es lo mismo la BBC, que RT, pero en todos los casos un disclaimer semejante parece advertir que hay algo perverso en la financiación pública, lo que no deja de traslucir un perjuicio del algoritmo, o, mejor dicho, de sus programadores.

Las obligaciones de servicio público que la regulación puede imponer en el derecho comunitario a un servicio económico de interés general siempre serán limitadas. Por eso, para garantizar un interés público más allá de los intereses privados están los servicios públicos; en el campo de la comunicación los PSM (Public System Media), la transmutación de los viejos servicios públicos audiovisuales. A su función de reconstructores del espacio público dedicaré una próxima entrada.

Revolución en Egipto: el papel de los medios (tradicionales y sociales)


La revolución de Twitter… La revolución de Facebook… La revolución de YouTube… No, la revolución del pueblo egipcio. (¿Revolución? Dejo esa discusión para otra entrada).

Que los medios sociales han tenido un papel relevante en la revuelta en Egipto es evidente. Tan evidente como que el ciclostil y la pintada fueron herramientas de movilización social y política en la España del último franquismo. Como indiscutible es que Al Yazira ha sido la ventana por la que la mayoría de los egipcios han accedido a la imagen de la movilización callejera.

El papel de los medios tradicionales y de los medios sociales (y su interrelación) en estos acontecimientos requiere de una investigación seria. No sé si algún académico egipcio o extranjero la está ya desarrollando.

Los medios sociales son herramientas insuperables para la interacción y por tanto para la movilización para un objetivo concreto, ya sea manifestarse, reunir firmas, hacer un boicot a un producto o comprarlo. Los medios sociales promueven conductas instantáneas y acciones “líquidas”. Los medios sociales están siendo el catalizador y el acelerador de las revueltas y llenan el vacío dejado por la censura en los medios de masas.
Pero desde la revuelta popular hasta la democracia hay un largo camino, una transición, que requiere grupos homogéneos, organizados en torno a ideas e intereses, con liderazgo, que representen amplias capas sociales. Esa acción consciente, comprometida, a medio y largo plazo, con objetivos y planificación se realiza en el terreno de la acción política clásica: reuniones, debates, afiliación, congresos etc. Y son esos grupos organizados los que terminan por crear opinión pública en los medios de comunicación de masas, que construyen el relato social que comparte la mayoría.

Dejo aquí algunas piezas de información que pueden servir para entender el papel de unos y otros medios en estos acontecimientos.

The New York Times ha producido este vídeo del ambiente en un piso de El Cairo desde el que un grupo de jóvenes alienta la revuelta desde las redes sociales. Nada que ver con la conspiración internacional que vende el régimen.

La segunda pieza de información viene de Media Tenor. Es un breve estudio (pdf) sobre la información de dos cadenas de televisión occidentales (CNN y BBC) y dos panarabes (Al Arabiya y Al Jazira) sobre Egipto y Mubarak antes del estallido de las revueltas. El resultado es que las televisiones occidentales fueron muy críticas de Mubarak, con un 50% de las informaciones sobre el “rais” de carácter negativo. En cambio, las televisiones árabes dieron de él una imagen positiva.

 

Fuente: Media Tenor

Media Tenor llega a la conclusión de que no se puede acusar a las televisiones occidentales de connivencia con la dictadura y que las televisiones árabes están mucho más vinculadas y condicionadas por los poderes locales. Habría que hacer una análisis cualitativo para ver si detrás de las informaciones negativas de BBC y CNN hay verdadera crítica o sólo perjuicios occidentales. Pero de lo que no cabe duda es de Al Jazira ha educado a las sociedades árabes en el debate, base de cualquier democracia.

Vuelvo al principio. Esta es la revolución de los egipcios, pobres y clases medias, jóvenes y maduros, religiosos y laicos, musulmanes y coptos. Itxa en su blog está recogiendo ese pálpito popular. De ella tomo este vídeo de Nawal El-Saadawi vieja luchadora feminista, que encarna como nadie la resistencia del mejor Egipto.

(Una última actualización. Según el News Coverage Index (PEW Project for Excellence in Journalism) la revuelta en Egipto es la noticia internacional con mayor seguimiento en los últimos cuatro años y en este período ocupa además el cuarto lugar entre todas las noticias, nacionales e internacionales. Sin más análisis los datos indican la importancia que para sus intereses estratégicos conceden al acontecimiento los medios de Estados Unidos.)

2019: el año de la fiebre


fiebre 2019

Fiebre climática y fiebre social en 2019

Fiebre social, fiebre climática han caracterizado globalmente este año que termina

La fiebre climática no es ni mucho menos nueva. Cada año los fenómenos climáticos extremos (sequías, inundaciones, gotas frías, huracanes, incendios forestales) son más frecuentes.  Lo que antes podía ocurrir cada cinco o diez años, una devastadora gota fría otoñal sobre la costa mediterránea española, ahora se puede repetir hasta tres veces en la misma temporada. El planeta tiene fiebre.

La fiebre social ha tenido este 2019 picos muy dramáticos. Comenzó el año con la revuelta de los chalecos amarillos en Francia. Luego, las explosiones sociales se han extendido por todos los continentes. Ecuador, Bolivia, Perú, Chile, Colombia, Argelia, Líbano, Irak, Irán, India, Sudán, HongKong… y Cataluña. ¿El año del malestar? ¿El año de la ira?.

Hace 20 años la subida del precio de pan desataba en cualquier país árabe una explosión de protestas, como había ocurrido antes durante todo el siglo XIX en Europa con las crisis de subsistencias. Hoy las revueltas estallan por la subida del precio de los combustibles, los transportes públicos o una tasa sobre el uso de WhatsApp, manifestaciones de la actual dependencia de la energía y la comunicación a bajo precio. Pero, todavía hay sociedades donde las revueltas son de pura subsistencia, como en India, donde las protestas comenzaron por la carestía de las cebollas, para desembocar en un movimiento contra la ley de ciudadanía, discriminatoria para los musulmanes, y una señal más del fundamentalismo hindú del Baratija Janata del primer ministro Modi.

Cada protesta es distinta en sus motivaciones y desarrollo. En unas se exigen los derechos políticos básicos, en otras  se lucha contra la corrupción y el clientelismo y se persigue un reparto más justo de la riqueza; en aquellas se protesta por las disfunciones del sistema político; en algunas por la seguridad y prosperidad perdidas.

Si acaso tienen en común que son movilizaciones esencialmente de las clases medias: clases medias declinantes no cosmopolitas en los países centrales amenazadas por una creciente pauperización; clases medias emergentes en los países periféricos, hartas de corrupción, desigualdad y carencias de los servicios públicos; clases medias insolidarias de regiones privilegiadas en países con desequilibrios territoriales.

Son movilizaciones intergeneracionales, pero con gran protagonismo de los más jóvenes, que dominan la capacidad movilizadora de las redes sociales y que, en algunos casos, protagonizan actos de violencia, que encienden y propelen las protestas. Casi nunca existen líderes claros.

Protestas todas ellas graves, con gran capacidad de disrupción, y bastante prolongadas en el tiempo. A veces consiguen, al menos parcialmente, sus objetivos (Sudán),  otras las concesiones del poder las apagan (Ecuador); hay lugares donde las protestas revitalizan la sociedad civil (Colombia, Chile) y en otros terminan en golpe de Estado (Bolivia); algunas llevan a un bloqueo político y a la división social (España), son violentamente reprimidas (Irán, Irak) o llevan camino de convertirse en un enfrentamiento devastador con el poder, poniendo en peligro el propio modelo de sociedad (HongKong).

Podemos suponer que las enfermedades que esta fiebre manifiesta son la pobreza, la desigualdad creciente,  la destrucción del Estado del Bienestar, el secuestro del sistema político por las élites. Pero también, causas profundas y divisivas: el movimiento de liberación femenina, las transformaciones de las identidades sexuales y familiares, contestadas por movimientos conservadores; los procesos de secularización contra el que luchan los fundamentalismos religiosos crecientes; las traumáticas adaptaciones al cambio digital y a la emergencia climática. Las protestas pueden desembocar en regeneración social y democrática, pero también fortalecer los movimientos nacional populistas.

La Historia no ha terminado

Echemos la mirada atrás, ahora que ya estamos bien entrados en el siglo XXI (algunos dicen que vamos a entrar en la tercera década, pero nos falta un año, ya se sabe, los medios quieren ser los primeros en contarlo todo). Veinte años no son nada, decía el tango, así que para tomar perspectiva mejor retroceder 30 años, a aquel 1989, en el que cayó el Muro de Berlín y terminó el siglo XX corto (1918-1989, Hobsbawm) y nos dijeron que la Historia se había acabado.

En su artículo ¿El fin de la Historia? Francis Fukuyama sostenía, en aquel 1989, la tesis (muy hegeliana) de que la dirección de la Historia conduce a la mayor parte de la Humanidad a la democracia liberal, un sistema que ha superado a otros sistemas y en el momento presente sin contradicciones internas ni contradictores externos, en el que confluyen el progreso científico y el deseo de reconocimiento personal.

Distinguía Fukuyama entre un tiempo histórico, allí donde no se hubiera conquistado todavía la democracia liberal, y un tiempo posthistórico, en el que no dejarían de existir conflictos, pero no existiría sistemas alternativos. Recientemente, el autor ha reconocido que no valoró la importancia de las identidades colectivas como cuestionadoras de la democracia liberal, e infravaloró en poder del comunismo chino para proponer una alternativa: el capitalismo autoritario.

Antes, en la contrarevolución  conservadora de los 80, Thatcher y Reagan, demolieron el consenso socialdemócrata de los treinta gloriosos.  Después vinieron los genocidios de la antigua Yugoslavia y Ruanda; los atentados del 11-S, la guerra contra el terror de Bush, las guerras de Afganistán e Irak, que destrozaron los equilibrios de Oriente Próximo y propiciaron la extensión mundial del yihadismo; la gran Recesión; las revoluciones árabes y la guerra de Siria; el autoritarismo imperial de Putin; el movimiento popular y espontáneo de tomar las plazas; la expansión comercial y de inversiones del autoritarismo chino; la democracias iliberales y el crecimiento de la ultraderecha en Europa; Trump; el Brexit; el cuestionamiento del multilateralismo…

Hay una línea continua entre la contrarrevolución conservadora de los 80, la guerra contra el terror y la Gran Recesión, sin la que no se puede entender la fiebre social de este 2019.

Las liberalizaciones y desrregulaciones iniciadas en los 80 deslegitimaron y debilitaron el Estado de Bienestar, el mejor mecanismo redistributivo inventado. Desde entonces, el capitalismo financiero propició una enorme concentración de riqueza en los grandes accionistas y ejecutivos y la globalización económica sacó de la miseria extrema a amplias capas de los países periféricos, a costa de la caída del poder adquisitivo y las expectativas de las clases medias de los países centrales.

La guerra contra el terror trajo, en nombre de la seguridad, un gran deterioro de los derechos civiles y políticos.

Finalmente, la Gran Recesión laminó los derechos sociales que todavía subsistían y llevó a cabo una gigantesca redistribución de recursos a la inversa, entre otras maneras convirtiendo en públicas las deudas privadas.

Los desafíos

En los años inmediatos el mayor desafío, es sin duda, detener y adaptarnos al calentamiento global y, en general, preservar el entorno natural. Nos jugamos nuestra propia existencia como especie. Exige nuevas actitudes individuales que pueden venir propiciados por una creciente concienciación, pero que no serán posibles sin radicales cambios regulatorios, a nivel nacional, europeo y global. De hecho, sin normas globales poco se podrá hacer, pero ya vemos las dificultades de llegar a acuerdos en los foros multilateraterales.

Desgraciadamente, aun en el caso de que se lograra una economía neutra en emisiones en 2050, como es el objetivo de la UE, las disfunciones climáticas ya están aquí y serán más graves en los próximos años, así que deberemos afrontar estos efectos negativos, entre los que estarán migraciones masivas. Hemos llevado a la Tierra a una situación que nos ocasionará desorden económico y social y enormes sufrimientos. Habrán de repartirse los recursos entre la llamada “revolución verde”, que puede ser una inyección de inversiones y prosperidad, con medidas paliativas de los destrozos físicos y humanos.

Frente al desafío climático palidece cualquier otro, pero en cuanto a afectación de la especie destacan los cambios que puedan traer la biotecnología y la inteligencia artificial. La posibilidad de editar genéticamente el embrión humano y, en consecuencia, alterar, la herencia genética   de la especie humana. Avanzar en tratamientos que retrasen el envejecimiento o la reposición rutinaria de “partes” del cuerpo humano. La creciente implantación en el cuerpo humano de dispositivos cibernéticos que apunten a una nueva especie cyborg.

En cuanto a la inteligencia artificial, lo que los expertos llaman singularidad, esto es, que máquinas inteligentes puedan autoconstruir máquinas cada vez más inteligentes, sigue pareciendo ciencia ficción, pero la generalización de máquinas capaces de autoaprender y actuar en simbiosis con los humanos está ya prácticamente aquí, con  consecuencias evidentes para el empleo. La combinación de la extracción de datos e inteligencia artificial nos llevan de lleno a una sociedad de la vigilancia, denunciada ya por Snowden y que en el caso chino, junto con el reconocimiento facial y aplicaciones “cívicas” por puntos, construyen una sociedad de la conformidad, más cerca de la distopía de Orwell que la de Huxley.

Todos estos cambios tecnológicos, un paso más allá de los que ya vivimos en la presente revolución digital, son altamente disruptivos, pero no estamos luchando contra una naturaleza a la que hemos desequilibrado sino contra nosotros mismos. Afrontarlos requiere reflexión, debate, desde luego lucha política, para finalmente aplicar el Derecho para ordenarlos y paliar sus consecuencias negativas.

Todo ello no podrá hacerse sin un nuevo consenso nacional y global, que reequilibre las ventajas e inconvenientes de los cambios y afronte un reparto más justo de la riqueza, que reconstruya amplias clases medias, mejor educadas, menos inseguras, titulares de más derechos y conscientes de los mismos.

No hay fórmulas mágicas, pero las herramientas son la participación en la resolución de los problemas a nivel local, los consensos redistributivos nacionales (regreso a la imposición progresiva no solo de la renta, sino también de la propiedad,  nuevos instrumentos como la renta básica y la herencia anticipada que propone Piketty) y los grandes acuerdos globales en el marco de las instituciones multilaterales, que procedan a un reequilibrio universal.

¿Accidentes distópicos?

Sí, lo sé, este 2019 nos ha dejado muestras evidentes de que los consensos nacionales y los acuerdos globales son casi imposibles y que, al contrario, la desrregulación salvaje (por ejemplo a través de la expoliadora economía de plataforma o la persistencia de los paraísos fiscales) alimenta el nacionalismo y la extrema derecha.

Vivimos en una angustia que nos hace consumir historias distópicas, a través, sobre todo, del género de moda, las series online. Es cierto que muchos de estos relatos nos ponen frente al espejo de hasta donde puede llegar la naturaleza humana y suscitan la reflexión crítica, pero también nos ocultan hipnóticamente la realidad cotidiana y aumentan nuestra angustia. En cualquier caso, nos hacen familiares mundos distópicos, esto es, antitéticos del ideal de mejora y progreso, que suceden después de un accidente que cambia radicalmente el orden civilizatorio anterior.

¿Existe riesgo de un accidente distópico? ¿Puede darse un suceso sistémico que destruya nuestra civilización o, simplemente, altere gravemente nuestras formas de vida y normas de convivencia?

En primer lugar, hay que recordar que lo más cerca que hemos estado de un suceso de esta naturaleza ha sido con la explosión de la central de Chernobyl. Durante toda la Guerra Fría hubo un riesgo cierto de holocausto nuclear, pero la certeza de una destrucción mutua asegurada lo contuvo. En Chernobyl, si los tres reactores hubieran estallado gran parte de la Europa báltica, central y oriental estarían hoy deshabitadas. ¿Habría caído el Muro de Berlín pacíficamente o quizás la actual capital de Alemania sería un territorio abandonado? Nunca agradeceremos lo bastante a los miles de soviéticos que entregaron sus vidas y su salud para detener la catástrofe. Para mandar a aquellos trabajadores al matadero la dictadura soviética impuso una mezcla de procedimientos autoritarios inhumanos y la invocación del ideal comunista. ¿Qué ocurriría hoy en una democracia?.

No somos conscientes, pero quizá el mayor riesgo que vive la humanidad hoy es un enfrentamiento nuclear o un grave accidente del armamento nuclear. En la última década se ha desmontado los tratados de desarme, las potencias nucleares son más belicosas y se han desarrollado armas nucleares tácticas y doctrinas militares sobre su empleo.

Podría pensarse en un cambio antidemocrático mundial. Trump es reelegido (muy probable) y lanza una campaña para cambiar la Constitución y permitir la reelección presidencial indefinida. Al mismo tiempo, procede a nombrar jueces en todas las instancias judiciales y el Congreso aclama una legislación limitadora de los derechos civiles. En Francia Marine Le Pen gana las presidenciales y en Alemania gobierna Alianza por Alemania con el apoyo de los democristianos. Por supuesto, los gobiernos “iliberales” se extienden por toda Europa y la Unión Europea se disuelve.

Una crisis económica de la magnitud de la Gran Recesión nunca es descartable porque sigue sin haber una regulación global del capitalismo financiero y en la Eurozona solo muy a trancas y barrancas se construyen instituciones que puedan neutralizar una crisis del euro. Quizá el mayor riesgo de suceso económico disruptivo está en las nuevas criptomonedas: desde una explosión de su burbuja, hasta la mucha más grave proliferación a través de las grandes tecnológicas, lo que pondría en cuestión la capacidad emisora de los bancos centrales y con ello quedaría herido de muerte el poder económico de los estados.

¿Podemos imaginar un mundo sin Internet? Un conjunto de decisiones empresariales y estatales pueden fragmentar la red y que deje de ser global. De hecho, el Internet chino ya es prácticamente una red cerrada, pero solo un estado con la población y las características de China puede permitírselo. Todas las grandes tecnológicas intentan construir su propia jardín vallado, en el que consumamos, paguemos con su moneda, trabajemos, nos entretengamos y tomemos decisiones políticas. Pero todavía los estados -y la Unión Europea en primer término- tienen capacidad para impedirlo.

En fin ¿puede ocurrir el accidente distópico por excelencia, el suceso climático que cambie el mundo? ¿Un cambio de las corrientes oceánicas que trajera una glaciación a las costas del Átllantico norte? ¿Una súbita subida del nivel del mar al desgajarse una enorme masa de hielo antártico? No parece que la ciencia pueda pronosticar un suceso así. Lo que no hay duda es que cada año más huracanes, tifones y tormentas devastarán las costas de América, Asia y Europa. Que a las sequías seguirán inundaciones. Que los incendios no solo extinguirán a los koalas sino  también podrán en grave riesgo a ciudades como San Francisco, Los Ángeles y Sidney. Quizá solo la conjunción de varios de estos acontecimientos destructores en los países más ricos y poderosos pueda llevarnos a la adopción de drásticas medidas.

Un acontecimiento distópico o simplemente un cambio disruptivo de orden mayor nunca es fruto de una única causa, de una exclusiva decisión humana. Por eso son tan importante instituciones robustas, con pesos y contrapesos entre los poderes, con sistemas de alerta, con instancias de mediación y resolución de los conflictos; instituciones que impidan que un fallo en la red (económica, democrática, comunicativa, climática) se extienda y colapse el sistema.

Así que para 2020 mi deseo es que funcionen y se perfeccionen las instituciones, que nos las ignoremos, que las critiquemos sí, pero que nos las destruyamos y en la medida de lo posible participemos y asumamos nuestras responsabilidades sociales.

Feliz 2020.

América Latina: líneas de falla y respuestas fracasadas


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Luis Fernando Camacho, el Bolsonaro boliviano, en las protestas en La Paz contra Evo Morales

En América Latina se suceden las convulsiones político-sociales.

Perú, Ecuador, Chile y ahora Bolivia. Por no hablar de Venezuela o Nicaragua, o los cambios políticos en Argentina, Colombia y Brasil. Cada país tiene sus propias peculiaridades que requieren un análisis específico.

Estos seísmos (o sismos, como dirían allí) tienen unas fallas, unas líneas de ruptura, que recorren el continente: pobreza y desigualdad, corrupción, instituciones deficientes y militarismo, racismo, machismo  y fundamentalismo religioso.

Después de la ola democratizadora de los 90, neoliberalismo y populismo han fracasado en cerrar estas brechas divisivas.

¿Tienen algo en común las protestas latinoamericanas con otras a lo largo del mundo, como las que sacuden a países árabe-islámicos, HongKong o hasta Cataluña. He leído infinidad de análisis  y la conclusión más común es que estas explosiones son la respuesta a bloqueos políticos o sociales. Añadiría la capacidad de movilizarse aparentemente sin líderes en virtud de las redes sociales, la capacidad de influencia subrepticia de poderes extranjeros y la fascinación por la violencia de algunas minorías juveniles.

Bolivia

Antes de analizar las líneas divisorias y las respuestas fallidas unas palabras sobre Bolivia

Sí, hay un golpe de Estado cuando los militares fuerzan la dimisión del presidente de un país, de su gobierno y de los cargos institucionales, como los presidentes de las cámaras parlamentarias. Y cuando una presidenta asume sin el quorum parlamentario exigido. Golpe blando, pero golpe al fin.

Y, sí, también en Bolivia hubo irregularidades en las elecciones presidenciales, según el informe preliminar de la OEA, cuestionado, es cierto, por otro del The Center for Economic and Policy Research, un centro progresista estadounidense. Pero, en cualquier caso, Evo Morales permitió la auditoría externa y terminó por admitir la celebración de unos nuevos comicios. Previamente, violó la Constitución presentándose a la reelección con el respaldo de sentencias del Tribunal Constitucional y el Tribunal Superior Electoral, bajo su control.

En las calles se ha vivido una situación de preguerra civil. Milicias paramilitares dando caza a los partidarios de Morales en Santa Cruz. Indígenas de El Alto atacando comisarías, dispuestos a tomar el Palacio de Gobierno (el Palacio Quemado) para defender a Evo y su Movimiento al Socialismo. Y un líder carismático, Luis Fernando Camacho, el Bolsonaro boliviano, invocando la legitimidad de los comités cívicos nacidos en Santa Cruz y rodeado de parafernalia religiosa, uno de cuyos grandes objetivos ha sido reinstaurar (sic) la biblia en el Palacio de Gobierno.

Bolivia ilustra esas fallas: desigualdad, racismo, corrupción, intolerancia religiosa y regreso de los militares. Y el fracaso de una de las respuestas, el populismo.

(Lo mejor que he leído sobre Bolivia son estas Lecciones de la tragedia boliviana de Arturo López-Levy)

Las fallas

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Extraído del Orden Mundial con datos del Banco Mundial

La pobreza es estructural en América Latina, con grandes diferencias entre países, pero marcada en todas partes por una economía informal, bajos salarios, pobre educación y deficientes servicios públicos. La pobreza extrema hace a una parte de la población extremadamente dependiente de programas de asistencia social.

También es una de las regiones más desiguales del mundo.El índice Gini (0 sería la igualdad perfecta, más desigualdad cuanto mayor sea este índice) va del del 39,5 de Uruguay al 53’3 de Brasil (España 36,2).

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Fuente: blog Diálogo a Fondo (FMI), con datos del Banco Mundial

El auge del precio de materias primas, de las que son grandes exportadores redujo la pobreza durante dos décadas, pero a partir de 2015 su hundimiento vuelve a hacer crecer la pobreza y desigualdad, y más en tres países protagonistas de convulsiones, Brasil, Ecuador y Bolivia. El problema sigue siendo la dependencia extrema de la exportación de materias primas, y, como consecuencias, el poder de las oligarquías exportadoras y la destrucción del medio ambiente.

(CEPAL es la mejor fuente sobre economía latinoamericana)

Racismo y machismo están íntimamente vinculados con la pobreza y el subdesarrollo. Los afrodescendientes tienen casi tres veces más posibilidades de vivir en la pobreza, tienen menos acceso a la educación y al empleo y están poco representados en cargos de toma de decisiones.

En los países andinos, las repúblicas criollas perpetuaron y radicalizaron una segregación que viene desde la colonia. Pero es en este mundo donde las comunidades indígenas tienen mayor grado de organización e influencia. En Ecuador, terminaron con las presidencias de Bucaram y Mahuad. Y la Bolivia de Morales se convirtió en Estado Plurinacional. En buena parte, el estallido actual de Bolivia viene explicado por esta línea de división. Algunos policías se arrancaban de sus uniforme el distintivo de la whipala, la bandera símbolo de esa plurinacionalidad.

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Mural Francisco I. Madero, Sufragio efectivo, no reelección (1969). Juan O’Gorman

El Estado tradicionalmente ha sido débil e incluso ni siquiera ha podido o querido ejercer el monopolio de la violencia sobre todo el territorio. Sus clases dirigentes, siempre clientelares y apegadas a un ejercicio leguleyo de la política, no han sido capaces de establecer administraciones públicas profesionales, eficaces y neutrales.

Se ha entendido la victoria política como un todo o nada, lo que viene favorecido por sus sistemas presidencialistas y la tradición caudillista. Por eso, para que los gobernantes elegidos no se perpetúen en el poder, en todo el continente las fuerzas democráticas han luchado por la no reelección presidencial. “Sufragio efectivo, no reelección” -exigía ya Madero en 1910 en su campaña contra el tirano Díaz. Un solo mandato como garantía

Después de la caída de las dictaduras militares muchas constituciones prohibieron la reelección presidencial. Correa modificó la Constitución ecuatoriana para permitir la reelección indefinida y Lenín Moreno, después, consiguió en referendum abrogarla. Morales perdió su referendum, pero después el Tribunal Constitucional consideró que la prohibición constitucional de no reelección vulneraba los derechos políticos reconocidos por la Convención Americana de Derechos Humanos.  Parecidos subterfugios siguieron Óscar Arias en Costa Rica, Daniel Ortega en Nicaragua y el año pasado Juan Orlando Hernández en Honduras. Y hasta López Obrador ha tenido que firmar una declaración prometiendo que no promoverá la reelección, verdadero tabú en México.

Instituciones débiles son el caldo de cultivo de una corrupción endémica. Los grandes casos de corrupción tenían antes un marco nacional: malversación gubernamental, expolio de las empresas públicas, sobornos por empresas y potentados nacionales o concesionarios extranjeros.

En la última década la hidra de la corrupción ha tomado forma continental con terminales en múltiples países. El caso Odebrecht (en Brasil, Lava Jato), la empresa constructora brasileña que corrompió a la clase política de todo el continente: Brasil, Ecuador, Colombia, México, Panamá, Chile, Argentina, Venezuela, Uruguay y Perú con tres expresidentes procesados (Alan García se suicidó antes de ser detenido) y un presidente, Pedro Pablo Kuczynski, destituido.

No menos grave es la corrupción de cada día que afecta al ciudadano común, que alimenta su irritación y desafección política. Los datos sobre opiniones y experiencias de corrupción medidas por el barómetro de Transparencia Internacional son demoledores. Uno solo: 1 de cada 4 encuestados ha recibido propuestas de compra de voto.

Otra falla es el fundamentalismo religioso. Costó mucho la separación de la Iglesia y el Estado en los jóvenes repúblicas independientes (guerras incluidas, entre otras la cristera en México, de 1926 a 1929). Más allá de las leyes, hasta los 70 del siglo XX la influencia de la Iglesia en la vida social y política fue enorme. A partir de la Conferencia Episcopal de Medellín de 1968 la Iglesia oficial intenta acercarse a los más pobres y una parte abraza la teología de la liberación, que alimenta y apoya la revolución sandinista. Juan Pablo II siega de raíz esta tendencia y las comunidades populares y los teólogos de la liberación son marginados, mientras se refuerza una jerarquía conservadora.

Esa falta de proximidad a las clases populares se llena por el pentecostalismo carismático conservador. No cabe aquí discutir si este desarrollo fue espontáneo o favorecido desde la política de seguridad nacional de Washington, pero el hecho es que estas iglesias conservadoras son un factor político de primera magnitud. Son decisivas en Guatemala, en Brasil fueron esenciales en la elección de Bolsonaro y en Colombia en el resultado adverso al acuerdo de paz en el referendum.

Se propagan con sus liturgias emocionales. A la teología de la liberación de los pobres oponen la de la prosperidad de los ricos. Su causa es la de la lucha contra el aborto, el matrimonio homosexual, la que llaman ideología de género, la defensa del creacionismo y la imposición de la biblia por encima de las leyes y la constituciones. Un torpedo en la línea de los estados laicos. El “Brasil por encima de todo y Dios por encima de todos” de Bolosonario explica a la perfección la alianza entre nacionalismo y religión, que enlaza con la contrarrevolución mundial de Steve Bannon.

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Luis Fernando Camacho leyendo la Biblia en el Palacio Quemado después de la caída de Morales. en la camiseta la cruz de una oscura organización Orden de los Caballeros de Oriente

La novedad en el caso de Bolivia es el fundamentalismo católico. Luis Fernando “Macho” Camacho, empresario de Santa Cruz, líder de los comités cívicos, carismático, histriónico, prometió devolver a Dios y la Biblia al Palacio Quemado, como desagravio al reconocimiento por Morales de las religiones tradicionales indígenas. Como Salvini,  muestra en sus arengas un rosario y sus partidarios enarbolan vírgenes y toda la imagenería clásica católica.  También los fundamentalistas protestantes están fuertes. El pastor de origen coreano Chi Hyun Chung, fue el tercer candidato presidencial más votado, tras una campaña misógina y homófoba. Fundamentalismo, nacionalismo y racismo se cruzan y realimentan. Manifestación criolla del fascismo 3.0.

Vuelven los militares, si es que alguna vez se marcharon. Tras la caída de las dictaduras militares en los 80 y 90, los uniformados se retiraron a los cuarteles y aceptaron formalmente la primacía del poder civil. Simbólicamente, sin embargo, siguieron siendo los depositarios de las esencias nacionales.

Hugo Chávez los llevó al poder con su movimiento cívico-militar y son en Venezuela la columna vertebral del régimen. En las nuevas crisis han jugado un papel destacado. En Perú y Ecuador apoyaron a los presidentes Vizcarra y Moreno y en Bolivia, a pesar de haber sido mimados por Morales, el jefe del ejercito, general Williams Kaliman, le sugirió que debía dimitir. La nueva presidenta Jeanine Áñez, ha cambiado la cúpula militar para asegurarse el respaldo de las Fuerzas Armadas, el único poder realmente efectivo en este momento en Bolivia.

Los militares son agente esencial en los nuevos golpes blandos, en los que apoyan a alguna de las fuerzas que luchan por el poder en una situación de crisis institucional. Antecedentes de golpes blandos, los que sufrieron Oviedo en Paraguay (2012) y Zelaya en Honduras (2017).

Soluciones fracasadas

Desde las caídas de las dictaduras se han ensayado en América Latina dos tipos básico de soluciones político-económicas: neoliberalismo y populismo. No me gustan ninguna de las dos denominaciones, porque son clichés cargados de significaciones negativas que simplifican políticas diversas. Pero no soy capaz de encontrar otras mejores. No es tampoco el lugar de profundizar en estos sistemas. Pretendo simplemente mostrar como soluciones que pudiéramos llamar neoliberales y populistas han fracasado este siglo en América Latina.

En los 90 predominaron gobiernos plegados a los que se llamó consenso de Washington. Privatizaciones, liberalización de los mercados y exportación de materias primas, reducción de los servicios públicos y eliminación de subsidios. Políticamente, democracias representativas, altamente corruptas y con escasa representación de las clases populares. En épocas de bonanza la economía parecía boyante, pero las crisis se resolvían con ajustes brutales que terminaban en explosiones sociales: el caracazo, la caída de Bucaram y Mahuad, el corralito argentino.

Estas convulsiones trajeron en la primera década del siglo XXI gobiernos de izquierdas, de origen y trayectorias muy distintas: peronismo en Argentina, Partido de los Trabajadores en Brasil, revolución bolivariana en Venezuela, Frente Amplio en Uruguay, revolución cívica en Ecuador, el indigenismo del Mas en Bolivia… Todos llegaron al poder mediante elecciones democráticas y enorme apoyo popular. Todos rompieron el consenso de Washington y lanzaron políticas de redistribución. Pero su evolución y desempeño fue desigual.

Hugo Chávez, de la cepa de los caudillos latinoamericanos, pronto desnaturalizó la democracia representativa. La voluntad del pueblo, expresada por él mismo, se puso por encima de cualquier institución, todas ellas controladas por sus fieles. Los altos precios del petróleo mantuvieron la bonanza económica, pero su caída y una cadena de decisiones económicas desastrosas condujeron a la penuria actual y a una crisis política sin salida aparente, agravada por la incompetencia y el sectarismo de Maduro y la oposición. Venezuela y la Nicaragua de Ortega (exrevolucionario aliado de la Iglesia conservadora y los empresarios más reaccionarios) muestran el fracaso absoluto de cualquier solución que pase por la anulación de las instituciones de la democracia representativa.

No en todas partes han fracasado los gobiernos de izquierdas. Uruguay con la sucesión de Tabaré Vázquez, Pepe Mújica y de nuevo Vázquez camina en una línea progresista avanzada, con total respeto a las instituciones democráticas. De Argentina es imposible hablar en una línea, pero en general puede decirse que la presidencia de Néstor Kirchner hizo avanzar el progreso y la justicia social.

En Ecuador, Brasil y Bolivia, Correa, Lula y Evo sacaron de la pobreza a una parte importante de la población, hicieron crecer por abajo las clases medias, reforzaron los servicios públicos y realizaron en general políticas económicas responsables, aceptables para los inversores extranjeros (que le pregunten a Brufau sobre Bolivia) y que en general hicieron progresar a estos países, hasta que en 2012 la onda de la Gran Recesión los  golpeó de lleno. No obstante, la lucha contra la pobreza se cifró sobre todo en programas asistenciales y subvenciones a productos básicos y mucho menos en inversiones productivas.

Más allá de sus políticas económicas, sus pecados son políticos: corrupción, sectarismo, polarización, clientelismo. A  pesar de todo, hoy Lula, Morales y Correa debieran jugar un papel en defensa de las clases populares, pero para ello tendrían que reconocer sus errores y pedir perdón, lo que resulta imposible cuando luchan por su supervivencia política y hasta personal.

Hacen falta nuevos Lulas, jóvenes, preparados, salidos de las clases populares, sin las cargas de la corrupción y el sectarismo, respetuosos del Estado de Derecho. Por el momento, habrá que esperar que Alberto Fernández no recaiga en los vicios de Cristina y que López Obrador comprenda que por el mero hecho de que el sea presidente nada se soluciona sin políticas efectivas.

Para terminar el caso de Chile. Laboratorio social en el que la dictadura de Pinochet impuso el liberalismo extremo de la escuela de Chicago. Siempre puesto de ejemplo de estabilidad y progreso económico, dos décadas de democracia condicionada por una Constitución que guarda elementos todavía de la dictadura,  con gobiernos de centro-izquierda y derecha, Chile ha estallado por una subida de los billetes de metro.

Más allá de los disturbios, está el hartazgo de las clases populares y media (la mayor del continente junto con Uruguay) con un sistema con buenas cifras macroeconómicas, pero donde la sanidad y educación de calidad son privadas y cada vez más inalcanzables.

El caso de las pensiones es paradigmático. La dictadura, justamente el ministro Piñera, hermano del actual presidente, impuso el paso del sistema de reparto a uno de capitalización. Con bajas aportaciones de trabajadores y empresarios, la reducción mundial de  la rentabilidad de los activos financieros está condenado ahora a la miseria a muchos nuevos pensionistas. Aviso a navegantes para los que aquí propugnan el sistema de reparto.

Chile es ejemplo palmario del fracaso del modelo neoliberal fuera de los países hegemónicos. O un anticipo a que extremos llevan las privatizaciones. En Chile los créditos universitarios condenan a la pobreza a los jóvenes licenciados; en Estados Unidos las familias ya tienen que elegir entre mantener los seguros de salud, la casa familiar o la universidad de los hijos.

Las respuestas a la crisis en Chile se están produciendo a tres niveles. La violencia se mantiene en niveles altos y aparentemente sin control, al tiempo que aumentan las denuncias de excesos y brutalidades por parte de las fuerzas del orden. Institucionalmente, se abre paso el consenso sobre la apertura de un proceso constituyente, seguramente imprescindible, pero lento y que no resolverá mágicamente los problemas económicos y sociales. Y popularmente se desarrolla un proceso pacífico de participación, los cabildos, con similitudes con el movimiento de las plazas del 15-M español. Quisiera pensar que en Chile se esté gestando un nuevo modelo justo, eficiente e inclusivo, sin las viejas cortapisas de la dictadura y con un Estado de Derecho más participativo.

La verdad, la mejor arma contra el neofascismo


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Vox se ha convertido en un agente institucional que no puede ser ignorado por los medios

El auge espectacular de Vox en las elecciones de ayer en España requiere análisis profundo. Pueden aventurarse algunos factores que parecen obvios, como la polarización de la campaña en torno a Cataluña y en menor medida la exhumación de Franco, la falta de respuesta a Abascal en el debate de los líderes y el hundimiento de Ciudadanos. Mi hipótesis es que, además, ha sido decisiva su presencia institucional en los medios.

Vox obtuvo  por primera vez representación institucional relevante en las elecciones andaluzas de octubre de 2018, con casi un 11% de los votos. Hasta ahí, sus armas propagandística básica eran las redes sociales y la propagación de bulos, muy adecuadas para un partido antisistema. Desde entonces, y sobre todo, con su entrada en el Congreso de los Diputados con 24 escaños (2.688.092, 10,26%) y grupo parlamentario propio Vox se normalizó, se convirtió en un agente institucional, que los medios no podían obviar. Y desde ahí, como hacen todos los partidos neofascistas, han conseguido marcar la agenda informativa y condicionar la conversación pública.

Los medios no pueden ignorar a un partido que representa en torno a un 10% de los españoles. Dar voz a Abascal y a los suyos no es blanquearlos.  Blanquearlos es no contestar a sus mentiras. No recuerdo una campaña en la que menos se hayan analizado nuestros problemas reales y las respuestas de los partidos. Todo ha sido un circulo vicioso sobre Cataluña y las responsabilidades del bloqueo.

Los medios son responsables del alza de Vox por renunciar a su labor de clarificación y contextualización. Y por magnificar (sobre todo las televisiones) los disturbios nocturnos de Cataluña, sin que yo quiera negar la gravedad de la crisis social, política y constitucional de Cataluña. Por supuesto, los medios con una línea editorial a la derecha han estado oscilando entre el apoyo al PP y Vox, con una clara apuesta de la caverna mediática por Abascal, el líder fuerte que siempre habían añorado.

Vox ha vertido en el molde neofascista las pulsiones nacionalistas y de extremaderecha que el PP había remansado durante décadas.

Vox, como otros partidos neofascistas, alienta el odio al otro, el inmigrante y el “separatista”, apuesta por soluciones radicales inviables y divisivas, se aglutina en torno a un macho alfa y desata una guerra ideológica en nombre de los valores conservadores.

Como todos los fascismos 3.0 explota la inseguridad. Hasta ahora sus propuestas económicas eran ultraliberales, pero últimamente empieza a conectar con el proteccionismo propio de estos movimientos: autonomías o pensiones, cuestionamiento de la Unión Europea, proteccionismo comercial, pero, por supuesto, bajando los impuestos a los más ricos.

Vox, como sus correligionarios, dice defender el Estado de Derecho, pero está dispuesto a vaciarle de contenido y convertirle en lo que ahora se llama democracias iliberales con propuestas como la ilegalización de los partidos independentistas, detenciones gubernamentales, estados de excepción. Rompe, además, consensos constitucionales, el Estado de las Autonomías, la lucha contra la violencia de género. Vox es un partido anticonstitucional.

Durante los últimos meses plataformas de verificación han luchado contra los bulos y la desinformación. La tarea era ingente y es difícil evaluar en que medida hayan podido  impedir la proliferación del virus de la desinformación. Los medios tienen que seguir con esta tarea de verificación, pero no es suficiente.

Periódicos, radios y televisiones comprometidos con los valores constitucionales deben dar a Vox la cobertura que le corresponda, según su representación y sus acciones. Pero deben luchar por limpiar la agenda, no dejándose llevar por falsas polémicas, diseñando desarrollos informativos en profundidad y a largo plazo sobre las grandes cuestiones: globalización, inmigración, emergencia climática, valores constitucionales, la búsqueda de soluciones de consenso para la crisis territorial, el valor de la Unión Europea, violencia de género, nuevas identidades personales y familiares, desigualdad económica, desarrollo sostenible, digitalización…

No se trata de dar respuesta a cada barbaridad o provocación, sino reconstruir la esfera pública sobre la base de la verdad y el debate no sectario. Por supuesto, los medios privados pueden adoptar posiciones editoriales explícitas, los públicos no.

La verdad es la mejor respuesta al neofascismo.

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