La verdad, la mejor arma contra el neofascismo


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Vox se ha convertido en un agente institucional que no puede ser ignorado por los medios

El auge espectacular de Vox en las elecciones de ayer en España requiere análisis profundo. Pueden aventurarse algunos factores que parecen obvios, como la polarización de la campaña en torno a Cataluña y en menor medida la exhumación de Franco, la falta de respuesta a Abascal en el debate de los líderes y el hundimiento de Ciudadanos. Mi hipótesis es que, además, ha sido decisiva su presencia institucional en los medios.

Vox obtuvo  por primera vez representación institucional relevante en las elecciones andaluzas de octubre de 2018, con casi un 11% de los votos. Hasta ahí, sus armas propagandística básica eran las redes sociales y la propagación de bulos, muy adecuadas para un partido antisistema. Desde entonces, y sobre todo, con su entrada en el Congreso de los Diputados con 24 escaños (2.688.092, 10,26%) y grupo parlamentario propio Vox se normalizó, se convirtió en un agente institucional, que los medios no podían obviar. Y desde ahí, como hacen todos los partidos neofascistas, han conseguido marcar la agenda informativa y condicionar la conversación pública.

Los medios no pueden ignorar a un partido que representa en torno a un 10% de los españoles. Dar voz a Abascal y a los suyos no es blanquearlos.  Blanquearlos es no contestar a sus mentiras. No recuerdo una campaña en la que menos se hayan analizado nuestros problemas reales y las respuestas de los partidos. Todo ha sido un circulo vicioso sobre Cataluña y las responsabilidades del bloqueo.

Los medios son responsables del alza de Vox por renunciar a su labor de clarificación y contextualización. Y por magnificar (sobre todo las televisiones) los disturbios nocturnos de Cataluña, sin que yo quiera negar la gravedad de la crisis social, política y constitucional de Cataluña. Por supuesto, los medios con una línea editorial a la derecha han estado oscilando entre el apoyo al PP y Vox, con una clara apuesta de la caverna mediática por Abascal, el líder fuerte que siempre habían añorado.

Vox ha vertido en el molde neofascista las pulsiones nacionalistas y de extremaderecha que el PP había remansado durante décadas.

Vox, como otros partidos neofascistas, alienta el odio al otro, el inmigrante y el “separatista”, apuesta por soluciones radicales inviables y divisivas, se aglutina en torno a un macho alfa y desata una guerra ideológica en nombre de los valores conservadores.

Como todos los fascismos 3.0 explota la inseguridad. Hasta ahora sus propuestas económicas eran ultraliberales, pero últimamente empieza a conectar con el proteccionismo propio de estos movimientos: autonomías o pensiones, cuestionamiento de la Unión Europea, proteccionismo comercial, pero, por supuesto, bajando los impuestos a los más ricos.

Vox, como sus correligionarios, dice defender el Estado de Derecho, pero está dispuesto a vaciarle de contenido y convertirle en lo que ahora se llama democracias iliberales con propuestas como la ilegalización de los partidos independentistas, detenciones gubernamentales, estados de excepción. Rompe, además, consensos constitucionales, el Estado de las Autonomías, la lucha contra la violencia de género. Vox es un partido anticonstitucional.

Durante los últimos meses plataformas de verificación han luchado contra los bulos y la desinformación. La tarea era ingente y es difícil evaluar en que medida hayan podido  impedir la proliferación del virus de la desinformación. Los medios tienen que seguir con esta tarea de verificación, pero no es suficiente.

Periódicos, radios y televisiones comprometidos con los valores constitucionales deben dar a Vox la cobertura que le corresponda, según su representación y sus acciones. Pero deben luchar por limpiar la agenda, no dejándose llevar por falsas polémicas, diseñando desarrollos informativos en profundidad y a largo plazo sobre las grandes cuestiones: globalización, inmigración, emergencia climática, valores constitucionales, la búsqueda de soluciones de consenso para la crisis territorial, el valor de la Unión Europea, violencia de género, nuevas identidades personales y familiares, desigualdad económica, desarrollo sostenible, digitalización…

No se trata de dar respuesta a cada barbaridad o provocación, sino reconstruir la esfera pública sobre la base de la verdad y el debate no sectario. Por supuesto, los medios privados pueden adoptar posiciones editoriales explícitas, los públicos no.

La verdad es la mejor respuesta al neofascismo.

El neofascismo de Bolsonaro arrasa en Brasil


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Jair Bolsonaro ha reunido tras de si a 18 millones de brasileños y se ha quedado a cuatro puntos de la mayoría absoluta para ganar la presidencia en la primera vuelta. Su triunfo en la segunda es casi seguro, pues, como apunta un analista brasileño que acabo de escuchar en RNE, ha logrado unir el voto antisistema con el voto anti PT.

El triunfo de este personaje atrabiliario, racista, misógino, homófobo, ignorante, defensor de la tortura, las ejecuciones extrajudiciales y la dictadura militar, tiene unas causas, en primer término, propias de Brasil: la corrupción de todos los partidos, la crisis vinculada a la caída de los precios de las materias primas, la movilización de las clases medias y alta contra la redistribución de los gobiernos del PT, la inseguridad y, destacadamente, el peso de los evangélicos y su visión conservadora de la familia.

Neofascismo vs. fascismo

El neofascismo (por favor, no le llamemos populismo) es un fenómeno global con una señas de identidad comunes, por mucho que en cada lugar adapten formas distintas.

El neofascismo, como el fascismo histórico, explota la inseguridad. Inseguridad económica: los perdedores de la globalización, el precariado de los países ricos después de décadas de políticas neoliberales. Inseguridad identitaria: sociedades multiculturales, cambio de roles de género. Inseguridad política: inestabilidad de los sistemas parlamentarios, pero esta es una característica no general.

El neofascismo, como el fascismo histórico, necesita un enemigo: el otro. El emigrante. El distinto en sus opciones sexuales. Las potencias extranjeras. Es, como en los años 30, ultranacionalista.

El neofascismo, como el fascismo histórico, apuesta por soluciones radicales, aparentemente eficaces a corto plazo, letales a medio y largo plazo. Proteccionismo, guerras comerciales, pena de muerte, violación de los derechos humanos.

El neofascismo, como el fascismo histórico, se aglutina en torno a personajes autoritarios. “Machos alfa” es una expresión repetida que los cuadra perfectamente.

El neofascismo, como el fascismo histórico, desata una guerra ideológica, en nombre de la restauración de los valores conservadores. Pero ahora el enemigo es difuso, líquido. No existen, ni a un lado ni a otro, movimientos organizados dispuestos a chocar violentamente.

El neofascismo, como el fascismo histórico, es transversal. Aglutina no solo a los perdedores de las clases trabajadoras, también a los sectores religiosos conservadores y a las clases medias educadas y cosmopolitas contrarias a políticas de redistribución, a jóvenes y viejos, hombres y mujeres. Y cuenta con el apoyo de la gran industra y los mercados financieros.

El neofascismo, a diferencia del fascismo histórico, no es totalitario. No pretende que el individuo se subsuma en el estado. Por el contrario, debilita el estado y le pone al servicio de grupos de intereses, conectados con el poder, al tiempo que favore el individualismo y mercantiliza toda la vida social, siguiendo la estela de las políticas neoliberales de las últimas décadas.

El neofascismo, a diferencia del fascismo histórico, mantiene una apariencia de estado de derecho. Llega al poder a través de las elecciones, no por golpes militares. Aparenta respetar la separación de poderes, pero controla de forma clientelista el judicial. No deroga las cartas de derechos fundamentales, pero introduce leyes de excepción que los restringen severamente. Denuncia las instancias interancionales de derechos humanos, como injerencias contra la soberanía. Mantiene un aparente pluralismo informativo, pero controla los medios públicos, y a través de testaferros o amigos políticos adquiere los medios privados. Las elecciones relativamente libres son el elemento más sustancial de estas democracias iliberales que dejan el estado de derecho convertido en una estructura vacía de sentido.

La historia, la estructura social y la solidez e independencia de las instituciones son decisivas para el desarrollo de este fenómeno global en cada lugar. Trump no puede actuar como Putin o Erdogan, porque está sometido a sistema de pesos y contrapesos. Salvini nunca tendrá el margen de maniobra de Orban, en un sistema parlamentario fragmentado como el italiano. Está por ver que Bolsonaro pueda seguir una política de crímenes de estado como la del filipino Duterte, en un Brasil como fuertes organizaciones sociales y jueces cada vez más celosos de su independencia. Pero si gana, esta nueva derecha brasileña llevará la guerra a las favelas y la muerte difícilmente quedará confinada en los barrios marginales, como ocurrió con la guerra al narco de Calderón en México.

Alguna lecciones comunicativas de la victoria de Bolsonaro

Bolsonaro, como antes Trump, era representado en un primer momento por los medios de referencia como un excéntrico, personaje políticamente irrelevante. Luego, como un peligro para la democracia, pero, finalmente, cuando obtiene el apoyo de grupos económicos y financieros se le presenta como el candidato de la derecha. En resumen, los medios de referencia normalizan el fascismo global.

Bolsonaro ha ganado las elecciones sin participar en un debate electoral en televisión. Esto no quiere decir que el poder de la televisión haya sido sustituido por la redes sociales. El candidato no ha estado en los debates, pero ha dominado la conversación pública tanto en las redes como en la televisión, sobre todo después de ser apuñalado. Ningún candidato ha tenido la cobertura televisiva de Bolsonaro.

No basta el activismo feminista para parar a estos personajes. Las mujeres brasileñas se organizaron en las redes y salieron a las calles por decenas, centenares, de miles, pero millones de brasileñas votaron por él. A lo que parece, su mensaje estrictamente de género no convenció a las mujeres que estaban dispuestas a votar a Bolsonaro por miedo a la inseguridad o rechazo al PT. ¿No debieran ser los movimientos contra el neofascismo transversales, inclusivos y dando respuesta a todos los desafíos que suponen? ¿Qué efecto tendrá en el voto de las norteamericanas el próximo 6 de noviembre la ratificación de un personaje como Kavanaugh como juez del Supremo?

En el Reino Unido no cesa la polémica sobre si la BBC cumplió su misión de servicio público sobre el referendum del Brexit. La Corporación respetó el pluralismo, dando voz a todas las opciones, pero mantuvo una falsa imparcialidad, sin contextualizar y sin someter las propuestas a un escrutinio riguroso que revelara las mentiras de las campañas pro salida de la UE.

En España lo sondeos apuntan a la consolidación electoral de la ultraderecha de Vox. ¿Debe darse cobertura a una formación extraparlamentaria cuando llena un gran recinto? Creo que sí, porque otra cosa significaría ignorar lo que se mueve en nuestra sociedad. Pero el riesgo es que, siguiendo con el periodismo de declaraciones, sin análisis, sin debate real, sin contraste con la realidad, estas propuestas conquisten la agenda y la conversación social. Que se normalicen las propuestas neofascistas, máxime cuando los partidos de centroderecha están en pleno giro a la pura derecha.

(Una lectura obligada, la conferencia de Umberto Eco Las 14 características del fascismo)

 

América Latina: líneas de falla y respuestas fracasadas


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Luis Fernando Camacho, el Bolsonaro boliviano, en las protestas en La Paz contra Evo Morales

En América Latina se suceden las convulsiones político-sociales.

Perú, Ecuador, Chile y ahora Bolivia. Por no hablar de Venezuela o Nicaragua, o los cambios políticos en Argentina, Colombia y Brasil. Cada país tiene sus propias peculiaridades que requieren un análisis específico.

Estos seísmos (o sismos, como dirían allí) tienen unas fallas, unas líneas de ruptura, que recorren el continente: pobreza y desigualdad, corrupción, instituciones deficientes y militarismo, racismo, machismo  y fundamentalismo religioso.

Después de la ola democratizadora de los 90, neoliberalismo y populismo han fracasado en cerrar estas brechas divisivas.

¿Tienen algo en común las protestas latinoamericanas con otras a lo largo del mundo, como las que sacuden a países árabe-islámicos, HongKong o hasta Cataluña. He leído infinidad de análisis  y la conclusión más común es que estas explosiones son la respuesta a bloqueos políticos o sociales. Añadiría la capacidad de movilizarse aparentemente sin líderes en virtud de las redes sociales, la capacidad de influencia subrepticia de poderes extranjeros y la fascinación por la violencia de algunas minorías juveniles.

Bolivia

Antes de analizar las líneas divisorias y las respuestas fallidas unas palabras sobre Bolivia

Sí, hay un golpe de Estado cuando los militares fuerzan la dimisión del presidente de un país, de su gobierno y de los cargos institucionales, como los presidentes de las cámaras parlamentarias. Y cuando una presidenta asume sin el quorum parlamentario exigido. Golpe blando, pero golpe al fin.

Y, sí, también en Bolivia hubo irregularidades en las elecciones presidenciales, según el informe preliminar de la OEA, cuestionado, es cierto, por otro del The Center for Economic and Policy Research, un centro progresista estadounidense. Pero, en cualquier caso, Evo Morales permitió la auditoría externa y terminó por admitir la celebración de unos nuevos comicios. Previamente, violó la Constitución presentándose a la reelección con el respaldo de sentencias del Tribunal Constitucional y el Tribunal Superior Electoral, bajo su control.

En las calles se ha vivido una situación de preguerra civil. Milicias paramilitares dando caza a los partidarios de Morales en Santa Cruz. Indígenas de El Alto atacando comisarías, dispuestos a tomar el Palacio de Gobierno (el Palacio Quemado) para defender a Evo y su Movimiento al Socialismo. Y un líder carismático, Luis Fernando Camacho, el Bolsonaro boliviano, invocando la legitimidad de los comités cívicos nacidos en Santa Cruz y rodeado de parafernalia religiosa, uno de cuyos grandes objetivos ha sido reinstaurar (sic) la biblia en el Palacio de Gobierno.

Bolivia ilustra esas fallas: desigualdad, racismo, corrupción, intolerancia religiosa y regreso de los militares. Y el fracaso de una de las respuestas, el populismo.

(Lo mejor que he leído sobre Bolivia son estas Lecciones de la tragedia boliviana de Arturo López-Levy)

Las fallas

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Extraído del Orden Mundial con datos del Banco Mundial

La pobreza es estructural en América Latina, con grandes diferencias entre países, pero marcada en todas partes por una economía informal, bajos salarios, pobre educación y deficientes servicios públicos. La pobreza extrema hace a una parte de la población extremadamente dependiente de programas de asistencia social.

También es una de las regiones más desiguales del mundo.El índice Gini (0 sería la igualdad perfecta, más desigualdad cuanto mayor sea este índice) va del del 39,5 de Uruguay al 53’3 de Brasil (España 36,2).

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Fuente: blog Diálogo a Fondo (FMI), con datos del Banco Mundial

El auge del precio de materias primas, de las que son grandes exportadores redujo la pobreza durante dos décadas, pero a partir de 2015 su hundimiento vuelve a hacer crecer la pobreza y desigualdad, y más en tres países protagonistas de convulsiones, Brasil, Ecuador y Bolivia. El problema sigue siendo la dependencia extrema de la exportación de materias primas, y, como consecuencias, el poder de las oligarquías exportadoras y la destrucción del medio ambiente.

(CEPAL es la mejor fuente sobre economía latinoamericana)

Racismo y machismo están íntimamente vinculados con la pobreza y el subdesarrollo. Los afrodescendientes tienen casi tres veces más posibilidades de vivir en la pobreza, tienen menos acceso a la educación y al empleo y están poco representados en cargos de toma de decisiones.

En los países andinos, las repúblicas criollas perpetuaron y radicalizaron una segregación que viene desde la colonia. Pero es en este mundo donde las comunidades indígenas tienen mayor grado de organización e influencia. En Ecuador, terminaron con las presidencias de Bucaram y Mahuad. Y la Bolivia de Morales se convirtió en Estado Plurinacional. En buena parte, el estallido actual de Bolivia viene explicado por esta línea de división. Algunos policías se arrancaban de sus uniforme el distintivo de la whipala, la bandera símbolo de esa plurinacionalidad.

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Mural Francisco I. Madero, Sufragio efectivo, no reelección (1969). Juan O’Gorman

El Estado tradicionalmente ha sido débil e incluso ni siquiera ha podido o querido ejercer el monopolio de la violencia sobre todo el territorio. Sus clases dirigentes, siempre clientelares y apegadas a un ejercicio leguleyo de la política, no han sido capaces de establecer administraciones públicas profesionales, eficaces y neutrales.

Se ha entendido la victoria política como un todo o nada, lo que viene favorecido por sus sistemas presidencialistas y la tradición caudillista. Por eso, para que los gobernantes elegidos no se perpetúen en el poder, en todo el continente las fuerzas democráticas han luchado por la no reelección presidencial. “Sufragio efectivo, no reelección” -exigía ya Madero en 1910 en su campaña contra el tirano Díaz. Un solo mandato como garantía

Después de la caída de las dictaduras militares muchas constituciones prohibieron la reelección presidencial. Correa modificó la Constitución ecuatoriana para permitir la reelección indefinida y Lenín Moreno, después, consiguió en referendum abrogarla. Morales perdió su referendum, pero después el Tribunal Constitucional consideró que la prohibición constitucional de no reelección vulneraba los derechos políticos reconocidos por la Convención Americana de Derechos Humanos.  Parecidos subterfugios siguieron Óscar Arias en Costa Rica, Daniel Ortega en Nicaragua y el año pasado Juan Orlando Hernández en Honduras. Y hasta López Obrador ha tenido que firmar una declaración prometiendo que no promoverá la reelección, verdadero tabú en México.

Instituciones débiles son el caldo de cultivo de una corrupción endémica. Los grandes casos de corrupción tenían antes un marco nacional: malversación gubernamental, expolio de las empresas públicas, sobornos por empresas y potentados nacionales o concesionarios extranjeros.

En la última década la hidra de la corrupción ha tomado forma continental con terminales en múltiples países. El caso Odebrecht (en Brasil, Lava Jato), la empresa constructora brasileña que corrompió a la clase política de todo el continente: Brasil, Ecuador, Colombia, México, Panamá, Chile, Argentina, Venezuela, Uruguay y Perú con tres expresidentes procesados (Alan García se suicidó antes de ser detenido) y un presidente, Pedro Pablo Kuczynski, destituido.

No menos grave es la corrupción de cada día que afecta al ciudadano común, que alimenta su irritación y desafección política. Los datos sobre opiniones y experiencias de corrupción medidas por el barómetro de Transparencia Internacional son demoledores. Uno solo: 1 de cada 4 encuestados ha recibido propuestas de compra de voto.

Otra falla es el fundamentalismo religioso. Costó mucho la separación de la Iglesia y el Estado en los jóvenes repúblicas independientes (guerras incluidas, entre otras la cristera en México, de 1926 a 1929). Más allá de las leyes, hasta los 70 del siglo XX la influencia de la Iglesia en la vida social y política fue enorme. A partir de la Conferencia Episcopal de Medellín de 1968 la Iglesia oficial intenta acercarse a los más pobres y una parte abraza la teología de la liberación, que alimenta y apoya la revolución sandinista. Juan Pablo II siega de raíz esta tendencia y las comunidades populares y los teólogos de la liberación son marginados, mientras se refuerza una jerarquía conservadora.

Esa falta de proximidad a las clases populares se llena por el pentecostalismo carismático conservador. No cabe aquí discutir si este desarrollo fue espontáneo o favorecido desde la política de seguridad nacional de Washington, pero el hecho es que estas iglesias conservadoras son un factor político de primera magnitud. Son decisivas en Guatemala, en Brasil fueron esenciales en la elección de Bolsonaro y en Colombia en el resultado adverso al acuerdo de paz en el referendum.

Se propagan con sus liturgias emocionales. A la teología de la liberación de los pobres oponen la de la prosperidad de los ricos. Su causa es la de la lucha contra el aborto, el matrimonio homosexual, la que llaman ideología de género, la defensa del creacionismo y la imposición de la biblia por encima de las leyes y la constituciones. Un torpedo en la línea de los estados laicos. El “Brasil por encima de todo y Dios por encima de todos” de Bolosonario explica a la perfección la alianza entre nacionalismo y religión, que enlaza con la contrarrevolución mundial de Steve Bannon.

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Luis Fernando Camacho leyendo la Biblia en el Palacio Quemado después de la caída de Morales. en la camiseta la cruz de una oscura organización Orden de los Caballeros de Oriente

La novedad en el caso de Bolivia es el fundamentalismo católico. Luis Fernando “Macho” Camacho, empresario de Santa Cruz, líder de los comités cívicos, carismático, histriónico, prometió devolver a Dios y la Biblia al Palacio Quemado, como desagravio al reconocimiento por Morales de las religiones tradicionales indígenas. Como Salvini,  muestra en sus arengas un rosario y sus partidarios enarbolan vírgenes y toda la imagenería clásica católica.  También los fundamentalistas protestantes están fuertes. El pastor de origen coreano Chi Hyun Chung, fue el tercer candidato presidencial más votado, tras una campaña misógina y homófoba. Fundamentalismo, nacionalismo y racismo se cruzan y realimentan. Manifestación criolla del fascismo 3.0.

Vuelven los militares, si es que alguna vez se marcharon. Tras la caída de las dictaduras militares en los 80 y 90, los uniformados se retiraron a los cuarteles y aceptaron formalmente la primacía del poder civil. Simbólicamente, sin embargo, siguieron siendo los depositarios de las esencias nacionales.

Hugo Chávez los llevó al poder con su movimiento cívico-militar y son en Venezuela la columna vertebral del régimen. En las nuevas crisis han jugado un papel destacado. En Perú y Ecuador apoyaron a los presidentes Vizcarra y Moreno y en Bolivia, a pesar de haber sido mimados por Morales, el jefe del ejercito, general Williams Kaliman, le sugirió que debía dimitir. La nueva presidenta Jeanine Áñez, ha cambiado la cúpula militar para asegurarse el respaldo de las Fuerzas Armadas, el único poder realmente efectivo en este momento en Bolivia.

Los militares son agente esencial en los nuevos golpes blandos, en los que apoyan a alguna de las fuerzas que luchan por el poder en una situación de crisis institucional. Antecedentes de golpes blandos, los que sufrieron Oviedo en Paraguay (2012) y Zelaya en Honduras (2017).

Soluciones fracasadas

Desde las caídas de las dictaduras se han ensayado en América Latina dos tipos básico de soluciones político-económicas: neoliberalismo y populismo. No me gustan ninguna de las dos denominaciones, porque son clichés cargados de significaciones negativas que simplifican políticas diversas. Pero no soy capaz de encontrar otras mejores. No es tampoco el lugar de profundizar en estos sistemas. Pretendo simplemente mostrar como soluciones que pudiéramos llamar neoliberales y populistas han fracasado este siglo en América Latina.

En los 90 predominaron gobiernos plegados a los que se llamó consenso de Washington. Privatizaciones, liberalización de los mercados y exportación de materias primas, reducción de los servicios públicos y eliminación de subsidios. Políticamente, democracias representativas, altamente corruptas y con escasa representación de las clases populares. En épocas de bonanza la economía parecía boyante, pero las crisis se resolvían con ajustes brutales que terminaban en explosiones sociales: el caracazo, la caída de Bucaram y Mahuad, el corralito argentino.

Estas convulsiones trajeron en la primera década del siglo XXI gobiernos de izquierdas, de origen y trayectorias muy distintas: peronismo en Argentina, Partido de los Trabajadores en Brasil, revolución bolivariana en Venezuela, Frente Amplio en Uruguay, revolución cívica en Ecuador, el indigenismo del Mas en Bolivia… Todos llegaron al poder mediante elecciones democráticas y enorme apoyo popular. Todos rompieron el consenso de Washington y lanzaron políticas de redistribución. Pero su evolución y desempeño fue desigual.

Hugo Chávez, de la cepa de los caudillos latinoamericanos, pronto desnaturalizó la democracia representativa. La voluntad del pueblo, expresada por él mismo, se puso por encima de cualquier institución, todas ellas controladas por sus fieles. Los altos precios del petróleo mantuvieron la bonanza económica, pero su caída y una cadena de decisiones económicas desastrosas condujeron a la penuria actual y a una crisis política sin salida aparente, agravada por la incompetencia y el sectarismo de Maduro y la oposición. Venezuela y la Nicaragua de Ortega (exrevolucionario aliado de la Iglesia conservadora y los empresarios más reaccionarios) muestran el fracaso absoluto de cualquier solución que pase por la anulación de las instituciones de la democracia representativa.

No en todas partes han fracasado los gobiernos de izquierdas. Uruguay con la sucesión de Tabaré Vázquez, Pepe Mújica y de nuevo Vázquez camina en una línea progresista avanzada, con total respeto a las instituciones democráticas. De Argentina es imposible hablar en una línea, pero en general puede decirse que la presidencia de Néstor Kirchner hizo avanzar el progreso y la justicia social.

En Ecuador, Brasil y Bolivia, Correa, Lula y Evo sacaron de la pobreza a una parte importante de la población, hicieron crecer por abajo las clases medias, reforzaron los servicios públicos y realizaron en general políticas económicas responsables, aceptables para los inversores extranjeros (que le pregunten a Brufau sobre Bolivia) y que en general hicieron progresar a estos países, hasta que en 2012 la onda de la Gran Recesión los  golpeó de lleno. No obstante, la lucha contra la pobreza se cifró sobre todo en programas asistenciales y subvenciones a productos básicos y mucho menos en inversiones productivas.

Más allá de sus políticas económicas, sus pecados son políticos: corrupción, sectarismo, polarización, clientelismo. A  pesar de todo, hoy Lula, Morales y Correa debieran jugar un papel en defensa de las clases populares, pero para ello tendrían que reconocer sus errores y pedir perdón, lo que resulta imposible cuando luchan por su supervivencia política y hasta personal.

Hacen falta nuevos Lulas, jóvenes, preparados, salidos de las clases populares, sin las cargas de la corrupción y el sectarismo, respetuosos del Estado de Derecho. Por el momento, habrá que esperar que Alberto Fernández no recaiga en los vicios de Cristina y que López Obrador comprenda que por el mero hecho de que el sea presidente nada se soluciona sin políticas efectivas.

Para terminar el caso de Chile. Laboratorio social en el que la dictadura de Pinochet impuso el liberalismo extremo de la escuela de Chicago. Siempre puesto de ejemplo de estabilidad y progreso económico, dos décadas de democracia condicionada por una Constitución que guarda elementos todavía de la dictadura,  con gobiernos de centro-izquierda y derecha, Chile ha estallado por una subida de los billetes de metro.

Más allá de los disturbios, está el hartazgo de las clases populares y media (la mayor del continente junto con Uruguay) con un sistema con buenas cifras macroeconómicas, pero donde la sanidad y educación de calidad son privadas y cada vez más inalcanzables.

El caso de las pensiones es paradigmático. La dictadura, justamente el ministro Piñera, hermano del actual presidente, impuso el paso del sistema de reparto a uno de capitalización. Con bajas aportaciones de trabajadores y empresarios, la reducción mundial de  la rentabilidad de los activos financieros está condenado ahora a la miseria a muchos nuevos pensionistas. Aviso a navegantes para los que aquí propugnan el sistema de reparto.

Chile es ejemplo palmario del fracaso del modelo neoliberal fuera de los países hegemónicos. O un anticipo a que extremos llevan las privatizaciones. En Chile los créditos universitarios condenan a la pobreza a los jóvenes licenciados; en Estados Unidos las familias ya tienen que elegir entre mantener los seguros de salud, la casa familiar o la universidad de los hijos.

Las respuestas a la crisis en Chile se están produciendo a tres niveles. La violencia se mantiene en niveles altos y aparentemente sin control, al tiempo que aumentan las denuncias de excesos y brutalidades por parte de las fuerzas del orden. Institucionalmente, se abre paso el consenso sobre la apertura de un proceso constituyente, seguramente imprescindible, pero lento y que no resolverá mágicamente los problemas económicos y sociales. Y popularmente se desarrolla un proceso pacífico de participación, los cabildos, con similitudes con el movimiento de las plazas del 15-M español. Quisiera pensar que en Chile se esté gestando un nuevo modelo justo, eficiente e inclusivo, sin las viejas cortapisas de la dictadura y con un Estado de Derecho más participativo.

El mejor y el peor de los tiempos


«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo». (Comienzo de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, en su versión castellana en prosa)

Andaba buscando un balance de 2018 e intentando adivinar tendencias para 2019, pero no quería recaer en un pesimismo, por otra parte más que justificado. Por supuesto, 2018 ha sido un año tan oscuro como 2017 y muchas de esas nubes negras amenazantes han descargado terribles tormentas. El lobo -el odio, el miedo, la xenofobia, el neofascismo- ya está entre nosotros y tendremos que acostumbrarnos a convivir con él, intentar mantenerlo a raya, evitar en la medida de lo posible sus dentelladas.

Ese es para mi el rasgo más significativo del año que nos deja, la consolidación del neofascismo, que gobiern en Italia, Brasil, que llega a las instituciones en España.

Pero ¿no hay nada positivo en 2018, no hay ninguna buena tendencia para 2019?

Entonces recordé esos versos geniales con los que Dickens empezó su Historia de dos ciudades: “It was the best of times / it was the worst of the times….”

En todos los tiempos la luz y las tinieblas se mezclan de forma inseparable. El siglo XX -“un despliegue de maldad insolente” -Enrique Santos Discépolo dixit en Cambalache– nos dejó los campos de exterminio y el gulag, pero también el despliegue de los derechos humanos y la mejora de la vida material de una buena parte de la Humanidad. Claro que eso es una visión general, de poco consuelo para las víctimas de los distintos genocidios. O no, porque también en su vida habría momentos de luz.

Recientementemente una corriente de pensamiento insiste -en una versión actualizada de la idea del progreso, pero no determinista- en que si este no es el mejor mundo posible -obviamente tienen que reconocer las tinieblas que existen entre nosotros- sí es la mejor época para la Humanidad en su conjunto.

De entre los defensores de estas ideas, el más burdo es el sueco Johan Norberg, defensor de la globalización neoliberal. Su fundamentación es estadística: más salud, más riqueza, más esperanza de vida, más educación…

También se basa en los datos el norteamericano Steven Pinker, uno de esos gurús intelectuales que han sustituido a los viejos intelectuales comprometidos. Pinker, científico cognitivo, va más allá del puro dato estadístico y remiténdose a todo tipo de ciencias, y de modo especial a la Historia, sostiene que la evolución humana viene desarrollando “el ángel que llevamos dentro” y modelando una nueva mente.

El filósofo francés Michel Serres comparte datos y argumentos con los anteriores y defiende que hemos entrado en una edad dulce, en que se desarrolla la vida y el espíritu a través de tres maneras: la médica, la pacífica y la digital.

Todos ellos coinciden que esa percepción de vivir en el peor de los tiempos es responsabilidad de los medios que subrayan y enfatizan lo negativo, una crítica muy común, pero que olvida que solo conociéndolos podemos terminar con los males que nos aflijen.

Sí, estadísticamente, la Humanida nunca ha vivido mejor. Sí, los poderosos de hace siglos sufrían y morían con males que hoy parecen banales y se curan rutinariamente. Es cierto también que hoy un gran millonario puede estar utilizando el mismo teléfono u ordenador que tú o yo, por mucho que las decisiones que tome con estas herramientas vayan a determinar el futuro de millones de seres humanos. Y es verdad que más importante que la desigualdad es que disminuya la pobreza en términos absolutos.

Pero estos autores subestiman que en el origen de la desigualdad está el empobrecimiento de grandes capas de la población de Europa y Estados Unidos, justamente porque, roto el pacto social, la riqueza se acumula en menos manos y su goteo se detiene en los estratos cosmopolitas, quedando para los demás unos servicios sociales que cada día se parecen más a instituciones de beneficiencia. Olvidan que ese desarrollo de las sociedades asiáticas, que ha sacado de la pobreza a millones de personas, se ha hecho comumente en sistemas autoritarios, que limitan los derechos y un verdadero desarrollo personal.

Sí, vivimos en el mejor de los tiempos, pero son millones los que soportan la peor de las vidas. Y en nuestras democracias, la ruptura del pacto social, ha generado la desconexión entre representantes y representados. Representantes cada vez más irresponsables, representados que solo actúan socialmente por impulsos emocionales. Parece que, finalmente, Thatcher ha triunfado y ya no existe sociedad, solo individuos.

Volviendo al balance del año que termina, la fragmentación social, el miedo, el pesimismo y la desconfianza han generado la ola de neofascismo y a explosiones como la de los chalecos amarillos, que expresan la impotencia de las clases populares ante decisiones que nos les toman en cuenta.

Gravar más el gasoil va en la buena dirección de luchar contra una contaminación que cuesta vidas, pero hacerlo sin tener en cuenta las consecuencias para los que necesitan su viejo diesel para trabajar es una nueva manifestación del despotismo ilustrado. Para poner las cosas en su contexto, si 1.100.000 franceses pidieron, en el origen de los chalecos amarillos, la retirada de la tasa al diesel, 1.700.000 apoyan ahora una denuncia colectiva contra el estado francés por no afrontar las medidas necesarias para detener el cambio climático. Luces y sombras.

Luces de 2018 han sido el Pacto de las Migraciones de Marraquech
(pdf texto Pacto Mundial) y el reglamento técnico adoptado en Katowice para desarrollar el Acuerdo de París contra el calentamiento global. También la Comisión Europea ha publicado su visión estratégica y España las directrices para la futura ley de transición energética. Son pasos cortos, lentos, insuficientes, que siguen dejando el futuro de la Humanidad en manos de las soberanías nacionales, pero el multilateralismo es por el momento la única herramienta para concertar intereses a nivel universal, sin el recurso a la guerra.

A nivel mundial y muy destacadamente en España, 2018 nos ha dejado una gran luz, la explosión del movimiento feminista, uno de los mayores vectores actuales de progreso.

Otra luz de 2018, muy pequeña, muy personal, es la resolución de forma positiva del concurso público para el Consejo de RTVE. Suscribo completamente la opinión de Enrique Bustamante, más luces que sombras. Ahora veremos si los partidos están a la altura.

Una nube negra proyecta sus sombras sobre 2019, una nueva guerra fría pilotada por Trump, Putin y Xi Jinping. Es grande el riesgo de que una guerra comercial traiga el año próximo una nueva recesión a nivel mundial. Una guerra fría que en Europa puede tener estallidos calientes, en Ucrania y, más improbable, en las repúblicas bálticas.

El primer reto para 2019 es parar el avance del neofascismo. En España no debe hacerse con cordones sanitarios ni, desde luego, con violencia en las calles, sino -y esa es tarea del periodismo- desenmascarando sus mentiras, sus abusos, su falsa virginidad política. A nivel personal, no consintiendo ni un meme, ni un chiste racista o machista.

Otro de los grandes retos para el año que viene es la gestión de la inmigración. Está bien abrir los puertos españoles, pero no lo está mantener las concertinas y no habilitar pasarelas humanitarias para evitar el lanzarse al mar o desgarrarse en las cuchillas de una valla. España debe activar los recursos necesarios para que la primera acogida sea digna y eficaz, solidariamente entre todas las comunidades y ciudades. Y establecer planes a largo plazo para una integración real, que aporte diversidad y cree riqueza. En otro caso, el racismo siempre latente se despertará.

En cuanto al gran reto de nuestro tiempo, el calentamiento global, no se me ocurre más que un consejo, andar y usar el transporte público siempre que se pueda.

Todos estos retos se van a librar en unas elecciones decisivas, las europeas. Por supuesto, que las locales y autonómicas del mismo día, y no digamos las nacionales que planean, son importantísimas, pero en las europeas nos jugamos la existencia de la Unión Europea. Una gran victoria del neofascismo (y en España el sistema electoral les favorece) supondrá si no la muerte de la UE, sí la renuncia a sus prinicpios humanistas y la reversión de sus competencias hacia los estados nacionales.

A continuación, fuentes de los autores del “mejor de los tiempos” y como contraste, Serrat cantando Cambalache, tan valido en el siglo XX como en el XXI.

Feliz 2019.

Fuentes del “mejor de los tiempos”


La lucha contra el fascismo


Vaya verano… La matanza de Noruega… Los disturbios y saqueos del Reino Unido… La crisis de la deuda soberana… La hambruna en Somalia. Y ahora el espectáculo de papolatría en Madrid.

La Gran Recesión parece más sistémica que cíclica. Sea o no el principio del fin del capitalismo, lo cierto es que sus efectos deterioran el clima social, rompen los amortiguadores sociales y ponen en evidencia males profundos, desde la disolución de las comunidades a un racismo y xenofobia criminal.

Tenía desde julio pendiente publicar la reseña de Francisco Rodríguez Pastoriza sobre tres libros de la lucha contra el nazismo (Los Sábados del Faro de Vigo, 16 de julio). Por razones personales he estado prácticamente ausente de este blog, pero hoy, después de leer la lección de Teun A. van Dijk sobre Racismo, discurs0 y política me ha parecido que era el momento de recuperar esa reseña.

El profesor van Dijk sostiene que “las ideologías racistas no son innatas sino que se aprenden, y se distribuyen en el grupo dominante a través del discurso público, especialmente por las élites simbólicas que controlan el acceso al discurso público, como las tres P: Políticos, Periodistas y Profesores”. La idea de la superioridad blanca y occidental empapa el discurso público. En época de crisis, esa condescendencia puede convertirse en hechos criminales individuales o en un movimiento que termine por conquistar el poder (nazismo, fascismo) o vaciarlo de contenido (neofascismo).

Ahora es el momento de luchar contra el fascismo en el discurso público. Luego puede ser muy tarde. Con el nazismo ensoñoreándose de Europa, la respuesta vino en los 40 de la mano de Stalin sacrificando a diez millones de soviéticos, de la resistencia polaca, construyendo un estado clandestino, y de la ineficaz pero admirable resistencia interior alemana. De estos tres frentes históricos tratan los libros reseñados por Pastoriza.

 

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DESDE TODOS LOS FRENTES

 

Se recuperan importantes novelas que recogen episodios reales de la segunda guerra mundial

Francisco R. Pastoriza (*)

El escritor Vasili Grossman cubrió como reportero de guerra, desde la primera línea de fuego del ejército soviético, algunos de los más importantes episodios del enfrentamiento entre alemanes y rusos durante la segunda guerra mundial. En Años de guerra se recogen algunas de las crónicas que publicó en “Estrella Roja”, órgano de información y propaganda del ejército soviético cuando Grossman era todavía un acérrimo militante del estalinismo. Entre esas crónicas, la dedicada a Stalingrado mantiene aún, muchos años después de escrita, la emoción y el dramatismo de aquel episodio singular. Ahora, la editorial Gutenberg-Círculo de Lectores, que viene publicando toda la obra de Grossman en España, recupera la novela Por una causa justa, que recrea en  toda su dramática intensidad el sitio y la batalla de Stalingrado, uno de los episodios de la Operación Barbarroja, cuando cuatro millones de soldados alemanes desataron una guerra de exterminio contra la Unión Soviética.

GLORIA A LOS HÉROES DE STALINGRADO

En lo más agreste del medio rural, en plena guerra, el campesino Piotr Semiónovich Vavilov recibe el aviso de incorporarse al ejército. Antes de separarse de su mujer y de su hija (otro hijo ya está en el frente), dedica sus últimas horas a la casa familiar, terminando trabajos pendientes, con una mezcla de angustia y ansiedad.

En la ciudad, en Stalingrado, en casa de la anciana Alexandra Vladimorovna se celebra una comida familiar en la que se mezcla la alegría del reencuentro con su hija Zhenia, recientemente separada de su marido el teniente coronel Krimov, y la despedida a su nieto Tolia, que ese mismo día debe incorporarse a filas. Alrededor de la mesa se sientan su hija Marusia; su yerno, el ingeniero Stepán Fiódorovich, director de la central hidroeléctrica de Stalingrado; Vera, hija del matrimonio; Sofia Ósipovna, jefa de cirugía del hospital de la ciudad; Tamara Dmítriyevna Beriózkina, una amiga de la familia cuyo marido desapareció en combate al principio de la guerra; Pável Andréyev, un viejo amigo del difunto marido de Alexandra, y el anciano Mijaíl Mostovskoi, antiguo luchador contra el régimen del zar y convencido militante comunista. Grossman va a centrar en estos personajes y en los que con ellos se relacionan, el desarrollo de la trama de una novela que es un gran fresco de la batalla de Stalingrado, desde los primeros ataques del ejército alemán hasta el comienzo de la reacción soviética, cuando la ciudad estaba prácticamente tomada. La vida y el destino de estos personajes, la de quienes se cruzan en su camino, la de los hombres y mujeres que demostraron con sus vidas que la resistencia hasta el límite no fue inútil, desfilan a lo largo de las más de mil páginas de esta magna obra cuya lectura transmite con crudeza los sentimientos humanos ante la barbarie de la guerra. En sus páginas se mezclan el drama de la muerte de amigos y familiares con el momento feliz del reencuentro, el sentimiento de trágica certeza de los soldados que saben que van a morir en pocas horas, con el heroísmo de los que luchan para que nadie les robe su tierra y la de sus antepasados. Novelas como esta reafirman la voluntad de que la historia de los siglos venideros, cuando cuenten las grandes batallas, no se acuerden sólo de los generales y de las bellas gestas sino que tengan muy presentes las lágrimas y los lamentos, los susurros, los estertores agónicos, los gritos de dolor y desesperación, las últimas palabras de los muertos.

Para transmitir con mayor dramatismo el estupor de quienes se ven envueltos en la batalla, Grossman enfrenta con frecuencia los desastres de la guerra a la belleza del paisaje en el que se desarrollan las batallas: las llamas y las explosiones que invaden la belleza de una noche estrellada, los gritos de guerra en el silencio de un cielo intensamente azul… Y siempre, como el alma de los personajes encerrados en la ciudad sitiada, la presencia del Volga y su esplendorosa belleza, las nubes reflejadas en sus aguas durante el día y la luz de la luna rielando su superficie en las noches de vértigo. Vasili Grossman transmite al lector, con un realismo estremecedor, el sonido continuo de la guerra, los cañones de artillería, las explosiones de los bombardeos de la aviación y de los obuses, los disparos de los blindados… estallidos que barrenan el cráneo, arañan el cerebro, trastornan la mente, hieren los ojos, abrasan la piel, penetran hasta las entrañas, dificultan la respiración y alteran los latidos del corazón. Ese ruido ensordecedor y opresivo está presente a lo largo de toda la novela, que es, así, una banda sonora de todas las guerras.

Por una causa justa es la gran elegía al heroísmo de los hombres y de las mujeres que en el cerco de Stalingrado defendieron no unas ideas ni un régimen político, sino lo que creían firmemente que era lo más sagrado de la historia de su país: la libertad, el sueño de justicia, la alegría del trabajo, la lealtad a la patria y a la familia, el sentimiento maternal y la santidad de la vida (p. 624). Grossman se encargó de demostrarlo con más fuerza en Vida y destino, la otra gran novela en la que el autor, utilizando algunos de los personajes sobrevivientes de Por una causa justa (entre ellos el científico Shtrum, su alter ego), recrea la crónica de los años de acero del estalinismo que siguieron a la guerra.

UN ESTADO CLANDESTINO

Mientras los soldados soviéticos luchaban contra las fuerzas de ocupación alemanas, otra batalla, más subterránea, tenía lugar en otros territorios también ocupados por los nazis. Cuando Rusia y Alemania acordaron repartirse Polonia, surgió entre la población polaca un fuerte movimiento de oposición para evitar, por tercera vez en la historia, la desaparición del país. Una fuerte resistencia clandestina tejió una tupida red de colaboradores, tanto en el interior como fuera del territorio polaco, cuya heroica lucha es muy poco conocida en la Europa occidental. Porque rusos y alemanes querían hacer desaparecer el país, los resistentes tuvieron que crear un estado paralelo (con un parlamento, un gobierno, un poder judicial, un ejército y hasta un sistema educativo clandestino) para que siguiera existiendo. La lucha para conseguir este objetivo se cuenta en Historia de un estado clandestino (Acantilado) de Jan Karski, uno de los héroes de la Resistencia polaca, un libro de memorias narrado en forma de novela, que es a la vez un testimonio histórico.

Oficial del ejército polaco, prisionero primero de los soviéticos (consiguió huir de una operación similar a la de Katyn) y luego de los nazis, Jan Karski se hizo miembro de la Resistencia para luchar contra la ocupación alemana. Se relacionó con todos los grandes dirigentes de la clandestinidad, llevó a cabo misiones heroicas arriesgando su vida y la de sus familiares y amigos, fue hecho prisionero, torturado por la Gestapo y liberado en una operación rocambolesca. Karski, uno de los entrevistados por Claude Lanzman para su documental Shoah, fue testigo presencial de la situación de los judíos en el gueto de Varsovia, donde contempló el hambre y la miseria de sus ocupantes, escuchó los gemidos lastimeros de los niños agonizantes mezclados con la atroz pestilencia de los cuerpos en descomposición de cadáveres desnudos (aprovechaban sus ropas) que los familiares arrojaban  a las calles para evitar pagar el impuesto de sepultura a los alemanes. Asistió al espanto del asesinato de miles de judíos en el campo de exterminio de Izbika Lubelska, una experiencia que narra aquí con un realismo que estremece. Por todo ello fue encargado por la Resistencia polaca para transmitir sus experiencias a los aliados (llegó a entrevistarse con el presidente norteamericano Roosevelt) y dar testimonio de la barbarie nazi en Polonia. Gracias a sus denuncias, la reacción ante el holocausto fue un poco más expeditiva.

UN AUTOR POCO CONOCIDO

Rudolf Ditzen (firmaba sus novelas como Hans Fallada), escritor alemán nacido en 1893, fue un testigo privilegiado de los acontecimientos que sacudieron Alemania durante la primera mitad del siglo XX. Su novela Pequeño hombre, ¿y ahora qué? fue un éxito editorial en 1932, en vísperas de la llegada de Hitler al poder. Represaliado por el nacionalsocialismo, tuvo que retirarse a una pequeña finca de Feldberg, en Mecklenburgo, en la que sobrevivió sumido en una dramática penuria económica. Poco después de la guerra descubrió en las oficinas de la Gestapo un atestado con la documentación del caso de un matrimonio, los Hampel, ejecutados por distribuir en Berlín  postales con leyendas antinazis. En estos documentos, que se resumen en el epílogo de Solo en Berlín (Ed. Maeva), están todos los datos que Fallada recrea en esta novela que, después de más de sesenta años desde su publicación, está siendo un sorprendente best-seller en varios países europeos y en Estados Unidos. Hans Fallada, que escribió la obra en tan solo 24 días, no pudo verla editada, ya que murió de una sobredosis de morfina pocos meses antes de su publicación en 1947.

UNA HISTORIA DE AMOR Y MUERTE

Berlín, 1940. En plena guerra mundial, el matrimonio formado por Otto y Anna Quangel recibe la noticia de la muerte de su único hijo en el campo de batalla, a la mayor gloria de Adolf Hitler. Son personas pacíficas y sin ideología, pero el dolor por la pérdida de su hijo les plantea la duda de si es correcta esa actitud, que mantiene paralizada a la sociedad alemana, de no hacer nada contra Hitler y su régimen, de no denunciar la barbarie y la locura de los nazis, causantes de tantas muertes y de tantos dramas. Comienzan entonces una operación ingenua y poco arriesgada cual es la de depositar en lugares concurridos de algunos edificios de Berlín postales con escritos contra Hitler, en los que denuncian las mentiras de su propaganda y los métodos con los que el régimen atemoriza a la sociedad alemana y aplasta el menor atisbo de disidencia. Esta actividad, sin apenas repercusión entre la sociedad berlinesa, produce al régimen el efecto de la picadura de un mosquito en la piel de un rinoceronte, pero la Gestapo decide poner en marcha toda su maquinaria para descubrir a los autores de tamaño atentado contra el nacionalsocialismo. Como si se tratase de peligrosos terroristas, estas dos personas, muy entradas en la cincuentena, son detenidas, encarceladas, torturadas y finalmente ejecutadas.

En Solo en Berlín Fallada analiza la sociedad de la capital alemana durante los años de la segunda guerra mundial. Sometida al hambre y a la escasez, amenazada por los bombardeos, manipulada por la propaganda, vive además atemorizada por los métodos de la policía política, que mantiene una tupida red de vigilancia sobre toda la población (todo el mundo tenía algo que ocultar, dice Fallada) y utiliza la tortura y los campos de concentración contra la menor sospecha de disidencia. Fallada concentra esta sociedad en el microcosmos de un edificio de la calle Jablonski en cuyas plantas, además de los Quangel,  viven una familia de nazis militantes del Partido y de las juventudes hitlerianas, una anciana judía cuyo marido fue deportado a un campo de concentración, un soplón de la policía nacionalsocialista, pareja de una prostituta cuyo amante frecuenta los bajos fondos del lumpen, y un juez jubilado. Estos personajes, y aquellos con los que se relacionan, van tejiendo una red de actitudes y actividades que retratan la vida cotidiana de Berlín durante la guerra. Hans Fallada consigue transmitir la atmósfera opresiva que se respira en este ambiente y traza magistralmente los perfiles de unos personajes atrapados en el laberinto de la corrupción, la miseria y el terror. Un laberinto sobre el que discurre esta (además) bella y muy peculiar historia de amor y entrega.frpastoriza@wanadoo.es

(*) Profesor de Información cultural

      de la Universidad Complutense de Madrid

 

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