Apuntes y lecturas de la pandemia: conclusiones personales muy preliminares


mascara virus

¿Será mejor la civilización de la mascarilla?

La peste negra socavó los cimientos socioeconómicos del mundo medieval, cuestionó las autoridades, favoreció los movimientos de introspección religiosa, pero también una ola de gozo y excesos. Posiblemente fue uno de los vectores que condujeron al Renacimiento.

No tenemos ni idea si esta pandemia cambiará tan profundamente nuestra civilización como lo hizo la peste negra. Es muy pronto para sacar conclusiones. No sé que lecciones aprenderemos. Pero en la larga historia de las pandemias, es la primera vez que la mayor parte de las sociedades deciden confinarse y sacrificar el bienestar económico para proteger la vida de sus componentes, para, en definitiva, salvar la especie.

Hoy voy a saltarme el análisis fundamentado y voy a formular lo más brevemente posible las conclusiones provisionalísimas a las que personalmente estoy llegando. Dejo para más adelante los apuntes sobre economía, derechos y libertades y mundo virtual. Puede que repita alguna idea de las anteriores entradas o anticipe alguna de las venideras. En todo caso, tomadlo como un desahogo mental.

Vivimos entre lo real y lo irreal

La vida continua, mueren muchos, se recuperan más, nacen pocos. El ciclo de la vida sigue y la pandemia no es más que un pequeño evento de los equilibrios ecológicos. Nuestra especie es frágil y no sé si ahora tomaremos conciencia de ello.

En este tiempo suspendido los servicios básicos -por ahora- funcionan. Eso nos da una sensación de normalidad, de vacaciones forzosas. Improvisamos y aprendemos lo básico, pero por el momento no revisamos lo esencial.

La comunicación virtual preserva nuestra sociabilidad y refuerza la sensación de que es como cuando nos vamos de vacaciones y nos comunicamos con nuestros seres queridos.

Confío que esta espera no sea como la “drôle de guerre”, “la guerra de broma”, ese tiempo muerto entre abril de 1939 y mayo de 1940 en el que los franceses pensaron que la guerra no iba con ellos y en París seguía la fiesta. O, que no seamos como el superviviente de un terremoto, que mientras se sacude el polvo se queda petrificado en la playa esperando la llegada de la gran ola del tsunami.

El virus discrimina tanto como los humanos

Nos hemos hartado de escuchar que el virus no conoce de fronteras, que a todos nos afecta, que mata por igual. Aparte de que ataque más y gravemente a los más mayores y más los hombres que a las mujeres, el virus discrimina según la posición social.

Ataca a los que están en la primera fila, a los sanitarios, la mayor parte jóvenes, mal pagados y precarios. A los servidores públicos de base, como policías, militares y bomberos. A los trabajadores mal pagados de supermercados y reparto.

Sobre todo, ataca a los desfavorecidos.  A los que viven en los distritos más pobres. A los hacinados en pisos pateras. A los que no tienen más remedio que viajar en transporte público para ir a trabajar.

Y mata a los viejos de las residencias, no solo por serlo, sino por estar abandonados. No, sus hijos, que pagaban cada mes una fortuna,  no quieren que mueran y ahora harían cualquier cosa por salvarlos; sus cuidadores -los peor pagados, formados y apreciados- casi siempre ponen hasta su vida en peligro por atenderlos. Pero el sistema los confinó hace muchos años y los archivó en los llamados eufemísticamente centros sociosanitarios, sin protocolos para una emergencia, desconectados del sistema de asistencia primaria.

Si hablamos de las consecuencias económicas, también la pandemia castiga más a los débiles: a los trabajadores temporales, a los falsos autónomos, a las pequeñas empresas sin liquidez, a los emigrantes. Ante esto la respuesta del Estado son ayudas dispersas, condicionadas y de difícil tramitación.

El sistema de salud pública no ha funcionado

Nuestro sistema de alerta no ha funcionado o no lo ha hecho eficazmente. El órgano competente, el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, dirigido por Fernando Simón, y dependiente de la Dirección General de Salud Pública del Ministerio de Sanidad, supongo que siguió sus protocolos de gestión proactiva del riesgo -hablo sin conocimiento experto, como simple observador- pero quizá estos protocolos eran demasiado conservadores, o las advertencias que llegaban de la OMS era demasiado tranquilizadoras. En el periodo crítico de enero y marzo la OMS seguía sin confirmar el contagio a partir de asintomáticos.

Quizá se dio la alerta adecuada, la que marcaban los protocolos, pero se fue incapaz de aplicar las medidas necesarias para contener el virus: aplicación masiva de tests, seguimiento y confinamiento de los contagiados. En las primeras semanas, sin la información adecuada, se luchó a ciegas contra el virus.

España es puntera en investigación biomédica. Pero los centros de investigación, castigados por la financiación insuficiente y la precariedad del personal, están encapsulados, sometidos a asfixiantes procedimientos burocráticos. A estas alturas todavía no se ha movilizado la capacidad que centros de investigación autónomos, el CESID y las universidades tienen para realizar los test PCR basados en la detección de un fragmento de material genético.

La sanidad pública ha resistido pese al brutal impacto. Ha aguantado mejor el envite que los sistemas de alerta y prevención, pese al castigo de recortes salvajes, privatizaciones y política de personal irracionales. La inversión media en sanidad, por persona y año, es de 2.371 euros; la media de la UE está en 2.884 euros. En algunos puntos se ha estado al borde del colapso, pero se ha evitado, gracias a la dedicación y el coraje de los sanitarios y de la autonomía de los propios hospitales para reordenar todos sus recursos.

El gran fiasco ha resultado el sistema de suministros sanitarios. España, como todos los países (menos Finlandia) carecía de una reserva de material básico. Intentar comprar centralizadamente en un mercado caótico, sin la experiencia previa, no ha funcionado. El Ministerio de Sanidad es más un regulador que un órgano gestor y carecía de los mecanismos adecuados para la tarea. Algunas comunidades lo han hecho mejor por sus vínculos con los suministradores y en algún caso acudiendo a contactos personales.

Un estado federal lo hubiera hecho mejor

Alemania lo ha hecho mejor y es un estado federal. Francia es un estado centralizado y lo ha hecho tan mal como España. Estados Unidos es un estado federal y lo está haciendo peor que España. Hay, por supuesto otros factores además del sistema de distribución del poder político, desde la cultura, el consenso social, la riqueza, el clima y, por supuesto, los decisivos sistemas sociosanitarios y científicos. Con todo, creo que en nuestro caso, un verdadero Estado federal lo hubiera hecho mejor.

Nuestro Estado de las Autonomías es un estado compuesto, cuyo punto de partida es un estado-nación unitario en el que no se ha operado, como en los estados federales clásicos, una delegación de poderes por parte de entes menores con una cuasi soberanía al estado federal, sino un proceso de asunción de poderes por entes territoriales. Pero el resultado de las comunidades autónomas, con sus estatutos, poder legislativo y ejecutivo con amplísimas competencias se asemeja en la práctica a un estado federal. Nos faltan los mecanismos de cooperación y solidaridad que equilibran un verdadero estado federal y una efectiva, clara y terminante distribución de competencias.

Uno de los mecanismos de coordinación (que no de cooperación) que mejor ha funcionado en las dos últimas décadas es el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud (CISNS). Consejeros de todas las tendencias han discutido las medidas con el Ministro de Sanidad; unas veces han llegado a acuerdos, otras no, pero todos los testimonios hablan de un trabajo positivo y provechoso.

El Estado de Alarma delega poderes extraordinarios en el Ministro de Sanidad, pero ocurre que su Departamento es, en gran medida, una cáscara vacía, que las competencias sanitarias las ejercen las consejerías de las comunidades y que el Ministro puede imponer normas y regulaciones, pero su aplicación efectiva corresponde a las consejerías, que son las que tienen los medios, las capacidades y hasta el saber hacer.

En esta coordinación hay fallos incompresibles, salvo que la explicación sea buscar el rédito político. ¿Tan difícil es crear una base de datos alimentada por todas las comunidades con unos criterios comunes y accesible al público? Una base con el conjunto más amplio de variables y valores: ingresos hospitalarios, altas, enfermos en UCI, confirmados PCR, confirmados por otros tests, fallecidos con prueba realizada, fallecidos con sospecha, total de defunciones… Así no sería necesario una cifra oficial de fallecidos por la enfermedad, que el Gobierno, siguiendo las recomendaciones de la OMS, solo considera si el difunto ha dado positivo en la prueba PCR.

¿Qué hubiera ocurrido en un estado centralizado? Con el principal brote en Madrid ¿habrían fluido los recursos hacia la periferia? ¿no habría sido peor la respuesta local?

¿Saldremos de esta mejores?

Aquellos que personalmente han pasado por una experiencia excepcional, ya sea el trauma de la muerte de un ser querido, el padecimiento de la enfermedad o el estrés de los sanitarios, puede que se replanteen su vida y salgan más fortalecidos y mejores personas.

Como sociedad tengo muchas dudas. Nos adaptaremos, pero no sé si nuestra sociedad será más justa y nuestra civilización (¿la de la mascarilla?) más humana, al tiempo que respetuosa ecológicamente.

Vivimos una tensión entre seguridad y libertad, que no sabemos como se resolverá. Estos días se reivindica lo público, se cuestiona el capitalismo financiero y la globalización. Pero los sistemas no se cambian con buena voluntad ni con pensamiento positivo. Cambiar el mundo a mejor requiere reflexión, pensamiento estratégico, confrontación, negociación, sacrificios compartidos y proporcionales a las capacidades de cada uno,  largos procesos de incierto resultado. Y aquí tenemos pocas habilidades para todo eso. Entramos en la pandemia divididos y saldremos aún más.

Vivimos en el espejismo de la solidaridad de los aplausos a las ocho, pero puede que, como en la canción de Serrat, Fiesta, cuando acabe esta noche de San Juan del confinamiento, “con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.

(Otras entradas sobre la pandemia en este enlace.)

LECTURAS

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