En defensa de los trabajadores de la RTVV y de las radiotelevisiones públicas autonómicas


El cierre salvaje de la radiotelevisión pública valenciana es un síntoma más de una grave patología de nuestra democracia: el entendimiento de la comunicación como propaganda y de los medios públicos como propiedad privada del partido gobernante.

En este blog se ha defendido reiteradamente el servicio público audiovisual (véase la etiqueta servicio público). Ahora quiero sólo explicitar brevemente mi posición en torno a algunas cuestiones suscitadas en estos dos últimos días en los debates en las redes sociales.

Los trabajadores de RTVV: ni héroes ni villanos

A raíz de un primer tuit de Iolanda Màrmol y de las denuncias realizadas por los trabajadores en su programación en directo, las redes sociales reaccionaron: ¡mentirosos! ¿por qué lo denunciáis ahora que perdéis vuestro puesto de trabajo y no antes? ¿dónde estaba vuestra ética profesional?

Me parece una reacción un poco injusta. Los trabajadores denunciaron la manipulación, primero a través del consejo de redacción, luego, cuando la empresa lo abolió,  a través de comités antimanipulación y siempre a través de los sindicatos y sus representantes. Julià Álvaro y Iolanda Màrmol hacen autocrítica. La resistencia hubiera podido ser mayor o concretarse en gestos más visibles para el público. Pero los periodistas no pueden ser todos los días héroes.

Ni héroes ni villanos. No tienen que ser héroes, porque tiene que haber cauces internos (consejos de redacción) y externos (organizaciones profesionales, órganos de autocontrol) que puedan recoger sus denuncias y protegerlos de represalias. Quien tuvo miedo y no hizo una resistencia enérgica no puede ser considerado un villano, porque el heroísmo no le era exigible.

Lamentablemente, también hubo bastantes villanos en la RTVV, lacayos del poder traídos desde las gabinetes de comunicación para hacer propaganda. Y algunos, ahora, al verse en la calle muerden la mano que les dio de comer.

Pero no echemos todo el peso sobre los hombros de los trabajadores. A sus denuncias se sumaron estudios académicos, como la tesis de Yolanda Verdú, que demostraban la manipulación. Pero los valencianos siguieron dando mayoría absoluta al PP de Gürtel.

No hay servicio público sin público

Ciertamente, un servicio público sin público, sin audiencia, no tiene sentido. Que Nou tenga un 4% es un fracaso sin paliativos, no tanto en comparación con un glorioso 20% de los buenos tiempos, sino con el 8 ó el 10% actual de otras autonómicas. Este fiasco es fruto del descrédito por la manipulación informativa y de una programación sin calidad.

Pero cuidado con los índices de audiencia. Las audiencias masivas se han fragmentado y seguirán fragmentándose. ¿Dónde está el límite de la viabilidad?

En las privadas está muy claro, en la rentabilidad económica. Una televisión puede ser rentable con un 1 ó un 2% de audiencia. En las públicas el criterio tiene que ser la rentabilidad social: no cuántos nos ven o nos oyen puntualmente, sino a qué públicos damos servicio y qué servicio les damos.

Los servicios públicos audiovisuales tiene que conjugar el servicio a las audiencias masivas (y para ello sus programaciones tienen que ser atractivas y sus informativos creíbles) con el servicio a públicos minoritarios y la entrega personalizada de contenidos de calidad. Y hoy es posible con un esquema de un canal generalista, complementado con canales especializados y potentes servicios en línea.

Las televisiones públicas autonómicas tienen sentido

Sin comunicación de masas no hay sociedad. Las televisiones autonómicas eran necesarias para consolidar una esfera pública de las regiones y nacionalidades españolas e incluso diría que hoy son más necesarias que hace 20 años en razón de la desaparición de otros medios regionales y locales. Sin duda están doblemente justificadas en aquellas comunidades con lengua propia.

Nuestro estado autonómico ha carecido de mecanismos de cooperación. Las radiotelevisiones autonómicas no han sido una excepción a esa falta de cooperación. En lugar de optar por el modelo alemán (potentes organismo regionales federados en una cadena naciona), cada comunidad autónoma ha implantado su propio organismo, con una débil cooperación a través de la FORTA.

Los de primera generación, los de las comunidades más grandes, copiaron el viejo modelo mastodóntico y manipulador de la RTVE del Estatuto de 1980.Y pretendieron ser cadenas nacionales, olvidando muchas veces lo local, creando cadenas especializadas difícilmente justificables desde su misión al servicio de una población regional.

Luego, las redacciones fueron engrosándose por capas al servicio del manipulador de turno. En el caso de RTVV, a los trabajadores originarios, que habían ganado una oposición, se fueron sumando los Zaplana, los de Camps, los de Fabra… (No hay nada peor que trabajar por una redacción controlada por un partido dividido).

Las de la segunda generación se han basado en una externalización para dar de comer a las productoras (tantas veces creadas ad hoc) de los amiguetes. Poco fundamento público puede tener delegar los informativos en empresas privadas, como permitió el PP con el cambio de la ley.

Llegados a este punto es necesario replantear un servicio público imprescindible. No hay peor demagogia que la de Fabra: no se trata de elegir entre colegios, hospitales o un servicio público audiovisual. Si hoy no se pueden mantener todos ellos ha sido por la dilapidación y el robo, del que alguien tiene que hacerse responsable, pero no porque no sea esencial en el siglo XXI una comunicación que garantice la cohesión social.

(Dejo aquí el enlace a la emisión en directo de Canal Nou – Ya veremos cuánto aguantan)

PS. Colaboración en El País “Está en juego la cohesión social”

El matonismo del PP con TVE


Las críticas del PP contra la información de TVE van subiendo de tono. De críticas genéricas de manipulación o de favorecer a la oposición que los diputados y senadores del PP manifestaron en la Comisión de Control de RTVE, se ha pasado a la acusación más concreta de Carlos Floriano de que TVE sigue el guión de Rubalcaba, supuesto instigador de las protestas.

En El Confidencial fuentes del PP desgranan esa acusación: las televisiones privadas dan una información equilibrada porque destacan los incidentes violentos tanto como las protestas,  mientras que en TVE se destacan más las protestas como tal, que se presentan desvinculadas de la violencia y se da voz a los organizadores, así como se muestran abundantes imágenes de cargas policiales.

El enfoque violento de las manifestaciones

Si tal diagnóstico fuera cierto, y para saberlo habría que hacer un análisis de contenido que no está a mi alcance, TVE estaría cumpliendo con su obligación. Tengo mis dudas, como ya manifesté en Twitter el 21 de febrero con respecto a los acontecimientos de Valencia, donde en un primer momento se insistió en las versiones policiales.

Ayer una viñeta (que soy ahora incapaz de encontrar) lo explicaba perfectamente: una gigantesca manifestación y en un lado un energúmeno destruyendo un coche… rodeado por cámara de televisión.

El asunto es un clásico de la manipulación y ha sido exhaustivamente estudiado desde que en  los años 70 James Halloran y sus colaboradores pusieran de manifiesto como los grandes medios “enfocaron” su información sobre las manifestaciones contra la guerra de Vietnam en Londres destacando los incidentes violentos con los que culminaron (Halloran et alt (1970) Demostrations and communication; Noelle-Neumann (1987) The event as envent and the event as news…).

Críticas e independencia informativa

Está bien que el gobierno de turno no se considere satisfecho con la información de la televisión pública. Se ha dicho siempre que eso ha ocurrido con la BBC, justamente por su independencia. Ciertamente, esa independencia durante la guerra de Irak le costó muy cara a la BBC. Primero, por las dimisiones que siguieron al caso Kelly y al informe Hutton y luego por los recortes salvajes que están debilitando el servicio público.

Considero la actitud del PP matonismo informativo porque no se trata de mostrar una legítima discrepancia con la información de TVE. Es una advertencia en toda regla -os vais a enterar cuando solucionemos lo del presidente- contra la independencia y una coacción a sus trabajadores -¿tiene algo que decir el Consejo de Informativos?.

Las acusaciones intentan también desligitimar el servicio público de RTVE y justificar su desmantelamiento vía recortes.

Por mucho que se queje el PP su llegada al poder ya se nota en los informativos de TVE. Puesto que se sigue un modelo de información institucional, la presencia del PP es abrumadora. No me parece demasiado grave, pues el PP tiene en este momento un dominio absoluto de la iniciativa política, desde el gobierno central y los poderes autonómicos y locales, y es lógico que esto se refleje en las noticias.

Me preocupa, en cambio, el tratamiento de las informaciones más de fondo, con la presencia constante de los economistas que defienden los recortes o el copago. Es prácticamente imposible escuchar en los telediarios una voz “experta” que sea crítica con la llamada “consolidación presupuestaria”.

Incluso en asuntos donde la posición del PP todavía no está bien definida, el enfoque termina por favorecer a las posiciones neoliberales.

Me refiero al polémico asunto de Eurovegas. Dejo aquí el especial que el TD2 del 28 de febrero dedicó al asunto. Creo que cualquiera que lo vea desapasionadamente llegará a la conclusión de que sería una estupidez perder una oportunidad como esa. Creo que el conjunto de la información está sesgada a favor de aceptar el proyecto. No sólo es que la voces favorables dominen. Es más grave que no se expliquen en todo su alcance las condiciones exigidas (se enuncian superficialmente) y no se cuente el historial del tal Sheldom Adelson.

En cualquier caso os invito a ver el vídeo y dejarme vuestros comentarios sobre esta información.

ITEM MÁS. Veáse como en esta información institucional sobre el plan de lucha contra el fraude fiscal se pasa de puntillas por el nombramiento de Pilar Valiente (que tuvo que dimitir como presidenta de la CNMV por el caso Gescartera, se dice sucintamente) VIDEO

¿Manipulación o incompetencia?


Seguimos a vueltas con la manipulación. Como continuación a mi intervención en el Congreso de Educación Mediática y Competencias Digitales me llega por medio de los organizadores esta denuncia de manipulación. Veamos primero el vídeo.

¡Uf ! ¡Qué vergüenza! Una información que nunca tendría que haberse emitido porque no cumple unos mínimos de calidad. ¿Pero es una manipulación?

¿Es una información manipulada? ¿Es un ejemplo de manipulación?

Proyecto Goliath: noticias sin censura es la sección española de un movimiento internacional dedicado a difundir información que consideran censurada y a denunciar la manipulación de los grandes medios. El vídeo que acabamos de ver, sobre un adiestramiento de la Gendarmería Europea en la Rioja, ha sido seleccionado como un ejemplo de la manipulación de TVE.

Tal manipulación se basaría en un encuadre sesgado, tanto mediante la palabra (uso indistinto de términos como “insurgente” y “terrorista”), pero sobre todo visual, al representar a los terroristas o insurgentes con la imagen de un grupo de figurantes-policías que por su actitud (de rodillas, mostrando sus manos) y por los lemas que gritan pudieran recordar a los “indignados”, aunque la pancarta luce en inglés el lema “fuera europeos”.

Tienen razón al exponer este mecanismo de manipulación, pero para que sea tal debe ser efectiva. Esto es, debe superar un umbral de percepción (si no sería subliminal). La “prueba de cargo” más importante son 3 segundos de audio y vídeo en los que se disuelve esa manifestación. Debo confesar que al ver la primera parte del vídeo no se operó en mi cerebro ninguna asociación tal que “insurgentes = terroristas = indignados”. Quizá yo sea un poco lerdo, pero me parece que es cogérsela con papel de fumar.

Es discutible si para considerar una información como manipulada tiene que haber una voluntad del informador de alterar o dar una visión sesgada de la realidad. Por mi parte creo que sí, pues en otro caso más que ante manipulación estaríamos ante un caso de descodificación aberrante. En este caso no tengo elementos para saber si hubo o no esa intencionalidad de asociar el 15-M con el terrrorismo. Presumo que no por parte de la informadora, aunque tengo más dudas por parte de los organizadores del show.

Una información que nunca debió ser emitida

Porque:

- No hay “noticia”. Falta el hecho novedoso de interés público.

- Es un puro “evento mediático”, organizado por el gabinete de comunicación de la Guardia Civil para los periodistas de La Rioja, donde está la academia de formación de fuerzas especiales de esta organización y donde tuvieron lugar estos ejercicios.

- Es un caso más de “periodismo de fuente”, donde el informador se limita a retratar y mostrar lo que el jefe de prensa o relaciones públicas le prepara, sin ninguna visión personal y menos aún crítica. Lamentablemente este uno de los cánceres del periodismo actual en todas las esferas, pero más en el ámbito local, donde los informadores son más dependientes de la benevolencia de las fuentes.

- Es una información mal elaborada, mal redactada, narrativamente caótica y con una imagen poco atractiva (a pesar del teatro organizado) y técnicamente de poca calidad.

Esta información no debiera nunca haber superado los filtros editoriales, primero de la Redacción en La Rioja y después del Telediario Fin de Semana. Puede que ni siquiera fuera sometido a los mismos y que nadie viera el vídeo antes de su emisión. Incompetencia en cualquier caso.

¿Unas fuerzas del orden democráticas?

Más que denunciar la manipulación habría que felicitarse de que este vídeo se haya emitido, pues lo que muestra es que los gendarmes europeos, o más concretamente nuestra Guardia Civil, a la hora de escenificar un movimiento de protesta lo hacen con las formas de expresión de los indignados.

Pareciera que las distintas policías están esperando la luz verde para reprimir a los movimientos sociales que resisten a la crisis. Y esto sí que me da miedo.

Memoria del 11-S – III


MEMORIA DEL 11-S.

FRANCISCO RODRÍGUEZ PASTORIZA

III. CENSURA Y MANIPULACIÓN

 

 

El 11 de septiembre de 2001 es ya una fecha para la posteridad. El ataque terrorista de ese día utilizando aviones civiles contra las Torres Gemelas de Nueva York y contra el edificio del Pentágono de Washington, junto al intento de estrellar otros dos aparatos contra la Casa Blanca y el Capitolio, han fijado un antes y un después en el devenir de los tiempos como sólo pueden hacerlo los grandes acontecimientos que marcan el ritmo de la historia. Estos hechos tuvieron a la televisión como un fascinante testigo que fijó para siempre en nuestras retinas una nueva dimensión del acontecimiento, inédita e inolvidable. La televisión tuvo aquel día el privilegio de haber protagonizado la información de unos acontecimientos trascendentales de manera simultánea a cómo se producían. Un 81 por ciento de norteamericanos declaró haberse enterado de los ataques del 11-S a través de la televisión frente al 11 por ciento que lo hicieron a través de la radio y el 1 por ciento a través de la prensa, porcentajes extrapolables prácticamente también a Europa. No es extraño que este protagonismo haya convertido a la televisión, junto a los poderes políticos, en uno de los objetivos del los inmediatos ataques terroristas con ántrax. Esto aún en el caso de que este episodio constituyera un montaje mediático para distraer a la opinión pública de los efectos de los primeros bombardeos sobre Afganistán y para mantener en estado de alerta a una sociedad atemorizada[1]. En todo caso, este episodio sirvió para alertar a la sociedad internacional de la existencia real de un nuevo peligro terrorista, bautizado como bioterrorismo.

Este estado de alerta y temor permanentes fue con claridad uno de los objetivos que el Gobierno norteamericano quiso conseguir con la ayuda de la televisión después del shock traumático del 11-S y que, entre otras cosas,  propició la aceptación por el 59 por ciento de los norteamericanos, según una encuesta del diario Los Angeles Times, del control estrecho que el Pentágono ejerció sobre la cobertura mediática del conflicto. Esta situación justificaba declaraciones como las de Marvin Kalb, director del Shorenstein Center of the Press, Politics and Public Policy de Washington: “Si el gobierno ve la necesidad de proporcionarme una información engañosa de vez en cuando en su persecución de Al Qaeda y Bin Laden, le concedo ese margen de maniobra”. Estas actitudes fomentaron iniciativas como la del Pentágono, revelada por el New York Times, de crear en febrero de 2002 la Oficina de Influencia Estratégica, con el fin de colocar noticias favorables a los intereses de los Estados Unidos en los medios de comunicación internacionales; noticias que podrían ser verdaderas o falsas y afectar a países amigos o enemigos, con el fin de crear un ambiente propicio a las intervenciones bélicas en Afganistán. Y la decisión de situar al frente de esta agencia a un militar, el general de aviación Simon Worden. Cuando la opinión pública conoció estos planes el presidente Bush se apresuró a desautorizar el proyecto. Pero realmente ¿alguien duda de que oficinas como ésta funcionan habitualmente en casos de guerra o en este tipo de situaciones?.  El coronel de Inteligencia español Enrique Polanco señalaba en unas declaraciones: “Estados Unidos necesita a los medios para ganar la guerra. Sin ellos perdería apoyo interior e internacional y, por eso, tiene que alimentarlos con acciones y alarmas”.

 

 

En la información televisiva se teme tanto a la manipulación de las imágenes como a su inexistencia. Falsas escenas como la de los cormoranes afectados por el petróleo durante la primera Guerra del Golfo, que en realidad pertenecían a un vertido petrolero causado por un naufragio en las costas de Canadá, o los cadáveres de Timisoara durante la revolución rumana contra Ceaucescu, que habían sido sacados de sus tumbas y mostrados a las cámaras de televisión como víctimas de la represión, engañaron a la opinión pública mundial, entremezcladas con el incesante flujo de imágenes emitidas durante aquellos episodios. En otros contextos, falsas entrevistas como la del periodista francés Patrick Poivre d’Arbor a Fidel Castro, presentada como una exclusiva, que resultó ser una manipulación de las respuestas del mandatario cubano entresacadas de una rueda de prensa, se recuerdan como episodios de manipulación informativa audiovisual. De manera similar, hubo un intento de hacer pasar por falsas las imágenes emitidas por la CNN a las pocas horas del ataque a las Torres Gemelas, en las que se mostraba el júbilo de algunos palestinos por el ataque terrorista, imágenes rodadas en Jerusalén Este y en los campos de refugiados de Sabra y Chatila (la revista alemana Stern recogía el testimonio de una mujer palestina que había sido invitada a participar en la manifestación sin saber lo que había ocurrido) horas después de los atentados del 11 de septiembre. Una fuente con origen en la universidad estatal de Campinas, en Brasil, aseguraba que estas imágenes se habían rodado diez años atrás, cuando los palestinos celebraban la invasión de Kuwait que originó la Guerra del Golfo. La utilización de esas imágenes, por lo tanto, sería una maniobra para acentuar el odio a los palestinos por parte de los israelíes y de algunos sectores sociales de los Estados Unidos y del mundo occidental. La presunta manipulación fue posteriormente desmentida tanto por la universidad brasileña como por la CNN. Pero el riesgo es permanente. En España, Antena 3 y la autonómica catalana TV3 emitieron el 11 de octubre unas imágenes distribuidas por la agencia APTN, que las había comprado en Afganistán, que supuestamente correspondían a los últimos acontecimientos de la guerra y que en realidad habían sido grabadas hacía más de un año durante un enfrentamiento entre el ejército talibán y la opositora Alianza del Norte. La cadena francesa LCI emitió las primeras imágenes de lo que supuestamente había sido la primera ofensiva de la Alianza del Norte… pero que en realidad correspondían a una grabación de 1997. El Periódico de Catalunya (7-10-01) publicaba unas fotografías de niños heridos por los bombardeos  sobre Afganistán, en cuyos vendajes, muy aparatosos, no se veían manchas de sangre, sugiriendo que las heridas podrían no existir.

Toda falsificación, aunque mínima, contamina la percepción real de la información, y más en una situación en la que la audiencia la reclama. Por eso, una de las comentaristas políticas del norteamericano Daily News, Arianna Huffington, denunciaba a las cadenas de televisión todo noticias: “La bestia televisiva sedienta de noticias –escribía- ha sacrificado el rigor en aras del rumor. El baño de desinformación en el que vivimos los estadounidenses no tiene precedente (…) un efecto hipnótico al que es difícil sustraerse”.

 

         La primera víctima de la guerra es la verdad. Esta afirmación del senador norteamericano Hiram Jonson, pronunciada en 1917 con motivo de la Primera Guerra Mundial, continúa siendo una de las realidades más evidentes de cada conflicto bélico. Junto a la verdad, la libertad de informar es siempre otra víctima fatal de la guerra. Otro senador, el demócrata Patrick Leahy, decía, ante la avalancha de medidas tomadas por la Administración Bush después de los acontecimientos de 11-S: “No podemos emprender una guerra en defensa de nuestros valores y al mismo tiempo renunciar a ellos”.

En los Estados Unidos, los medios de comunicación en general y las televisiones en particular, aceptaron autoimponerse una férrea censura para no ser calificados de informadores subversivos e incluso llegaron a postularse como centinelas de la observancia del más estricto patriotismo. Esta fiebre patriótica se extendió a todas las televisiones, junto al espíritu religioso-conservador que llevó a utilizar expresiones como “cruzada” por el propio George Bush, o “guerra santa americana” (el ex secretario de Defensa William S. Cohen publicó un artículo con este título en el Washington Post el 12 de septiembre de 2001). Desde el día siguiente al 11-S todas las grandes network norteamericanas  sobreimpresionaron la imagen de la bandera de los Estados Unidos sobre sus logotipos. La CNN suprimió en reemisiones posteriores las declaraciones que había difundido en directo de la viuda de una de las víctimas de las Torres Gemelas, que criticaba las represalias que se planeaban por el atentado. La emisora internacional de radio Voice of America[2] emitió una entrevista telefónica de 12 minutos con el líder talibán Mohamed Omar a los pocos días del atentado de Nueva York, que costó la destitución a su director a pesar de que su línea editorial se había hecho con una gran credibilidad internacional por servir de plataforma a todas las posturas en conflicto, fueran o no amigos de los Estados Unidos. Bill Maher, presentador del programa “Políticamente incorrecto” en la ABC, y Peter Jennings, de la NBC, uno de los periodistas más populares en Norteamérica, con un prestigio ganado a través de una carrera sin fisuras, recibieron miles de llamadas de protesta por preguntar desde sus respectivos programas dónde estaba el presidente Bush en las horas posteriores al atentado. Fueron acusados de antipatriotas y de informadores subversivos (a Hill Maher, anunciantes como Sears y Federal Express le retiraron la publicidad de sus programas y doce cadenas locales filiales de la ABC rechazaron difundir la emisión de su espacio), aunque no llegaron a rescindirles sus contratos, como ocurrió con dos periodistas de Texas y Oregón que criticaron en sus columnas del Texas City Sun y el Daily Courier esa misma actitud del presidente norteamericano. Muchos presentadores de televisión aparecieron en pantalla en los días posteriores al atentado mostrando la bandera americana en insignias y lazos. Dan Rather, director de telediario nocturno de la CBS, declaraba (“El Mundo”, 13-10-01): “(…) tenemos que estar muy atentos e intentar ser patriotas, escépticos e independientes”, mientras criticaba que la CNN hubiera emitido imágenes de Al Yazira. Y en la Fox News Channel, la cadena ultraconservadora del magnate Ruper Murdoch, cuyo jefe de informativos Roger Ailes fuera estratega de las campañas electorales de los presidentes Nixon y Bush padre, el periodista Hill O’Reilly minimizaba los efectos de los bombardeos sobre la población civil de Afganistán.  Esta cadena envió al país a Geraldo Rivera, presentador de un ‘reality show’ de éxito, que presumía de llevar una pistola en su cinto para pegarle un tiro a Bin Laden si se ponía a su alcance. Con personajes como éste, o como Brit Hume, su presentador más reaccionario[3], la Fox superaba en audiencia a la CNN[4], a pesar de que algunos comentaristas de esta última, como Tucker Carlson, justificaran el recurso a la tortura y a pesar de la consigna dada por su jefe de informativos Walter Isaacson ordenando a los redactores de la CNN destacados en Afganistán que cada imagen de víctimas civiles de las zonas controladas por los talibanes se acompañase de un recuerdo ritual de que “los talibanes protegen a los terroristas responsables de la muerte de 5.000 personas inocentes”. Leslie Moonves, un alto cargo de la CBS, declaró, dirigiéndose a las autoridades norteamericanas: “Dígannos qué hacer. Nosotros no pilotamos cazas pero hay talentos que pueden ser de mucha utilidad aquí”. Todas las cadenas de televisión aceptaron emitir gratuitamente eslóganes con el anuncio “Soy un americano”. Fue este tipo de actitudes las que denunciaba el profesor de la Universidad de Georgetown Norman Birnbaum al calificar a las cadenas de televisión norteamericanas como  estaciones de repetición y propaganda al servicio del mensaje del imperio. Birnbaum escribía (“Atenas y Roma, ¿otra vez?”. El País, 21-9-01): “(…) nuestros medios de comunicación de masas se han erigido en Ministerio de Propaganda y manipulan la rabia, la ansiedad, la credulidad, la ignorancia y la autocompasión de la opinión pública para fabricar un consenso nacional de extraordinaria crudeza y enormes contradicciones (…)”. En su editorial del 26 de septiembre, el periódico de Nueva York The Village Voice advertía del regreso de la censura a los medios de comunicación americanos. Más comprensible fue la iniciativa del portavoz de la Casa blanca Ari Fleischer reuniendo a los responsables de los principales medios de comunicación para solicitar que no informasen sobre viajes, comparecencias públicas o lugares de reunión del presidente Bush y del vicepresidente Dick Cheney, por motivos de seguridad. Antes, el diario USA Today había sido acusado de comportamiento antipatriótico por haber divulgado informaciones militares calificadas de confidenciales: que fuerzas norteamericanas estaban ya en Afganistán desde finales de septiembre. Mientras tanto, se especulaba con el daño que puede hacer al prestigio de independencia de los medios de comunicación norteamericanos la aceptación de no emitir los comunicados  de Bin Laden, solicitada a las cadenas de televisión por la Consejera de Seguridad Nacional Condoleeza Rice. La excusa, según los responsables políticos norteamericanos, aconsejados por el FBI, era que estos mensajes podían incluir información codificada e incluso subliminal, o instrucciones dirigidas a posibles comandos terroristas. Las cinco grandes cadenas de televisión acordaron aceptar la petición del Gobierno, calificada de patriótica (aunque la CNN no había desistido de su intención de concertar una entrevista con Bin Laden, a quien había hecho llegar seis preguntas a través de Al Yazira) y el magnate de las comunicaciones Ruper Murdoch se unía a esta decisión y decidía aplicarla a todos sus medios. “Somos periodistas pero también somos ciudadanos responsables y no vamos a poner a nuestro país en peligro”, declaró Neal  Saphiro, jefe de informativos de la NBC. “No vamos a preocuparnos ahora por los problemas de competencia entre nosotros cuando está en peligro la seguridad del Estado y la vida de los americanos”, añadía el mismo cargo de la cadena Fox, Roger Ailes. La prensa, sin embargo, no se manifestó tan sumisa en este sentido ante la petición del portavoz de la Casa Blanca Ari Fleischer para que los periódicos no reprodujesen íntegramente los mensajes de Bin Laden. Frank Rich, del New York Times, ironizaba: “Ahora sabemos que si el Gobierno no puede capturar a Bin Laden, vivo o muerto, todavía puede aplicarle la pena capital al estilo americano: no dejarle aparecer en la televisión”. Pocos días después, tras los primeros bombardeos sobre Afganistán, el presidente Bush pedía a las cadenas de televisión que mantuvieran su programación convencional para transmitir a la ciudadanía una impresión de normalidad. Cuarenta ejecutivos, entre ellos altos cargos de las cadenas de televisión CBS y Fox, se ofrecieron al Gobierno para emitir programas instructivos y patrióticos.

Las televisiones europeas, por el contrario, decidieron seguir emitiendo las imágenes de Bin Laden (con alguna excepción como la italiana TG-4 y la holandesa NOS, que advirtió que examinarían los videos antes de emitirlos) y así una reunión de Alistair Campbell, convocada en la residencia de Tony Blair en Downing Street con los responsables de las tres grandes cadenas de televisión británicas (BBC, ITN y Sky News) para limitar la difusión de los videos de Bin Laden, encontró una respuesta unánime de los emisores, quienes afirmaron que eran ellos quienes decidían lo que se debe emitir, rechazando de este modo que nadie dictase su línea informativa. Es un insulto a la inteligencia del público –señalaron- creerle incapaz de formarse un juicio a partir de una información completa; una creencia antidemocrática y derrotista. En un comunicado conjunto señalaban que tendrían en cuenta las cuestiones relacionadas con la seguridad nacional e internacional y que eran conscientes del impacto que las emisiones podían tener sobre las diferentes comunidades y culturas, pero destacaban la necesidad de una información independiente e imparcial como aspecto fundamental de las sociedades libres y democráticas. Las televisiones europeas preferían tomar otro tipo de medidas, como la suspensión de la serie “That’s my Bush”, que ridiculizaba al presidente norteamericano, el programa de guiñoles o el programa o el espacio “Burger Quizz” (todos de Canal + Francia) o aplazar la emisión de películas como “Trampa de cristal” o “58 minutos”, sobre atentados terroristas en Norteamérica[5].

Los Estados Unidos tampoco quisieron que se viesen las imágenes de los daños causados por los bombardeos en la población civil afgana, aunque sí que se conociera que existían estos bombardeos y que eran muy intensos[6]. Los medios de comunicación norteamericanos obviaron hasta donde les fue posible las consecuencias de la guerra sobre la población civil (un periódico que publicó la fotografía de un niño afgano muerto recibió una cascada de cartas recriminándolo y tachándolo de antipatriótico). El Pentágono compró en exclusiva los derechos de las fotografías del satélite privado Ikonos, propiedad de Space Imaging, que permite distinguir incluso números de matrículas de coches y hasta el tipo de ropa que visten las personas fotografiadas: lo hizo para controlar su difusión. Fue el mismo Pentágono que difundió las imágenes de los disparos de misiles desde las cubiertas de los navíos de guerra, el despegue de los cazas desde los portaaviones y el video del embarque de las primeras tropas norteamericanas hacia Afganistán, todas ellas repetidas hasta la saciedad. El general Richard Myers, de la Junta de Jefes de Estado Mayor,  explicó a los periodistas el éxito de esta primera misión en territorio talibán, pero no mostró en ningún momento imágenes de sus efectos. Pero todo esto al parecer no era suficiente. A iniciativa de Alistair Campbell, uno de los más cercanos asesores de Blair, los gobiernos inglés y norteamericano decidieron crear tres oficinas de contrapropaganda, en Islamabad, Washington y Londres, para suministrar noticias a las televisiones las 24 horas del día, con el fin de contrarrestar la propaganda talibán, protagonizada por el embajador del régimen en Pakistán, Abdul Salam Saif, y sobre todo la información generada por Al Yazira.

Aprovechando el río revuelto, George Bush puso en marcha iniciativas que en otras circunstancias le sería difícil incluso proponer, como el fin de la transparencia que tradicionalmente se venía dando a los papeles de trabajo de anteriores presidentes, impuesta por el Congreso en 1978 tras la finalización del escándalo Watergate; el abandono del tratado ABM firmado con la URSS por Richard Nixon en 1972 (el anuncio se hizo el mismo día en que se decidía difundir el video de Bin Laden en que este asumía su responsabilidad en los atentados), la derogación de la decisión que prohibía a la CIA asesinar a dirigentes extranjeros, el recorte de determinadas garantías constitucionales, la suspensión de libertades civiles, el establecimiento de tribunales militares secretos para juzgar actos y personas supuestamente terroristas[7] y de cortes marciales itinerantes (sobre todo en Pakistán y Afganistán) sin las garantías procesales del sistema judicial norteamericano, que podían dictar penas de muerte, o la llamada Operación TIPS (Sistema de Prevención e Información contra el Terrorismo), que consistiría en convertir a millones de trabajadores en confidentes del Gobierno… iniciativas, algunas, seguidas también por Tony Blair, que propuso la detención indefinida para los sospechosos de terrorismo y la suspensión del artículo 5º de la Convención Europea de Derechos Humanos que garantiza el derecho a la libertad y prohíbe la detención sin proceso judicial. Las medidas del presidente Bush fueron respaldadas por sesenta intelectuales cercanos al Gobierno (Huntington, Fukuyama, Moyniham, Michael Walzer…) que redactaron el manifiesto “La carta a América. Razones de un combate”, impulsada por el Instituto de los Valores Americanos, en la que justificaban la intervención norteamericana en Afganistán, citando a San Agustín y su concepto de “guerra justa”. Otros intelectuales, como Noam Chomsky, Edward Saïd, Martin Luther King III, Jeremy Pikser y el actor Ed Asier firmaban otro manifiesto en el que denunciaban la “guerra sin límites” declarada por George Bush.

Claro que la censura total es la que el régimen talibán imponía a la población de Afganistán, país en el que estaban prohibidos el cine y la televisión, como expresión de su iconoclastia (hay que recordar la destrucción de las estatuas de los Buda de Bamiyán unos meses antes de los atentados de Nueva York y Washington), así como los dibujos y fotografías, además de no poderse escuchar ningún tipo de música. Aunque esta iconoclastia no parece estar en concordancia con los objetivos de Bin Laden, a estas alturas convertido ya en uno de los líderes mediáticos cuya imagen ha sido más difundida (desde Nasser no se habían visto tantas manifestaciones con retratos de un líder árabe), ni con las imágenes y fotografías de los efectos de los bombardeos sobre la población civil, que los talibanes mostraban a los reporteros occidentales en expediciones organizadas por el régimen. Sólo se permitía la escucha de una emisora de radio, que emitía las 24 horas del día las consignas del régimen talibán, que tenían, además, una elevada audiencia[8]. La gran diferencia entre los regímenes dictatoriales y los democráticos, incluso durante las grandes crisis, es la existencia o no de una opinión pública libre y crítica.

Para los periodistas occidentales que cubrieron el conflicto de Afganistán no fue nada fácil. Todos fueron víctimas de la intransigencia de los talibanes, cuando no de su violencia. Nick Robertson, el corresponsal de la CNN en Kabul, personificó una de las primeras. El régimen talibán lo expulsó de Afganistán una semana después de los atentados. A él le seguirían todos los corresponsales de los medios de comunicación occidentales. La periodista Ivonne Ridley, del Sunday Express, fue detenida por entrar en el país sin visado y oculta en un burka, acusada de espionaje y liberada tras 11 días de un cautiverio que ella misma relató para su periódico (dos periodistas franceses, Olivier Ravenello y Jerôme Marcantetti, de LCI, que fueron encarcelados durante tres días a comienzos de octubre de 2001 por una de las tribus pakistaníes, decidieron guardar silencio sobre este incidente para evitar problemas). Peor suerte tuvo el periodista francés de Paris Match, Michel Peyrard, detenido con otros dos  profesionales paquistaníes que le servían de guía (uno de ellos, Mukkaram Kham, de Nawa-i-Waqt, y el otro Irfan Qureshi) en la localidad afgana de Ghosta, a 35 kilómetros de Jalalabad, disfrazado también con un burka, acusado de espionaje y expuesto a la multitud enfurecida en Jalalabad, que incluso intentó lapidarlo. Peyrard tiene una larga trayectoria profesional en la cobertura de conflictos, desde Nicaragua a Rumanía, de Kosovo a Chechenia, de Bosnia al Golfo Pérsico. Estuvo casi un mes en poder de los talibán, que lo liberaron gracias a las presiones occidentales (en España, el diario La Vanguardia recogió su odisea, que el periodista relató para Paris Match). Mukkaram Khan y Quereshi fueron liberados más tarde, mientras el japonés Daigen Yanagida permaneció como prisionero de los talibanes durante semanas. Otro periodista francés, del Figaro Magazine, Aziz Zemuri, que había entrado en Afganistán con pasaporte argelino, fue también detenido. No era extraño que el régimen talibán desconfiara de los profesionales de la información, cuando ellos mismos habían utilizado a dos falsos periodistas de televisión para asesinar al líder de la opositora Alianza del Norte, Ahmed Shah Masud, haciendo explosionar la cámara con la que fingían entrevistarle, dos días antes del 11 de septiembre[9].

Pero lo peor aún estaba por llegar. Las primeras víctimas mortales entre los profesionales de la información que cubrían el conflicto de Afganistán fueron dos periodistas franceses, Johanne Sutton, de Radio Francia Internacional, Pierre Billau, de la RTL, y el alemán Volker Handloik, de la revista Stern. Fueron víctimas de una emboscada en Dashti Jala el 11 de noviembre, cuando viajaban con la Alianza del Norte hacia Toloqán, aunque la CNN informó que fueron fusilados por los talibanes. Pocos días después la tragedia alcanzaba al periodismo español con la muerte del enviado especial de El Mundo, Julio Fuentes, junto a otros tres periodistas: la italiana del Corriere della Sera Maria Grazia Cutuli, el cámara australiano Harry Burton y el fotógrafo afgano Azizullah Haidari, estos últimos de la Agencia Reuters. Al parecer las circunstancias de su muerte fueron similares a las de los tres anteriores. No serían las últimas víctimas. Pocos días después era el cámara sueco Ulf  Stroemberg quien caía abatido en Afganistán, mientras Ken Hetchman, del canadiense Montreal Mirror era secuestrado el 27 de noviembre en Spin Boldak por los talibanes, que lo utilizaron como escudo humano en su huida a Kandahar. En enero de 2002 era secuestrado el periodista de The Wall Street Journal Daniel Peral, asesinado después de un mes de cautiverio. Su muerte se grabó en un video posteriormente enviado a la embajada de Estados Unidos en Islamabad, en el que se podía ver cómo era degollado con un cuchillo y su cabeza separada del cuerpo[10], un método que posteriormente se utilizaría con frecuencia por los grupos terroristas. Algunas fotografías de este crimen fueron publicadas por el Boston Phoenix, que rompió  un pacto establecido por los periódicos y revistas de no hacer públicas estas instantáneas. Su cadáver no fue encontrado hasta el mes de mayo de 2002.


[1] En diciembre de 2001 el FBI apuntaba a una campaña de las compañías farmacéuticas que desarrollaban vacunas contra el ántrax y a empresas dedicadas a la desinfección de lugares contaminados con bacterias nocivas y descartaba ya las hipótesis que sostenían una relación con  los acontecimientos del 11-S. En febrero de 2002 el mismo FBI señalaba la posibilidad de que la difusión de ántrax fuese responsabilidad de un científico norteamericano, un nuevo ‘Unabomber’ (el profesor Theodore Kaczynski, que durante 18 años, desde su cabaña de Montana envió paquetes-bomba a distintas personas e instituciones causando tres muertos). Más tarde, esporas de ántrax fueron descubiertas en un laboratorio militar de Fort Detrick, en Maryland. En junio de ese año, la doctora Barbara Rosenberg, directora del grupo de trabajo sobre armas biológicas de la Federación de Científicos Americanos, aseguraba que el FBI conocía la identidad del autor de los atentados con ántrax, pero que no lo había detenido porque “sabía demasiado”. La doctora apuntaba a un norteamericano de mediana edad, con el grado de doctor, experiencia en el manejo de agentes biológicos peligrosos y relacionado con el Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas del Ejército de los Estados Unidos (USAMRIID). Finalmente, el FBI dirigió sus acusaciones contra Steven J. Hatfill, un científico ligado a la CIA y al Pentágono, que en los años setenta había sido acusado de haber causado el mayor brote de ántrax entre 10.000 campesinos negros de Rhodesia (hoy Zimbabe). Hatfill negó su implicación en el asunto y acusó al FBI de buscar en él un chivo expiatorio. Por otra parte, la revista norteamericana Newsweek divulgó en septiembre de 2002 que en diciembre de 1983 Donald Rumsfeld fuera enviado por el presidente Reagan a Bagdad para ofrecer el apoyo de los estados Unidos en su guerra contra Irán. Este apoyo incluía armas bacteriológicas, incluido el ántrax.

[2] Fundada en febrero de 1942 para acompañar las acciones de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, Voice of America depende del Departamento de Estado y tiene su sede principal en la base del Capitolio. Se financia con más de 130 millones de dólares de los fondos federales.

[3] Es también curioso el caso del comentarista experto en cuestiones militares de esta misma cadena, Joseph A. Cafasso, un personaje que se hizo pasar por coronel en la reserva de las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos, ex combatiente en Vietnam y miembro de la misión que intentó el rescate de los rehenes norteamericanos en la embajada de los Estados Unidos en Irán durante la revolución jomeinista. Él mismo diseñaba los mapas sobre los que hacía sus comentarios. Pero todo este pasado resultó ser falso: ni era lo que decía ni había participado en Vietnam ni en Irán. Pese a todo, la Fox tardó en despedirlo y no lo hizo hasta abril de 2002.

[4] La competencia entre las cadenas de televisión norteamericanas, que conoció una tregua inédita durante los atentados a las Torres Gemelas, en que llegaron a intercambiarse gratuitamente imágenes y videos, se trasladó al frente de Afganistán, a donde fueron enviados algunos de sus mejores profesionales.. Steve Harrigan llevaba diez años como corresponsal de la CNN en Moscú cuando su empresa lo envió con las tropas de la Alianza del Norte en Afganistán. El 30 de septiembre se despidió de sus jefes al tiempo que enviaba su último reportaje para su cadena. Al día siguiente comenzó a trabajar para Fox News, que llevaba así su pequeña venganza  unas semanas después de que la CNN le arrebatara a su presentadora estrella Paula Zahn. En enero de 2002 la Fox había superado la audiencia de la CNN y su show más visto, el de Hill O’Reilly había sustituido al programa de Larry King en las preferencias de los norteamericanos.

[5] Sin embargo, en las televisiones europeas se echó en falta la emisión de programas de debate, como se había hecho en otros conflictos, como la Guerra del Golfo. Tal vez las televisiones temían que se repitieran situaciones como la del espacio “Question Time”, emitido apenas 48 horas después del atentado a las Torres Gemelas, donde parte del público presente en el estudio mostró su hostilidad hacia los Estados Unidos, a quien responsabilizaban en parte de lo sucedido. El antiguo embajador norteamericano en Londres, Philip Lader, presente en los estudios de la BBC, no pudo contener las lágrimas. Por primera vez, un director general de la cadena pública británica, entonces Greg Dyke, se vio obligado a pedir disculpas públicamente.

[6] La escritora Susasn Sontag interpretaba que el verdadero fin de estos bombardeos era su alta eficacia sicoterapéutica para los norteamericanos

[7] La Patriot Act del 26-10-01 permitía al ministro de Justicia John Ashcroft detener y encarcelar por tiempo indefinido a cualquier sospechoso sin que pudiera recurrir a la asistencia de un abogado. Esta medida permitió la detención de numerosas personas de origen árabe o musulmanes. La juez de Nueva York Shira Scheindlin dictaminó inconstitucionales estas detenciones.

[8] La penetración de la radio en los países árabes decidió a los Estados Unidos a concebir durante el conflicto afgano un gigantesco plan de emisiones en estos países a través de millonarias financiaciones en Westwood One, la mayor cadena radiofónica estadounidense, de propiedad privada.

[9] La periodista de origen español Maria Rose Armesto, reportera de la televisión privada belga RTL-TV publicó el testimonio de la esposa de uno de los asesinos de Masud (“Son mari a tué Massoud”. Ed. Balland).

[10] Este video circuló por internet en los sitios http://www.ogrish.com y www.prohoster.com, lugares de la red que se dedican a mostrar imágenes de hechos violentos..

Inteligencia, intoxicación, manipulación


Llevo varios días pensando entrar en el tema de los documentos supuestamente extraídos de los ordenadores de Raúl Reyes, el jefe de las FARC muerto durante una incursión del ejército colombiano en Ecuador.

Desde el primer momento, las autoridades colombianas aseguraron que en tales ordenadores se encontraban las pruebas de la implicación de Hugo Chávez con la guerrilla. El diario El País comenzó el pasado sábado una serie basada en esos supuestos documentos y firmada por Maite Rico, enviada especial a Bogotá. El País tiene una muy competente corresponsal en Colombia, Pilar Lozano, pero parece que los servicios de inteligencia escogieron a Maite Rico para confiarle esos documentos. Si se lee la información del sábado se vee que la base son esos documentos y “fuentes colombianas” o “analistas de la inteligencia colombiana”. El País sabe muy bien de que esos documentos se encuentran cuestionados. Un grupo de académicos norteamericanos han analizado su contenido y ponen en duda su interpretación. Una fuente tan poco proclive a Chávez como el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza declara públicamente que no hay pruebas que vinculen al presidente venezolano con la guerrilla. El País se hace eco de estas versiones en una información firmada en Madrid por Fernando Gualdoni, pero como un desmentido del embajador de Venezuela en España. Una versión completa de la postura venezolana se puede encontrar en la web del gobierno de Caracas.

Estamos a la espera de que Interpol acredite o no el origen de esos documentos. Pero el análisis de Interpol se limitará a determinar si el contenido de los discos duros coincide con los documentos. Según la policía colombiana, se sacó una copia en espejo de estos discos, que se entregó a Interpol, mientras los originales quedaban en custodia de la Fiscalía. De modo que Interpol no entrará en interpretaciones sobre el contenido, sino sólo dictaminará si los documentos coinciden con los existentes en los ordenadores que el ejército colombiano dice que eran de Reyes. Y mientras llega esa verificación internacional, Uribe ha hecho una de esas carambolas que tanto le gustan. Extraditando a los jefes paramilitares cumple con Estados Unidos (a lo mejor, hasta consigue la ratificación del Tratado de Libre Comercio), silencia a los criminales para poner freno al escándalo de la parapolítica y garantiza inmunidad para sus crímenes.

El asunto sigue. Hoy, 14 de mayo, el embajador en Madrid hace una rectificación, que El País, como es uso y abuso de la prensa española publica en Cartas al Director como “Aclaración”.

Lejos de mi afirmar la verdad o falsedad de tales documentos y ni siquierainterpretarlos. Pero creo que El País ha actuado más que ligeramente. Ha basado una acusación muy grave en unos documentos controvertidos, obtenidos de fuentes de inteligencia y sin mayor investigación para corroborar estas versiones, minusvalorando informativamente otras posiciones.

Y es que no hay que confundir inteligencia con servicios de inteligencia, denominación eufemistica del espionaje y la intoxicación.

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