Verano del 14: Ucrania


Este verano del 14 la guerra ha vuelto a Europa. En la frontera con Rusia se desarrolla un conflicto que en parte reedita las luchas de la I Guerra Mundial, pero que, sobre todo, tiene paralelismos con las crisis que precedieron al gran estallido de 1914.

Ucrania, la frontera (pues esa es su etimología, común en los idiomas eslavos) es un territorio geográficamente dividido por el río Dniéper, más alla de cual, al este, se extiende la inmensa estepa. En el siglo IX el Rus de Kiev fue el primer estado que unificó a las distintas tribus eslavas de lo que hoy son los territorios de la Rusia europea, Bielorrusia y Ucrania. En este sentido, los nacionalistas rusos consideran a Kiev como su capital original y espiritual. En la edad moderna, Ucrania se convirtió en una de las zonas de fricción del imperio de los Habsburgo, del reino de Polonia, el imperio ruso y el imperio otomano. A partir del siglo XVIII Ucrania queda progresivamente anexionada a Rusia, pero con regiones del sureste (Galitzia) en poder del imperio austrohúngaro.

En esta frontera se desarrollaron hace 100 años las primeras batallas del frente oriental (la batalla de Galitzia ganada por los rusos). Después del colapso del imperio ruso, en Ucrania, ocupada por los ejércitos alemanes surgen distintos movimientos nacionalistas e intentos de estado independientes, que sucumben en medio del caos de una guerra civil en la que terminan por imponerse los bocheviques. En la II Guerra Mundial la invasión nazi propicia también el surgimiento de fuerzas nacionalistas de caracter fascistas. Con estos precedentes nacionalistas de la I y la II Guerra Mundial entronca el Maidan que derrocó a Yanukovich. Por tanto, la guerra civil que vive Ucrania tiene raíces en la I Guerra Mundial.

La crisis de Ucrania ha hecho retroceder a Europa no tanto a la guerra fría de la segunda mitad del siglo XX como a la Europa inestable de la primera década del siglo XX. Durante la guerra fría, las zonas de influencia estaban claras y el enfrentamiento aseguraba la destrución mutua. En los años que precedieron a la I Guerra Mundial las potencias libraron batallas limitadas, mientras preparaban los planes para la Gran Guerra. Parecía que en aquel mundo interdependiente una guerra total era imposible, pero nadie la descartaba.

Hoy la frontera de la tensión está otra vez en Ucrania. Putin apuesta porque Ucrania se convierta en un estado fallido, un estado tapón, para frenar la expansión económica, política y militar de Estados Unidos y la Unión Europea. Por de pronto, mientras al este de Ucrania se desarrolla una guerra civil con intervención rusa, los dos bloques comienzan una guerra económica que no se sabe como terminará, porque si realmente ahogara a Putin podríamos pasar a otra fase más caliente del conflicto. Los planificadores militares ya estarán trabajando. Pero hay una importante diferencia con 1914. Entonces los estados mayores tenían (al menos en las potencias centrales) una gran autonomía; prácticamente con sus planes presentaron la guerra a los políticos como un hecho ineludible. Las movilizaciones se concatenaron en aquel verano del 14 e hicieron la guerra inevitable. Afortunadamente, hoy, hechos tan graves como la anexión de Crimea no han merecido una respuesta militar. Veremos que ocurre este invierno con el gas.

Verano del 14: el Estado Islámico


Termina este verano del 14. Hace 100 años las grandes potencias luchaban por la hegemonía universal. Después de ocupar Bélgica en quince días, los alemanes son frenados en el Marne. El frente occidental se estabiliza y de la guerra de movimientos se pasa a la guerra de posiciones. Cuatro años de masacre en la trincheras que cambiarían el mundo, ese “mundo de ayer”, caracterizado por Stefan Zweig, con sus luces y sus sombras, como una época de progreso del humanismo frente al auge de la barbarie del periodo de entreguerras.  Si la primera fue, esencialmente una guerra de imperios, la segunda (25 años después y también en septiembre), también imperial, fue además una guerra ideológica.

Y aquí estamos, un siglo después, con conflictos sangrantes, que son o conscuencia del reparto del mundo que se produjo en 1918 (Oriente Próximo) o reproducen las tensiones las tensiones entre imperios (Ucrania) que la precedieron.

Oriente Próximo: el Estado Islámico

Reino Unido y Francia decidieron en 1916 repartirse los territorios árabes de Imperio Otomano en el acuerdo Sykes-Picot. Dividieron el Oriente Próximo en territorios bajo su dominio directo o en áreas de su influencia, traicionando (en el caso del Reino Unido) la promesa de una gran estado árabe, que había propiciado la rebelión contra los turcos. Aunque sufrió modificaciones, trazó las fronteras básicas de lo que hoy es el Próximo Oriente.

Sin el dominio británico de Palestina no habría habido declaración Balfour, colonización sionista de Palestina, Estado de Israel ni el conflicto árabe-israelí, epicentro de la inestabilidad de la zona desde hace 65 años, y que este verano ha vuelto a estallar en Gaza, la mayor cárcel al aire libre del mundo, con un nuevo episodio de crímenes conta la humanidad de Israel contra la población civil.

Británicos y franceses dividieron Arabia, Siria y Mesopotamia en estados nacionales donde lo que había era tribus y comunidades ancestrales con distintos credos y lealtades. Durante 100 años, las fuerzas centrípetas fueran neutralizadas por regímenes dictatoriales o autoritarios, siempre con el ideal de la unión del mundo árabe-musulmán (sunní) en el horizonte. Incluso los tiranos garantizaron protección a esa miriada de pequeñas comunidades frente a las mayorías.

La guerra de Siria, la pugna entre Irán (chiíes) y Arabia Saudí (sunníes) ha abierto una grieta por la que se colado el Estado Islámico (EI). Se han pulverizado las fronteras entre Irak y Siria (las fronteras Sykes-Picot) y de hecho  apuntan nuevos estados: un estado alauí (la Siria controlada por Assad), un estado kurdo (por el momento sólo con el Kuridistán iraquí), un estado sunní (el territorio sirio e iraquí controlado por EI) y un estado chíi (el resto de Irak).

Al fin de la I Guerra Mundial Mustafá Kemal convirtió a Turquía en un estado nacional y derogó el califato otomano, última encarnación del estado islámico universal desde Mahoma, pasando por los Abasidas o los Omeyas. El Estado Islámico ha proclamado el calificato, lo que supone la pretensión de que toda la comunidad islámica -la umma- reconozca su legitimidad político-religiosa y acepte someterse a su soberanía.

El Estado Islámico tiene como fuente doctrinal el salafismo derivado de wahabismo saudí, cuenta con la experiencia propagandista de Al Qaeda, la financiación de Qatar, las brigadas internacionales de los jóvenes yihadistas europeos y la adhesión de las tribus sunníes del norte de Irak, discriminadas por el gobierno sectario de Maliki. Todo ello le ha convertido en un poderoso actor internacional, con una base territrorial estratégica y un control sobre importantes yacimientos petolíefos,. Pero su surgimiento amenaza prácticamente a todos, dentro y fuera de la región, incluso a los que incubaron el engendro.

Proclamarse califa, como ha hecho Abu Bakr al-Baghdadi es reclamarse al mismo tiempo jefe político y religioso de todos los musulmanes sunníes -esto es, de todos los musulmanes, pues los chiíes son herejes a exterminar. Ninguna imán salafista está dispuesto a reconocer esa autoridad a un advenedizo. Es un peligro tanto para Estados Unidos como para Rusia, para Arabia Saudí como para Irán, para Qatar como para Egipto, para Assad y Erdogan, por citar sólo parejas de enemigos o adversarios. La coalición que busca Obama difícilmente se formalizará, pero funcionará en la sombra, aportando cada cual los elementos que dañen al Estado Islámico, y al tiempo no enaje sus respectivos apoyos internos (ya sean clanes, autoridades religiosas u opinión pública) y no beneficie en exceso al enemigo, aliado de circunstancias.

La historia de la región está llena de caudillos y mesías que en campañas sorpresivas se hacen con el control de amplios territorios y de centros políticos y religiosos, ya sea Damasco, Jerusalén o la Meca. Pero la historia también muestra como la mayor parte no pudieron soportar el empuje, coordinado o no, de sus enemigos. Otros, los menos, en cambio se convirtieron en el poder hegemónico durante varias generaciones.

Vergüenza en Gaza


Es como si un cruel Moloch exigiera periódicamente sacrificios humanos. Nuevamente, por tercera vez en seis años, Gaza se ve sometida a un castigo colectivo en el que la población civil es masacrada.

En esta ocasión, el secuestro y asesinato de tres jóvenes israelíes es invocado por el gobierno Netanyahu, pero el motivo estratégico es romper el recién recuperado gobierno de unidad nacional palestina y, más repugnante, que cada una de las fuerzas que componen el gobierno israelí puedan presentarse a las elecciones como los más duros y faltos de compasión con los palestinos.

Por el lado de los distintos grupos armados palestinos ser responde con unos cohetes cada vez más potentes y sofisticados, pero que por el momento nada pueden contra el escudo defensivo israelí. Cohetes usados a un lado y otro con fines propagandistas y que no hacen sino empeorar la suerte de la población civil de la Franja.

Los castigos colectivos a poblaciones civiles son crímenes de guerra, pero políticos y militares israelíes los perpetran con total impunidad, con la seguridad de que nadie los llevará ante un tribunal nacional o internacional (nosotros ya hemos hecho nuestra parte desmontando la ley de Justicia Universal). Ahora la población se refugia en una escuela bajo protección de la ONU. La Historia nos dice que los israelíes no respetan la bandera azul de la organización mundial.

No es Palestina el único lugar del mundo donde se comenten hoy crímenes de guerra o genocidios, desde Siria a Sudán del Sur pasando por la República Centroafricana, pero en este caso parece que bastaría una llamada de la Casa Blanca para que las operaciones militares se detuvieran. Sí, ya sé que Israel se ha permitido desobedecer muchas veces los deseos de Washington y hasta hacer burla y escarnio de ellos. Existe la convicción de que los intereses estratégicos de Israel y Estados Unidos están inextricablemente unidos y que nadie en Estados Unidos puede ganar unas elecciones si, simplemente, critica al gobierno israelí. No es ahora el interés de Washington abrir un nuevo frente en Oriente Próximo y sería el momente de que un presidente norteamericano pusiera firme a su aliado. No parece que Obama esté dispuesto a hacerlo.

Mientras tanto no podemos más que sentir una vergüenza impotente.

 

Venezuela necesita una negociación política


Venezuela necesita un acuerdo político de inmediato para no precipitarse en el abismo. Un acuerdo de mínimos: que se pueda protestar pacíficamente en las calles. Que el gobierno y sus grupos afines no repriman las protestas y que la oposición renuncie a la insurrección popular.

Aparentemente ayer se dio un paso positivo en el encuentro entre gobierno y oposición. Pero no fue más que un diálogo de sordos. Para debatir, para deliberar con luz y taquígrafos en una democracia está el parlamento. En situaciones de crisis las distintas fuerzas tienen que negociar a cara de perro, sin hablar para su galería, buscando las mínimas coincidencias que permitan mantener la vida en común.

Los representantes de UNASUR y del Vaticano que han propiciado este encuentro ante las cámaras de televisión deben promover una verdadera negociación para sacar a Venezuela del pozo de la violencia.

El país está dividido en dos y una parte no puede imponerse sobre la otra. En su enfrentamiento, unos y otros han tenido muy poco respeto por la vida humana. Aministía Internacional ha documentado los abusos durante la represión de las movilizaciones. Es terrible ver como la líder de la oposición, María Corina Machado, resta obscenamente importancia a los muertos en las protestas.

Chávez convirtió en sujetos político a los desheredados de Venezuela. Todos los índices de desarrollo mejoraron espectacularmente desde sus primeros años de gobierno. Pero no sólo prosperaron los pobladores de los cerros. La clase media disfrutó de la euforia económica propiciada por el boom del petróleo. Por eso Chávez era imbatible electoralmente, porque contaba con una parte de la clase media además de con sus partidarios naturales. Pero una economía que no crea riqueza y se limita a repartir la renta petrolífera tarde o temprano cae en el caos económico. Y es entonces cuando pequeños comerciantes y otros sectores de la clase media dan la espalda al chavismo.

Chávez no era un demócrata, pero su constitución bolivariana reforzó la participación y los controles populares con medidas como el referendum rev0catorio. Chávez gano sin fraude las elecciones, incluso Maduro llegó a la presidencia sin necesidad de meter la mano en las urnas. Pero durante estos 15 años el sistema de controles, de pesos y contrapesos, que caracteriza a una democracia ha ido deteriorándose. Lo peor, la falta de independencia judicial, la implicación del ejército en la política y el silenciamiento de  los medios de comunicación privados.

Chávez propició la polarización del país con una dialéctica amigo-enemigo. Esa división es su peor herencia. Pero tenía cintura política. Maduro no, y es incapaz de romper el bloqueo, aunque este pseudodebate le ha dado la baza de mostrar a las claras la división de la oposición. La insurrección popular que los opositores que no están en la mesa defienden se agotará sola si el gobierno no cae en la tentación de una represión violenta. Esos opositores creen todavía en un golpe militar. Si así fuera ¿cabe una represión a lo Pinochet en el siglo XXI?

Venezuela necesita urgentemente de un mediador honesto y aceptado por todos.

 

La crisis de Ucrania y las imágenes del pasado


¿Desembocará la crisis de Ucrania en una guerra? Las imágenes del pasado

La historiografía nos enseña a mirar al pasado y sacar consecuencias para el presente. Sin una revisión histórica es imposible entender los grandes conflictos actuales. Hay también una tendencia a analizar miméticamente las crisis de hoy conforme a los esquemas de otros grandes momentos históricos.  Marx (18 de Brumario) ya nos dijo que la Historia se repite, primero como drama, luego como farsa.

No existen dos situaciones iguales, ni los actores ni los contextos son nunca idénticos, de modo que no cabe una interpretación determinista del devenir histórico en función de los modelos del pasado. Pero las grandes crisis y su resolución pesan en la conducta de los mandatarios protagonistas y sus asesores; en aquellos como imágenes (a menudo compartidas con sus pueblos), en estos como esquemas estratégicos para repetir o evitar.

La imagen de la I Guerra Mundial

En Ucrania, como es frecuente en conflictos internos o internacionales, se llega a una situación en la que aparentemente no hay más salida que la guerra, que nadie quiere, por la incompetencia y la falta del sentido de la realidad de sus principales protagonistas.

La revolución naranja no fue más que un cambio de élite corrupta por otra y las elecciones (limpias) que llevaron a Yanukovich al poder no eran más que un paso más en la misma dinámica. Todo hubiera seguido igual sin el factor europeo.

La Unión Europea ofreció a Ucrania un acuerdo de cooperación como si fuera territorio económica situada en la luna. Un acuerdo que hubiera significado la entrada masiva de productos europeos y la ruina para la industria pesada de las regiones del este.  Y todo sin ningún horizonte de adhesión. Pero Ucrania no está en la luna. Mantiene unos estrechísimos vínculos económicos, políticos y culturales con Rusia.

Putin no podía aceptar la colonización económica de Ucrania. No tenía más que mostrar el palo y la zanahoria del gas y los créditos para hacer a Yanukovich una de esas ofertas que no se pueden rechazar. Yanukovich hizo las cosas como las hacen los autócratas: de buenas a primeras, sin debate ni preparación de la opinión pública cambió de carta estratégica. Las protestas populares se convirtieron en una insurrección armada, liderada por la ultraderecha nacionalista y xenófoba (Svoboda, Sector de Derechas), con una menor presencia de grupos anarquistas.

La toma del control de Crimea por parte de Rusia puede ser el equivalente al asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, que desencadenó la serie de movilizaciones que irremediablemente llevaron a la guerra en aquel verano de 1914. Funcionaron entonces automáticamente las alianzas entre las distintas potencias. Los estados mayores pensaban en una campaña limitada, como las guerras del XIX, pero se convirtió en un conflicto global.

Hoy no existen alianzas que lleven automáticamente a la guerra. Ucrania mantiene con la OTAN un acuerdo de cooperación (Partnertship for Peace), pero una invasión de Ucrania no es un agresión contra un miembro de la Alianza (no es aplicable el art. 5 del Tratado Atlántico).

Hemos llegado aquí porque Europa carece de un verdadero marco de seguridad. La Organización de Cooperación y Seguridad (OSCE) ofrece mecanismos de confianza y resolución de conflictos, pero no existe un compromiso jurídico que garantice a Rusia lo que esta entiende que son sus intereses geoestratégicos en el entorno de la URSS y el imperio de los zares. Tampoco existe una organización de cooperación económica.  Si en 2004 Putin tuvo que aceptar la entrada en los bálticos en la OTAN (algo que Moscú había considerado una línea roja) ahora, más fuerte, con Ucrania bajo la órbita económica de Bruselas su Unión Eurioasiática perdía sentido.

Obviamente en 1914 no existían armas nucleares. Una guerra entre Rusia y la OTAN difícilmente podría quedar limitada a las armas convencionales. Este es el mayor factor de disuasión.

La imagen del pacto de Munich

Es fácil caer  en el paralelismo del pacto de Munich -aquel pacto vergonzante que según Chamberlain traería paz para una generación, pero que alentó a Hitler a invadir Polonia . Como entonces, las potencias occidentales estarían dispuestas a llegar a un acuerdo entregando territorios europeos (entonces los Sudetes, hoy Crimea) para apaciguar en 1938 a Hitler, ahora a Putin.

Putin y Merkel hablan para llegar a un acuerdo político. La OTAN condena en términos mucho más moderados que lo que hubieran deseado algunos nórdicos. La Casa Blanca reacciona también con cautela.

Todos buscan un acuerdo. Todos se necesitan. Alemania y Europa en general necesita el gas ruso. Putin necesita venderlo para no caer en recesión. Obama necesita a Putin en Siria, Irán, Corea del Norte.

¿Convertiría un acuerdo a Putin en un nuevo Hitler? Putin no quiere edificar un imperio de mil años sino, por el momento, mantener una área de influencia euroasiática. ¿Querrá reconstruir el imperio de los zares si se le entrega Crimea?  Nadie tiene la respuesta, pero no parece que la Rusia de 2014 sea la Alemania de 1939.

La imagen de la invasión de Afganistán

Más que a un acuerdo parece que nos dirigimos a un escenario semejante al que Estados Unidos desencadenó después de la invasión de Afganistán por los soviéticos: sanciones, aislamiento y carrera militar.

Obama no es Reagan y hoy no existen bloques autosuficientes. Las sanciones a Rusia no pueden ser sino limitadas, porque de otro modo dañarían a los propios sancionadores, o, por lo menos a Europa. Aún con sanciones limitadas, la Unión Europea puede pasar del estancamiento a una nueva recesión.

La imagen de la guerra de Crimea

Desde 1853 a 1856 Francia, Reino Unido y el imperio otomano libraron en Crimea una guerra con la Rusia de Nicolás I.  Venció el imperialismo británico, pero moralmente la ganó Nicolás I.

En Rusia la memoria de este conflicto está muy viva, no así en occidente -salvo quizá en el Reino Unido que tiene a la enfermera Florence Nigthingale como héroe cívico y a la carga de la Brigada Ligera como ejemplo de heroísmo e incompetencia. La guerra de Crimea fue un ejemplo de arrogancia e incapacidad militar y dejó la lección de que una breve campaña militar no sometería a Rusia, menos cuando estaban en juego intereses estratégicos como la salida de su marina a los mares cálidos. Tampoco el ejército alemán pudo en la II Guerra Mundial conquistar la base de Sebastopol. (Rectifico. El sitio de Sebastopol duró de noviembre de 1941 hasta junio de 1942. El XI Cuerpo de Von Manstein tomó Sebastopol, pero para muchos autores la resistencia de la ciudad impidió que estas tropas alemanas participaran en la Operación  Blau, de ofensiva hacia el Cáucaso, y que terminó en la decisiva derrota alemana de Stalingrado)

Con estos antecedentes ningún jefe de estado mayor en su sano juicio intentaría una operación de castigo contra la Armada rusa en en Sebastopol. ParaPutin, cualquier acto de hostilidad en Crimea le revestirá de la capa heroica de un nuevo Nicolás.

La imagen de las guerras balcánicas

De todas las imágenes que vienen a nuestra memoria, la carnicería que siguió a la implosión de Yugoslavia, es, trágicamente, la que más semejanzas tiene con la situación de Ucrania.

Lo más probable es que Crimea proclame su independencia que nadie reconozca salvo Putin. Crimea se convertiría de facto en protectorado de Rusia. Aquí surge el primer factor de guerra sectaria. Los tártaros de Crimea no pueden aceptar esta solución. De modo que aparecerían facciones, bandas y guerrillas, con la posibilidad de infiltración yihadista. Crimea, protectorado ruso, quizá se asemeje en unos años a Chechenia.

En Kiev, los antiguos oligarcas, prorusos o proeuropeos, están desbordados por los paramilitares de extrema derecha. Otras milicias prorusas se están formando en el este del país. El choque entre unos grupos y otros grupos nacionalistas puede ser la chispa que encienda la guerra sectaria.

¿Intervendrá Putin en el este? Puede que se limite a la ocupación de Crimea (puede invocar el tratado de amistad y cooperación firmado con Ucrania que le daba el control de las bases militares), sin intervenir militarmente, pero apoyando (como lo hizo Milosevic con los serbios de Bosnia) a las milicias independentistas.

Guerra mundial, no; guerra europea, tampoco. Guerra sectaria en Ucrania, retroceso político y económico en Europa, sí.

De Siria a Túnez, imágenes que nos cuentan otra historia


Si antes de empezar a leer has visto el vídeo, habrás quedado atrapado en el dolor de esta madre. En mi caso, estas imágenes andan rondándome  por la cabeza desde hace unos días.

¿Por qué habéis matado a mi hijo? ha sido el grito desesperado de la mujer a lo largo de la historia. No hacen falta palabras ajenas que subrayen el dolor y la rabia, casi ni es necesario entender la pregunta desgarrada.  Son imágenes catárticas que responden a un código universal.

Como intento explicar a mis alumnos, en televisión, cuando las imágenes hablan, cállate y déjalas hablar por si mismas, no las anules o enturbies con palabras innecesarias. Pero también hay que desentrañar lo que las imágenes dicen más allá de lo evidente, lo que connotan, lo que esconden detrás de la emoción.

En este caso nos explican más de lo que parece la naturaleza de la guerra de Siria.

Diplomáticos y funcionarios apenas si se atreven a mirar a esta madre que les espera a la salida del hotel donde se desarrollan las conversaciones Ginebra II. ¿Sienten vergüenza o son indiferentes al dolor? No lo sabemos, pero por supuesto no han matado con sus manos al hijo de esta mujer, Abbas Khan, un médico ortopédico de nacionalidad británica, asesinado después de torturado, tras ser capturado cuando prestaba asistencia médica en una zona controlada por los rebeldes.

Ellos no le han matado, pero son, a su pesar o no, engranajes de un régimen asesino. Pueden ser burócratas obedientes o convencidos seguidores de Asad. Pueden ser sunníes o más probablemente alauíes. La dictadura de los Asad garantizaba estabilidad, protección a las minorías y tolerancia para las élites occidentalizadas. Ahora, seguramente algunos de estos funcionarios estarán horrorizados con los crímenes cometidos por el régimen, pero ahí siguen, por convicción, interés o miedo, tanto al propio régimen como, seguramente más, al califato yihadista.

Khan era uno de tantos inmigrantes, hijo de inmigrantes o vástago de las élites de países musulmanes que estudian en el Reino Unido y ejercen allí su profesión. Bachir el Asad podía seguir siendo a estas horas oftalmólogo en Londres si su hermano, el llamado a suceder a su padre, “el león de Damasco”, no hubiera muerto. Abbas Khan escuchó la voz del deber (ético, profesional o religioso) para acudir a Oriente a salvar vidas. Bachir volvió a Damasco, pensábamos que para democratizar el régimen. En realidad regresó para convertirse en el carnicero de Damasco. Y, hoy por hoy, no parece que se pueda poner fin a la guerra sin algún pacto con él.

El Parlamento de Túnez aprueba su Constitución. Este segundo vídeo es, desde luego, menos impactante, pero para mi también emocionante. Aquí la empatía no nace de compartir el dolor, sino de compartir experiencia. También las imágenes cuentan una historia profunda (aunque en este caso el vídeo, por la forma en que está editado, no sea tan rotundo).

No he visto en ningún lugar que la aprobación de una ley o una constitución vaya acompañada de una emoción tan sincera. Esos hombres y mujeres que cantan el himno nacional y se abrazan están convencidos de vivir un momento histórico. No ha terminado la transición tunecina, que comenzó justo hace tres años con la caída de Ben Alí, pero se han superado momentos muy difíciles que podrían haber llevado al enfrentamiento entre islamistas y no islamistas. Unos y otros han cedido y han pactado. Es la esencia de un consenso constitucional.  Mañana comenzará la lucha política y ya veremos que apoyo electoral logra cada uno, pero ahí unas reglas comunes en las que todos están de acuerdo, sin exclusiones. ¡Qué diferencia con Egipto!

 

Bombardear Siria o la reputación de Estados Unidos


Otra vez las pruebas opacas cuando no prefabricadas; otra vez los argumentos humanitarios; otra vez los análisis sin fin, los mapas de objetivos y despliegues. Ruido, mucho ruido y me parece que en este caso pocas nueces.

¿Bombardeará Estados Unidos Siria? ¿Es legítima una intervención? ¿Explotaría el polvorín de Oriente Próximo en caso de bombardeo? Muchas preguntas para que las responda alguien no experto como yo, pero no me resisto a dejaros mi reflexión.

Legitimidad

Una intervención unilateral de Estados Unidos, sólo o en una coalición ad hoc (eso que en la jerga intervencionista se llama coalición de voluntarios) no está respaldada por el derecho internacional.

Podría tener tres fundamentos. Uno, que el régimen sirio estuviera poniendo en peligro la paz internacional y entonces la intervención caería dentro del capítulo VII de la Carta de ONU y tendría que estar autorizada por el Consejo de Seguridad. Nadie plantea que exista ese supuesto.

Dos, basada en la obligación de proteger. Es claro que el régimen sirio está cometiendo actos criminales contra su propio pueblo que justificarían una intervención, pero ésta tendría que ser proporcionada y dirigida específicamente a proteger a los civiles y estar aprobada por el Consejo de Seguridad. Desde luego que un bombardeo con misiles de crucero en absoluto va a terminar con las masacres y no hay ninguna posibilidad de que sea aprobada por el Consejo de Seguridad, una instancia todo lo oligárquica que se quiera, pero la única legitimada en nuestro muy imperfecto derecho internacional.

Y tres, y más específico, como una respuesta por la violación de la Convención contra la Armas Químicas. Este tratado no prevé ninguna represalia militar en caso de violación, por lo que no habría más fundamento que los que enumerado como uno o dos.

El lenguaje a veces es transparente. Tanto desde Washington como desde París se ha hablado de represalia. En definitiva, potencias que quieren arrogarse el papel de policías del mundo que nadie les ha conferido.

Habría no obstante, un argumento moral a favor de la intervención, si aún no cumpliendo los requerimientos del derecho internacional un ataque pudiera poner fin a los crímenes contra la población. Los argumentos morales son siempre reversibles y susceptibles de utilizar a conveniencia y, por tanto, no conducen en el mejor de los casos más que a la tiranía benévola. Pero es que dadas las características de este conflicto ninguna intervención -limitada o amplia- puede parar la carnicería, más bien al contrario.

Y todo ello sin olvidar cómo Estados Unidos miró para otro lado cuando su entonces aliado Sadam Husein gaseó a los kurdos de Halabja o los soldados iraníes.

Las pruebas ¿A quién beneficia el bombardeo químico?

Estados Unidos dice tener como pruebas del uso de gas sarín contra la población civil muestras biológicas del personal sanitario que atendió a los civiles. En cuanto al origen del ataque, alega observaciones de satélite sobre el emplazamiento de los combatientes. Y en lo demás, se remite a pruebas recabadas por los servicios secretos que no se pueden revelar por motivos de seguridad. En esta ocasión nos han evitado un espectáculo como el de Colin Power con sus vídeos en la ONU. Lo de Francia es todavía más ingenuo: sus pruebas son los vídeos que circulan desde el primer momento con cadáveres y personas con convulsiones.

Que existió un ataque con gas tóxico a posiciones controladas por los rebeldes con concentración de población civil parece fuera de duda. Pero los detalles sólo pueden establecerlos equipos independientes como los de la ONU. Y como en Irak, Estados Unidos no está dispuesto a someterse a esa verificación independiente.

Es cierto que los inspectores de la ONU en ningún caso establecerán el origen del ataque. Aquí surgen distintos relatos a modo de novela policíaca: ¿a quién favorece el bombardeo?.

Para Estados Unidos, es claro que Asad quiere desafiar a la comunidad internacional para ver hasta donde puede llegar en el uso de estas armas en la limpieza de focos de resistencia. Para Putin es absurdo que cuando el régimen sirio está consiguiendo llevar la iniciativa militar vaya a caer en esta trampa. Un stringer de una periodista de AP asegura haber recogido testimonios entre los rebeldes que aseguran que la munición química fue entregada por el ministro de defensa saudí a los rebeldes y que a estos les explotó por inexperiencia.

Y hay quien, por fin, asegura que todo es una provocación de Asad para ser bombardeado y desatar una conflagración en todo Oriente Próximo, que es por cierto lo que éste ha dicho en una entrevista para el diario Le Figaro. La lógica apunta a esta última hipótesis, pero ¿quién sabe? como ocurre tantas veces todo puede deberse a una cadena de errores e incompetencias de unos u otros.

Bombardeará Estados Unidos. Sí, por su reputación

Estados Unidos bombardeará Siria porque se juega su reputación como potencia.

La reputación  era para la Monarquía Hispánica el correlato público de la honra y muchas de sus actuaciones (sobre todo en su decadencia) se llevaron a cabo no tanto por defender la fe católica o por razones estratégicas, sino por mantener la reputación, sin la que una potencia no es nada. Hoy la reputación se llama credibilidad.

El secretario de estado, John Kerry, lo dijo paladinamente: Estados Unidos se juega su credibilidad. Barack Obama estableció una línea roja, el uso de armas químicas cuando tal línea parecía lejana y ahora se ve en la necesidad de hacer efectiva su amenaza.

¿Por qué estableció esa línea? En la administración Obama hay una facción (Susan Rice es una de sus más destacadas figuras) partidaria de que la defensa de los derechos humanos en el mundo es un interés esencial de Estados Unidos. El Obama presidente, cauto y precavido por naturaleza, se encuadra más en la corriente realista, pero como en el caso de esta línea roja autoimpuesta, hace concesiones, más retóricas que efectivas, a los idealistas.

El interés estratégico de Estados Unidos es que el régimen de Asad no se desplome caóticamente, lo que entregaría gran parte del país a grupos yihadistas afiliados a Al Qaeda. Castigar, debilitar a Asad sí, derrocarlo, al menos ahora, sin un alternativa unida y confiable para Estados Unidos, no. No faltan informaciones que aseguran que los yihadistas temen que en realidad se termine por bombardear sus posiciones.

Con el apoyo ya de los líderes demócratas y republicanos Obama seguramente ordenará un bombardeo limitado la próxima semana.  En cuanto al pequeño François, dispuesto a emular al pequeño Nicolas en la recuperación de la grandeur mezclada con argumentos humanitarios, puede que le siga, pero no parece que por eso vaya a mejorar su popularidad interna. No contará Obama en este caso con el primo británico, después de ser Cameron derrotado en el parlamento (¡eso es un parlamento!)

¿Polvorín o laberinto?

Si Estados Unidos bombardea -ha dicho Asad- el polvorín de Oriente Próximo estallará. Una conflagración general no es 100% descartable, pero es que en realidad esa guerra ya se libra en una multiplicidad de conflictos enlazados, donde los actores intercambian aliados.

Leo estos días Jerusalén: la biografía, de Simon Sebag Montefiore, y muchas de las luchas por la Ciudad Santa, con sus guerras, alianzas, tratados y equilibrios de poder entre imperios parecen referirse al día de hoy. Oriente Próximo es la bisagra del mundo, un laberinto de luchas estratégicas, pero no un polvorín que pueda estallar con una chispa ni siquiera con un misil de crucero.

Hay una guerra por la implantación del islam político como fuerza predominante en las transiciones democráticas árabes. Turquía, los Hermanos Musulmanes y Catar son en este caso los aliados, mientras que Arabia Saudí es enemiga de cualquier forma de democracia, aunque la fuerza predominante sea islámica. El golpe de estado de Egipto ha supuesto un paso atrás gigantesco en la adaptación del islam a la democracia. El famoso discurso de Obama en El Cairo que era el engarce para que Estados Unidos aceptara al islam político ya no tiene ningún valor, tras el apoyo de Washington al golpe. En esta batalla son ganadores Arabia Saudí, los salafistas y los yihadistas (enemigos por cierto de la Casa de Saud).

Otra guerra evidente es entre chiíes y sunníes, que se libra en Siria, Líbano e Irak. No son guerras de religión, sino de poder. Se trata de que una comunidad u otra controle los resortes del estado y de la economía. Las dictaduras árabes -como el Imperio Otomano- garantizaban un precario equilibrio, imprescindible sobre todo para las comunidades minoritarias (cristianos, kurdos, drusos). Ahora las dos grandes comunidades islámicas luchan por la preponderancia, al tiempo que funcionan como agentes de la coalición sunní (monarquías del Golfo, Arabia Saudí) o (los chiíes) de irán.

Hay una guerra por la hegemonía regional. Turquía, Arabia Saudí, Catar e Irán son los actores de este conflicto. Cada uno usa sus peones más poderosos. Turquía su diplomacia y su integración en el mundo occidental, su desarrollo económico. Catar una diplomacia de chequera y de apoyo a los Hermanos Musulmanes y grupos yihadistas. Arabia Saudí su peso religioso y su apoyo a todas las formas de islam más conservador y retrogrado. Irán, su enorme potencial, su posición estratégica, su guía sobre todos los chiíes.

Otra manifestación de esta guerra global es el conflicto palestino-israelí. El interés estratégico de Israel es tener vecinos débiles, pero estables. Mejor un Asad debilitado que una Siria yihadista. Las conversaciones con los palestinos puestas en marcha por Kerry serán una vez más un elemento cosmético para no ceder ni un milímetro de tierra.

En Siria se cruzan ahora todos estos conflictos -más la rivalidad Estados Unidos-Rusia. El régimen de los Asad ha sido una dictadura, pero su legitimidad se basó en garantizar el equilibrio entre comunidades, sin perjuicio de los privilegios de la propia, los alauís. Asad sigue contando con el apoyo de las comunidades minoritarias. Por eso y por la existencia de un estado organizado y unas fuerzas armadas fieles y entrenadas en la lucha insurgente en el Líbano Asad ha resistido y en los últimos tiempos con ayuda de Hezbolá está logrando una cierta ventaja militar.

Ni Asad ni sus enemigos pueden ganar la guerra. Sólo una negociación puede poner fin  a la carnicería. Pero para ello es necesario que las potencias implicadas en este conflicto global acepten que sus intereses estarán mejor servidos por una Siria unida.

 

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